miércoles, 7 de enero de 2015

CAPITULO 66



Martes, 11:15 a.m.


Hora de Londres


Dos semanas después, Pau iba junto a Pedro en el coche mientras pasaban por delante de inmensos prados, granjas y robledales. Nunca había visto aquella parte de Inglaterra. 


Parecía tan apacible y hermosa, muy semejante a Pedro Alfonso.


—¿Patricia accedió a testificar en contra de Wallis? —preguntó, volviéndose a mirar mientras cruzaban un antiguo puente de cuatrocientos años de antigüedad.


—Dijo que lo haría.


—Creo que quiere que vuelvas.


—No estoy disponible.


Ella tragó saliva.


—¿Servirá de algo?


Pedro se encogió de hombros.


—De acuerdo con las autoridades, lo único que sabe de cierto es que Ricardo estuvo dos días en Florida durante la semana pasada.


—Tiempo suficiente para matar a Etienne y hacerse con la tablilla.


—Alquiló un BMW.


—El que vimos en la autopista. —Había estado cerca.


Pedro asintió.


—La mayoría es circunstancial, pero todo va encajando. Y se están esforzando para cerciorarse de que tú no tengas que testificar. Si el abogado de la defensa te sube al estrado…


Ella se estremeció.


—Pues iré al infierno por mentir bajo juramento.


Pedro la miró lleno de preocupación. Había lucido con demasiada frecuencia aquella expresión durante las dos últimas semanas, incluso después de que ella lograra salir del hospital y volver a su apartamento de Londres.


—No llegaremos a eso. Estoy seguro de que tengo una casa en algún país donde no tengan acuerdo de extradición con los Estados Unidos.


Pau hizo un esfuerzo por sonreír.


—Bueno es saberlo.


Condujeron algunos minutos en silencio.


—Justo ahí arriba, a la izquierda —dijo Pedro de pronto, señalando en aquella dirección.


Coronaron una pequeña colina y entonces lo vio.


—¡Esto es impresionante!


Una subida de verdes y ondulantes colinas bordeaba a ambos lados un enorme lago rodeado de robles y sauces. En medio de todo ello, sobre una suave ladera de hierba, se alzaba un castillo. Era el único modo de describirlo. Desde su planta en forma de «U» se veían un centenar de ventanas, con capiteles en forma de aguja en cada escuadra del edificio y un camino de entrada circular al frente, con enormes columnas apostadas delante de una amplia escalinata de granito.


—Bonito, ¿verdad? —preguntó, sonriendo de oreja a oreja.


—Es el maldito Palacio de Buckingham —respondió.


—Ni por lo más remoto. Se llama Rawley Park.


—Me dijiste que creciste aquí.


Asintiendo de nuevo, Pedro tomó la carretera principal, y se dirigió por el angosto y serpenteante camino desde el que se atisbaba la casa a través de soleadas hojas y sinuosos entramados de hiedra.


—En realidad, lo heredé. Aquí es donde me gusta pasar al menos un par de meses al año, si me es posible. Es mi hogar.


«Hogar.» Pau nunca había tenido uno. Sereno y seguro hogar. Le aterrorizaba, pero deseaba intentarlo. Con él.


Estiró el cuello para conservarlo en su campo de visión.


—En serio, Pedro, es magnífica. Si fuera mía, no querría marcharme nunca.


Pau frunció el ceño tan pronto hubo terminado de hablar.


Después de lo que él le había dicho, cada vez que decía algo como eso, se sentía avergonzada, como si estuviera pidiendo algo. En realidad, no era así. Le bastaba con
pasar más tiempo con él. No conseguía recordar cuándo se había sentido tan segura,tan relajada, como se había sentido durante las dos últimas semanas. Cuatro, si
contaba con el interesantísimo comienzo de esa extraña relación.


Él tan sólo señaló un pequeño grupo de ciervos en uno de los claros.


—Me alegro de que te guste. —Pedro se aclaró la garganta—. He intentado comentarte algo y ahora parece un momento tan bueno como otro cualquiera.


Ella se puso tensa.


—Yo también quería decirte algo.


Pedro la miró brevemente.


—De acuerdo, tu primero.


—He estado hablando con Sanchez y hemos pensado en retirarnos.


—¿De veras?


—Sí. —Se aclaró la garganta. Si Pedro se echaba a reír, o bien iba a darle un puñetazo o bien se moriría de vergüenza—. Vamos a montar un negocio. Una empresa de consultoría e instalación de seguridad.


Condujo en silencio durante largo rato. Finalmente, sin embargo, una lenta sonrisa curvó su boca.


—Pues es una suerte para mí. Iba a decirte que me gustaría que revisaras la seguridad de todas mis propiedades. Me han dicho que es una cutrez.


—Bien. Entonces, puedes contratarme.


Él enarcó una ceja.


—¿Tengo que pagarte?


—Te haré un buen precio.


—Eso espero. —Tomó aire—. Hay algo más que debes saber.


Pedro, yo…


—Calla. Es mi turno.


Ella cruzó los brazos sobre el pecho, simulando que mantener una conversación íntima con él ya no la ponía nerviosa.


—Está bien.


—Gracias. Como iba diciendo, dado que gran parte de mi colección ahora ha ido a parar a manos de otra gente, y algunas de las cosas que quedan se han devaluado debido a que nadie puede verificar si son o no auténticas, me gustaría comenzar de nuevo. —Le lanzó una breve mirada—. Y me gustaría que me ayudaras con eso. Si crees que dispondrás de tiempo.


—Así que tratas de asegurarte de que me vuelvo honrada.


—Pau…


—Te lo dije, yo… no me gusta nada que las cosas pertenezcan a colecciones privadas.


Pedro sonrió ampliamente.


—Ya lo sé. Y voy a abrir parte de Rawley Park al público, como depósito de arte y antigüedades. De ese modo puedo exhibir más obras y hacer que sean accesibles a todos
felicidad. Era una experiencia nueva.


—¡Bien!


Cruzaron las verjas que daban paso al largo y semicircular camino de acceso a la parte frontal de la casa. A corta distancia, era todavía más enorme de lo que la había imaginado. Y más hermosa aún.


—¿Paula?


—Estoy pensando.


—No pienses. Sólo di que sí, o di que no. De esa forma, es muy simple. — Aparcó el coche y quitó la llave—. Voy a regalarte el Bentley, pase lo que pase.


—Ya te he dicho que no… me gustas por tus cosas.


—Mi novia no conduce coches robados. Ése es mi límite.


Pau se acercó y le besó, larga, lenta y profundamente.


—Sí —murmuró—. Creo que algo se me ocurrirá. En mi tiempo libre, claro.


—Bien. —Le devolvió el beso—. Bien. —Pedro le sonrió, luego se desabrochó el cinturón de seguridad—. Vamos. Quiero que conozcas a Sykes.


—Tu mayordomo. Me dijiste que es aquí donde vive.


—Sí, a menos que lo necesite en otra parte.


—Genial.


Bajó del coche y se dirigió al otro lado para abrirle la puerta.


Pedro la tomó de la mano, y juntos subieron los bajos escalones de granito negro que llevaban a la puerta principal. Las puertas se abrieron cuando llegaron al pórtico
bajo las columnas, y el anciano más alto y delgado del mundo le recibió con una reverencia.


—Bienvenido a casa, milord —dijo.


Paula se detuvo.


—¿Mi, qué? —preguntó muy pausadamente.


Ambos hombres la ignoraron.


—Es estupendo estar de vuelta —respondió Pedro—. Sykes, te presento a Paula Chaves. Va a quedarse aquí conmigo.


—Buenos días, señorita Chaves.


—Sykes. —Pau miró de nuevo a Pedro—. A riesgo de repetirme, ¿mi, qué?


Por primera vez que recordara, Pedro parecía avergonzado.


—Supongo que olvidé contártelo. Soy una especie de aristócrata.


—Una especie de… ¿Qué clase de especie de…?


Él tomó aire, luego esbozó aquella preciosa sonrisa suya, aquella que hacía que le flaquearan las rodillas.


—Algo así como el marqués de Rawley.


—Ay, mierda. Olvídate del buen trato de la consultoría. Ahora vas a pagar la tarifa completa.



—Mmm. Se me ocurren muchas formas de negociarlo.




CAPITULO 65




Pedro dejó caer el bate. Se hundió en el suelo, y se arrastró hasta donde Paula yacía con los ojos cerrados y el rostro macilento.


—¿Paula? —susurró, limpiándose con brusquedad lo sangre de la boca.


Tocó su cara, pero ella no se movió—. ¿Pau?


Dios, la había matado. Cuando logró ponerse en pie y vio a Wallis golpeando su cabeza una y otra vez contra las baldosas, el tiempo simplemente se había… detenido. No había nada que hiciera que aquello merecía la pena: ni el orgullo, ni el dinero, ni su propia vida.


Temblando, deslizó un dedo sobre su cuello. El pulso latía débilmente contra su mano, y tomó una bocanada de aire.


—¿Paula? ¿Cariño? Abre los ojos, Pau.


Sus pestañas se agitaron y unos ojos verde musgo le miraron con aturdimiento.


—¡Ay! —se quejó con dificultad.


—No te muevas, cariño. ¿Puedes sentir las piernas y los brazos?


—Tienes la cara llena de sangre.


—Lo sé. Mueve los dedos de los pies y de las manos. Ahora, Paula. — Pasaron unos segundos sin que su corazón latiera, luego sus dedos se movieron, primero la mano derecha y luego la izquierda—. Buena chica.


Desde detrás del escritorio llegaron hasta él los pitidos del teléfono de Harry que se encontraba en el suelo, y Pedro se apoyó sobre un costado para echarle mano.


Rápidamente llamó a una ambulancia y a la policía, luego volvió a ocuparse de Paula. Sus ojos se habían vuelto a cerrar.


—¿Paula?


—Lárgate. Tengo una conmoción cerebral.


Con una leve sonrisa, le retiró suavemente el pelo de la cara. Wallis le había arrancado un manojo, e iba a tener que ir al peluquero.


—Ahora no puedes huir, ¿verdad? —murmuró.


—No tengo piernas.


—Están aquí mismo, te lo prometo. Unidas y todo. Y son muy bonitas.


—Cállate.


—Te quiero, Paula Chaves


Sus ojos se abrieron de nuevo, y se clavaron valientemente en su cara. Pedro no esperaba que respondiera; Pau había pasado demasiado tiempo sola, durante demasiado tiempo había sido incapaz de confiar en nadie que no fuera ella misma.


Pero Pau sonrió, alzando una temblorosa mano para acariciar su cara. Él la tomó entre las suyas mientras sus ojos volvían a quedarse en blanco y perdía la conciencia
de nuevo.


Cuando Paula abrió los ojos, pensó que todavía se encontraba en medio de alguna especie de pesadilla. Oficiales uniformados y hombres y mujeres vestidos con
esas gabardinas inglesas de aspecto militar pululaban a su alrededor, hablando en un murmullo quedo de acentos londinenses. No estaba en el suelo, se percató, sino en
una camilla con una aguja en un brazo. La habían atado.


—¡Eh! —gruñó, luchando por incorporarse.


Pedro apareció por encima de su hombro con un paquete de hielo sujeto a su boca y un vendaje en forma de mariposa sobre su nariz.


—No pasa nada —dijo, bajando el paquete de hielo—. Relájate.


—Tienes un ojo morado —señaló. También tenía el labio hinchado y un oscuro y magullado moratón se le estaba formando en la mejilla.


—Tu poder de observación sigue intacto —dijo, sonriendo con una torcida mueca de dolor.


—No quiero ir al hospital.


—Qué lástima.


La camilla dio un salto y se elevó, y acto seguido se encontró rodando hacia la entrada.


—¿Pedro? —dijo, dejándose llevar de pronto por el pánico ahora que no podía verle.


—Estoy aquí. Voy contigo. Tengo la nariz rota.


—Yo gano, porque tengo la cabeza rota.


Pau escuchó su suave risilla.


—Tienes la cabeza demasiado dura como para que se rompa —respondió—.Tan sólo la tienes abollada.


—Eso es bueno.


—No realmente, cariño.


Fue levantada del suelo, luego introducida en una ambulancia. Subió un técnico y luego Pedro, que se sentó a su lado.


—¿Qué hay de Harry y Wallis? —preguntó.


Pedro se inclinó hacia delante para tomarle la mano.


—Harry va en otra ambulancia. Wallis va a desear estar muerto cuando acabe con él.


Ella le miró durante un minuto.


—No creo que Patricia supiera nada de esto —le dijo.


—La policía la trae para interrogarla —respondió, flexionando los dedos entre los de ella—, pero yo tampoco creo que lo supiera. Espero que no.


—Yo también.


—Tengo que decirte una cosa —dijo, su sonrisa se asomó de nuevo a su cara.


Él ya le había dicho algo; algo muy precioso y privado, algo que guardaría para siempre en su corazón. Pero no quería que tuviera que decírselo de nuevo sin responderle.


—No tienes que decirme nada —se apresuró a decirle—. Lo sé, y es… yo…


Su sonrisa alcanzó sus ojos.


—No es eso. Castillo llamó a Scotland Yard para recomendarles que prendieran a Harold Meridien para interrogarle en relación a una serie de robos de obras de arte.Cargaron contra la puerta unos treinta segundos después de que yo llamara a la policía.


—Francisco nos estuvo escuchando a través del cristal de la cárcel. 


Sabía que había alguien allí.


Asintiendo, Pedro le apretó la mano.


—Creo que le debo una cerveza a Francisco.


El técnico se inclinó a comprobar la máscara del oxígeno, colocada en su nariz y algo que monitorizaba el ritmo de su corazón.


—Debe descansar, señorita —dijo—. Nada de hablar.


—Muy bien. Sólo una cosa más. —Levantó la mano de Pedro tanto como pudo con su brazo bajo la correa—. Quiero ir a Devon.





martes, 6 de enero de 2015

CAPITULO 64




Martes, 7:08 p.m.


Hora de Londres


Pedro le miró durante largo rato.


—Tú. Fuiste tú todo el tiempo.


—Bueno, uno tiene que ganarse la vida, ya sabes. Y tú has hecho que me la gane bien. —La pistola continuaba apuntando a Pedro, pero el bate se agitaba en dirección a
Pau—. Tú debes de ser Pau Chaves. No cabe duda de que Sean O'Hannon te subestimó más de lo debido.


Meridien se puso en pie como pudo.


—Ricardo, yo…


El bate impactó contra el rostro de Meridien, enviándolo al suelo en un encogido montón.Pau contuvo la respiración hasta que oyó gemir al hombre. No estaba muerto, gracias a Dios. Fijó de nuevo su atención en el atractivo rubio.


—Ricardo —repitió en voz alta—. Ricardo Wallis.


—Eres lista. Muy bien. Odiaría pensar que sólo fue la mala suerte lo que hizo que te anticiparas a mí. ¿Por qué no te acercas y me dejas que le eche un vistazo a la putita de Pedro?


—No te muevas, Paula —le ordenó Pedro, moviéndose un poco para colocarse entre Wallis y ella.


—«No te muevas, Paula» —se burló Wallis—. Después de que Patricia te llamara y que no le preguntaras nada especial sobre mí, supuse que te dirigirías a ver a Harry, engreído hijo de puta.


—¿Y ahora, qué? —preguntó Pedro con voz amenazadora y dura.


—Bueno, ahora tendré que matarte y hacer que parezca que Harry y tú acabasteis el uno con el otro.


—No te servirá de nada —interrumpió Pau. El hombre de pie frente a ella había matado a Etienne y a O'Hannon. Y había querido acabar con Partino sin importarle que la bomba alcanzara a otros. No se le ocurría nada para evitar que
disparara a Pedro… salvo su propia codicia.


—¿Y eso, por qué, señorita Chaves?


—El FBI tiene todas las falsificaciones de Palm Beach. Todo lo que te has llevado está caliente, y se te ha terminado el chollo con Partino encerrado en la cárcel, no habrá nada más para ti.


—Partino es un codicioso capullo. No lo necesito.


—Trató de actuar por detrás de ti y vender a la baja la tablilla a Harry, ¿verdad? —insistió Pau.


—Muy bien —respondió. Meridien se movió de nuevo y Wallis le golpeó en el cráneo—. Abajo, muchacho.


—¿Y qué te hicieron O'Hannon y Etienne?


—Bueno, DeVore se enfadó porque, por lo visto, erais amigos, y no sabía que había sido a ti a quien contrataron para entrar al mismo tiempo. Eso fue culpa de O'Hannon. Yo me limité a decirle que enviara a algún gorila para que entrara y se llevara las culpas. En cambio, te envió a ti, chica lista, y luego le entró el pánico.


—Estás muy verde en esto de robar, Wallis —dijo, deslizando los dedos en torno al abrecartas doblado—, robando a un solo tipo, así que te contaré un secreto.
Los ladrones formamos una comunidad. O'Hannon era un asqueroso gilipollas, pero todos lo sabíamos. O bien trabajabas con él, o no. No se permiten asesinatos. Lo
mismo con Etienne. Has matado a dos de los nuestros. Todos se enterarán. Y alguien se irá de la lengua, sobre todo si alguien infringe el código. Si hay recompensa
monetaria de por medio, haremos cola para delatarte.


—Dios santo, estoy temblando. Pedro, haz que cierre el pico o lo haré yo.


—Paula —dijo Pedro en voz baja.


Wallis bajó el bate de criquet para apoyarse en él.


—Sabes, ahora que lo pienso, éste es el único paso que queda. Llevo años robándote tus prestigiosas obras de arte y tú has mostrado falsificaciones a gobernadores, senadores y a jefes de Estado.


—Puedes recibir terapia para tu desorden mental —medió Pedro—. Aunque yo mismo puedo descubrir si tienes complejo de Napoleón o sí sólo eres patético y estás
celoso.


—Cierra la puta boca —replicó Wallis—. No he terminado. Te he robado la esposa, lo cual no exigió demasiado esfuerzo por mi parte, he sustituido tus obras de arte con falsificaciones y ni siquiera has notado la diferencia, y ahora, ¡zas!, te mato. Punto final. Yo gano. —rio entre dientes, seguro de sí mismo—. Estuve a punto de conseguirlo la semana pasada. Pensé, ¿por qué no? Ha vuelto pronto a Florida, bien puede hacer un esfuerzo. Lo planeé al milímetro, pero o tu ladrona se movió demasiado rápido, o Dante fue demasiado lento.


—¿De qué estás…?


—¿Te suena esto familiar? Ring, ring.


Pau vio tensarse los músculos de los hombros de Pedro.


—El fax. Fuiste tú quien me despertó aquella noche.


—Buen chico. Estuve cerca de conseguirlo. Muy cerca.


—Pero no fue así.


Wallis suspiró y sacudió la cabeza.


—Tras tu divorcio, todos los periódicos señalaron lo generoso que fuiste al dejar que tu esposa adúltera y su amante se quedaran con tu casa de Londres. No mencionaron que casi me dejas en la ruina con tu pequeña broma de Nueva York, o que vaciaste tu preciosa mansión, pintaste todas las paredes de rojo y echaste colchones sucios en el suelo.


—¿Hiciste eso? —preguntó Pau, obligándose a reír—. Ya lo pillo; tú te has hecho la cama, ahora duerme en ella.


—Pensé que era muy poético —comentó Pedro.


—Precioso.


Wallis sacudió nuevamente la cabeza.


—Creíste que habías sido tú quien dijera la última palabra, ¿verdad? Te equivocabas. Yo gano. Juego, set y partido. Bueno, ¿alguna pregunta más o seguimos adelante? ¿Cómo de generoso vas a ser esta noche, Pedro? ¿Te mato primero a ti o a ella?


—A mí —dijo Pedro sin dilación.


—Esperaba que dijeras eso. —Estiró el brazo. A esa distancia, no fallaría.


—Por cierto —interrumpió Pau de nuevo, la desesperación hacía que su voz sonara tensa—, te has percatado de que Meridien tiene un sistema de cámaras de vigilancia, ¿no? Llevas en la cámara indiscreta desde que has entrado aquí. —Alzó lentamente la mirada hacia el rincón detrás de él y volvió a bajarla.


Wallis dudó un instante, y fue todo cuanto Pau necesitó. 


Paula salió velozmente de detrás de Pedro, y le arrojó el abrecartas doblado. Él se lanzó desde el escritorio sobre Wallis, y ambos cayeron sobre la silla y de ahí al suelo. La pistola salió volando de la mano de Wallis, pero éste logró golpear a Pedro en la espalda con el bate.


Gruñendo, Wallis gateó en busca de la pistola mientras Pedro se retorcía para agarrarle de la pierna y detenerle. La pistola se deslizó bajo un aparador, y Pau fue a por ella. Wallis la agarró y ella le propinó un fuerte codazo en la cara.


—¡Pau, retrocede! —vociferó Pedro, arreglándoselas para ponerse de rodillas y darle un fuerte puñetazo a Wallis en los riñones.


Wallis se retorció como una serpiente, y consiguió golpear con el bate en la cara Pedro. La sangre manó de su labio y también de la nariz, y se tambaleó hacia atrás.


Su atacante saltó sobre él, y alzó de nuevo el bate.


Pau se le subió a la espalda.


—¡No! —gritó, con una mano en el bate y la otra alrededor del cuello de Wallis.


Tiró hacia atrás con tanta fuerza como pudo y el hombre perdió el equilibrio, y se cayó pesadamente al suelo encima de ella.


El aire se escapó de sus pulmones debido al impacto. 


Resollando, Pau le apretó del cuello. Un codo impactó contra su caja torácica con la fuerza suficiente como para
hacer que se le pusieran los ojos en blanco. Aflojó el brazo y él se encaramó sobre ella a cuatro patas, agarrándola del pelo y golpeándole la cabeza contra el suelo.


Un dolor punzante atravesó su cabeza, palpitando y retumbando y haciendo que los sonidos parecieran huecos y distantes. Trató de dar patadas, pero él le inmovilizó las piernas con las rodillas. Le había agarrado la mano derecha y se la sujetaba por encima de la cabeza mientras la golpeaba sin piedad, pero tenía la izquierda libre. Buscó el bate de criquet con la vista algo nublada.


Éste se le escapó, y luego el peso del hombre desapareció de encima de ella.


Con la vista descentrada divisó fugazmente a Pedro que sostenía el bate como un auténtico profesional, lo levantó y golpeó a Wallis con todas sus fuerzas en la cabeza, y luego escuchó el sonido de un cuerpo al caer. Entonces todo se volvió negro.