viernes, 10 de abril de 2015

CAPITULO 182





Jueves, 10:12 a.m.


—¿Qué demonios pasó con la confidencialidad cliente-abogado, Tomas? —preguntó Pedro dejando la capeta sobre la mesa de la sala de conferencias.


—Oh oh. No le habrás dicho nada a ella, ¿verdad? —Tomas Gonzales metió la mano en la pequeña nevera bajo el aparador para sacar una botella de agua fría.


—¿Yo? Yo no soy el problema. Por el amor de Dios, lo recuerda todo. ¿Y qué haces tú? ¿Vas y le dices que tengo un regalo para ella?


—Eso no fue exactamente lo que dije. Y además, no sabía lo que yo quería decir.


Evidentemente no lo sabía, estuvo de acuerdo Pedro, ya que cuando le dijo que tenía la intención de proponerle matrimonio ella se lo tomó a broma. No era una buena señal en sí misma, pero probablemente mejor a que ella gritara y se encerrara en un armario, le apuñalara o algo por el estilo.


—Muy bien. No se lo menciones otra vez.


—Vale, vale. Déjame fuera de eso.


—Eso estoy intentado, joder.


—Bien.


—Bien —sabía lo que tenía intención de hacer y su vacilación era porque no sabía cuál podría ser la respuesta de ella. Como hombre de negocios lo veía como un problema… uno que difícilmente quería resolver.


Tomas se aclaró la garganta.


—¿Qué hay de un prematrimonial?


—Maldita sea, Gonzales, cierra…


—Sé que dijiste que ella no se preocupa por tu dinero —presionó el abogado—, pero es que tienes una burrada. O dos o tres burradas. Y las leyes de los Estados Unidos son…


—Ni siquiera se lo he preguntado todavía. Un prematrimonial no es lo que me preocupa en este momento.


Tomó aliento. Lo último que necesitaba precisamente ahora era este tipo de distracción, con una reunión entre cuatro continentes a punto de empezar.


—¿Dónde está Beeling? —preguntó—. La conferencia empieza en quince minutos. Sería estupendo que supiéramos que podremos iniciar la sesión.


Tomas comprobó su reloj.


—Estará aquí en dos minutos. O yo puedo hacerlo… tuve a Mike anoche conmigo revisándolo paso a paso.


Pedro miró a los ojos a su amigo.


—Tu hijo de quince años.


—Sí, asusta ¿verdad? Y a riesgo de que me grites otra vez, Chaves parece bastante feliz. ¿Por qué cambiar las cosas?


Lo había pensado, sobre dejar las cosas seguir como estaban y antes de que se dieran cuenta, Paula y él habrían envejecido juntos. Pero había partes de su actual acuerdo que no le gustaban: como el temor que se había instalado en su mente a que ella se fuera algún día, que le echaran el guante por algo o decidiera que obtendría más emoción en otro sitio y desapareciera.


También había considerado esta vida desde su punto de vista, o tanto como él podía, el matrimonio con él le podría ofrecerle un estilo de vida seguro y sin riesgos, podría
permitirle relajarse como había empezado a hacer en los últimos meses. Tenía un lugar que era suyo.


Y luego estaba la tercera razón. Él quería hijos. Por las viejas leyes sucesorias inglesas y por el hecho de en el fondo era un tipo bastante tradicional y quería estar casado
con su madre. Y quería que la madre fuera Paula.


El teléfono de su despacho sonó, haciéndole saltar. Pulsó el manos libres.


—Alfonso.


—Señor Pedro, Jim Beeling está aquí —dijo Reinaldo


—Envíalo a la sala de conferencias, por favor. Y nos iría bien un poco de café.


—Ahora mismo.


Sacó resueltamente el dilema sobre Paula fuera de su cabeza. Si esta conferencia iba bien, establecería relaciones con tres prosperas organizaciones sin ánimo de lucro trabajando para proveer herramientas, materiales y educación en cuatro continentes.


Le costaría millones, pero a la larga podría servir para mejorar la economía mundial… lo que le haría ganar más millones. Y eso parecía bueno, lo que era un cambio agradable respecto a algunas de sus otras, más lucrativas, empresas.


Mientras tomaba siento en la mesa de conferencias, comprobó su propio reloj.


Paula estaba en la oficina de Chaves Security, donde estaría la próxima hora más o menos. Después de eso, ella y Andres visitarían a Gabriel Toombs, y él aún estaría en esta
silla.


—¿Pedro?


—¿Qué?


Tomas le frunció el ceño.


—Te pregunté si querías que viera si Cata almorzará con Chaves otra vez.


—Eso podría ser una buena idea —dijo mientras toqueteaba el bloc de notas que tenía delante—. ¿Estoy equivocado o estás ofreciéndote a ayudarme para resolver algo respecto a Paula?


El abogado se removió.


—Dejaste bastante claro que yo podía oponerme o callarme en lo que respecta a Paula y a ti.


—Sí —incluso con eso en mente, la oferta de Tomas parecía fuera de lugar—.Entonces estás “tolerante”.


—Sí, eso supongo.


—¿Dijo Cata algo de como fue el martes? ¿O al menos dijo si tenía algo sobre lo que tuviera la intención de hablarme?


La cara de Tomas enrojeció de verdad.


—Todo lo que dijo es que le gusta Paula y que tenía la impresión de que le gustabas. Un montón. No sé si te diría más que eso o no. Esas dos son del tipo reservado.


Que se gustaran el uno al otro era el problema. Había otros asuntos mucho más complicados e inquietantes que necesitaban resolución. La putada de todo esto era que si él
daba un paso para cambiar la dinámica de la relación entre Paula y él, también la estaría obligando a dar un paso, y no sabía si sería hacia él o para alejarse. Y aquello le asustaba más que establecer un programa de ayuda de veinte millones de dólares. Le asustaba más que cualquier otra cosa que pudiera imaginar.



* * *


—Solo quiero estar segura de que sabes en lo que te estás metiendo —Paula se sentó sobre el escritorio de recepción junto al teléfono de la oficina.


—He estado antes en la propiedad de Wild Bill —dijo Andres con su acento sureño desde su habitual silla ante el escritorio—. Nunca para un recorrido privado, sino para una
o dos fiestas de temporada.


—¿Para obras benéficas?


—Casi todas lo son, pero no las recuerdo en concreto. ¿Es una pista?


Ella sonrió ante su tono entusiasta, aunque le preocupaba un poco. Esto no era como tener un aficionado aparcado calle abajo llamándola si un coche se acercaba, o seguir a un
grupo de adolescentes a un puesto de hamburguesas; esto sería llevar a un novato a la casa de alguien que sabía había adquirido una antigüedad al menos de forma ilegal, y
probablemente tuviera más. Y ellos iban a mirar específicamente las cosas que Toombs podría no querer que vieran.


—Tengo curiosidad por su carácter —contestó—. Todo significa algo.


—Es tan emocionante. Compré guantes.


—Déjalos aquí. Eso sería un poco sospechoso, ¿no crees?


—¿Qué pasa con las huellas?


—Nos ha invitado. Se supone que vamos a dejar huellas.


Andres soltó el aliento.


—Obviamente tengo mucho que aprender sobre este negocio de la recuperación clandestina de objetos robados.


Paula dobló las piernas al estilo indio.


—Tienes otro negocio, Andres. Y las damas faltas de atención de Palm Beach no pedirían tu escolta si no confiaran en ti. ¿Estás seguro de que quieres verte involucrado en esto? Al final, alguien se va a enfadar mucho. Puestos en lo peor, estamos hablando de esposas, malas fotos policiales y la difusión de la prensa.


Había cosas incluso peores, pero ella estaba intentando ser realista, no asustarlo de muerte.


Él le tocó la rodilla con un dedo, luego se echó atrás de nuevo.


—He sido acompañante durante doce años. Entre enero y marzo dudo que coma solo una sola vez. Algunas de las damas a las que acompaño son muy agradables, muy
amables y muy inteligentes. Pero podría sentarme en este momento y escribir cada conversación que probablemente tendré durante la próxima temporada. Nunca hay sorpresas, y cada evento también podría estar escrito. No habría empezado a trabajar para ti si no quisiera algo diferente. Y esto es definitivamente diferente.


—Diferente es una cosa. Peligrosa es otra. Solo porque quieras una, no quiere decir que tengas que aceptar la otra. Te estoy dando la oportunidad de retirarte, Andres, sin
culpar a nadie.


Sí, le había prometido a Pedro que llevaría a Andres, pero si el acompañante decidía que no quería poner su seguridad en juego, trabajaría sola. No sería la primera vez que lo
hacía.


—Soy un caballero del sur, señorita Paula. Y como tal, nunca abandonaría a una dama a punto de ponerse en peligro. Incluso un peligro potencial e hipotético —sus
perfectos dientes brillaron en una amplia sonrisa—. Y como hemos discutido previamente, aunque algunas de mis clientas son muy agradables, otras, y sus amigas, nunca me dejan olvidar que yo proporciono un servicio, como un proveedor, y que esa es la única razón por la que se me permite acudir a eventos.


Ella lo miró durante un minuto. Lo miró de verdad. En cuanto a la edad lo situaría al final de los cincuenta, bronceado con el cabello rubio tirando a plateado, y con forma física genial. Por sus frecuentes conversaciones, sabía que tenía una educación formal mejor que la suya, que había viajado bastante y tenía una amplia variedad de sofisticados intereses. De lo que había hecho antes de los doce años previos no tenía ni idea.


Jugaba a ser gay, aunque nunca lo había declarado y dicho cual podría ser su preferencia sexual. Pedro reivindicaba que estaba ocultando su orientación para evitar tensión con los maridos de algunas de las esposas a las que escoltaba. 


Ella no estaba segura, aunque ahora todos sus gestos afectados habían desaparecido.


—Vaya —dijo ella por fin—. Así que realmente no tienes problema con hacerles a algunos de esos tipos unos pocos cortes.


—No, en realidad no.


—Te has relacionado con Toombs.


Los ojos grises enfrentaron los suyos sin vacilar.


—De verdad no tengo problema con esto —repitió.


Ella comprobó la hora en el reloj del teléfono de recepción.


—De acuerdo entonces. Vámonos.


Andres cambio los teléfonos a modo ausente, cerró la oficina y la siguió abajo al garaje para recoger el Bentley. Ella le dejó conducir de nuevo con reluctancia, corrían el riesgo de que Toombs los observara entrar en el camino, y su comedia de mujer respetuosa y medio sumisa la había llevado a ello.


Se había puesto unos pantalones sueltos color canela con un top rosa tejido de manga corta, con una camisa verde pálido abierta sobre él para cubrir modestamente sus brazos, y sandalias planas color canela. Todo había sido elegido tan cuidadosamente como Pedro elegía sus trajes y corbatas, sin embargo su conjunto tenía que servir a dos propósitos.


Tenía que parecer fresca y recatada, y tenía que ser capaz de moverse rápida y silenciosamente con un aviso de segundos. En los bolsillos de sus pantalones llevaba dos
clips de papeles y una goma elástica, con una tira de esparadrapo pegada alrededor de la parte inferior de la pernera izquierda. La parte oscura de MacGyver, como decía Sanchez.


A diferencia de la casa Solano Dorado de Pedro, que descansaba en Lake Worth en la parte más exclusiva de Palm Beach, la de Gabriel Toombs no tenía un nombre o una vista al océano, sin embargo estaba justo al borde de un campo de golf. Era bastante bonita para los estándares de cualquiera, pero Paula se acercó como lo hacía con cualquier trabajo, buscando los fallos, los puntos ciegos, las ventanas oscurecidas por la vegetación… cualquier cosa que pudiera ser usada para su provecho. Quizás era una forma cínica de mirar las cosas, pero hasta ahora la había mantenido con vida.


Mientras Andres aparcaba el coche en la parte alta del camino semicircular, Paula respiró profundamente. La adrenalina inundaba sus músculos, aumentando la
conciencia de lo que la rodeaba y acelerando los latidos de su corazón. Mantente fría, Paula, se recordó a sí misma. 


Esta era una visita para ver algunos objetos en los cuales tenía interés, y tenía que ser lo menos agresiva posible. 


Después de todo, una vez había robado algo para este tipo, y aunque muy probablemente no tenía la más ligera idea de que fue ella, no había forma alguna de que quisiera dar la impresión de una personalidad del tipo ladrón de guante blanco.


Había descubierto que las personas que robaban cosas, o que encargaban que se robaran objetos, raramente lo hacían solo una vez. La adicción o una cierta moral relajada o lo que fuera, si se salían con la suya la primera vez, lo hacían de nuevo. Toombs había adquirido un objeto que no le pertenecía. Para ella aquello hacía lógico que tuviera más. Y
él adoraba sus puñeteras antigüedades japonesas.


—¿Lista, querida? —preguntó Andres, ofreciéndole el brazo mientras daba la vuelta hacia el lado del pasajero del Bentley.


—Sí. Solo juguemos bien y sigue mi ejemplo.


—Diez-cuatro.


Paula suprimió una rápida sonrisa mientras subían los tres escalones bajos hasta la puerta delantera. Al menos Andres no estaba protestando por ser arrastrado a algo que no
quería hacer.


La puerta se abrió mientras la alcanzaban.


—Buenas tardes —dijo Gabriel Toombs, inclinándose desde la cadera.


—Buenas tardes —contestó ella—. Y gracias de nuevo por invitarme. Espero que no le importe que haya traído a Andres conmigo; él conocía el camino y se ofreció a conducir.


—Pensé que podría unirse a usted —replicó Toombs, dando un paso atrás de forma que ellos lo siguieran dentro—. Andres, como le gusta decir, es un caballero. Y un caballero no enviaría a una dama sin escolta a la casa de un hombre.


Desde luego no en el siglo XIX, de cualquier forma, pero Paula se abstuvo de comentarlo. En lugar de eso sonrió, inclinando la cabeza tan cerca de una reverencia como pudo sin parecer que se estaba burlando de él.


—Es usted un anfitrión muy gentil.


—Trato de serlo, pero estaría más halagado si me llamara gentil al final de su visita.


Ella estaría más interesada en llamarle culpable, pero para eso tendría que esperar las pruebas.


—Estoy ansiosa por ver su colección —dijo ella en voz alta.


—Entonces le ruego venga conmigo. ¿Andres?


—No se preocupe por mí, Wild Bill —dijo el recepcionista—. Solo soy un espectador interesado.


Toombs los guió a través del vestíbulo hasta el gran salón de la parte trasera de la casa.


—He intentado mantener toda la casa temáticamente pura —dijo, deteniéndose ante una escultura de tamaño medio de un samurái a caballo—, de forma que mis tesoros son
perceptibles sin sobresalir.


—Me siento como si hubiera entrado en el Palacio Imperial Japonés —dijo Paula agradablemente, preguntándose en silencio si obligaría a sus doncellas a vestir como geishas o algo así.


—Esa es precisamente la sensación que quería evocar —concordó Toombs, sonriendo un poco y luego poniendo rápidamente de vuelta la cara de Mister Spock—. Tuve la sensación de que usted vería la verdad.


Durante un segundo ella se preguntó si él había estado de verdad en Japón, o si estaba basando su apariencia y comportamiento exclusivamente en Los Siete Samuráis y
Black Rain. Por otra parte, alguien como Toombs no querría parecer estúpido, y si coleccionaba todo esto sin siquiera haber visitado el país, parecería estúpido y raro. Más raro.


En el extremo del vestíbulo, la caja llena de tazas de té, teteras y morteros—. Hogar, política, religión y guerra —buscó su mirada—. Me temo que tengo muy pocas muñecas Hina, aunque una o dos podrían resultarle interesantes.


—Mi interés en las muñecas Hina es en nombre de la niña que las colecciona —contestó ella con una sonrisa cálida, resistiendo la urgencia de exigir que se encaminaran
directamente a la sección de guerra—. Mi propio interés es un poco más amplio. Adoraría ver toda la casa.


Él inclinó la cabeza.


—Entonces la verá.


Toombs los guió de habitación en habitación, explicándoles los entresijos y cultura o la importancia histórica de varias piezas de su colección. Mientras empezaba a pensar que
Wild Bill era un tanto excéntrico, no le llevó mucho a Paula estar impresionada por todo el tema. No era que los objetos fueran menos que impresionantes… algunos de ellos valdrían una fortuna tanto en el mercado legal como en el mercado negro.


Sin embargo, él parecía ver cada cosa de la misma forma. Si era japonés, lo reverenciaba. Incluso los coleccionistas de la cultura pop moderna sabían que diferentes objetos tenían diferente valor. Un Han Solo de 1978 en perfecto estado en su empaquetado era más valioso que la versión de 1995 en el mismo estado. Y sin embargo aquí el único criterio para meterlo en una vitrina de exhibición parecía ser que fuera tradicionalmente japonés y usado antes de la Segunda Guerra Mundial


Si un ladrón llegaba aquí para un rápido “pilla lo que puedas y corre” sin saber nada de antigüedades japonesas, sería un disparo fallido. Ella tenía bastante experiencia para saber qué buscar, y aún así por la amplia cantidad de objetos era un poco confuso. Pero quizás ésta fuera su mejor defensa, al tener tanta basura y al menos por consideraciones de tiempo, algunos de los objetos de mayor calidad seguro serían pasados por alto.


—Estos son arcabuces —dijo él, señalando una docena de armas fijadas a la pared—. Todas ellos funcionan; he reparado los mecanismos de mecha siendo necesario
encontrar las especificaciones en el período Sengoku cuando fueron fabricados.


—Impresionante —dijo Andres, inclinándose para mirar más de cerca una de las armas—. Son los cargadores principales con las balas y las baquetas ¿no? —se enderezó para enviar a Paula una mirada divertida.


—Sí. Los accesorios están en aquellas vitrinas. Incluso tengo algo de la mecha original, aunque después de todo este tiempo probablemente se convertiría en humo antes de que se pudiera prender la pólvora con ella.


—¿Tiene algo de pólvora? —siguió Andres.


Esperaba que no estuviera planeando incendiar el lugar como distracción o algo así.


No deseaba aquello de ninguna manera, y especialmente no antes de que hubiera encontrado lo que había venido a buscar.


—Sí. Dos de los morrales de pólvora están llenos. Me gusta sacar los arcabuces fuera y dispararlos una vez al año. Es para lo que fueron hechos.


Mientras soltaba la última frase, miró directamente a Paula. 


Su sentido arácnido estaba hormigueando pero por el momento parecía ser más porque el tipo la acechara que
porque hubiera algún peligro en ciernes.


—¿Cómo protege todo esto? —preguntó Andres—. Odiaría que alguien forzara la entrada y luego me atravesara con una de mis propias espadas samuráis.


—¿Y me va a recomendar Chaves Security para mi seguridad?


—En absoluto —irrumpió Paula—. Estoy aquí porque estoy fascinada, no por negocios.


—En ese caso, si alguien siquiera intentara forzar la entrada, creo que sería muy interesante —replicó Toombs, la mirada fija en la pared de espadas, opuesta a las armas de fuego—. Usar una espada daitu es un arte. Alguien que estudia ese arte está mucho más equipado para… hacerle frente a los problemas que alguien que piensa en ella como en un palo puntiagudo.


Todas aquellas bravatas solo funcionarían si él estaba en casa para defender su territorio, pero Paula se cuidó de señalárselo… especialmente si ella iba a ser la que
allanara la vivienda.


—Adoro la forma en que ha expuesto las espadas —dijo en voz alta—. Se ven como armas pero también como obras de arte.


—Muy perceptiva, Paula —le sonrió de nuevo—. Vamos a una habitación más, si me siguen.


Toombs los guió al otro lado del pasillo a una gran habitación circular en el extremo más alejado del segundo piso de la casa. Las ventanas bordeaban medio círculo, mientras
banderas de guerra cubrían las paredes de la otra mitad, incluyendo una bandera que casi encajaba en la descripción de una de las del informe de Garcia. Aquello, sin embargo, no era su problema o su preocupación. En el centro de la habitación, sobre una estructura metálica estaban expuestas cinco armaduras militares de samurái. Bingo.


—Son mi orgullo y mi joya —dijo él—. Las banderas son de la época de las armaduras… podrían haber sido empleadas en las mismas batallas. Me gusta pensar que lo fueron.


Cubriendo su acelerado latido, Paula se movió hacia dentro. 


Fueran cuales fueran las banderas que Garcia tuviera en su lista de vigilancia, francamente no se preocupó por las banderas de batalla. No hoy. Estaba allí para encontrar una armadura.


Mientras caminaba por el perímetro de la habitación, estudiando la armadura, la comparó con las imágenes que llevaba en la cabeza de la que pertenecía a Minamoto
Yorimoto, el primer shogun.


—¿De qué período son? —preguntó.


—La del centro es Kamakura, las dos más próximas a la ventana son Azuchi-Monoyama y las otras dos son Edo.


La Kamakura sería la más antigua, pero aún así un par de décadas menos del periodo Herian y Yoritomo. La armadura era similar a la del shogun, pero obviamente no era la que estaba buscando. Y dado lo que había descubierto sobre el carácter de Toombs, no creía que mintiera para hacer que una pieza pareciera de menos valor del que tenía.


Andres y ella miraron un par de minutos más, hasta que Toombs les ofreció almorzar.


—Muy amable por su parte —dijo ella, imaginando platos de pescado crudo y arroz al vapor y tratando de no vomitar— pero tenemos un cliente en la oficina en una hora.


—Comprendo. Entonces les mostraré la salida.


Dejaron la habitación circular, pasando por una puerta cerrada directamente a la derecha. Por lo que había visto del exterior de la casa, aquello sería otra habitación redonda.


—¿Qué hay ahí? —preguntó ella.


—La estoy renovando —le dijo, indicando de nuevo para guiarla hacia las escaleras—. Nada más que tablones y latas de pintura, me temo.


Humm. Si ella no pretendiera ser tranquila y recatada, habría estado diciendo “Mentiroso, mentiroso, cara de oso”. 


Mientras cruzaban a través de la puerta, se colocó tras
Andres, dándole golpecitos en el brazo e inclinado la barbilla hacia Toombs.


Él le echó un vistazo a la puerta y luego asintió.


—Sabe, Wild Bill —dijo en voz alta—. He estado practicando mis habilidades con la raqueta.


—¿Está pidiendo una revancha?


Una vez el acompañante le bloqueó a Toobms la vista, Paula estiró la mano y giró el cerrojo de la puerta. Cerrado.


Al parecer tendría que volver a la casa de Wild Bill Toombs después de las horas de visita. Con un poco de suerte mientras él estaba fuera y no guardando la entrada con una de su medio centenar de espadas de samurái




jueves, 9 de abril de 2015

CAPITULO 181




Miércoles 4:18 p.m.


—¿Está en casa? —preguntó Pedro cuando Reinaldo abrió las dobles puertas de la entrada a Solano Dorado.


—Arriba, señor Pedro, en la suite. Hans tiene hamburguesas y ensalada de patata en el menú de esta noche, si es aceptable.


—¿Elección de Paula?


Reinaldo sonrió ampliamente.


—Supone bien.


—Está bien. ¿Sobre las siete?


—Se lo diré.


Arriba en la suite principal él dejó caer su bolsa de viaje y un maletín sobre el suelo.


—Estoy en casa —llamó, luego se dio cuenta del extremo colgante de una ancha cinta roja sobre el respaldo del sofá.


Una pequeña tarjeta estaba sujeta al final. Sacándola de su sobre, la desdobló.


—Sígueme —leyó en voz alta. Era todo lo que decía.


Rodeó el sofá, la cinta se enrollaba y giraba laxa sobre un sillón, alrededor de la base de una lámpara de pie y luego se deslizaba en el dormitorio a través de la puerta medio
cerrada.


—Mejor que estés aquí —dijo con una sonrisa mientras empujaba lentamente la puerta— o voy a ponerme en ridículo.


Silencio. Pero podía sentirla en el interior, su excitación, el calor de su presencia. Su sonrisa se acentuó y Pedro entró en la habitación. Se quedó con la boca abierta.


—Guau.


Fue el único sonido que pudo emitir. Toda la sangre abandonó su cerebro y se dirigió al sur.


Paula estaba de pie, una pierna doblada y ligeramente por delante de la otra, una mano en el poste tallado de la cama y la otra en el costado. En medio no llevaba nada… nada salvo la cinta roja, que se enroscaba una vez alrededor de las caderas y otra cruzaba sus pechos cayendo de nuevo desde el hombro hasta el suelo. Si era Navidad, evidentemente había sido un chico muy bueno.


—¿Qué…? —se aclaró la garganta—. ¿Qué he hecho para merecer este regalo?


—Creo —dijo ella, la voz ronca por la excitación reprimida— que es el aniversario de la primera vez que me desenvolviste —agitó los dedos hacia la cama—. Y justo aquí, también, que yo recuerde.


Así era. Tres días después de que se hubieran conocido. 


Tres muy azarosos e inolvidables días que habían sido seguidos por trescientos sesenta y cinco más. Se quitó la
chaqueta y la dejó caer al suelo. Cuando la alcanzó, deslizó las manos alrededor de su cintura desnuda y se inclinó para besar la boca levantada.


Riéndose contra los labios de él, Paula deslizó los dedos hasta el nudo de su corbata y lo deshizo.


—Pensé ponerme un tanga rosa, pero esto parecía más divertido. Sé que te gusta cuando visto de rojo.


—Definitivamente, funciona para mí.


—Puedo verlo —deslizó la mano por la parte delantera de sus pantalones, luego fue a desabrocharle los botones de la camisa. Al mismo tiempo, él deslizó la cinta por su hombro y la observó flotar con elegancia hasta el suelo.


Deslizando los dedos a través de sus pechos, escuchó con profunda satisfacción la brusca inhalación de aire. Todo lo que había logrado en Nueva York, todas las novedades
que Garcia le hubiera dado, todo podía esperar hasta más tarde. Ella había montado esto para él, esperando a que volviera a casa e iniciar esta pequeña fiesta. Podía ser agresiva, exigente y vivaz, pero cuando se refería a asuntos privados entre ellos dos, por lo general era él quien empezaba primero. Sin embargo, esta tarde no.


La empujó con delicadeza contra el poste, profundizando el beso, dejando que la sensación de la piel de ella bajo sus manos fluyera en su interior. Algunas de sus noches favoritas eran cuando trepaban juntos a la cama y simplemente caían dormidos, pero nada era mejor que el sexo con una Paula acelerada. Nada.


Una vez ella le despojó de la camisa y el cinturón, él se bajó los pantalones y se quitó los zapatos de sendas patadas. 


Supuso que no parecía un semental con los calcetines
negros así que se sentó en el borde de la cama y también se los quitó.


Paula se inclinó sobre él mientras se quitaba el segundo, tumbándolo sobre la espalda y gateando encima para besarlo antes de descender para recorrerle los pezones con
la lengua. Luego se movió más abajo. Cuando le tomó el pene en su suave boca, él puso los ojos en blanco. ¡Por los clavos de Cristo!


—Ven aquí —gruñó cuando ya no pudo aguantar más su entusiasta succión, arrastrándola a lo largo de su cuerpo y girando para ponerla debajo. Le besó la boca, la mandíbula y la garganta y trazó un camino con los labios hasta sus pechos, succionando, acariciando y tratando de controlarse contra el sonido de sus gemidos de placer. Estirando el brazo, bajó una mano entre sus muslos. Separándole los pliegues, deslizó un dedo dentro de ella.


Ella se sacudió, jadeando.


—¿Por qué me haces sentir siempre así?


Pedro levantó la cabeza un segundo.


—Eso sería un secreto profesional. Del tipo James Bond.


Ella envolvió los dedos en sus cabellos mientras él volvía a prestar atención a sus pechos.


—Estás tan lleno de…


Pedro curvó el dedo presionando contra ella. Paula saltó, tirándole con fuerza del pelo.


—¿Ves? —murmuró él.


—Vale, vale. Lo pillo. Deja de bromear y ve a lo importante.


—Todavía no. Aún estoy con los aperitivos.


Pedro trazó una hilera de besos descendiendo por su cuerpo, besando el vientre plano y el interior de sus muslos, y luego introdujo otra vez dedos y lengua. La respiración
dificultosa, la forma en que se retorcía y los sonidos entusiastas que ella hacia lo volvían medio loco, y se deslizó sobre ella otra vez.


Le separó las rodillas con las suyas y lentamente enterró el pene dentro de ella.


Paula soltó un tembloroso suspiro que casi le hizo correrse. 


Aguantando la respiración, luchó por recuperar algún control antes de empezar a moverse sobre y dentro de ella.


Ella le envolvió los hombros con los brazos, encontrando su mirada directamente mientras él impulsaba las caderas contra las suyas.


—Dios, se te siente tan bien —jadeó.


—Tú también.


—Mmm. Intenta esto.


Con un rápido y brusco giro los hizo rodar, poniéndolo de espaldas con ella encima.


—También está bien —gruñó él, mientras ella subía y bajaba sobre él, arqueando la espalda y apoyando las palmas sobre su pecho para apoyarse. Pedro aumentó la presión sobre sus caderas, empujando para encontrase con sus golpes descendentes. Sexo con una mujer que sabía lo que quería y tenía un excelente tono muscular y control. Sí, había sido
un chico muy bueno.


Paula se movió más rápido, fuerte y profundo hasta que gritó, convulsionándose. Con un último empujón él se unió a ella, atrayendo su cara para un beso mientras eyaculaba
dentro de ella.


—Santo Dios —respirando con dificultad, Paula se acomodó en su hombro, curvando el brazo sobre el pecho y enredando las piernas con las de él—. Y bienvenido a casa, en caso de que haya olvidado decírtelo —murmuró.


Así era ella, la Señorita-deslízate-en-la-noche-sin-lamentaciones, sonriendo feliz y lo bastante relajada para dormirse en el abrazo de su chico. Definitivamente los tiempos habían cambiado, y nada marcaba más aquel hecho que la forma en que ella se sentía solo tocando a este alto y fibroso ingles que comía de forma regular seres inferiores para almorzar.


—Gracias —le replicó él—. Eso es casi suficiente para convencerme de que me vaya y vuelva con más frecuencia.


—¿Casi?


—Lo único que me retendría es la comprensión de que estaría muerto después de una semana.


Ella se rió.


—Ambos.


Pedro se movió un poco, estirando la mano para entrelazar los dedos con los de ella.


—Te amo, lo sabes.


—Lo sé. Yo también te amo —durante un minuto ella vaciló sobre si contarle su pequeña disputa anterior con Gonzales, pero eso solo le estropearía el humor. Además, estaba
bastante segura de que sería la que saldría malparada por llevar a Catalina Gonzales a la escena de un allanamiento—. ¿Te gustó el edificio?


—Sí. Mi gente está preparando una oferta.


—Si no vigilas, vas a tener todo el centro de Metrópolis bajo tu control. Tendré que empezar a llamarte Lex Luthor o algo así.


—Oh, por favor. Luthor era calvo. Trump podría ser Luthor —le besó el cabello— ¿Cómo va la búsqueda del modelo anatómico?


—Hay alguien con quien quiero hablar, pero probablemente eso no ocurrirá hasta el fin de semana —con los deportes de Mateo y los deberes, era casi tan difícil de pillar como una pieza de arte que estuviera tratando de robar.


—Es bueno que tengas una pista. Por cierto, Tomas me llamó esta tarde.


Joder.


—¿Lo despediste?


—No. En realidad estaba preocupado porque podría haberte dicho algo que no debería.


Empezó a darle una respuesta frívola, pero el tono de Pedro era un poco ausente. Lo que fuera, era serio. 


Levantó la cabeza para mirarlo a la cara. Al mismo tiempo repasó en su mente el asalto previo con el abogado. 


Memoria casi fotográfica o no, nada le había llamado especialmente la atención en aquel momento. Excepto…


—Dejó caer algo sobre que tú me dieras algo —dijo—. Si vas a darme un regalo, fingiré que no sé nada de eso.


—Ah ¿no te importaría otro regalo?


Paula se incorporó sobre un codo


—El collar de diamantes y los pendientes eran muy hermosos. Y el jardín. Y Reinaldo flipó completamente con el Godzilla. Fue genial —se rió—. Nunca me hubiera imaginado que Reinaldo gritara como una niña. Pero no tienes que regalarme nada —continuó ella, imaginándose que él quería una respuesta seria—. Lo sabes. Estoy aquí por ti, no por el decorado.


—Muy pronto, uno de estos días voy a pedirte que te cases conmigo, Paula.


Ella se rió entre dientes.


—Oh, fanfarronadas, señor. ¿Cómo está Nueva York? ¿Has visto a alguien famoso?
Hablando relativamente, claro, dado que tú has estado en la portada del Time y casi todos los demás palidecen en comparación.


Durante un segundo él no dijo nada.


—Vi al detective Garcia, de hecho —contribuyó por fin él.


—¿Garcia? ¿Qué quería?


—En realidad yo le abordé.


—¿De verdad? ¿Y eso por qué? —se sentó para bajar la vista hacia él.


—Quería saber si la policía de Nueva York tenía alguna información útil sobre Toombs o los Picault.


De manera que estaba metiéndose otra vez en su terreno.


—Supongo que te imaginaste que necesitaba ayuda.


—Pensé que dado que estaba allí, podía preguntar. Mencionaste ponerte en contacto con él. ¿Asumo que tienes algún problema con eso?


—Sabes que tengo problemas con eso —salió de la cama y agarró su camisón—. Maldita sea Pedro, no puedes meterte y abalanzarte sobre todo lo que ves.


—En realidad, probablemente puedo —se puso de pie y se dirigió, desnudo y muy sexy, a su vestidor—. ¿Quieres saber lo que dijo?


Si decía que no, probablemente él no se lo diría. Odiaba la forma en que él manipulaba todo de manera que ahora tenía que pedirle la información que técnicamente le pertenecía a ella.


—¡Jódete! —agarró el sujetador, la camiseta verde y las braguitas de la cómoda donde las había dejado antes y se las puso.


Pillando los vaqueros al vuelo, caminó a zancadas hasta el salón de la suite principal. Metió bruscamente los pies dentro de las perneras, fue a saltos hasta la puerta del balcón y salió. Abajo, en el área de la piscina, las luces parpadeaban bañando la piscina y el patio con un suave resplandor blanco.


Fuera peligroso o no permanecer ignorante, no iba a jugar ese juego. Esta vez era él el que se había pasado de la raya. 


Se sentó en una de las sillas del patio apartando la cara de
la casa y cruzó los brazos sobre el pecho. Y pensar que diez minutos antes se había sentido tan completamente satisfecha.


Un par de minutos después lo escuchó bajar las escaleras y tomar asiento a su lado.


Una lata fría de Coca-cola le tocó el codo y ella estiró la mano hacia atrás para sujetarla y abrirla.


—Gilipollas —dijo.


—Quizás debería haberlo soltado inmediatamente —dijo con su acento, por su tono más que cabreado consigo mismo—, pero tomé en consideración el hecho de que tuve que fijar una cita y estar en la comisaría a las ocho en punto de esta mañana. Creo que habrá alguna especulación sobre eso esta noche en E.T.


—¿Le dijiste a Garcia por qué le estabas preguntando? Porque no creo que el Met quiera que se extienda la noticia de que su seguridad aparentemente apesta de vez en cuando…


Se mantenía resueltamente apartada de él, la mirada en la zona que se suponía que ella iba a rediseñar. Al menos él no había vuelto a sacar el tema. Todavía.


—¿No crees que ya sé cómo hacer preguntas?


—Creo que eres un billonario cuyas conversaciones tiende a recordar y repetir la gente porque algún día van a acabar en un libro… El ingenio y la sabiduría de Pedro Alfonso.


—Lo único que le mencioné a Garcia es que su falta de colaboración conmigo podría hacer que el museo saliera perdiendo en prestigio.


No tan malo.


—Vale, ¿qué dijo?


—Primero date la vuelta y mírame. Tu espalda es adorable, pero prefiero mirarte a los ojos.


—Y tú aún tienes que estar al cargo —replicó ella, aunque hizo girar su silla para enfrentarlo. Prefería ver a la persona con la que estaba discutiendo—. ¿Feliz?


—Indescriptiblemente —Pedro alargó la mano, acariciándole los dedos cerrados alrededor de la lata—. Toombs apareció en dos listas de vigilancia después de que desaparecieran objetos en otro sitio, pero nada más que eso. Uno de esos objetos era una antigua brida de guerra samurái, por cierto. 
Eso casi me sobresaltó.


Ella ignoró los comentarios en favor de los hechos.


—¿Qué era lo otro?


—Una bandera de combate shogun del siglo quince.


—Tiene sentido. Mañana tendré un ojo en bridas y banderas. ¿Qué hay sobre los Picault?


Solo porque no hubiera encontrado nada durante su irregular recorrido por el piso de arriba, no quería decir que no fueran culpables de algo. Y por lo que había estado viendo y escuchando, nadie tenía una colección más extensa de antigüedades japonesas… con la posible excepción de Toombs.


—Sufrieron un robo en su adosado de Manhattan hace unos tres años.
Aparentemente la mayoría de sus objetos japoneses están aquí y sólo desaparecieron algo de efectivo y joyas.


Unos ojos azules encontraron los suyos, una ceja se elevó, preguntando.


—¿Qué? No fui yo, si es lo que estás insinuando.


Ella no había irrumpido en ninguna de las casas de los Picault hasta ayer. Y no se había llevado nada, además.


—Solo una leve curiosidad —tomó un sorbo de la cerveza que se había traído—. ¿Preocupada de compartir lo que has conseguido?


—En realidad no —ella inspiró—. Por lo que he sido capaz de encontrar y descubrir, es Toombs. O los Picault. Palm Beach debe ser vórtice del mal, dado que están todos aquí justo ahora, de forma que no puedo pasear y echar un vistazo. ¿Pero qué se yo? Ni siquiera puedo encontrar a Sanchez.


Pedro se inclinó hacia delante.


—¿Perdona?


—Su móvil está apagado, y no hay señales suyas en su casa. Su novia tampoco sabe dónde está.


—¿Asumo que eso no es típico?


Ella negó con la cabeza.


—Incluso cuando tenemos que mantenernos ocultos, aún podemos comunicarnos. Si no me llama en un día o dos, pondré un anuncio en el New York Times para darle pistas
de que lo estoy buscando.


—¿Por qué desaparecería?


Incluso aunque sabía que a Pedro no le gustaba Sanchez, pudo escuchar la auténtica preocupación en su voz… por ella, si no por el perista desaparecido.


—Puede no ser nada. Alguien al que hemos irritado en el pasado que ha aparecido, o tiene una oferta de trabajo, o…


—Está retirado.


Ella se encogió de hombros.


—Eso pensaba, pero… ¿Quién sabe? Y me advirtió que fuera con cuidado.


Él le sujetó de nuevo los dedos, esta vez apretándolos y no dejándolos ir.


—Aparecerá.


—Ahora mismo estoy más molesta que preocupada. Si no me ha llamado para el fin de semana, eso cambiará.


—¿Qué pasa con los archivos de Walter?


—No tengo ni idea de dónde los guarda.


Pedro parpadeó.


—Tú no tienes ni idea. Tú.


—Es un asunto de peristas. Tiene otros tipos con los que se compromete o le llevan cosas al perista. Al igual que de vez en cuando he pasado por otro agente. Todo el mundo protege sus propias fuentes. Hasta la poli lo hace.


—Parece que incluso después de un año todavía estoy aprendiendo cosas sobre el lado oscuro.


Ella le lanzó una sonrisa.


—Esa soy yo, Darth Pau.


—Pero no estás preocupada. De verdad.


—Aún no. En realidad.


Vale, quizás estaba un poco preocupada, pero en el mundo grande y malo en el que Sanchez y ella habitaban, o solían habitar, desvanecerse dos o tres días no era nada. Le daría
más tiempo antes de empezar a darle vueltas a las cosas… para entonces mejor que hubiera aparecido.


Reinaldo apareció por un lado del patio.


—La cena está lista —anunció.


—Gracias —Pedro se puso en pie y dio la vuelta a la mesa para apartarle la silla mientras ella se levantaba todavía sir Galahad incluso cuando se estaban peleando—. Tu principal sospechoso para el robo del samurái es definitivamente Toombs ¿verdad? —murmuró, sujetándole la mano mientras seguían a Reinaldo dentro de la casa.


—Encaja. Y es ese tipo de extraño.


—Entonces no vamos mañana a su casa.


Ella inspiró.


—Voy a ir a su casa, Pedro. Si es culpable necesito saberlo, y pronto. Si no, también necesito saberlo. Y si es inocente no quiero oír los rumores de que no me dejaste ver su colección. Nos movemos en los mismos círculos ¿recuerdas?


Él aumentó la presión.


—Andres irá contigo ¿verdad?


Ella asintió.


—Andres vendrá conmigo —después de todo necesitaba a alguien que distrajera a Toombs mientras ella fisgoneaba.


—Si no es Gabriel Toombs, ¿qué harás? —prosiguió Pedro. Siempre quería saber la respuesta a todo, lo que le hacía un buen y astuto hombre de negocios, pero podía molestar de verdad a alguien como ella, que vivía gracias a su inteligencia e instintos.


—Vigilaré a los Picault más de cerca y revisaré el disco de seguridad del Met, para ver si hay algo que me perdiera las tres primeras veces que lo revisé, aunque después de diez años no sirve para mucho más que unas risas por los estilos de peinado. Tengo cinco días o este caso se volverá a cerrar por segunda vez.


Pedro la miró durante un minuto. Ninguno de ellos lo dijo, pero ambos sabían que este era el segundo trabajo que Viscanti le había enviado. Si esta vez ella no podía encontrar la armadura y las espadas, probablemente no recibiría más trabajos del Met. O de cualquier otro museo, si tenían algo de sentido común. Y luego volvería a los sistemas de
seguridad. Pedro habría preferido eso para ella, pero ella no.
Para nada.