domingo, 5 de abril de 2015

CAPITULO 166





Lunes, 2:09 p.m.


Paula observó el monitor mientras Ernest y la limusina atravesaban las puertas principales, girando hacia la calzada en lugar de seguir la línea hasta el espacio de aparcamiento.


—Me imagino que tu plan de cerrar las puertas y negarles la entrada no ha funcionado —comentó Craigson.


—Te has quemado del todo —le contestó Paula, dándole un golpe en el hombro mientras se levantaba y salía de la habitación.


Joaquin Stillwell no era tan malo; a pesar de que en su primer encuentro con el asistente personal de Pedro había pensado que era un intruso y lo había tirado al suelo, al final había resultado ser un tipo confiable y honesto. Y más importante, permitía que Pedro pasara más tiempo con ella. 


No se consideraba particularmente pegajosa o necesitada, de hecho era exactamente lo contrario, pero podía decir que
tener un respaldo en el que confiar dejaba a Pedro más relajado.


Gonzales, pensó... de acuerdo, sí, confiaba en él, y sabía que Pedro consideraba a Tomas su mejor amigo. Pero ¡caramba!, él era tan... superior, y acicalado. Un Boy
Scout. Su esposa, Cata, era genial, y sus tres niños divertidos, pero Gonzales y ella nunca estarían de acuerdo. 


Quizás era más divertido para ellos de aquella manera.


Entró en el inmenso recibidor mientras Sykes abría la puerta principal.


—Hey, Joaquin —recibió al asistente personal, y segundo al mando de Pedrocaminando hacia delante y ofreciéndole la mano—. ¿Cómo estaba Canadá?


Él sonrió.


—Sorprendentemente cálido. Podría haberlo hecho con menos suéteres —contentó con su culto acento londinense.


Mientras Sykes enviaba a algunos de los miembros de su equipo a recoger las maletas, Paula respiró hondo y enfrentó a Tomas Gonzales, abogado.


—Gonzales.


Él la miró.


—Chaves.


—¿Qué tal tu vuelo desde Miami?


—Tranquilo.


—Qué mal.


Sykes se aclaró la garganta, y ella retrocedió.


—Sykes os mostrará vuestras habitaciones —dijo, le dirigió un saludo al mayordomo y se encaminó de vuelta a la oficina de seguridad.


—¿Cuándo estará aquí Pedro? —dijo a su espalda el alto y rubio tejano con su tono sureño.


Ella se ralentizó.


—En un par de horas. Probablemente tengáis tiempo para ver la exhibición, si queréis.


—Estaba deseándolo —agregó Stillwell con otra sonrisa.


—No vas a hacer que me registren o me desnuden o algo así ¿verdad Chaves?


Paula chasqueó la lengua.


—Como si lo hiciera. —Deseó haber pensado en aquello; habría sido divertido.


Mientras bajaba las escaleras avisó por radio a Hervey, que estaba hoy al cargo de la puerta, de que dos VIPs llegarían desde la casa y que no los derribaran por estar fuera del área de visitantes delimitada. Si solo hubiera sido Gonzales
habría estado tentada, pero su personal se reflejaba sobre ambos: Pedro y ella, y sobre la exhibición. En otra ocasión, tal vez.


—Tendrán que pasar por el detector de metales —llegó la voz de Larson—. No hay excepciones.


Genial. Había encontrado su nueva frecuencia.


—Gracias por recordárnoslo señor ayudante del director ayudante —le disparó ella—. Deje la línea libre para la seguridad de la exhibición.


—Soy Dany, jardín norte —la voz de Dany entró casi encima de la suya—. Tengo a dos mujeres que aparentemente estaban intentando acceder a la casa.


Suspiró.


—¿AA? —preguntó, usando las siglas para Admiradoras de Alfonso.


—Afirmativo.


—Acompáñelas de vuelta al área de exhibición —respondió, ignorando el ligero chillido “¿Esa es Paula Chaves?” tras la voz de Dany.


—Chist. Estoy hablando. Hecho, jefa.


Pedro llevaba su propio aporte de problemas a la seguridad de un evento, pero eso ya lo sabía, y ella había decidido en contra de sacarlo a relucir la noche anterior. Ah, los peligros de ser obscenamente rico y bien parecido. Aún más, si
necesitara argumentos, las chicas del jardín podrían ser mencionadas.


Cuando volvió al centro de seguridad, Craigson estaba riéndose entre dientes.


—¿Qué? —preguntó ella.


—Echa un vistazo.


Él le señaló uno de los monitores del jardín. Danny estaba guiando a dos chicas en dirección a la exhibición.


—Siiiii... ¿qué tienen, quince?


—Mira más de cerca.


Se inclinó hacia el monitor justo mientras Danny dirigía a las chicas alrededor de un seto. Una de ellas vestía una camiseta en la que se leía Cásate conmigo Pedro, mientras la de la otra decía: A.E.E. Amante-En-Entrenamiento.


Con un resoplido, se sentó de nuevo.


—Sácamelo por impresora ¿puedes?


—Por supuesto. —Al menos habían decidido quién podría hacer qué. Muy organizadas.


Un minuto o dos más tarde Craigson le alargó la foto a color, y ella se sentó con él, observando los monitores mientras las chicas entraban al final en la sala de exhibición. Un par de minutos después aparecían Gonzales y Stillwell.


Al final Jamie se estiró.


—Sabes, yo puedo vigilar esto —dijo—. Podrías ir a emperifollarte para tu cena.


—Sí, de acuerdo. Encenderé la radio —levantándose de nuevo, Paula miró la fotografía—. ¿Crees que la esposa de Pedro aún está aquí? Quizás le pida prestada su camiseta.


—Si lo haces, quiero esa foto.


—No dejes que Larson sepa que no estoy aquí. No quiero darle ninguna idea sobre intentar asumir la seguridad.


Con aquello se encaminó hacia la parte principal de la casa y subió las escaleras hacia la suite del dueño. Después del estúpido gato de juguete de Brian de dos noches atrás, no había dormido bien, pero también estaba acostumbrada a
trabajar de aquella forma sin que nadie se fijara. Una ducha rápida, sin embargo, estaría bien. Y luego un pequeño B&H.


El problema de birlar el diamante Nightshade no era sacarlo de la caja de seguridad; era que ella no quería sujetarlo una vez lo tuviera. Así que tenia que cronometrar al máximo la llegada de Pedro para que la maldición no tuviera tiempo de hacerle nada antes de que pudiera deslizarlo en su bolsillo.


Después de una rápida ducha sacó un vestido rojo del armario. Largo hasta la pantorrilla y de manga larga, de líneas puras aunque sofisticado. Y Pedro adoraba que vistiera de rojo. Si tenía que ir a esta cena, iba a estar guapa. Justo antes de ponérselo cortó una tira de cinta adhesiva y la puso en el interior de una manga, justo debajo del codo. Luego se deslizó dentro del vestido.


—Uauu.


Sorprendida se volvió. Pedro estaba de pie en la puerta del vestidor, apoyado contra el marco.


—Has regresado temprano. Y buena puntuación sobre lo de deslizarse.


—Gracias. No había mucho tráfico, arriba en el cielo donde estaba —hizo el gesto de volar con las manos.


—Listillo.


—Ven aquí y repítelo.


Paula frunció el ceño.


—De ninguna manera. Hueles a helicóptero. Date una ducha y ponte tu smoking de James Bond y luego hablaremos.


—No soy James Bond.


Apartándose del marco, él se acercó para tomar su mano y llevársela a los labios. Por un breve momento de ensueño se sintió como una princesa. Sin embargo los cuentos de hadas no eran para chicas con cuentas secretas en Suiza y serios asuntos de adquisiciones ilegales.


—Muy zalamero —murmuró ella—. Ducha.


Tan pronto como corrió el agua, ella se apresuró a su vestidor. La caja estaba en la esquina trasera, una de las varias que tenía, y la mayoría para proteger copias de papeles de propiedad en caso de incendio. Paula se levantó el dobladillo y se arrodilló enfrente. Tenía tanta seguridad alrededor de la mansión que la caja era casi redundante.


Echando un vistazo sobre el hombro, puso la palma izquierda en la parte de delante de la caja, justo al lado de la rueda. Con la mano derecha hizo girar dos veces la rueda, luego inició un lento giro en dirección de las agujas del reloj,
número por número. Si ella no quisiera que la caja quedara en condiciones de uso habría perforado el dial, pero eso estaba fuera de consideración. Sintiendo un leve clic dentro de la caja, lo hizo retroceder en sentido contrario a las agujas del reloj, luego otra vez hacia delante lentamente.


Al tercer click giró el tirador y abrió la puerta.


—Fácil y divertido —murmuró.


Aparentemente Pedro también tenía algo de efectivo, porque tuvo que apartar un par de miles de libras, y un número igual de dólares, antes de que sus dedos tocaran la pequeña bolsa de terciopelo. Teniendo en mente cuando había lanzado el diamante equivocado en el lago, soltó los cordones y miró dentro.


—Hola Nightshade —antes de que pudiera lanzar algún vudú sobre ella, cerró la bolsa otra vez, movió el efectivo a su sitio y cerró la caja.


Abandonó el vestidor de Pedro y volvió a la parte principal de la suite, con la bolsa de terciopelo sujeta en la mano. 


Si Pedro no hubiera sido tan despectivo sobre la mala suerte y más importante, su creencia en la mala suerte, no lo habría hecho.


Incluso había una pequeña posibilidad de que no pasara nada, en cuyo caso él nunca la dejaría olvidarlo. Entonces, no obstante, se habría ganado el derecho a burlarse, no solo algo que descartaba porque era un objeto y vivían en el siglo
veintiuno, y nadie creía que nada estuviera maldito nunca.


La ducha se paró. Rápidamente pegó la bolsa en la manga, deslizando el borde bajo la tira de cinta adhesiva. Cuando reapareció Pedro con nada más que una toalla, estaba sentada sobre la cama abrochándose sus Ferragamos rojos de tacón alto.


—¿Has oído algo más de Shepherd? —preguntó Pedro, encaminándose a su vestidor—. ¿Algo más sobre gatos de juguete o algo así?


—Solo una cosa —mintió ella. Si Pedro descubría que Brian la había besado, y que ella lo había permitido, se desencadenaría el infierno.


Él se asomó.


—¿Qué hice? ¿Quién?


Paula levantó la foto que Jamie le había impreso y cruzó hacia su vestidor. Asomándose por la puerta, se la entregó.


Notó como la cogía y luego esperó.


—Oh, Santo Dios —murmuró él.


Ella sonrió.


—Estoy poniéndolo en el álbum.


—Mejor te aseguras de que no... —se detuvo— ... Ayúdame con esto, ¿vale?


Como si no fuera un profesional en vestir smoking. 


Enderezándose, entró en el vestidor. La toalla había sido reemplazada por los pantalones, la camisa puesta pero desabotonada. Dios, estaba guapo. Le enganchó la mano, desequilibrándola sobre sus tacones, y llevándola a sus brazos.


—No me desarregles el pelo, colega —dijo ella, esperando que la cinta mantuviera la bolsa en su sitio.


—Bien. Acabaré de vestirme —con la mirada aún sobre su cara, lentamente la dejó de pie otra vez—. ¿Estás segura de que todo está bien?


—Segura. ¿Por...?


—Sé que no te gusta atender estas cenas —le dijo después de un momento, abotonándose la camisa y luego ocupándose de su pajarita—, pero es más bien un evento familiar. Sabes como atenderlos a todos, y hemos tenido un muy buen trimestre.


—No me importa —declaró ella, ayudándolo con su chaqueta—. Manteniendo la poli en casa, el ladrón fuera y las gemas donde deben estar, supongo. Mi versión de multitarea.


—Muchas tareas que la mayoría de la gente no sabría por donde empezar a manejar. Esta noche relájate simplemente. Todo lo que tienes que hacer es cenar y no derribar a nadie.


—Sin promesas —le contestó con una sonrisa mientras él pasaba el móvil y otros objetos a los bolsillos de su smoking— pero lo haré lo mejor posible.


Pedro le acarició la mejilla, luego se inclinó y la beso con suavidad.


—Incluso cuando lo haces mal, lo haces mejor que la mayoría de la gente.


—Estás teniendo suerte esta noche Pedro. ¿También quieres el viaje a Maui?


—¿Es parte del paquete?


—Depende de lo cerca que me sientes de Gonzales.


Riéndose entre dientes, la cogió de la mano y se encaminó hacia la puerta.


—Un día voy a meteros en una habitación y os dejaré pelearos.


Subrepticiamente, ella deslizó la bolsa en su bolsillo izquierdo, luego dobló la cinta que había usado con los dedos y la tiró en la papelera mientras dejaban la habitación.


Tanto si Gonzales y ella se enfrentaban como si no, la noche iba a ser interesante. Especialmente para Pedro.



***


Había estado preguntándose si trasladar la cena a Rawley Park durante la primera semana de la exhibición de gemas sería una mala idea, pero una vez Pedro vio a Paula con uno de los vestidos rojos que se había comprado solo porque a él le gustaban, dejó de dudar. Era una muy, muy buena idea.


Y se había puesto su nuevo collar de diamantes, aunque raramente llevaba joya alguna. Se había enterado de aquello meses atrás cuando ella le informó de que tendía a no ponerse nada que pudiera caerse durante un robo. Algunos
pensarían que solo era modesta.


—¿Por qué sonríes? —le preguntó, mientras bajaban la escalera juntos.


—Solo pensando en más tarde —improvisó él—. Al parecer tengo suerte.


—Como si fuese una sorpresa. Voy a ir a comprobar a Harrington un segundo, y veré si puedo encontrar una forma de encerrar a Larson en su habitación.


Él le soltó la mano.


—Yo... esto... lo invité a cenar.


Sus ojos se entrecerraron


—¿Tú qué?


—Está quedándose aquí, Paula. No podía excluirlo.


—Sí, claro que podías hacerlo. Olvida lo de ser afortunado, su señoría. Eso es solo para el tipo que no invitó al poli idiota a cenar con nosotros.


Frunciendo el ceño, la contempló deslizarse a través del vestíbulo al sonido de sus tacones taconeando levemente. 


Los tacones altos era algo más que evitaba generalmente cuando trabajaba, pero estaba buenísima con ellos. Esa era su Paula, pequeña, elegante, capaz de armonizar perfectamente para encajar en cualquier ocasión, y aun así destacando para cualquiera que supiera qué mirar. Y
embestía más que un rinoceronte enfadado cuando se cabreaba.


—Hey Pedro —le llegó el tono sureño y bajo de Tomas Gonzales y se dio la vuelta. El abogado apareció desde el jardín con una bolsa con el logo de “All that glitters” en su mano.


—Tomas —Pedro sacudió la mano libre—. Por lo que veo has visitado la exhibición de Paula.


Gonzales echó un vistazo a la bolsa.


—Laura me preguntó si podía llevar a casa uno de los programas.


—Paula te habría dado uno.


—Oh no. Lau dijo específicamente que tenía que comprarlo para ayudar a las obras de caridad que reciben el dinero de la exhibición.


—Tu hija es una gran filántropa.


—Sí, para sus diez años.


Sonriendo, Pedro palmeó a Tomas en el hombro.


—Déjame acompañarte a tu habitación.


—No sé —miró de su polo y chaqueta al atuendo de Pedro—. Tu aspecto me hace parecer mal.


—¿Necesitas un smoking?


—No, traje el mío. Solo que no me apetece meterme dentro.


Los dos hombres se encaminaron hacia la escalera principal y las habitaciones más cercanas del ala derecha.


—¿Descubriste algo sobre Brian Shepherd? —preguntó Pedro una vez estuvieron fuera del oído de Paula —Su expediente se parece al de Chaves —contestó Gonzales —. Prácticamente no existe. Un posible sospechoso en un par de robos con escalada, la mayoría en Italia, España y aquí, pero eso es todo.


—¿Trabaja solo?


El abogado se detuvo.


—¿Hay alguna razón en particular para que me hagas esa pregunta?


Al menos el nombre de Paula no había sido relacionado en los registros con el de Shepherd, o Tomas habría conseguido la información.


—Te pregunto porque quiero saber si el tipo que acecha la exhibición trabaja con un cómplice. ¿Hay algo más que te gustaría saber antes de darme la información que te pedí?


—No te irrites. Mi pregunta era legítima, y tú lo sabes. Después de todo, el fallecido padre de Chaves apareció en Nueva York un par de meses atrás y quiso trabajar con ella. Shepherd aun está vivo.


—Tomas no voy a preguntarte qué...


—Un par de los robos en Inglaterra que pudieran haber sido su trabajo podrían ser el trabajo de más de un ladrón. Eso es todo lo que dice el informe, y es todo lo que sé. Qué asco.


—¿Era tan difícil? —preguntó Pedro, inseguro de si estaba aliviado o no.


—¿Después de cinco horas de vuelo? Sí. Podías haberme amenazado por teléfono.


—Estás aquí por la cena. Las amenazas solo eran convenientes. Cambio de tema. Tengo champagne en el salón terraza mientras esperamos a los demás.


—Y algo de bourbon, espero.


—Para ti, sí.


—Bien.


Pedro fue al salón mientras dos miembros de su personal dejaban copas y champagne sobre una mesa cubierta de lino en la terraza.


—Bourbon para el señor Gonzales, si no le importa —dijo, tomando una silla cerca de la balaustrada de piedra mientras las dos mujeres dejaban los fanales en el centro de cada una de las mesas.


Cuando las camareras dejaron la terraza, uno de los policías montados contratados por Paula pasó por allí, saludó y continuó en dirección al establo.


Pedro soltó el aliento. Desde fuera, su vida parecía un puñetero paraíso. Desde dentro, la imagen era un poco diferente.


Sí, nunca había sido tan feliz. La vida con Paula tenía una forma de alterar su perspectiva sobre... bueno, sobre todo. 


Ahora pasaba menos horas trabajando y más disfrutando de sí mismo. Y ciertamente podía permitirse helicópteros privados, aeroplanos y largos fines de semana en el Caribe. 


Pero mientras antes había dado las cosas por seguras —que sus cámaras y alarmas mantendrían sus posesiones seguras, que su diversión estaría relacionada con el flash de las cámaras y la persecución por periodistas— ahora todo era mucho mas complicado.


Antes de Paula, no tenía idea de que un ladrón pudiera hacer las cosas que ella hacía. Y mientras había descubierto y presenciado suficiente para saber que muy pocos eran tan hábiles como ella, había un par de ellos allí fuera. Unos pocos ladrones que podrían igualarla, cazarla y herirla. 


Ladrones que sabían más sobre su pasado de lo que probablemente él sabría nunca. Ladrones como Brian
Shepherd.


Se dio una sacudida mental. Esta noche era una celebración, no una retrospectiva de todos sus miedos y pesadillas. Comprobó su reloj. Sus secuaces, como Paula los llamaba, empezarían a llegar en los siguientes veinte minutos más o menos. Lo cual le daba tiempo para hacer algo que él realmente hacía... nada.


Bebiendo da la copa de champagne que había cogido, miró hacia el lago. Los cisnes estaban guardados, listos para su comida de la noche... aunque le parecían perfectamente orondos y felices. Un par de patos en emigración se habían unido a ellos, probablemente habían oído de comida gratis. 


Pedro se rió para sí mismo.


Todo el mundo podía tener una celebración esta noche.


—Buenas noches señor Alfonso.


Tanto para el relajante momento de nada. Estabilizó su expresión antes de volver la cabeza.


—Inspector. O supongo que debería preguntarle cómo debería ser presentado esta noche.


—Henry Larson del V&A estará bien —replicó el inspector—. No quiero que nadie sepa que mantengo vigilada la exposición.


—¿Alguna pista o información sobre su potencial ladrón? —preguntó Pedro, pasando a su expresión de hombre de negocios complaciente y señalando una silla cercana. Esta era para Paula, se dijo. Podía hablar cinco minutos con
un idiota por ella.


—Ni una cosa. Creo que el gato de juguete podría ser una pista, pero la señorita Chaves parece convencida de que fue cosa de algunos adolescentes del pueblo.


—Es bastante buena resolviendo estas cosas.


Larson se aclaró la garganta.


—Eso me recuerda algo ¿Podría hablar francamente por un momento?


—Por supuesto.


—Estaba un tanto sorprendido de que el V&A le concediera el honor de montar la exhibición aquí. El...


Pedro se enderezó.


—¿Perdón?


—No, no. No quiero ofenderlo. Solo me refería al robo de algunas de sus pinturas el año pasado.


—Eso fue un trabajo interior, como lo llaman —replicó Pedro con frialdad—. Alguien que había sido mi empleado durante diez años se volvió codicioso. Y ocurrió en Florida. No aquí.


—Sí, ya veo. ¿Y qué pasa con la señorita Chaves?


La ira empezó a arrastrarse por los músculos de Pedro.


—¿Qué pasa con ella? —preguntó con tranquilidad.


—Bueno, es la hija de un conocido ladrón de guante blanco. Confiar en ella con una colección de gemas que vale millones de libras parece algo... descuidado.


Pedro se inclinó hacia delante, apoyando las palmas sobre la mesa.


—De donde usted viene, señor Larson, ¿es costumbre que los huéspedes insulten a su anfitrión y anfitriona?


—No. Solo estoy diciendo, que uno se pregunta que...


—Así que, Inspector —le interrumpió y tomó un sorbo de champagne— ¿está disfrutando de su estancia aquí?


—Sí. Sí, lo hago. Usted...


—¿Y cree que yo podría dirigir su carrera como agente de la ley en una dirección que usted podría no encontrar completamente agradable?


La cara de Larson enrojeció.


—El... bueno, tengo un trabajo...


—Recordando eso —continuó Pedro, ignorando los intentos de una explicación que no tenía interés en escuchar de ninguna manera—, le sugiero que utilice un poco más de discreción cuando hable de la señora de la casa.


—Bueno, tiene que admitir que ella tiene un...


—Dado que su padre era un ladrón muy experimentado, Paula ha convertido en su objetivo el estudio de distintas medidas y métodos de seguridad.
Es una experta en ese campo, de hecho. Ese es el principio y el final de su contacto e interés en ella. Si escucho otra palabra sobre la probabilidad de que sea culpable por asociación, lo veré multando coches en Piccadilly. ¿Está claro?


—Muy claro, señor.



CAPITULO 165




Lunes, 8:12 a.m.


Paula se deslizó por el ala norte y bajó las escaleras, evitando ser detectada por las tres personas que la adelantaron mientras bajaba, gente que le hubieran
deseado buenos días y arruinado su acecho. En la sala de desayuno se apoyó contra la puerta cerrada, pero no oyó nada. Muy lentamente giró el picaporte y abrió la puerta unos centímetros.


Con cinco centímetros podía echar una buena mirada a la mesa. Pedro estaba allí sentado, ojeando una gruesa pila de papeles y tomando notas en un bloc mientras daba cuenta de los huevos revueltos. A estos chicos ingleses les gustaba
su desayuno caliente y lleno de colesterol.


No había nadie más en la habitación, así que se enderezó y abrió la puerta del todo, cerrándola detrás de ella.


—Buenos días, mi bollito inglés —canturreó, rodeándolo para plantarle un beso en la boca con sabor a café.


—Buenos días.


—¿Alguna señal de Larson esta mañana?


—Sykes ha dicho que ha comido temprano. Probablemente está patrullando el perímetro.


—Bien. Tal vez se caiga en el lago.


Él sonrió brevemente.


—Tratas a los delincuentes mejor que a la policía.


—La fuerza de la costumbre. —Se dirigió hacia el cargado aparador—. Entonces, ¿cuántas personas vendrán a cenar esta noche?


—Veinte o así. Algunas esposas y socios están dudosos, pero debería saberlo para esta tarde. Sarah me llamará con el número final. Y sí, todos tenemos el día libre mañana, así que no te preocupes de que los vaya a mantener levantados hasta muy tarde una noche entre semana. Incluso pueden quedarse si lo desean.


Ella frunció el ceño mientras amontonaba fresas y un croissant con mantequilla en su plato, tomaba una Coca-Cola Light helada y se reunía con él en la mesa.


—¿No vas a la oficina hoy? Ya faltaste el sábado. Y pensaba que ibas a almorzar con el PM y algunos otros MP.


—Oh, muy bien con la jerga. Estoy a punto de llamar y reprogramarla.


—¿Para cuándo, para cuatro semanas a partir de ahora, cuando la exposición haya terminado? ¿Sabes lo loco que te volverás si te quedas aquí todos los días, todo el día, durante cuatro semanas?


Él la miró por un momento con un suave ceño en el rostro. 


Luego sacó su teléfono y lo abrió.


—¿Sarah? Que venga el helicóptero a buscarme, por favor. Y que Wilkins aterrice en el muelle, para no asustar a los turistas. —Pedro escuchó un momento y luego asintió—. Eso está bien. Gracias.


—¿Estás en contra del coche? —preguntó con brusquedad Paula—. El diamante está en la caja fuerte, ¿verdad?


—El diamante, una vez más y por última vez, no tiene nada que ver con nada de esto. Voy a tomar el helicóptero porque es más rápido. Y porque me gusta decirlo.


Ella se echó a reír.


—“Envía el helicóptero” tiene un cierto sonido. —Se metió una fresa en la boca—. El día libre de mañana es bueno, pero asegúrate de que tus secuaces terminen de trabajar hoy pronto; querrán emperifollarse y tienen que conducir
hasta aquí.


—Sí, mi señora. Creo que varios de mis secuaces y sus seres queridos quieren darte las gracias en persona por hacer sus vidas más fáciles.


Eso la hizo sentir bien; sabía el impacto que Pedro tenía en su trabajo, pero a pesar de que él decía que usaba los consejos que ella le daba y oía sus ideas, escuchar la evidencia concreta de sus contribuciones era raro.


—Yo gobierno —dijo ella con una sonrisa.


—Sí, lo haces.


—Y como la reina —añadió, abriendo la lata de coca cola—, te sugiero que guardes el diamante donde nadie pueda verlo y mucho menos tocarlo.


Él suspiró.


—El diamante Nightshade no tiene nada que ver con nada, y tú lo sabes.
Brian Shepherd llamó a la puerta porque es un ladrón y tú estás protegiendo una exposición de piedras preciosas. Mi llanta explotó porque había un clavo en la carretera y yo he perdido el proyecto Blackpool porque llegué tarde a la reunión.


—Connoll y Evangeline creían que estaba maldito.


—Ellos vivieron hace doscientos años, Paula. No seas... —Él se fue apagando.


—¿Qué? —Insistió—. ¿Estúpida? ¿Ignorante?


—Supersticiosa. Es la habilidad, la astucia y la persistencia lo que hace que superemos el día a día. No la suerte. —Pedro tomó un último bocado de huevo y se apartó de la mesa—. Ahora, si me disculpas, tengo que ir a coger un helicóptero. —Cuando pasó a su lado, la besó en la frente—. Que tengas un buen día. Sabes cómo ponerte en contacto conmigo si pasa algo. Puedo estar aquí en veinte minutos.


Ella puso los ojos en blanco. Hombres. Hombres ricos en particular.


—Oye —le gritó a su espalda mientras desaparecía por la puerta—, ¿a qué hora llegarás a casa esta noche?


—Intentaré estar aquí hacia las cuatro. La cena está fijada para las seis.


La exposición cerraba a las cinco, lo que le daría una hora para esquivarlo, encontrar algo apropiado que llevar, y robar el diamante de la caja fuerte. Si él no creía en la mala suerte, entonces podría llevarlo a todas partes esta noche. Un giro
radical era jugar limpio después de todo.


A las nueve de la mañana abrieron las puertas. La multitud era menor, aunque seguía siendo importante para un lunes en el centro de Devonshire. Al parecer la exposición había sido publicada en algunos sitios web de viajes, porque a las once dos autobuses llenos de turistas japoneses y uno de estadounidenses estaban estacionados en el aparcamiento de grava.


Mientras dos de los jinetes de Craigson rodeaban a la media docena de paseantes que intentaban llegar a la terraza del salón desde el lago, ella comenzó a preguntarse si no era simplemente la oportunidad de ver a Pedro Alfonso y Rawley
Park de cerca lo que había llevado allí a todas las visitas. 


Después de todo, él era bastante fanático sobre su vida privada y nunca antes había abierto su casa al público. Eso cambiaría en diciembre, cuando la galería de arte del ala sur se abriera, pero justo después de la inauguración, con un poco de suerte, ella y Pedro estarían de vuelta en Palm Beach. Jamie Craigson podría ser el jefe de seguridad para entonces.


—Larson está en camino —dijo Craigson, mirando por encima del hombro.


Ella se enderezó. A por ello, Paula. El hecho de que fuera de día y tuviera sus propios subordinados para ayudarla a vigilar el lugar no significaba que pudiera quedarse dormida de esa manera. Una de las cámaras del jardín atrapó la espalda del inspector al entrar en la casa.


—Podría decirle que vi a alguien en el bosque —sugirió el jefe de la guardia—. Con eso nos desharíamos de él durante una hora o algo así.


—No me tientes, Jamie.


Un minuto más tarde alguien tecleó el código de entrada de la puerta.


—¿Qué canal está utilizando en los walkie-talkies? —preguntó Larson, abriendo la puerta.


—Hola —respondió Paula, balanceándose en la silla—. Mucha gente para un lunes, ¿no le parece?


—Deje de perder el tiempo, señorita Chaves. Sabe que 
tengo una radio, así que le dijo a todo el mundo que cambiaran el canal de seguridad. ¿Qué pasa?


Ella le hizo una mueca.


—¿De verdad va a estar por aquí durante las cuatro semanas?


—Tengo otros quince días de vacaciones —respondió con frialdad—. Me quedaré hasta que esté terminado, o hasta que coja a mi ladrón. Lo que ocurra primero.


—Es un tipo dedicado, entonces —dijo con tristeza—, usar sus vacaciones para vigilar este lugar.


—Mi fuente es fiable, tanto si mis superiores quieran o no pagarme por estar aquí. Sólo estoy haciendo mi trabajo.


—¿No lo hacemos todos? —murmuró ella, asintiendo a regañadientes hacia Craigson.


—Canal ocho —suministró Jamie con su acento escocés.


—Gracias. —Larson giró el canal adecuado—. No fue tan difícil, ¿verdad? Ve, podemos cooperar. —Y salió de la habitación.


—Dale hasta la una, luego cambia al canal tres —instruyó Paula levantándose.


—Por supuesto. ¿A dónde vas?


—Me gustaría hacer un recorrido, pero no iría bien. —Mucha gente la reconocía ahora, sobre todo aquí en la central Alfonso—. Me aseguraré de que nadie está tratando de asaltar el castillo.


—Te llamaré si algo cambia por aquí.


—Gracias, Jamie.


Metiéndose el walkie en el cinturón, salió de la habitación. 


Cuando Pedro hizo una lista de los sucesos de mala suerte no causados por el diamante Nightshade, se la había dejado al inspector Henry Larson. Sus chicos sabían que ella estaba al cargo, pero si Larson no hubiera estado presente, se habría sentido un poco más libre de agregar unas cuantas medidas preventivas para detener a Brian. Pasar el soplo a la ley antes de que algo realmente ocurriera, y que podría no ocurrir, no parecía correcto.


Se dirigió a través de la parte central de la mansión al salón de la parte posterior. Las puertas de la terraza estaban abiertas, algo que por lo general Sykes hacía en un día agradable como éste, pero con las hordas que vagaban por el exterior no estaba segura de que fuera una buena idea.


A mitad de camino de la sala, frenó.


—Sabes, Brian—dijo en voz alta, manteniendo su voz tranquila—, si quieres colarte en alguna parte debes dejar el Old Spice para después del afeitado.


—No es Old Spice —la suave voz irlandesa vino desde su izquierda—. Es lo mejor que un tío puede pillar en Harrod’s. Muestra un poco de respeto, ¿quieres?


Ella se enfrentó a él cuando salió de detrás de una de las vitrinas que Pedro había añadido a la casa con su importante colección de primeras ediciones de libros.


—¿Por qué demonios estás todavía por aquí? Sabes que nunca vas a entrar en el edificio.


—Sí, gracias por dejar las luces encendidas toda la noche. Si ese chico tuyo hubiera tenido una escalera más alta a mano, habría tenido que correr a por ella.


¿Su amigo? Maldita sea, ¿Pedro había salido de nuevo después de que se quedara dormida? Eso era no más sexo cuando había merodeadores potenciales a los que acechar.


—Tenía la esperanza de que fuera a llover. Que Pedro te acosara era la opción número dos.


—Hablando de la opción número dos —comentó, acercándose y levantando lentamente los dedos para pasárselos por el brazo—, ¿por qué él?


—No me hagas abofetearte en la cara —replicó ella, soltándose la mano—. Arruinaría tu buen activo.


—Así que todavía piensas que soy guapo. Gracias, Paula. Tú misma eres tan encantadora como los días de verano. —Ladeó la cabeza, los ojos marrones la miraron de manera especulativa—. Sabes —dijo, después de un momento—, allá en el País de las Maravillas del Señor Rawley, tuve en mis manos la primera edición de Viaje al centro de la Tierra y 20.000 leguas de viaje submarino. Serían un precio justo. Es probable que ni siquiera los hubieras echado de menos en semanas.


—Probablemente no. Sin embargo una vez lo hiciera, te cazaría y los traería de vuelta.


—Eso podría ser divertido. —Sonrió con esa sonrisa encantadora y despreocupada... la sonrisa de alguien que seguía en el juego, todavía en plena forma, y todavía amándolo.


Ella solía tener esa misma sonrisa hasta un par de meses antes de conocer a Pedro. Hasta que había empezado a darse cuenta de que al final alguien iba a tener que pagar por toda la diversión que estaba teniendo, y que ese alguien sería ella.


—Más divertido para mí que para ti. Te lo garantizo. Déjalo, Brian. Atraca la exposición el próximo mes.


—Pensé en eso, pero la exposición no es el principal atractivo, ahora que te he visto de nuevo. Vamos, Paula, estábamos bien juntos. Y no sólo en el trabajo. —Se acercó de nuevo, rozándole la mejilla con los dedos—. ¿Todavía haces ese sonido cuando te corres, mi chica?


—Ahora dos veces más fuerte —contestó—. Retrocede. Eres mono, pero no tan mono.


—Ah, me decepcionas. Podría tener un camión aquí en veinte minutos, ya lo sabes. Podemos vaciar la casa sin que nadie nos mire de reojo. Luego, podríamos retirarnos a Cannes o Milán, o a donde siempre hayas querido retirarte.
Tumbarnos en la playa y pasar las tardes vaciando los bolsillos de los turistas del dinero del almuerzo.


—Era Marruecos —mintió—, y ahora puedo ir cuando quiera, y tener a otra persona que pague por el almuerzo.


—¿Todo esto es una estafa, entonces? ¿Le estás tendiendo una trampa a su señoría para que caiga a lo grande? Medio lo sospechaba, pero mataron a Etienne en ese lío de Palm Beach y no estuve tan seguro.


¿Por qué no podían creer sus antiguos colegas y competidores que se había vuelto legal? ¿Por qué ninguno de ellos creía que alguien simplemente podía decidir abandonar el juego? Incluso su padre había dejado en claro que esperaba que volviera al redil. ¿Y por qué nadie creía que ella nunca traicionaría a Pedro, que realmente lo amaba, y a un nivel alarmante?


—Déjalo, Brian —dijo otra vez—. He sido amable contigo porque solíamos ser... amigos.


—Amigos. —Con esa velocidad engañosa, se movió y le plantó un beso en la boca.


Podría haberle bloqueado, pero la mitad de ella quería que la besara. Quería saber si esa chispa que hubo entre ellos todavía estaba ahí en el fondo, o no. Era un buen besador, incluso en modo sigiloso. Su presencia conjuraba algunas aventuras que le erizaban el vello, hacía que su corazón bombeara y la adrenalina fluyera.


—¿Lo ves? —susurró—. Sólo piensa en ello,Paula. Estoy listo. —Con otra sonrisa alegre trotó a la terraza y bajó las escaleras, desapareciendo por la esquina de la casa.


Paula respiró hondo, se acercó para cerrar las puertas de cristal de la terraza y se pegó a ellas. Ahora tendría que hacer un barrido de la casa, Brian era mucho más hábil que el turista medio, lo que no significaba que alguien no hubiera
tenido suerte y no estuviera mirando su cajón de ropa interior. Demonios, Brian podría haber estado rebuscando entre sus bragas. Miró hacia la terraza y el lago de más allá. ¿Por qué la mierda nunca podía ser fácil? ¿Simple? ¿Por qué no podía...?


Su teléfono móvil sonó con el tema de James Bond. Pedro. Sobresaltándose, se lo quitó del cinturón y lo abrió.


—Hola, bombón.


—¿Eso quiere decir que he sido degradado? —le llegó su voz baja.


—¿Degradado? ¿De qué?


—Esta mañana era tu bollito inglés.


A joderse, Paula.


—He decidido que “bombón” abarca más que inglés. Así que técnicamente has sido reintegrado.


—Ah. Bien, eso es bueno, supongo. Olvidé contártelo. Joaquin Stillwell y Tomas Gonzales están en vuelo para llegar esta noche. Acabo de llamar a Sykes para que prepare dos habitaciones más, pero pensé que querrías saberlo antes de que Tomas atraviese la puerta delantera.


—Y ni siquiera he puesto los ojos en ese maldito diamante durante dos días.
Ves, está influenciando incluso después de haber estado escondido durante todo este tiempo.


—Si no te hubieras vuelto legal, me reconfortaría saber que poseo por lo menos una cosa que nunca tratarías de robar.


—Ja, ja, que gracioso. ¿A qué hora llegarán el espía y el Boy Scout?


—Sobre las dos. Estarán aterrizando en Heathrow con una diferencia de veinte minutos, así que compartirán la limusina.


—La próxima vez que sugieras pescar en Escocia, nos vamos.


—Te tomo la palabra. ¿Cómo va la exposición?


—No he matado a Larson todavía, si es eso lo que realmente estás preguntando.


—Lo es. Nos vemos en unas pocas horas.


—Está bien. Dale a Tony Blair un beso de mi parte. Es un hombre atractivo.


—¿Ahora quién está siendo oh, tan graciosa? Te amo.


—Te amo. Ten cuidado.


—Tú, también, milady.


Después de colgar el teléfono se quedó en la sala de estar durante un par de minutos, tratando de no pensar en nada. 


Luego fue a buscar al mayordomo.


—¿Sykes?


—Aquí, señorita Paula —el espantapájaros contestó, saliendo de la sala de desayuno.


—Durante el próximo par de semanas vamos a tener que mantener las puertas de la terraza cerradas. Demasiados turistas caminando por los terrenos.


—Mis disculpas —dijo, haciendo una mueca—. No lo había pensado. Voy a ver...


—Ya me ocupé. —Dudó—. Pedro dijo que hay pinturas de Connoll y Evangeline Alfonso en la galería de retratos. ¿Están etiquetadas?


—No. Puedo mostrárselas, si lo desea.


—Sí, por favor.


Fue tras él mientras subía las escaleras. Técnicamente debería haber preguntado por Connoll, marqués de Rawley y su marquesa, pero eso era demasiado largo y tenía que llamar a Craigson para que enviara a alguien dentro para ayudarla a revisar la casa de manera rápida. Si podías darle a una casa con ciento diez habitaciones un algo rápido.


La galería de retratos era en realidad el pasillo superior que unía las alas norte y sur de la casa. Altas ventanas se alineaban a un lado, mientras que cientos de retratos, en su mayoría de familiares o personas notables que se habían alojado en Rawley Park, llenaban la pared de enfrente. Más o menos a la mitad del pasillo, Sykes se detuvo.


—Connoll y Evangeline Alfonso, lord y lady Rawley —dijo, haciendo un gesto.


—Gracias, Sykes. Seguiré desde aquí.


Él inclinó la cabeza y continuó por el pasillo, probablemente para supervisar la preparación de dos habitaciones de invitados adicionales. Paula esperó hasta que estuvo fuera de la vista y luego levantó la mirada.


Vaya. Definitivamente Pedro había conseguido su buen aspecto atlético de este antepasado. Unos ojos alegres y seguros de sí mismos la miraban directamente desde la cara de un hombre apuesto, alto y moreno que vestía el traje formal azul y gris del período de la regencia. Sentada en la silla junto a él, una mujer joven rubia y bonita medio sonriente, unos ocho o nueve años menor que él, llevaba unas ropas igualmente magníficas, de suave seda azul con encaje por todas partes.


Él tenía la mano izquierda sobre su hombro derecho, y ella se inclinaba un poco hacia el abrazo, levantando su propia mano para tocar el dorso de la de él.


Paula había leído bastantes caras y posturas en los últimos años para reconocer a dos personas enamoradas cuando las veía.


Automáticamente su mirada se hundió a la parte inferior del retrato. Era un lady Caroline Griffin, la primera retratista femenina de su época, valía probablemente un millón de libras esterlinas.


Aunque la pintura era exquisita, por una vez eran los personajes de dentro lo que más le interesaban. Eran los que habían escondido el diamante Nightshade.


¿Les había traído mala suerte? ¿Habían discutido sobre si estaba maldito o no? ¿Lo habría guardado ella en el bolsillo de él la noche que tenía una cena importante en un intento de demostrar que la maldición no era sólo una superstición estúpida?


Fuera lo que fuera lo que había sucedido, lo habían guardado en un lugar donde esperaban que nadie lo encontrara jamás, y lo más importante, habían tenido, según Pedro, un buen matrimonio lleno de amor que había producido tres hijos y en última instancia a Pedro Alfonso, el actual marqués de Rawley.


Volvió la mirada a Evangeline.


—Tú lo harías, ¿verdad? —murmuró—. ¿Para probar un punto?


Lady Rawley no respondió, pero claro, si lo hubiera hecho Paula habría ido y se habría registrado ella misma en el hospital psiquiátrico más cercano.


Había visto lo que necesitaba en el retrato, dos personas de aspecto muy cuerdo que habían estado enamoradas y que habían creído que el diamante Nightshade estaba maldito. 


Ahora quería que Pedro también lo creyera, si no para otra cosa, por su propio bien. Y por el de ella, por supuesto.