jueves, 18 de diciembre de 2014
CAPITULO 16
Cuando llegaron al comedor, Pedro dejó que ella fuera delante. Bajó la mirada para admirar su trasero, y de pronto reparó en que había un hilillo de sangre que descendía por su muslo izquierdo.
—Paula, está herida —exclamó, y la cogió del hombro para hacer que se detuviera.
—No, no lo estoy.
—Le sangra la pierna.
Ella se zafó de él.
—Me estaba mirando las piernas, ¿verdad? —preguntó fríamente mientras miraba a Reinaldo y a Jose, el otro asistente, en el comedor—. No se preocupes por eso. No es más que un corte. ¿Tiene un pegamento potente?
—¿Un qué?
—No importa. Tengo uno arriba, en el bolso. —Se dio la vuelta para salir.
Pedro le bloqueó la salida.
—Enviaré a Jose a buscarlo. —Antes de que ella pudiera protestar, Pedro le hizo una señal con la mano al joven latino, quién asintió y salió por la puerta—. Siéntese… no, inclínese y lo echaré un vistazo.
—Me parece que no, su señoría. No antes del postre. Y no arme tanto alboroto. Estoy bien. Mi colega lo remendó. Lo que pasa es que me imagino que al ponerme en cuclillas he hecho que se abriera.
—Tráeme un paño limpio —gruñó, y Reinaldo reapareció un momento más tarde con una toalla de mano. El mayordomo abandonó el comedor con una medio sonrisa, y cerró la puerta tras de sí.
—¿Qué cree que está…?
—Quítese los pantalones.
Ella trató de darse la vuelta para mirarlo a la cara, pero él la empujó hacia delante sobre la mesa.
—Esto no es nada romántico. ¿Ni siquiera vas a ofrecerme una copa de vino primero? —dijo Pau por encima del hombro.
—Te lo hiciste al salvarme la vida —gruñó, sujetándola con una mano sobre la columna—. ¿Por qué no dijiste que estabas herida?
—No es nada.
—Sí que lo es. Ahora, deja de hacer el tonto y quítate los malditos pantalones. No te estoy seduciendo. Quiero asegurarme de que estás bien. —Jose apareció en ese preciso momento, con el bolso de ella en las manos—. Déjalo y sal —ordenó Pedro.
Paula se quedó inmóvil por un momento hasta que la puerta se cerró de nuevo, luego, con un suspiro nada sereno, se desabotonó los pantalones cortos y amarillos, y se los bajó.
Fijándose en su coqueta ropa interior de color rosa y en su suave y cálida piel, Pedro se arrodilló detrás de ella.
Mientras intentaba reprimir el poco práctico y nada caballeroso impulso de deslizar las manos por la parte interna de sus muslos, cogió el bolso de Pau y hurgó en él. Por supuesto que había estado fantaseando con tener a Paula inclinada de ese modo sobre una mesa desde que ella había descendido a través de la claraboya, pero no en tales circunstancias.
—¿Súper pegamento? —preguntó mientras sostenía un tubo frente a ella.
Pau le arrebató el bolso al tiempo que dejaba escapar un suspiro tenso.
—Esto es propiedad personal.
—Sí, pero ¿de quién?
Pau resopló.
—Que te jodan.
—Supongo que me lo merezco —repuso—. ¿De verdad quieres que lo haga? Puedo llamar a un médico. Será muy discreto. Lo prometo.
—No. Tú sólo une los bordes, aplica el pegamento a lo largo de éstos y sujétalo durante un minuto. Y no te pringues los dedos o se te quedarán pegados.
—Ah. Y no queremos que pase eso.
Pedro creyó oírla soltar una risita, lo que consideró una buena señal.
—No. No quiero tu mano pegada a mi culo. Sobre todo con Gonzales ya pegado al tuyo.
Era un culo realmente precioso, firme, musculoso e ideal para sus largas piernas. Despegó con cautela el esparadrapo y retiró el vendaje que llevaba en la parte alta anterior del muslo, y tomó aire con brusquedad al ver la herida.
—Esto es más que un corte —farfulló mientras limpiaba con cuidado la sangre de su pierna—. Tienes que ir a urgencias.
Ella se quedó en silencio y, un momento más tarde, él notó lo apretados que tenía los puños sobre la mesa. Dios, debía de doler. Limpió la herida de nuevo, apretó con cuidado los dos extremos y aplicó el adhesivo.
En su honor, prácticamente ni siquiera emitió un grito ahogado, pero debía de estar matándola.
—Ya casi está —murmuró—. Luego tomaremos vino y sorbete.
—¿Alfonso?
—De acuerdo, terminado —dijo, y resopló suavemente para cerciorarse de que el pegamento se hubiera fijado y aprovechó para mover los dedos con cuidado y, al hacerlo, acariciarle la pierna con la palma de la mano. Nadie poseía tanto autocontrol. El pegamento aguantó—. ¿Cómo…?
Él no pudo terminar la frase porque de repente ella se desmayó y se desplomó lánguidamente en sus brazos.
CAPITULO 15
Viernes, 8:03 p.m.
Alfonso tenía razón en una cosa. Sabía cómo hacer un buen filete a la parrilla.
El alumbrado de la piscina se encendió mientras el crepúsculo les envolvía,seguido por una estela de luces que bordeaban los lechos de flores y se internaban entre las palmeras en torno a la zona de la piscina. Reinaldo emergió de la casa con unas velas para las mesas que colocó con experta precisión.
—Esto empieza a parecer una cita —murmuró Paula, mirando a Alfonso— Salvo que se trate de una cita con Harvard.
—No es por mí —dijo Gonzales desde su mesa, situada al otro lado de la zona de la piscina. Desperezándose, se puso en pie—. Así que ya que no tiene nada que ver conmigo, me largo.
—Pues adiós.
Miró a Paula con el ceño fruncido y luego le echó el brazo sobre los hombros a Alfonso mientras se dirigían hacia la casa.
—Tendré listo parte del papeleo del seguro para mañana. Imagino que quieres que te lo traiga aquí.
—Sí.
Cuando ellos doblaron la esquina de la casa, Pau se arrellanó para tomar otra profunda bocanada del aire perfumado con el aroma de flores. En ese momento tenía
que pensar si había tomado la decisión correcta al decidirse a encontrarse con el multimillonario. De lo contrario, hubiera estado escondida en aquella lúgubre casa vieja en Clewiston, escudriñando las noticias y esperando no tener que correr hasta que los de seguridad del aeropuerto se cansaran de buscarla con tanto ahínco.
—¿Lista para ver la galería? —preguntó Alfonso cuando reapareció. Para cocinar en la barbacoa se había puesto vaqueros, una holgada camiseta verde que le llegaba hasta las caderas y una camisa gris abierta encima. También él se había calzado unas chanclas, y la ligera brisa alborotaba su cabello con dedos suaves. A ella no le importaría entrelazar los suyos en aquella ondulada masa.
Pau tragó saliva.
—Primero, la sala de vigilancia.
Pau pudo ver en su rostro que él seguía teniendo sus dudas en cuanto a proporcionarle acceso, y por eso le habría presionado. Estaban haciendo un examen de confianza y bien podría sudar él también un poco.
Alfonso la instó a dirigirse hacia el camino de la entrada principal.
—Por aquí.
Él accedió a la entrada de la casa a través de la puerta de cristal del jardín recién reparada.
—Impresionante —dijo ella, mirándola—. ¿Tiene puertas de reserva o es que la compañía de reparaciones es suya?
—Ni lo uno ni lo otro. Resulta que soy encantador.
Claro que lo era.
—¿Qué le pasó a la otra cristalera? —preguntó Pau.
—La tiene la policía —respondió—. Me imagino que estarán buscando huellas.
—No encontrarán ninguna mía.
—Espero que no. Si se le ocurre algo que pudiera vincularle con la otra noche, sería mejor que me lo dijera ahora.
—No se me ocurre nada —declaró—. Le dije que soy buena en lo que hago.
—No lo dudo. Sólo intento atajar cualquier problema. —Alfonso se internó en las entrañas de la casa más allá de la cocina. Un tramo de escaleras conducía a la zona subterránea, que albergaba un cuarto de contadores, el de las calderas y la bomba de agua y, a continuación, la sala de seguridad y vigilancia.
—Señor Alfonso—Un hombre vestido con el uniforme color teja de Myerson-Schmidt se puso en pie tan aceleradamente que la silla salió rodando despedida hacia
atrás. Pau la detuvo hábilmente con un solo pie y la empujó de nuevo hacia él.
—Louie, únicamente estamos de visita. —Con un gesto, Alfonso le mostró la habitación.
Veinte monitores dominaban el cuarto, apilados de cuatro en cuatro, con un ordenador principal en medio y otras dos unidades a un lado con el propósito de ser utilizadas para la reproducción.
—¿Suele haber sólo un tipo aquí? —preguntó.
—Sólo es necesario uno —dijo Louie, tomando asiento de nuevo—, a menos que haya una gran fiesta.
—¿Cómo es que te sorprendimos al entrar? —insistió—. ¿No nos viste venir?
El guarda se aclaró la garganta.
—Estaba observando las cámaras del perímetro exterior —repuso, su expresión se tornó defensiva—. Con el debido respeto, señora, no habría conseguido entrar aquí si el señor Alfonso no le hubiera acompañado.
Pau tenía varias respuestas a eso, ninguna de las cuales iban a gustarle, pero se limitó a asentir.
—De acuerdo. Los policías tienen las cintas de la otra noche, imagino.
—Sí —respondió Alfonso—. ¿Algo más?
—La galería.
Volvieron a cruzar el espacio hasta la parte delantera de la casa y se dispusieron a subir la escalera principal. El Picasso coleaba aún en el descansillo, al haberse salvado de los estragos del fuego, el humo y el agua. Aquello había sido una afortunada obra de varios millones de dólares para Alfonso.
—¿Le pasan a menudo este tipo de cosas? —preguntó ella.
Él redujo el paso.
—He tenido amenazas de muerte antes, pero ésta es la primera vez que alguien ha estado tan cerca de matarme.
—Qué trabajo más agradable.
—Mira quién habla. —Alfonso se encogió de hombros—. El hecho de que alguien invadiera mi casa para hacerlo me cabrea mucho.
—Pero ¿y si la bomba no debía matarle?
—Su propósito era matar a alguien que vivía bajo mi techo, lo que significa que estaba bajo mi protección.
—¿Bajo su protección? —repitió con una leve sonrisa—. Parece un señor feudal.
Alfonso asintió.
—Algo parecido. Tenga cuidado aquí arriba. Todavía quedan escombros por ahí, y el suelo tiene algunos puntos poco seguros.
Una cinta policial amarilla se extendía a lo largo de la parte derecha del pasillo hasta lo alto de las escaleras, pero él la soltó como si no fuera más que una insignificante telaraña. El modo en que Alfonso estaba allí de pie, el modo en que
contemplaba la destrucción de la galería con una profunda y fría cólera, le indicó que se tomaba lo sucedido de un modo muy personal.
—¿No tenía más piezas la armadura? —comentó, al pasar por su lado.
—Mi agente inmobiliario envió algunas de las piezas en mejor estado a un especialista para ver lo que podría hacer con ellas.
—Eran preciosas. —Paula llegó hasta la puerta que había protegido la tablilla por primera vez y la encontró colgando de sus retorcidas bisagras ennegrecida por el hollín.
Pedro se quedó atrás y la observó. Él ya había estado en el piso, pero le fascinaba que ella lo mirase de un modo distinto, que viera cosas que él jamás hubiera concebido. Ella realmente le fascinaba.
—Ésta es su habitación protegida, ¿verdad? ¿Cerradura doble con el suelo surcado de infrarrojos?
Él asintió, teniendo presente que le preguntaría más tarde cómo sabía todo eso.
—Sí. Con cámara de vídeo en la pared del fondo, enfocada hacia la puerta.
—Y no salió nada en la cinta, imagino.
—Nada hasta ahora, según el detective Castillo.
—Si tanto le preocupa que la gente invada su privacidad, puede que debiera considerar la opción de poner más cámaras dentro de la casa —le sugirió.
—Eso protegería mis cosas, no mi privacidad. —Acercándose más para poder mantenerla en su campo visual, vio que se agachaba frente a la puerta rota y recorría
con el dedo la cerradura secundaria—. ¿Qué ve?
Ella se enderezó, limpiándose las manos en los pantalones cortos prestados, dejando manchas de hollín negro sobre la tela amarilla.
—Yo iba a forzar la cerradura secundaria y a cortar la primera —dijo un momento después—. Quien hizo esto pensó lo mismo. Pueden verse las muescas que hicieron las herramientas.
—Un profesional.
—Sí. —Se encogió de hombros, y entró en el cuarto—. Y… algunos ladrones llevan armas, incluso granadas, en caso de que les arrinconen o les atrapen.
—No es su caso.
Paula esbozó una sonrisa.
—A mí no me atrapan. Sólo intento descubrir qué fue… un robo o un intento de asesinato.
—¿Y puede determinar eso mirando las marcas de las herramientas?
Pau asintió pausadamente.
—Comentó que no había más signos de que hubieran forzado la entrada en ninguna parte de la propiedad, a excepción de los que yo dejé, pero esto es muy evidente.
—¿Y?
—Y por eso no tuvo que ser cuidadoso aquí, porque sabía que iba a hacer volar cualquier evidencia.
Recorrió el margen del cuarto de vuelta al punto en que se encontraba la cámara de vídeo, pero Pedro se quedó donde estaba. Ningún signo de que hubieran forzado la entrada, a excepción de una cerradura obviamente cortada aquí, en mitad de la casa. Nada en el vídeo de acuerdo con la policía, aunque se había encargado de que hicieran copia de la cinta y la había visionado él mismo.
El número de personas con acceso a la propiedad en su ausencia era casi infinito; jardineros, seguridad, personal de servicio, mantenimiento de la piscina, el agente inmobiliario, además de un selecto número de amigos a quienes se les
permitía utilizar la casa siempre que quisieran. Aunque difíciles de conseguir, las llaves a las áreas protegidas existían… aunque, al parecer, no para el ladrón.
Finalmente, se detuvo junto al pedestal caído sobre el que se había erigido la tablilla.
—Esto cayó con mucha fuerza. La losa podría haberse roto.
—Entonces se inclina a pensar que la bomba fue colocada para ocultar el robo,¿no es verdad?
Paula levantó la vista hacia él.
—Quizá. Como mínimo alguien conocía el valor de lo que había en esta habitación y no quería que se estropeara mientras él hacía lo que estuviera haciendo.
Aquélla era la tercera vez que se refería al ladrón en masculino. Normalmente, Pedro no habría encontrado extraña la masculinización… salvo que ella era una ladrona y, sin lugar a dudas, una auténtica mujer.
—¿Un asesino se esfuerza por preservar antigüedades? —insistió.
—No lo sé… no soy una asesina. —Con una rápida sonrisa, volvió a entrar en la galería—. Por otro lado, todo lo que había colocado por aquí le importaba un pimiento, incluso el resto de cosas de la casa, en el caso de que los aspersores
antiincendios no hubieran funcionado. —Paula frunció el ceño, a continuación alivió su expresión cuando volvió a mirarle—. ¿Cuál es el valor actual de una buena armadura del siglo XVI?
—Medio millón, más o menos
—¡Uf!
—¿Cómo lo supiste? Me refiero a lo de la bomba.
Ella volvió al gran agujero en la pared de la galeria, y se puso en cuclillas para mirarlo con mayor atención.
—No lo sabía. Quiero decir que casi me llevé el cable por delante, pero lo vi en el último segundo. En realidad, me cabreó.
—¿Por qué? —Pedro estudió su expresión, tratando de ignorar la brusca tensión en su pecho ante la idea de que ella se hubiera tropezado con aquella bomba.
Había forzado la entrada a su casa, violado su santuario. Pero no cabía duda de que ahora se preocupaba por ella.
—La casa estaba provista de una seguridad bastante buena por todas partes, a pesar de lo ineficaz que resultan la mayoría de los sistemas, y de pronto un maldito cable aparecía cruzando el pasillo. Era una estupidez. Guardias e invitados se tropezarían con ello a todas horas y dispararían la alarma, o se harían daño. Y entonces reparé en que no estaba del todo paralelo al suelo, y eso… me molestó.
Pedro se agachó junto a ella.
—La asimetría le molestó. En medio de un robo.
—Me preocupó que el resto de las cosas de esta casa fueran refinadas, meticulosas y cuidadas. No encajaba, y sin duda aquello no había sido aprobado por un hombre como usted. Para empezar, no habría estado allí, y por otro lado, no habría estado torcido. Pero no estuve segura del todo hasta que vi a Prentiss que se dirigía hacia mí sin tan siquiera bajar la vista.
Y él que se había creído un observador razonable.
—Yo me lo habría comido —farfulló. En la oscuridad, distraído y enfadado por la estúpida llamada del fax, pensando en dos reuniones, un contrato y el viaje a Pekín
previsto para la semana siguiente, no lo habría visto hasta que se lo hubiera llevado por delante. Y entonces habría estado muerto—. Gracias —dijo en voz queda.
Una sonrisa hizo aparecer sendos hoyuelos en las mejillas de Pau.
—Sí, bueno, mire lo que he conseguido.
Pedro comenzaba a pensar que definitivamente hasta el momento había salido airoso en esta asociación. Se puso en pie y, debido a que deseaba tocarla, le ofreció la mano para ayudarla a levantarse. Ella le agarró los dedos y se puso en pie, y le miró fijamente bajo sus largas pestañas.
¡Dios! Pedro sabía que estaba jugando con él, que probablemente mirara del mismo modo provocativo a otros hombres, sabiendo que le darían todo lo que ella quisiera. Pero seguía sin poder evitar reaccionar ante ello. A ella. Le devolvió la sonrisa pausadamente. Mientras supiera qué estaba sucediendo, bien podría disfrutar de ello.
—¿Tiene alguna teoría, entonces? —preguntó, soltándola después de un momento y retrocediendo otra vez para darle espacio mientras ella se encaminaba al fondo de la galería.
—Únicamente hay cable en este lado —apuntó—, lo que me indica que quien lo hizo se marchó en esta dirección. A menos que no lo hiciera.
—Eso no es demasiado útil.
—Lo sé. Lo que sucede es que…
—¿Qué? —la urgió.
—Que no estoy acostumbrada a considerar un robo desde esta perspectiva.Quiero decir que sé lo que yo haría en tales circunstancias, pero esto no tiene nada que ver con mi estilo.
—Aparte de la bomba, ¿qué otras cosas lo diferencian de su estilo? No estoy buscando problemas, Paula. Yo también intento comprender esto.
Ella dejó escapar el aire.
—De acuerdo, está bien. Bueno, a mí me gusta entrar y salir rápidamente. Miro planos, fotografías, o cualquier cosa, encuentro el modo más fácil y rápido de conseguir lo que quiero y lo llevo a cabo. Dejar alguna evidencia de allanamiento no me preocupa en realidad, siempre y cuando nada de ello apunte específicamente en mi dirección.
—Una vez que un objeto desaparece es que ha sido robado —comentó, y la vio asentir—. Tiene sentido.
—Pero este tipo no quería que nadie supiera que había estado aquí. Así que, a mí me parece que hay sólo una conclusión plausible. —Se acercó lentamente hacia él
y, al hacerlo, pisó sin querer una figurita aplastada y decapitada de un caballero—. Conocía la distribución muy bien y entró para robar la tablilla y volar en pedazos la
galería.
—De modo que no le importó matar.
—O pretendía matar. Pero no a usted. Se suponía que usted no debía estar allí.
—Ni usted.
—De acuerdo, partamos desde aquí —repuso, sus hermosas cejas se fruncieron debido a la concentración—. Quien estuvo aquí…
—Partamos desde aquí a la planta de abajo —la interrumpió—. ¿Le gusta el sorbete de frambuesa?
—Vaya, mire que es amable —dijo, lanzándole una mirada valorativa—.Recuerde que intentaba robarle.
—Sí, pero ¿le gusta el sorbete de frambuesa? —repitió, permitiéndose sonreír ante su expresión. Esta mujer era demasiado atractiva para su tranquilidad mental, pero al menos también él se le estaba metiendo un poquito bajo la piel. Aunque donde realmente quería estar era bajo sus ropas.
—Claro.
miércoles, 17 de diciembre de 2014
CAPITULO 14
La tensión había desaparecido de su rostro, pero no podía decir que estuviera precisamente relajada. Para un observador casual probablemente parecía completamente relajada, pero un colega de juego como él podía apreciar una mínima señal de tensión en ella. Se preguntó si alguna vez se relajaba por entero.
—¿Sigue Harvard aún aquí?
—Tomas no se amilana con facilidad. Se está cambiando. —E hizo otra llamada telefónica a Guillermo Benton, para perfeccionar los detalles de la historia de Paula ahora que tenía conocimiento de su apellido. Aquello le iba a costar unos abonos para los Dolphins y una bonita suite junto al estadio, pero, en cualquier caso, jamás había tenido demasiado tiempo, o predisposición, para asistir a los partidos.
—No pienso disculparme con él.
Él dejó la bandeja que llevaba en la barbacoa.
—No debería haberle agarrado. ¿Cómo prefiere la carne?
—No muy hecha, en su punto.
Mientras él encendía la barbacoa, Reinaldo regresó con sus bebidas. Pedro no pudo evitar sonreír cuando Paula cogió la cerveza y la desplazó al extremo más distante de la mesa de donde ella se encontraba. También advirtió que a su té helado se le permitió conservar el sitio, cerca del de ella. Aprovechándose de ese hecho, se aseguró de que los carbones estuvieran ardiendo y tomó asiento a su lado.
—¿Encontrará Castillo algún antecedente suyo? —preguntó, tomando un trago de su té de frambuesa.
Ella le miró, obviamente sopesando si la respuesta le incumbía o no.
—No. En cualquier caso, nada concluyente. Trabajo para museos y galerías. De modo legal.
—Bien. Eso facilitará las cosas.
—¿Qué cosas?
—Limpiar su nombre y descubrir qué ocurrió aquí. ¿A qué pensaba que me refería?
Se golpeó los dedos de los pies contra la pata de la mesa.
—Me gustaría ver su cuarto de vigilancia.
Estudiándola por encima del borde de su vaso, se preguntó si Gonzales no tendría razón y estaba pensando con la parte equivocada de su cuerpo. Mostrar su sistema de seguridad a una ladrona, proporcionarle acceso al control del vídeo y de los sensores, era una locura. Pero necesitaba que ella se quedara allí, a menos que quisiera cruzarse nuevamente de brazos y dejar que Castillo hiciera el trabajo.
—Muy bien. Si me enseña cómo consiguió entrar aquí la primera vez… y la segunda.
—No voy a abrir una academia para impartir clases sobre cómo forzar una entrada, Alfonso.
—Pero la segunda vez no dejó señal alguna de entrada. Nuestro criminal podría haber entrado del mismo modo. —Pedro frunció el ceño—. ¿Por qué no entró de la misma forma la primera vez?
Ella se encogió de hombros, como si la respuesta fuera tan evidente que no pudiera creer que él le hubiera formulado semejante pregunta.
—Por la ubicación del objetivo. Atravesar la cristalera del jardín la otra noche resultaba más rápido, y estaba esquivando a los guardias de seguridad.
—¿Por qué eligió la madrugada del martes?
Su mirada rozó la de él, divertida.
—Se suponía que usted no estaba, y había anunciado que iba a enviar la tablilla al Museo Británico.
—¿Cómo sabía que no iba a estar?
Ahora en su boca apareció una levísima sonrisa.
—Le anunció al Wall Street Journal que estaría en Stuttgart hasta el jueves.
—¿Qué es tan gracioso? —inquirió, preguntándose lo que ella diría si supiera que había cancelado una cena con una senadora y su esposo para cocinar para ella en la barbacoa junto a la piscina.
—Mi colega dijo que no se puede confiar en alguien que le miente al Journal.
—¿Su colega? —repitió suavemente él, alargando el final de la pregunta.
—Mi agente. Mi marchante. La persona que vende las cosas que robo.
—Ah. Suponía que podría tener un socio —dijo.
—No. Hoy por hoy, trabajo sola.
En realidad se sentía más aliviado de la cuenta por la confirmación de que actuaba en solitario.
—¿Supongo que no sospecha que su colega esté metido en nada de esto?
—Antes sospecharía de Tomas Gonzales.
Él sacudió la cabeza de modo negativo.
—Tomas no es un ladrón.
—No, es abogado. Eso es peor. Y usted confía en él, lo cual es una estupidez.
Pedro entornó los ojos.
—Estábamos hablando de su amigo… no del mío. ¿Tiene nombre ese colega?
—Supongo que sí —dijo despreocupadamente, y tomó otro trago de té helado—, pero le estoy confiando mi libertad, no la de él.
No podía deshacerse de la sensación de que ella sabía algo específico sobre todo esto… y no toda esa gilipollez de la intuición de ladrón.
—Si está involucrado con esta investigación…
—Si lo está, Sherlock, entonces pensaré en ello. Pero no lo está. Yo… Genial.
Pedro no tuvo que dar la vuelta para saber que Gonzales había vuelto a la piscina.
—Tomas, ¿cómo…?
—Estaré por aquí —interrumpió el abogado, y cogió su cerveza cuando se sentó en la mesa más apartada.
La mirada que le lanzó a Paula no era nada amistosa, pero a Pedro no le preocupó lo más mínimo. Gonzales sabía que se había pasado de la raya y, aunque lanzarle a la piscina pudiera haber sido extremo, también lo eran las circunstancias.
—Iba a preguntarte cómo querías el bistec.
—¿Vas a preparar la salsa esa de champiñones y cebolla?
—Hans está en la cocina preparándolo mientras hablamos.
—Entonces, al punto.
—Así que, ¿cocina mucho en la barbacoa? —preguntó Paula, dividiendo su atención mientras seguía sin quitarle ojo a Gonzales. No había estado bromeando; a Paula Chaves no le gustaban los abogados. Sin embargo, él sí parecía agradarle, y Pedro descubrió que aquello le complacía de un modo perverso.
—Cuando estoy aquí —respondió—. Tomas y su familia son buenos objetivos para ser mis víctimas culinarias.
—Dudo que les importe.
Pedro la miró cuando se disponía a echar un vistazo a los carbones.
—¿Qué quiere decir?
—Vamos. Si normalmente le tiene pegado al culo. ¿Cree que iba a quejarse de que le inviten a cenar en la versión del palacio de Buckingham que hay en Florida?
—¿Eso es un cumplido?
—A mí, que estoy pegado a su culo, no me lo ha parecido —gruñó Gonzales.
—Solano Dorado es bonita —declaró ella.
—Gracias.
Sus ojos verdes se cruzaron con los de Pedro y seguidamente se apartaron de nuevo.
—De nada. Pero ya sabe que siempre miento.
Gonzales bebió otro trago de cerveza.
—Qué tierno, pero me gustaría saber quién intentó hacer volar a Pedro en pedazos, si no os importa. Ya que no fue usted, Chaves.
Pedro comenzaba a desear que Tomas no se hubiera quedado a cenar. Aparte de que preferiría estar a solas con Paula, deseaba que ella se relajase un poco, o jamás conseguiría más que una mínima parte de la información que quería.
—Después de que comamos, Tomas. Por ahora, pregunta a la señorita Chaves qué piensa de las porcelanas de Meissen, ¿quieres?
—Preferiría preguntarle qué piensa de las tablillas de piedra troyanas. — Gonzales dejó su lata sobre la ornamentada mesa de hierro con un sonido metálico—. Pero no intentó robarla para usted, ¿verdad? ¿A quién se la iba a vender… o es que roba cosas para buscar un comprador después?
—Trabajo con contrato —respondió. Los dos hombres se mostraron sorprendidos—. Mi colega recibe la petición de un objeto, algunas veces un emplazamiento, convenimos un precio y los pasos a seguir, me documento un poco y
luego voy a por ello.
Pedro pensó en lo que ella había dicho al tiempo que colocaba los filetes de carne en la parrilla y los cubría con salsa de algarroba.
—La tablilla sólo iba a estar aquí quince días, pero no era ningún secreto. —Frunció los labios, considerando lo personal que podía hacer su interrogatorio antes de que ella lograra cambiar nuevamente de tema—. Sin traicionar ninguna confidencia, ¿apuntó su colega si este comprador pidió una pieza en especial?
—Las tablillas troyanas no son artículos que puedan encontrarse con facilidad —respondió, lanzándole una mirada de ligera superioridad, como si hubiera esperado que él supiera algo así. En realidad, lo sabía, pero le tocaba a Pau mostrar sus conocimientos—. Por lo que recuerdo, sólo existen tres —prosiguió, jugueteando con su vaso—. Pero sí, querían concretamente la suya.
—¿Por qué?
Ella permaneció en silencio por un instante.
—No lo sé. Conveniencia, supongo. Las otras dos están en colecciones privadas en Hamburgo y en alguna parte de Estambul. Y puede que por el precio.
Tomas resopló.
—¿Quiere decir que su tablilla era más asequible que las demás?
Los suaves labios de Pau se contrajeron. Al menos Pedro imaginaba que serían suaves.
—Puede —contestó—. O puede que el comprador tenga su base en Estados Unidos. Conseguir objetos y pasarlos de contrabando de un país a otro puede ser caro… y delicado. Sobre todo ahora.
—Hum —musitó Pedro, dando la vuelta a los filetes—, en unos días estaría en Londres. Puede que tenga razón.
—Pero no vamos tras el comprador —señaló Paula—. Vamos detrás de alguien que utiliza explosivos en lugares cerrados, y tras quienquiera que pueda haberle contratado. —Poniéndose en pie, se acercó a la barbacoa, y observó a Pedro juguetear con los filetes—. Huele bien.
«También ella.»
—Es mi mejor receta.
—En serio me gustaría ver otra vez la galería. Podría darme algunas ideas.
—¿Sobre otros objetos que pueda “rescatar”? —sugirió Gonzales, desapasionadamente.
Paula se apoyó contra la barbacoa y sonrió con dulzura.
—¿Le gustaría hacerle otra visita al fondo de la piscina?
—Niños —advirtió Pedro, cogiendo el plato de cebollas y champiñones salteados que le ofrecía Reinaldo cuando el mayordomo apareció desde la cocina—. Comportaos.
—Di mi palabra de que nada desaparecería de este lugar, Gonzales. Yo cumplo mi palabra.
—Creí que siempre mentía.
Los ojos de Pau se endurecieron, pero su sonrisa se volvió más coqueta.
—Sólo sobre algunas cosas. Sabe una cosa, Alfonso, puedo buscarle un loro que realice el mismo trabajo que Gonzales, y el único coste sería una jaula y algo de alpiste.
—Claro —repuso Gonzales—, pero el pájaro se cagaría sobre todos sus documentos.
Pedro dio la vuelta a un filete.
—Declaro una tregua —dijo, presintiendo, aunque Gonzales no lo hiciera, que el abogado tenía todas las papeletas de acabar otra vez en la piscina—. Quien no desee acatarla puede salir de mi propiedad. —Sostuvo la mirada de Paula—. Iremos a ver la galeria después de que Tom se marche.
—Genial. ¿Es que también vas a darle una llave?
Pedro hizo caso omiso de la queja de su amigo. Además, esta invitada no necesitaba una llave.
—Siéntese, Paula —dijo suavemente, sonriendo—. He conseguido que la carne esté exquisita, en su punto.
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