Sábado, 12:13 p.m.
Ella estaba por todas partes. Una fila de pedestales, cuatro de ellos, estaban de pie en medio de la habitación, cada uno coronado con una rara pieza de antigüedades japonesas.
Pero todo lo demás era ella. Paula Chaves. Por todas partes.
—Jesús —dijo ella con la voz entrecortada y la cara pálida.
Pedro apartó la mirada de ella para dirigirla hacia la pared en medio círculo que se unía al semicírculo externo de ventanas con persianas. Un interruptor de luz se ubicaba justo detrás de ella en la pared, él estiró la mano hacia éste y lo pulsó.
Las luces indirectas iluminaron los objetos y suavemente iluminaron las ordenadas fotos enmarcadas, artículos de periódicos, capturas de sitios web y páginas de revista. Él se
acercó, aún aturdido por la primera vista de las imágenes… y la segunda vista de tantas de ellas. Algunas revistas ni siquiera estaban en inglés.
—Tiene que haber unas cien —refunfuñó Paula, todavía sin moverse de donde se había detenido en el umbral de la puerta de la habitación circular.
—Muchas más —respondió él con prontitud, moviéndose a lo largo de la pared.
Esto lo asqueó. Por lo visto, Gabriel Toombs era un auténtico admirador de Paula. Algunos artículos de periódicos trataban sobre robos, en Australia, Marruecos,
Vancouver, Tokio, París, Munich…
—¿Todos son trabajos que tú has realizado? —preguntó él.
—¿Qué?
—Estos artículos. ¿Son trabajos tuyos?
—¿Eso es lo que ha llamado tu atención? ¿Y qué pasa con la foto en la que estamos comiendo helados la semana pasada? ¿O de la mía haciendo jogging? O…
—Son solo robos —le interrumpió él bruscamente—, ¿o son tus robos? Porque me gustaría saber si sabe con certeza quién eres, cuánto sabe de ti y desde cuándo ha rastreado
tu carrera.
Sus ojos verdes se abrieron de par en par.
—Dios —susurró ella—. Él sabe. Sabía sobre mí cuando almorzamos en el Club Sailfish y cuando me mostró esta casa. —Temblando visiblemente, ella se le unió al lado de
la pared.
Pedro quería abrazarla, pero necesitaban respuestas. Y las necesitaban ya.
—Mira.
Inhalando profundamente, ella estudió los artículos enmarcados.
—No todos son míos —dijo ella finalmente—, pero más de la mitad lo son.
—Entonces, es muy bueno sacando conjeturas. —Manteniendo a raya sus emociones, Pedro apartó su mirada de las fotos para mirar los objetos en los pedestales.
Un antiguo juego de té de apariencia delicada, un asombroso e intrincado abanico, una brida decorada de plata…—. ¿Y éstos? —preguntó él, intentando aún con todas sus malditas fuerzas mantenerse centrado. Si ambos se derrumbaban sólo serviría a los propósitos de Toombs—. ¿Son trabajos tuyos?
Paula se aclaró la garganta.
—Sí. Los cuatro lo son. Cuando los robé, no sabía que eran para Toombs, a excepción de la brida de gue…
—La brida de guerra —terminó él, volviendo a la pared con las fotografías enmarcadas. Él estaba en algunas, en la periferia, aparte, claramente fuera del foco del fotógrafo.
—No lo entiendo, Pedro —dijo ella con voz temblorosa—. La armadura y las espadas no están aquí. Pero esto… esto es una locura.
Pedro había olvidado que habían venido por los artículos de Yoritomo. Tan pronto como había visto esto, todo lo demás había dejado de importar.
—Algunos de estos artículos tienen casi una década de antigüedad —dijo él quedamente, intentando reunir las piezas mientras su sorpresa comenzaba a girar hacia algo
más—. Todas las fotos son desde cuando nos conocimos. Sólo desde el año pasado.
—Puede haber tenido sospechas o haberse dado cuenta de algo, algún error que cometí, y me rastreó desde allí. Los viejos periódicos no son difíciles de conseguir.
—La policía no ha sido capaz de rastrear tu pasado o adelantarte.
—Los polis necesitan pruebas. Algunos de estos golpes no son míos, así que él no lo sabe todo. —Ella hizo un círculo lento—. Casi todo, cierto. Sabe que me gusta el helado
de menta.
Pedro inhaló lentamente.
—Todas las imágenes son de aquí en Palm Beach. No nos ha seguido alrededor del mundo, el petulante bastardo.
—¿Pedro?
Había momentos cuando estaba con Paula en los que no sabía cómo describir sus sentimientos. Le faltaban las palabras. Hoy sin embargo, viendo esto, sabía exactamente
como llamar a la abrasadora emoción que se propagaba en sus músculos y huesos. Rabia.
Pura y simple rabia teñida de rojo.
Toombs la había violado… su intimidad, su pasado, su libertad, algo que ella guardaba con más celo que todo lo demás. Y Toombs había sonreído y la había invitado a su casa. Creían que él había robado algo y que él lo tenía. Pero no se habían esperado esto.
—¿Pedro?
Paula le tocó el brazo y él brincó.
—¿Cuándo se supone que estará de regreso? —luchó por preguntar, apretaba la mandíbula con tanta fuerza que dolía.
—Vinimos por la armadura y no está aquí. Vámonos.
—No voy a ninguna parte. —Salvo ir al Jáguar para conseguir la Glock de la guantera. Por mucho que Toombs afirmara ser muy competente con una espada de samurái, una bala entre los ojos era aún más eficiente.
—Pedro, tenemos que irnos.
—No. Lo siento, pero me juego tu armadura perdida. No me iré…
—Quiero marcharme —dijo ella en voz alta, su voz le llamó la atención.
Él parpadeó.
—Paula…
—Estoy fuera de mí y quiero irme. Ya.
Esto iba en contra de cada instinto primitivo que tenía, pero Pedro asintió.
—Me llevo todo esto conmigo.
—No puedes.
—¿Por qué mierda no? No quiero que ponga sus ojos en ti nunca más. Incluso en fotos.
—Joder, sabrá que yo estuve aquí. Si él no tiene la armadura, entonces los Picault la tienen. No dejaré que lo sepa.
—Esto no trata sobre…
—Esto trata sobre lo que yo digo que trata, maldita sea.
El ruido de la aspiradora al otro lado del pasillo cesó. De inmediato, Paula fue hacia la puerta y apagó las luces.
—No es solo la armadura —dijo ella con voz baja—. No nos pueden atrapar aquí.
Por la tensa preocupación de su rostro, él se dio cuenta que ella tenía razón, tenían que irse y sin dejar la más mínima pista de que hubieran estado alguna vez allí. Si la criada
llamaba a la policía, si la policía entraba en esta habitación buscando un intruso, verían todo esto. Y existieran pruebas o no, la policía uniría los artículos con las fotos y comenzarían a perseguirla como nunca antes lo habían hecho. A perseguirlos. Si la policía los encontraba en la habitación…
—De acuerdo. —Pedro le tomó de la mano y ella apretó sus dedos con fuerza—. Salgamos de aquí. Te sigo.
La expresión de Paula se calmó mientras le soltaba la mano y apoyaba la oreja contra la puerta. Bien. Esto era lo que ella sabía, en lo que era mejor que nadie más de quien él hubiera escuchado jamás. Ambos tenían que calmarse, al menos hasta que estuvieran fuera de esta maldita casa.
La aspiradora comenzó a sonar otra vez, más cerca.
—Ella está en el otro cuarto circular —susurró Paula—. Cuando te lo diga, dirígete por el pasillo y quédate en el extremo opuesto. Hará que le sea más difícil verte.
—¿Y tú?
—Esto estaba cerrado a cal y canto. Tendré que volver a echar la llave desde fuera.Espérame en lo alto de la escalera, bajo la cubierta.
—Paula…
Ella lentamente apretó el pestillo, luego abrió la puerta un centímetro. Observando a través de la estrecha apertura, ella estiró hacia atrás la mano libre para tocar su pecho.
—¿Listo? —preguntó—. Ve.
Suavemente ella retrocedió y abrió la puerta al mismo tiempo. Pedro se deslizó a través de ésta tan rápida y silenciosamente como pudo y se dirigió al lugar encubierto más cercano, entre dos quimonos en vitrinas de cristal.
Cuando miró hacia atrás, ella ya había cerrado la puerta otra vez. Estaba allí con toda esa… mierda, absolutamente sola.
Y todo lo que él podía hacer era esperar. Y observar. Porque él estaba mirando, vio la puerta volver a abrirse un centímetro. Ella se escabulló, cerró la puerta otra vez y se
agachó delante de esta. Paula tenía sus ganzúas entre sus dientes, y un pequeño espejo asegurado a su antebrazo con lo que parecía una banda.
Ajustando el espejo, empezó a trabajar con la cerradura. Él se había preguntado cómo ella cerraría la puerta sin que la criada lo notara, todo al mismo tiempo. Cristo. No le
extrañaba que nadie la hubiera atrapado jamás. A excepción de él esa única noche, y más que nunca fue consciente de que aquello había sido pura suerte… buena para él y mala para ella.
De repente ella se movió, permaneció agazapada y se dirigió directamente hacia él.
Mierda. Se suponía que él debía esperarla en la escalera.
—Vamos —articuló ella, fulminándolo con la mirada, y él se fue.
En el piso de abajo, por el viejo pasillo de la servidumbre y la puerta trasera. Ella lo empujó contra la pared mientras cerraba de nuevo esa puerta, luego le mostró el camino hacia el muro lateral. Con un pequeño y audible suspiro Paula llegó a la pared y la trepó como Jackie Chan, mientras él la seguía más bien como un lento y pesado rinoceronte.
Ella le agarró de los pies para ayudarlo a bajar, luego lo soltó y cambió su apretón a sus manos mientras se dirigían a la esquina donde habían dejado los coches. Los movimientos de Paula eran precisos y correctos, demasiado abruptos para la fluidez que él estaba acostumbrado a ver en su andar. Pedro desbloqueó el Jag y abrió de un tirón la puerta
de pasajeros, deslizándose en ese lado y tirando de ella tras él. Paula se sentó allí, quieta durante un momento, mientras él se inclinaba a través de ella y cerraba la puerta otra vez.
Allí detrás de las ventanas ligeramente tintadas estaban cerca de ser invisibles, a menos que alguien caminara hasta el coche y presionara la cara contra el cristal. Paula siguió agarrándole la mano con fuerza y lentamente Pedro la atrajo contra él, hasta que pudo rodearla con el brazo derecho y abrazarla.
—Se supone que la gente no debe notarme —dijo ella repentinamente.
—Te notó debido a mí —comentó él, preparado para aceptar toda la responsabilidad si esto le ayudaba a recuperar su habitual ánimo.
—No, no lo hizo. —Ella se libró de su agarre y golpeó sus dos puños cerrados en los muslos—. Puede que me haya visto porque estoy contigo, pero ya sabía sobre mí.
—Qué te hace…
—Robé ese abanico en París hace casi tres años, el juego de té tres meses más tarde y el león de jade un año después. Y la brida…
—La brida hace un año y medio —terminó él—. Sabe sobre ti durante al menos los últimos treinta y seis meses. Pero no te hizo una foto hasta después que me conociste.
—En cualquier caso, no de las que hemos visto. No comprobé su cajón de ropa interior o su jodida mesita de noche. —Ella se estremeció—. ¿Por qué no lo supe?
Paula tembló, Pedro le quitó la gorra y la atrajo en un estrecho y fuerte abrazo.
El protegerla se había convertido en su cruzada, en la cosa más importante en su vida.
Claramente había fallado. Miserablemente. Por la forma en que las manos de Paula se aferraron en la espalda de su camisa mientras ella emitía un único sollozo entrecortado.
¿Por qué Paula no supo que alguien la había estado siguiendo cada vez que se quedaban en Palm Beach? Las veces en que estaban juntos en público, ella se acostumbró a esperar que alguien les tomara una foto. Esto podía explicar algunas fotos. Pero el resto…
Ella había sido acechada, aún lo estaba siendo, y no lo sabía.
—Sabes cómo reconocer a policías encubiertos, al FBI, a la Interpol —dijo él lentamente, hablando contra su alborotado cabello—. Siguen ciertos patrones. No podías esperar encontrar algo rastreable en una persona demente.
—¿Él está loco? —Paula levantó la cabeza y alzó la vista hacia Pedro—. Porque he pasado un par de horas en su compañía en dos ocasiones diferentes, creía que era del tipo
raro, pero por otro lado amigable. Cuando llegó para el almuerzo, Andres no le había dicho que yo era la invitada que estaría allí, pero él no comenzó a echar espuma por la boca o algo así cuando me vio.
—Él sabe que Andres trabaja para ti.
—Andres trabaja para muchas mujeres.
—No lo sé, Paula, pero pienso averiguarlo. Y pienso detenerlo. Si no escucho las respuestas que quiero, quemaré esa casa desde los cimientos con él dentro.
—No si te gano por la mano.
Poco a poco, ella se relajó en sus brazos, mientras Pedro intentaba empujar su furia en un rincón donde pudiera tratar con ella. Donde pudiera sonreír y estrechar la mano de Gabriel Toombs esa noche en la cena de los Mallorey y mañana en la casa de los aparentes y auténticos ladrones. Si bien estaba preocupado de que los Picault pudieran robar cada pieza exhibida en el Met… Toombs había intentado robarle algo a Paula, y eso nunca
sería perdonado u olvidado. Incluso sin el anillo que en esos momentos le pesaba en el bolsillo, nadie se interpondría entre él y Paula. Nadie.
* * *
Pedro salió del Jag y se dirigió al SLK de Paula. Si ella necesitaba otra pista de que todo se había salido fuera de control, la forma en que él había decidido que no podía
caminar cinco pasos sola se la proporcionó. Ella sacó las llaves y abrió la puerta.
—¿Debes trabajar en lo que seas que estabas haciendo en Miami? —preguntó ella.
—No. Eso está resuelto. Creo que debemos ir a casa y discutir esto.
Sinceramente, Paula deseaba olvidar todo el asunto, pero sabía que tendría pesadillas con esa fotografía de ella haciendo jogging en el cuarto privado de la torreta cerrada a cal y canto de Wild Bill Toombs. No había sospechado nada de esa clase. Tanto como le gustaba poner excusas, pero Pedro tenía un punto… ella no tenía razón alguna para esperar que algo así estuviera pasando. No obstante, podía pensar en una persona que quizás sabía que había trabajado para Toombs en cuatro ocasiones diferentes. Y estaba desaparecido.
—Debo encontrar a Sanchez —rezongó ella, apretando las llaves en su puño.
—¿Walter? Sé que le echas de menos, pero creo que tenemos… —su voz se apagó—. Crees que sabe algo —dijo Pedro en tono grave, con esa voz tensa que usaba desde que habían entrado en el cuarto de la torreta.
—Sé que sabe algo. Solo que no estoy segura de qué. Pero debe tener una maldita buena explicación para haberme abandonado si sospechaba que Toombs era un bicho raro
de narices.
—Entonces me gustaría ver a Walter en persona.
—Retrocede, King Kong. Sanchez es mío para aporrear, no tuyo.
—Eso es un punto más que podemos discutir de regreso a casa.
—No, eso es…
Su móvil sonó con la música de Somewhere Over The Rainbow. Frunciendo el ceño e incapaz de cubrir otro temblor, ella lo abrió.
—Andres.
—Lo siento, mi bollito de azúcar. Él se ha saltado el almuerzo. Así que odio sonar como una de esas estereotipadas películas de terror, pero debes salir de la casa.
—Estoy fuera. —Ella miró a Pedro—. ¿A dónde te diriges ahora, Andres?
—A casa para una siesta. Tengo una fiesta a las que asistir esta noche.
—En casa de los Mallorey. Cierto. Yo también. ¿Te detendrías por un rato en Solano Dorado de camino a casa? Necesito hablar contigo durante un minuto.
—Será un honor para mí.
Ella colgó.
—Bien, vamos.
—¿Por qué viene Andres? —preguntó Pedro, sin moverse, una mano todavía sostenía abierta la puerta del SLK.
—Porque él conoce mejor a Wild Bill que nosotros y porque es un tipo bastante observador. Y porque nos acompañará mañana a casa de los Picault, y ahora estamos bastante seguros que ellos tienen mi armadura y espadas. ¿Alguna otra pregunta?
—No te me eches encima —dijo él más llanamente—. Y perdóname si me siento un poco protector en este momento.
Ella se inclinó y lo besó.
—Gracias.
—Hum mmm. Te seguiré. Y será mejor que Toombs no conduzca su Miata negro en esta dirección en estos momentos.
Paula casi le dijo que se calmara y controlara, pero él sabía el resultado. Ambos lo sabían. La única diferencia era que él parecía tener su toda su atención alimentada por la
testosterona en matar a palos Toombs, y ella todavía deseaba recuperar las cosas de Yoritomo antes de tomar cualquier otra decisión.
—Sólo quédate cerca —dijo ella, medio para impedirle atropellar a personas sospechosas, y medio porque nunca se había alegrado tanto de tener un compañero como cuando había entrado en esa habitación.
—Lo haré. —Él la besó otra vez y cerró la puerta por ella, luego volvió al Jáguar.
Ella respiró hondo, encendió el coche y se dirigió a casa. A pesar de lo asqueada que se sintió al ver ese… santuario de Paula o lo que sea que fuera, habría sido peor si hubiera hecho caso del consejo inicial de Pedro y no hubiera entrado. ¿Durante cuánto tiempo habría continuado usando el Miata negro o cualquier otro coche que hubiera conducido para seguirla y tomar sus inmundas fotos?
Su teléfono volvió a sonar con… el tema de James Bond.
—Estoy bien —dijo ella, intentando sonar irritada y no se sintió segura de haberlo conseguido.
—Yo sé que tú lo estás, pero ¿y yo qué? —contestó con su culto acento británico—. Fue algo bastante sobrecogedor.
—No tienes que ir de Monty Python por mí —devolvió ella con una media sonrisa—. Estoy bien. Realmente. Sin embargo, necesitamos revisar una estrategia. Tienes razón sobre eso. Quiero un plan antes de que tenga que mirarle a la cara de nuevo.
—¿Cómo comprobarás si Walter ha intentado ponerse en contacto contigo?
—Primero comprobaré sus llamadas telefónicas. Si no en mi móvil, entonces en el teléfono de la oficina y el contestador de casa. Después de eso, una pregunta en el periódico, pero eso no sucederá hasta el lunes.
Después de eso no lo sabía, pero por suerte él no preguntó.
—Se pondrá en contacto contigo —dijo Pedro después de un momento.
Sonaba tranquilizador en la superficie, pero ella tenía la sensación de que él deseaba avisar a Sanchez de cuán irritante era ser tomado por sorpresa con algo así. Sus dos chicos peleando. Genial. Salvo que no se sentía muy contenta con su padre sustituto en esos precisos momentos.
Él tenía su propia agenda, cierto, pero nunca la había dejado colgada antes.
—¿Te quedarás al teléfono conmigo durante todo el trayecto de regreso a la finca?
—Ese es el plan.
—No. Debo concentrarme en conducir. Me siento demasiado inquieta sin añadir tu vena posesiva a la mezcla. Ahorra tus fuerzas, inglés.
—De acuerdo. Solo mueve las manos frenéticamente si me necesitas.
Ella echó un vistazo al retrovisor para ver al Jáguar justo detrás de ella.
—Lo haré —dijo ella, y colgó.
Ninguna de las fotos eran de ella en la propiedad; aparentemente Toombs solo husmeaba cuando ella estaba en público. Eso o él no creía que pudiera superar la seguridad de la finca. Fuera como fuera, nunca se había sentido más… segura que cuando esas puertas se abrieron y el SLK y el Jáguar las atravesaron y entraron en el paseo de palmeras.
Pedro tenía toda la razón; Toombs debía ser advertido sobre las consecuencias de tomarle otra foto. Sin embargo, hacerlo sin exponerse a ser chantajeada, arrestada o algo así, podría ser algo más complicado.
Sábado, 9:49 a.m.
Paula miraba por la ventana de la oficina de Pedro como el Jáguar salía por el camino principal de Solano Dorado. Él había sido amable, mantuvo las cosas ligeras como una pluma y luego salió discretamente de la casa sin decir ni una palabra. Eso apestaba.
Incluso cuando se peleaban ella siempre se sentía cómoda con él, y ahora ambos iban pisando huevos. Él le había dicho que respirara, pero no le había dicho nada sobre
olvidarse de sus sospechas ni le había dicho que estaba equivocada.
Por supuesto ninguno de ellos en realidad había dicho la palabra que empieza por M, pero una vez el pensamiento cruzó por su mente, un montón de cosas en las últimas
semanas de pronto tuvieron más sentido. El pánico le embargó el pecho, crudo y frío, y dio un rápido paseo por la habitación para hacerlo retroceder. Esto era una locura.
Jamás hubo un marido en sus fantasías de retirarse a Milán y los mozos abanicándola con hojas de palmera. Ni siquiera había sido capaz de imaginarse envejeciendo. Aunque quería, evidentemente, o no se habría retirado en la cima de su carrera.
—Joder —masculló, dando otro paseo por la oficina. Sacó el teléfono del bolsillo y marcó—. ¡Coge el maldito teléfono, Sanchez!
Tras un timbrazo saltó el mensaje automático de que el imbécil del dueño del teléfono no tenía el sistema de buzón de voz activado y lo apagó de golpe. Sanchez y ella
bromeaban sobre que él era su Yoda, su fuente de consejos espirituales y morales, pero era verdad. Había crecido con Martin y Sanchez, y Sanchez fue el que le compró su primer
sujetador, su primera caja de tampones… y si su brújula moral señalaba o no un poco peor que la de otra gente,
confiaba en él. Y ahora estaba desaparecido.
Se estaba acercando al punto donde debatía si preguntarle al detective Castillo si podía rastrear el coche de Sanchez.
Francisco se enfadaría, Sanchez se enfadaría de verdad y ella ya estaba bastante cabreada consigo misma por dejar que esto sucediera. Al mismo tiempo suponía que podía hablar con Andres sobre lo que Pedro tramaba, ya que era menos malhumorado y más Obi-Wan Kenobi que Sanchez, solo le diría que siguiera sus sentimientos e hiciera lo que sentía como correcto, y una mierda. Era una ladrona.
Evidentemente no sabía qué era lo correcto.
Así que aquí estaba de nuevo, esperando a ver si alguien hacía un movimiento. No le gustaba trabajar de esa manera; se sentía como si estuviera de espaldas en una autovía
esperando a que un camión la atropellara desde atrás.
Después de anoche ya se sentía como si la hubieran arrollado y arrastrado.
El teléfono sobre la mesa de Pedro sonó, era el intercomunicador de la casa, Paula se acercó y pulsó la tecla de hablar.
—Chaves.
—Señorita Paula, soy Mourson de seguridad. Tengo un tractor, una camioneta y unos doce chicos en la puerta principal. Dicen que son de los Viveros Piskford y tienen una cita.
¡Y explotó la bomba!
—Déjalos entrar, Louie. Que uno de los chicos se encuentre con ellos en la zona de la piscina para supervisar.
—Confirmado.
Ella seguramente debería haber comprobado la fecha de comienzo del contrato que Pedro había firmado en su nombre. Ostras, se movían rápido. Aunque si ella hubiera estado intentando impresionar a un cliente muy rico con un par de hectáreas que tal vez un día necesitaran volver a ser ajardinadas, seguramente también haría todo lo posible para
impresionarlo.
Después de agarrar los zapatos del armario se dirigió a la piscina por las escaleras exteriores. Tres días antes la había aterrorizado la idea de ser responsable de crear un jardín.
Aunque ahora le parecía una muy buena distracción.
Su teléfono sonó con el tema de S.W.A.T al llegar al último escalón. Indicando al equipo del vivero que siguieran adelante y empezaran, lo descolgó.
—Hola, Francisco.
—Hola. Creo que deberías saber que estoy con tu Miata negro. Hay tres que empiezan con la matrícula 3J3 pero solo uno de ellos pertenece a Gabriel Toombs.
—¿A Toombs? —repitió, profundamente sorprendida. ¿Wild Bill Toombs la había estado siguiendo? ¿Por qué?
—Sí, Toombs. Sea lo que sea que estés investigando parece que él sabe algo.
—¡Hala!, Francisco, ni siquiera has venido a desayunar y me lo has dicho en persona.
—No estoy de broma, Paula —dijo el detective con voz seca—. ¿Me recuerdas mencionar que Toombs es un tipo peligroso?
—Lo recuerdo. No soy una niña, Francisco. Pero gracias por el aviso. Lo agradezco, en serio.
—Aunque eso no va a cambiar el modo en que haces las cosas ¿no?
—Seguramente no. Pero cambia el modo en que pienso de ellas.
—Si me llaman por un homicidio y eres tú, Pau, voy a cabrearme de verdad.
—Tú y yo, los dos. Gracias, Francisco. Adiós.
—Adiós.
Se sentó en una de las mesas al lado de la piscina mientras el equipo de Piskford enchufaba las mangueras y una bomba para vaciar la piscina. Según Francisco, si Toombs la seguía significaba que Wild Bill de algún modo conocía su investigación. Para ella, significaba que Toombs sospechaba algo sobre ella, seguramente antes incluso de conocerse en persona, y ahora estaba intentando verificarlo. Y como había un número limitado de sucesos en los que él podría ser sospechoso, hablar con Sanchez ahora mismo habría sido muy útil, ¡maldita sea!
Ya que no podía hablar con Sanchez necesitaba con urgencia hablar con Andres, marcó su número de móvil.
—Muy buenos sábados por la mañana, señorita Paula —contestó con su lento acento sureño.
—Hola, Andres. Lo pillo, no te he despertado.
—Estoy en el hoyo número siete de una partida de golf estupenda, querida.
Hum.
—¿Con quién estás?
—El doctor Randall Hartley, Wild Bill Toombs y Alfonse Soroyan. ¿Pasa algo?
La recorrió una descarga de adrenalina, animándola de nuevo.
—¿Toombs te ha escuchado decir mi nombre? —le preguntó cautelosa.
—Está en el otro cochecito con Alfonse. ¿Por qué?
—¿Jugáis a nueve o a dieciocho hoyos? —le preguntó en vez de contestarle.
—Dieciocho. Tardaremos otro par de horas y media comida incluida —dijo con voz más seca.
Entonces él lo captó.
—Entonces voy a… correr. —Ella se levantó, fue hacia las escaleras y se dirigió al dormitorio—. Si te quedas sin compañía, ¿por qué no me llamas?
—No me gusta discutir con una dama —contestó Andres—, pero tal vez no deberías… ir a correr sola. ¿Está ahí tu caballero?
—¿Y ahora qué eres, entrenador personal? —otra voz masculina, sin duda la del doctor Hartley, provino de un poco más lejos.
—Soy un hombre de muchos talentos —contestó con su acento Andres.
—Pedro salió —dijo Paula cuando se detuvo la otra conversación—. Puedo estar allí y volver en una hora, Andres. Tal vez menos. Solo llámame si él se va.
—Muy bien. Vigila a los… perros, las grietas de la acera y todo eso.
—Iré con cuidado. Gracias. Te llamaré cuando esté de vuelta en casa.
—Claro, hazlo, querida.
En el dormitorio se dirigió hacia el armario, cambiándose la camiseta rosa por una blanca. Sacó una gorra de béisbol negra del equipo Florida Marlins, se puso los calcetines
blancos y el calzado de deporte.
Al verse en el espejo de la parte posterior de la puerta del armario, se detuvo. Sí, estaba lista para irse, con ropa de golf de Florida, la gorra lista para ensombrecer sus ojos y
cubrirle el cabello, el rostro un poco ruborizado y los ojos bien abiertos y agudos. Todos los sistemas preparados.
—Mierda —susurró y volvió a sacar el teléfono.
—Hola, amor —la tranquila voz de Pedro surgió un momento después.
De fondo se oía una voz llamando a alguien hacia una puerta.
—¿Estás en el aeropuerto?
—Voy y vuelvo de Miami con el helicóptero —le dijo.
Esto habría sido más fácil si se hubiera quedado en Miami.
—Estoy a punto de hacer algo que va a cabrearte, pero te lo digo primero así gano puntos, ¿de acuerdo?
—Eso depende —le contestó cauto—. ¿Qué vas a hacer?
—Acabo de llamar a Andres por otra cosa y está en el hoyo siete de dieciocho, jugando al golf con nuestro amigo.
—Paula, no.
—Es la mejor oportunidad que voy a tener. Si desaparecemos durante la fiesta de esta noche, se dará cuenta.
—¿Y cómo sabes que se dará cuenta de nuestra ausencia?
Ella dudó. Contarle a Pedro sobre quién la había estado siguiendo sería bastante imprudente, pero tenía que entender que ella no estaba siendo una cabezota con esto.
—Tiene un Miata negro. Francisco acaba de llamarme para contármelo.
—Él… Paula, no te acerques a esa casa. ¿Me oyes?
—Ahora está ocupado, Pedro. Viscanti necesita la respuesta en cuatro días. Voy. Te llamaré tan pronto como vuelva al coche.
—Mierda. Paula…
Pulsó la tecla de fin de llamada, lo cambió a modo vibración y se lo volvió a meter en el bolsillo.
—Mal, muy mal —masculló ante su reflejo, fue a por sus herramientas en la mochila, la que Pedro no había destrozado, y luego se largó escaleras abajo hacia el garaje.
Su teléfono vibró. Ella comprobó el identificador de llamadas mientras cogía del gancho las llaves del SLK, solo para asegurarse que no fuera Andres advirtiéndola de la marcha de Toombs. No. Era Pedro, entonces se lo volvió a meter en el bolsillo y se puso tras el volante del Mercedes amarillo banana.
Normalmente prefería un coche más discreto —y para empezar uno que no fuera suyo— pero el SLK encajaba muy bien en el vecindario de Toombs. Y este era un AM de los buenos, así que no transgrediría la ley más de lo estrictamente necesario.
El teléfono le sonó cuatro veces más mientras conducía hacia la casa de Wild Bill y aparcaba el coche a media manzana de allí. Todas las llamadas eran de Pedro y
prácticamente podía ver el humo saliendo de la pantalla. Si todavía no hubieran explorado las profundidades de las desavenencias, seguramente lo harían cuando ella volviera a casa.
Tendría que haber apagado el teléfono, porque la distraía demasiado, pero no se podía arriesgar a perderse una llamada de Andres.
Antes de salir del coche echó un vistazo a su mochila negra: ganzúas, alambre y corta vidrio, cinta adhesiva, cable de cobre, un bote de laca y sus bonitos guantes negros de
piel, junto con un par de clips y gomas elásticas. Todo lo que una chica necesitaba para una escapada de día o de noche a hurtadillas. Tenía un equipo más sofisticado oculto por Solano Dorado pero consiguió un buen vistazo sobre la seguridad de Wild Bill cuando ella y Andres visitaron la casa y no pensaba que necesitara nada de eso.
Se ató el cabello con la goma y lo metió debajo de la gorra de béisbol de los Marlins, luego alargó la mano hacia la minúscula zona de asientos de atrás por el par de guantes de golf de repuesto de Pedro, los agarró y se los puso antes de salir. Haciendo eco con el bip del sistema de cierre electrónico del coche, unos neumáticos chirriaron calle abajo detrás de ella. Ella respingó, automáticamente encogió los hombros mientras echaba un vistazo.
Un Jáguar verde subía disparado en paralelo al bordillo justo detrás del SLK y se detuvo a menos de un centímetro de su parachoques. ¡Maldita sea!
Pedro abrió la puerta de un empujón y luego la cerró con un portazo.
—Vuelve a entrar en ese coche —le ordenó, con la voz de no me jodas que usaba durante las negociaciones de trabajo.
—No. Tú vas a volver a entrar en ese coche antes de estropearlo todo.
—Te arrojaré dentro si me obligas.
—Sabes, mi segundo instinto era el correcto. No debería haberte llamado. Podría haber… hecho mis compras y estar de vuelta en casa sin que tú ni te enteraras.
—No estoy debatiendo contigo, ni voy a discutir. Entra en el puto coche, Paula.
Ella alzó la barbilla, sopesando la mochila en su mano derecha por si acaso necesitaba lanzársela. Con las herramientas dentro, tal vez lo haría caer. Por otra parte, él
era más grande que ella y peleaba sucio.
—No soy Lucy Ricardo y tú eres Pedro, no Ricky. No tengo que darte explicaciones y no necesito tu permiso para hacer mi trabajo. Vete. Vete de una puñetera vez.
Durante un largo instante la fulminó con la mirada, los músculos tan tensos que de hecho temblaban. Luego dio media vuelta y abrió la puerta del Jáguar de un tirón. Antes de que ni siquiera pudiera volver a respirar, él abrió el maletero y fue hacia la parte posterior del coche. Luego sacó una gorra marrón claro de béisbol y agarró un par de guantes a juego, parte de su atuendo habitual de golf.
—Entonces vamos —espetó, cerrando el maletero.
—¿Qué te crees que estás haciendo?.
—Al parecer, estoy siendo Ethel. En marcha.
Paula le puso la mano en el pecho, deteniéndolo.
—Espera un minuto. Se aplican las mismas reglas. Dentro tú haces lo que yo te diga.
—No he olvidado MI parte del acuerdo.
Todavía estaba enfadado y con su flema británica, pero no podía culparlo por ninguna de estas cosas. Al contrario, le agarró con los dedos el polo azul claro y se alzó para besarlo. Su boca rígida se ablandó y la siguió un poco cuando ella se retiró.
—¿De acuerdo? —le preguntó, cogiéndole la gorra y bajándola hasta la altura de los ojos. Todavía era muy reconocible, así que ella tendría que asegurarse que no lo vieran.
Pedro se puso los guantes.
—De acuerdo.
Bueno, esto iba a ser interesante. Entrar durante el día habría sido más fácil estando sola y si no hubiera sido tan fotografiada en compañía de Pedro que alguien en la calle
pudiera reconocerlos al estar juntos. Al menos iban vestidos bastante normalitos, aunque habría sido mejor si hubieran estado en una competición de golf en vez de a una manzana
de distancia. Los retrasos eran malas noticias.
—Vamos.
Caminaron de la mano por la calle hasta que llegaron a nivel de la propiedad de Toombs. Tan pronto como el tráfico se despejó ella colocó los dedos de los pies en el muro y trepó.
Pedro la siguió un instante después.
—¿No hay sensores exteriores? —le preguntó en voz baja.
—Solo luces activadas por movimiento. Eso no importa mucho durante el día.
Él seguramente todavía estaba enfadado pero al menos tenía la experiencia para saber que todo tenía su espacio y que este no era el momento de atacar o discutir. Al contrario, permaneció en silencio en la esquina de la casa y siguió vigilando mientras ella subía por la ventana del baño más cercana en lo que habrían sido los alojamientos del servicio hacía un siglo.
Encaramarse por el pequeño aseo de cortesía fue fácil y solo tardó un minuto en deslizarse por el corto pasillo y abrirle a Pedro la puerta trasera. Sola seguramente en este
momento ya estaría arriba y en el dormitorio, cerrado con llave o no, pero ya que tenía un segundo par de ojos —y alguien que le ayudaría a levantar la armadura— no iba a dejarlo fuera y a la vista.
Tan pronto como entraron ella volvió a cerrar la puerta con llave. No tenía sentido dejar ningún rastro.
—Hoy —susurró contra el oído de Pedro—, es uno de los días en que las dos asistentas vienen a limpiar. Mantén los ojos y los oídos abiertos.
Él asintió.
—Vamos a ponernos en marcha. Por aquí.
Subieron las escaleras, Pedro dos pasos detrás de ella.
Paula se detuvo a tres escalones del final y se agachó sobre manos y rodillas, subiendo a hurtadillas para mirar por el largo pasillo ante ellos. Con las asistentas allí las alarmas de ventanas y puertas estaban apagadas, pero no quería tropezarse con nadie. Y solo porque sabía de dos empleadas no significaba que no hubiera cinco o seis más por ahí. Pedro tenía más de una docena solo en Solano
Dorado.
El pasillo estaba vacío a excepción de las vitrinas con kimonos y vestuario Kabuki.
Había un montón de lugares para esconderse pero por suerte hoy ella y Pedro eran los únicos siendo sigilosos.
—Estos son preciosos —soltó Pedro.
—Fin del recorrido turístico. —Aunque sabía que a él le gustarían los expositores; si se decidían por una exposición de vestuario para la galería de Rawley Park recomendaría
un método de presentación similar.
—Perdón.
Se abrió una puerta a mitad del pasillo. Moviéndose con rapidez, Paula empujó a Pedro entre dos vitrinas mientras ella se agachaba detrás de otra en el lado contrario del
amplio corredor. Salió una sirvienta con una aspiradora y trapos de limpiar el polvo. Cerró la puerta tras ella y fue hacia una habitación más cerca de dónde ellos se ocultaban y cruzó la puerta.
Con media sonrisa, el corazón latiéndole acelerado y fuerte en el pecho, Paula volvió en medio del pasillo y siguió hacia las dos habitaciones circulares del final. Hasta ahora el AM había sido sencillo y no habría sido mucho más estimulante por la noche, a excepción de la tarea añadida de sortear las alarmas del perímetro. Tal vez dependía de la reputación del señor samurái mantener a la gente fuera de la casa. No podía encontrar otra buena razón por la que no hubieran robado nunca.
Bien pensado, por lo que Francisco había dicho, tal vez había sido robado y Toombs se había ocupado del intruso o intrusos el mismo. Bien, Toombs estaba fuera jugando al golf, y las únicas espadas puntiagudas que quería ver eran las que pertenecían a Minamoto Yoritomo.
Cuando llegaron a las habitaciones circulares, agarró del brazo a Pedro.
—Si esa puerta se abre —dijo ella, señalando la habitación de la que salían los sonidos del aspirador—, entra en la habitación de detrás de nosotros tan rápido como puedas.
—¿Y tú? —susurró.
—Si no puedo llegar a tiempo a esta puerta, estaré justo detrás de ti. Vigílame la espalda.
—Siempre. —Pedro se colocó entre ella y el pasillo, su caballero de brillante armadura incluso cuando estaban siendo medio malos. Solo por si acaso su suerte todavía
seguía, intentó con el pestillo de la puerta. Cerrado.
Paula se sacó un clip del bolsillo y metió el extremo en la cerradura de abajo.
Normalmente uno de los dos pares de cerraduras se utilizaba, pero estas dos parecían estar cerradas. Podía abrir una cerradura en diez o quince segundos. Aunque tras veinticinco, solo había movido uno de los cilindros.
—¿Pau?
—Chist. —No solo había doble cerradura sino que era de las buenas. Una muy buena. Con un ceño sacó su estuche de ganzúas y lo abrió—. Sujeta esto y quédate quieto —le susurró, insertando una varilla delgada en la cerradura superior.
Pedro girado a medias, sujetó la varilla en el sitio. Por lo menos no había comentado que ella había perdido práctica, aunque eso seguramente vendría después. Pero una
cerradura difícil era algo bueno, reflexionó mientras se acuclillaba para mover los diminutos cilindros internos. Eso significaba que había que proteger algo de valor detrás de
la puerta.
Utilizando las herramientas para las tareas pesadas, la cerradura se abrió en otros doce segundos. No había nada por lo que alardear pero ya se preocuparía más tarde en
comprar una de estas cerraduras para practicar. Tomando aliento, abrió el pestillo y empujó la puerta, Pedro justo tras ella.
—¿Qué co…?
—Chist —le volvió a advertir, cerrando la puerta con cuidado antes de girarse y quedarse helada—. ¿Qué coño? —masculló.