Viernes, 9:58 a.m.
COCHES de prensa y furgonetas de televisión estaban ya alineados delante de las puertas principales de la propiedad, cuando Paula y Larson atravesaron el jardín en dirección al antiguo establo. El equipo de V&A había acudido desde el
hotel donde se alojaban y su equipo de seguridad había estado haciendo patrullas desde que llegaran las gemas el día anterior.
Larson tecleó el nuevo código de seguridad del día y abrió la puerta.
Paula ayudó a sus chicos a sacar los detectores de metal de los marcos de las puertas y a colocar mesas para comprobar los bolsos. En privado, como ex ladrona y ciudadana del mundo, odiaba la idea de abrir sus posesiones privadas para que cualquier extraño las examinara, pero tampoco tenía la intención de dejar que nadie entrara con una navaja de bolsillo. Ella había hecho trabajos con menos equipo.
El grupo del museo tomó posesión de sus puestos de información por toda la gran sala, mientras que los tres restantes se ocupaban de la pequeña tienda de regalos en el otro extremo. Levantó su walkie-talkie.
—¿Cómo vamos, Craigson? —preguntó.
—Estamos bien, Paula —respondió con su acento escocés—. Al cien por cien de las cámaras y sensores.
—Bien. Que Hervey abra las puertas.
—Me gustaría uno de esos walkies —dijo Larson, acercándose a su lado.
—Es mi nombre el que está en el contrato, Larson —contestó ella—. Trabajaré en seguridad con mi equipo. Si quiere una radio, consiga sus propios hombres a los que dar órdenes. O realice simulacros para el personal del museo. Se supone que debe ser su jefe.
—No quiero tener que informar de su falta de cooperación a mis superiores, señorita Chaves.
—Le he dado los códigos de seguridad con el visto bueno de sus superiores, Larson. Eso es todo. Si algo sale mal, entonces hablaremos. Hasta entonces, no tiene walkie-talkie.
Él apretó los labios.
—Podría ordenarle que me diera uno.
—Adelante. —Cruzó los brazos sobre el pecho. Por una vez, no había hecho nada turbio que provocara que la ley apareciera precipitadamente, y no iba a dejar que este hombre pasara sobre ella. Le había dejado entrar y eso ya iba a provocarle pesadillas. Ella trabajando con la policía. Una vez más.
—Deme un walkie-talkie.
—No.
—Tiene que hacerlo.
Paula entrecerró los ojos.
—Puede que haya recibido un soplo de alguna rata sobre un posible robo. Es posible que haya intimidado o engañado a Armando Montgomery y al V&A para que le permita intervenir aquí. Pero conozco mi trabajo y sé que está aquí porque le contó a su jefe que usaría su propio tiempo para hacerlo. Eso me suena a que quiere impresionar a alguien y que su carrera está en el retrete.
Él dio un paso atrás.
—Yo...
—Ahora —interrumpió ella antes de que él pudiera empezar—, si en realidad está aquí para mantener un ojo sobre los chicos malos en vez de impresionar a la banda del Yard, está bien. Pase el tiempo, cómase mis fresas y bébase mis refrescos. Pero ésta es mi responsabilidad y mi show. Usted no es más que el tipo con las esposas y esa reluciente chapa. ¿Lo capta?
Una mano cálida se deslizó alrededor de su brazo.
—Inspector, Paula —dijo Pedro, con su marcado acento inglés—. Poned cara de contentos, porque estáis a punto de salir en el telediario de la noche.
Sin darles a ella o a Larson la oportunidad de comentar, la condujo hacia la puerta. Tan pronto como estuvieron fuera del alcance del oído de nadie más, Paula tiró de su brazo libre.
—Mantente fuera de mis asuntos, ¿quieres? Por...
—Dos cosas —interrumpió él, poniendo su plácida cara profesional mientras miraba hacia la entrada—. En primer lugar, las cosas que te afectan, me afectan a mí. Así que deja de decirme que ignore ese hecho. En segundo lugar, vives en cierta medida en virtud de tu bravuconería. Lo mismo ocurre con gente como el inspector Larson. Destrozarle como acabas de hacer puede ser perjudicial para su salud. Y, por extensión, para la nuestra, mientras esté aquí. Trata de tener en cuenta que los dos queréis lo mismo.
Paula dejó escapar el aliento.
—Sí, bien, lo que sea. Sabelotodo. No voy a disculparme.
—No esperaba que lo hicieras. —Antes de que pudiera salir por la puerta,Pedro le cogió la mano libre—. Buena suerte.
—Gracias. —Ella se encogió de hombros, tirando de él hacia delante antes de soltarse—. Pero la suerte es para los idiotas.
Sostener su mano hubiera sido agradable, pero Larson, obviamente, pensaba que había conseguido este trabajo debido a Pedro y no porque se lo mereciera. Sabía muy bien que no iba a darle a la prensa carnada para que llegaran a la misma conclusión.
Larson esperaba con Diane McCauley, del V&A, en la entrada.
Probablemente se había dado cuenta de que si se adelantaba solo se enfrentaría a una gran cantidad de preguntas que no podía responder. Paula se abrió paso
hacia la parte delantera del edificio donde la prensa esperaba. A la mierda, odiaba esta parte, la publicidad, su rostro impreso y en la televisión. En su vida pasada eso habría sido una sentencia de muerte.
—Buenos días —dijo con una sonrisa mientras se acercaban a la manada de periodistas—. Soy Paula Chaves y proporciono la seguridad para esta exposición. Lo sentimos, pero no voy a contar nada sobre eso. En cambio, me alegro de presentar a la doctora Diane McCauley del Victoria and Albert Museum, que ha estado viajando con la exhibición “All That Glitters” desde su creación. ¿Diana?
La doctora McCauley dio un paso al frente para explicar la razón detrás de la exposición y cómo se decidió qué piezas deberían ser incluidas. Paula se apartó mientras el museo agradecía a Pedro por permitirles utilizar la hermosa ubicación de Rawley Park.
Tan pronto como Paula se detuvo junto a Pedro las cámaras comenzaron a hacer clic de forma frenética, al parecer, incluso después de ocho meses, la convivencia Alfonso-Chaves era todavía una gran noticia. Más grande aún que una tonelada de dinero en forma de piedras preciosas.
—Oye, tengo una idea —murmuró, empujando el brazo de Pedro con el hombro.
—¿Pescar en Escocia?
—Donar el diamante Nightshade a la exposición. Nadie lo sostendría o lo poseería así que nadie tendría mala suerte. Sobre todo nosotros.
—Yo tendría mala suerte porque tú me habrías obligado a regalar una reliquia invaluable de la familia a causa de una maldita superstición.
—Espera hasta que tu caja fuerte caiga a través del suelo y mate a Sykes o algo así.
—Técnicamente, de acuerdo con la nota de Connoll, ya que ambos lo hemos visto y lo hemos guardado, deberíamos tener buena suerte.
—Que se lo digan a Sykes después de que le aplasten. Eso ha estado en una pared durante doscientos años. Probablemente va un poco loco con el mal de ojo.
Diane terminó su introducción y se dirigió hacia la entrada.
La prensa atravesó los detectores de metal uno por uno, entregando cámaras y bolsos para una rápida inspección por parte de sus chicos. Probablemente superficial, pero si
escribían una línea sobre las fuertes medidas de seguridad de la exposición, valdría la pena.
Uno de los fotógrafos se dio la vuelta para tomar una foto de ella, sonrió, y entregó la cámara para la inspección.
Paula pasó de molesta a alerta en el espacio de un instante. Mierda. Mierda, mierda, mierda.
—¿Estás bien? —preguntó Pedro, tocándole el brazo—. Pareces...
—Ya sabes lo mucho que me gusta que me saquen fotos —improvisó, sacudiéndose—. Lo superaré.
Muy bien, Pedro estaba equivocado acerca de tener buena suerte una vez que guardaron el diamante, y ella tenía razón sobre el mal yuyu. Y el soplo estúpido de Henry Larson había sido correcto, alguien estaba haciendo planes para atracar la exposición. Solo que no había esperado que fuera Brian Shepherd.
¿Cómo demonios había conseguido credenciales de prensa? Por supuesto ella podría haberlo hecho, y con facilidad. De hecho, probablemente se habría acercado a este espectáculo exactamente de la misma manera... entrando de forma legítima, en un momento cuando se permitían fotos, y utilizando las imágenes para crear un diseño e identificar las debilidades en materia de seguridad.
Paula inhaló, trabajando para mantener en su expresión la alerta y la calma que había estado practicando toda la mañana. Eso había sido en beneficio de sus invitados,
aunque ahora tenía que convencer también a Pedro... al menos hasta que descubriera qué estaba pasando.
Brian Shepherd. Maldita sea.
—Creo que voy a ir a mezclarme —le dijo a Pedro—, sólo para asegurarme de que nadie toque nada que no deba.
Él asintió con la cabeza.
—Este es tu momento, Paula. Me uniré a Larson y trataré de inflar un poco su pinchado ego.
—No te pases —respondió, porque él lo esperaría de ella.
Le dejó y se dirigió hacia la entrada. El último de la prensa entró y con unas breves palabras de agradecimiento a su equipo, bordeó el detector para seguirlos.
A una cuarta parte del camino a través de la exposición lo divisó, inclinado sobre una caja de zafiros que mostraban su progresión desde la piedra bruta a la exquisita pieza de joyería. Carraspeó.
—Sorpresa —murmuró él en su encantador acento irlandés y la mirada todavía en las gemas—. Tienes verdaderas bellezas aquí.
—¿Qué diablos estás haciendo aquí? —siseó ella.
Él levantó la cabeza, el largo cabello rubio caía sobre sus profundos ojos castaños.
—¿Es esa la manera de saludar a un viejo amigo, cariño?
—No me llames así.
—Como quieras, Pau... aunque yo también sé hacer eso ¿sabes?
Le costó todo lo que tenía evitar mirar por encima del hombro hacia Pedro.
—¿Tienes película en esa cosa por lo menos? —preguntó, indicando su cámara de aspecto profesional—. ¿O sólo estás aquí para molestarme?
—Ah, Pau, no siempre es sobre ti. A veces se trata de unas joyas muy finas. Y me he pasado al digital, es más fácil recortar las partes que no necesitas. Como el chico rico, por ejemplo.
—Déjalo, Brian. De lo contrario las cosas van a ponerse feas.
Shepherd chasqueó la lengua.
—Si te chivas, querida, tengo algunos cuentos que podría contar sobre ti.
—No sin hundirte tú mismo.
—No me refiero a alguna de nuestras hazañas ilegales, Pau. Sin embargo, podría tener una agradable charla con tu nuevo chico sobre algunas de las ventanas que empañamos.
Joder.
—Te aplastaría como un insecto. —Se acercó un poco más de mala gana.
Brian Shepherd no había perdido un ápice de su apariencia o encanto en los últimos dos años. Su trabajo, evidentemente, tampoco había cambiado, y estaba en
la corta lista de tíos que podrían tener una oportunidad de atravesar su sistema de seguridad—. Nos separamos en buenos términos, Brian. No hagas que me arrepienta de que me gustes.
—Así que realmente has cambiado de bando. Lástima. Pero no esperes que abandone solo porque tú lo estás protegiendo. De hecho, podría ser divertido bailar de nuevo contigo... aunque imagino que seguiremos vestidos en ese
momento.
Ella no iba a seguir por ahí solo porque él siguiera tratando de convertir esto en personal. Bien, era personal, pero no del modo que él seguía sugiriendo.
—Soy mejor que tú —dijo sin rodeos—. Si vuelves aquí de nuevo, te dejaré al descubierto. En el mal sentido en caso de que te lo preguntes.
—Ahora, Pau, no...
—Si quieres estas joyas, da el golpe en su próximo destino. De lo contrario atente a las consecuencias. No te lo advertiré de nuevo.
Él sonrió con aquella sonrisa encantadora que ella recordaba. Dos años atrás le había dado un gran par de semanas... las mejores que había tenido como ladrona.
—Advertido entonces. Ahora mejor que te muevas, o la gente pensará que estás coqueteando conmigo. A menos que lo estés, por supuesto. En cuyo caso, he venido en una gran furgoneta blanca con un montón de espacio.
Agresivo y seguro de sí mismo, eso era lo que le había atraído de él en primer lugar. Todavía lo hacía, en parte.
—Adiós, Brian —dijo ella, dándole la espalda y alejándose.
—Gracias, Paula.
No había añadido un “hasta luego” o un “hasta pronto”, pero ella los escuchó de todos modos. Brian Shepherd había venido hoy sabiendo que ella lo vería. Con la intención de que le viera. Había lanzado su desafío alto y claro, y ella
había respondido de la misma manera.
Así que ahora sólo era cuestión de cuándo y si le diría a Pedro que su ex amante era el tipo malo que iba a tratar de robar la exposición.
***
Pedro estaba al lado del inspector Larson ante la vitrina de diamantes falsos.
Larson estaba murmurando algo acerca de los instintos y de ser apreciado, pero Pedro no estaba prestando mucha atención.
En su lugar, estaba mirando a Paula hablando con un tío a unos doce metros. No podía oír lo que decían, pero era bastante experto en leer caras y lenguaje corporal. El tipo era bien parecido, cuatro o cinco años más joven que él.
Estaba inclinado hacia delante con la cabeza ladeada... interesado.
Como de costumbre, Paula era más difícil de leer. Lo más que podía decir era que no estaba relajada y que estaba muy cerca del hombre. Por el pase de prensa sujeto al bolsillo y la cámara alrededor del cuello, tenía autorización para estar allí. Y él era quien había tomado la foto de Paula en el exterior.
Por fin se separaron, Paula se alejó caminando hacia un lugar con poca gente y levantó su walkie-talkie, mientras el sujeto pasaba a la siguiente vitrina.
Pedro miró a su alrededor. La mitad de la prensa presente parecía estar más centrada en él que en las gemas.
Jodidamente maravilloso. La prensa tendían a reconocer a sus miembros, pero en el segundo que preguntara a alguien por el nombre del tipo que había estado hablando con Paula, el titular sería: “Chaves toma amante secreto, Alfonso se vuelve loco”.
Eso le dejaba sólo una opción, porque no iba a marchase sin saber por qué de repente se sentía tan incómodo. Celoso, obsesionado, cualquier etiqueta que se pusiera, había aprendido los peligros de dejar que Paula se adelantara más de un solo paso.
—Si me disculpa —dijo al inspector Larson, alejándose—, tengo que mezclarme.
—Oh, por supuesto, milo... señor Alfonso.
En el segundo que salió de las sombras, las cámaras y los micrófonos lo rodearon. Esto se estaba volviendo ridículo. Tomando aire, les dirigió su sonrisa profesional.
—Buenos días. Si no les importa, preferiría que las joyas fueran las estrellas hoy. Yo soy un simple visitante, como ustedes.
—Pero señor Alfonso, ¿está usted tomando alguna precaución extra de seguridad, sabiendo que el público tendrá acceso a Rawley Park durante las próximas cuatro semanas?
—La señorita Chaves se ha ocupado de la seguridad, es su campo de experiencia. Les remito a ella con cualquier pregunta.
—¿No lo han discutido?
—¿No lo están hablando?
—Estamos hablándolo y lo hemos discutido —contestó, sin dejar de moverse a lo largo de la línea de vitrinas—, y les remito a ella con cualquier pregunta con respecto a la seguridad. Ahora, si me disculpan, me gustaría ver el resto de la exposición.
—Pero Pedro, el...
—Disculpe —repitió, mirando fijamente a la reportera que había comenzado la pregunta.
Ella se echó atrás.
—Por supuesto.
Continuando su camino, rodeó los rubíes y alcanzó al hombre rubio en las esmeraldas.
—Preciosas, ¿verdad? —expresó.
El hombre no parecía sorprendido.
—Sí, lo son —dijo con un ligero acento.
Pedro le tendió la mano.
—Pedro Alfonso.
—Oh, soy consciente de eso.
No le ofreció ninguna información a cambio. Eso parecía claramente familiar. Durante un tiempo había pensado que Paula jamás le diría su apellido.
—¿Periódico o revista? —presionó, señalando a la cámara.
—Glasgow Daily. Generalmente un periodicucho político, pero tanto si imprimen mis fotos como si no, valió la pena conducir sólo para ver todas estas bellezas.
Pedro entrecerró los ojos una fracción. Sabía condenadamente bien cuándo le estaban dando evasivas y no le gustaba. Por supuesto, había una pequeña posibilidad de que estuviera equivocado, que este tipo fuera exactamente lo que decía ser.
—¿De qué conoce a Paula? —preguntó. Sus instintos rara vez le decepcionaban y ahora estaban prácticamente gritando.
—Ah, la señorita Chaves. Es encantadora, ¿verdad?
En silencio, Pedro contó hasta diez. Esto era tan condenadamente familiar que podría haber estado hablando con Paula durante su primer día de amistad. La cuestión era, ¿jugaba? ¿O dejaba que este hijo de puta supiera que lo
había descubierto?
—Sí, lo es —asintió lentamente—. ¿Por qué no salimos fuera y le doy la oportunidad de sacar algunas fotos que el resto de la prensa no va a conseguir?
—¿Me está haciendo proposiciones, señor Alfonso? Porque yo no...
—Pedro —oyó la voz aguda de Paula y ella envolvió una mano alrededor de su brazo con fuerza—. ¿Puedo hablar contigo un minuto?
—Por supuesto. —Con una última mirada dura al otro tipo, permitió que Paula le guiara a través de la pequeña tienda de regalos de regreso al estacionamiento de grava.
—¿De qué demonios iba eso? —exigió ella.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—¿Así que no puedo hablar con nadie que tenga polla sin que le ataques? Eso no va a funcionar.
—¿Quién es?
—¿No me estás escuchando? No soy...
Él la agarró del brazo, atrayéndola más cerca.
—Es un ladrón. He captado eso. También sé que lo conoces. Así que, ¿quién es? Y no juegues a ningún juego de mierda conmigo, Paula.
—Tienes que calmarte —le espetó ella, tratando de liberar el brazo. Él la soltó, sólo porque sabía que estar atrapada disparaba su botón de pánico—. Sí, es un ladrón. ¿Esperabas que lo anunciara delante de todos? Bien podrías haberme dado cinco putos minutos. Pero no, tuviste que cargar como un toro de mierda. Creo que deberíamos estar agradecidos de que no noquearas a nadie.
—No...
—No, ¿qué? —Le interrumpió, justo delante de su cara—. ¿Estás tomando el control o todavía es mi contrato? Porque me parece recordar que dijiste que me lo había ganado y me lo merecía. Si sólo significaba que podía hacer este trabajo hasta que algo sucediera, entonces tú y yo tenemos un problema.
Él resopló. Tenía razón. Mucha. Él no le había dado tiempo para hacer nada y había tratado de tomar el relevo. Ella había estado hablando por el walkie-talkie.
Honestamente, podría muy bien haberle dicho a Craigson que vigilara a su visitante irlandés.
—Mis disculpas —dijo, mirando a la grava.
Durante un largo segundo, ella se quedó en silencio.
—Está bien. Tengo un ojo sobre él y le advertí que no volviera. Sabe que estoy encima y dudo que intente algo. —Le apuntó el pecho con un dedo—. Así que me debes una buena hamburguesa americana. ¿Trato hecho?
Su vida había cambiado mucho en los últimos ocho meses.
Antes de eso, antes de Paula, nunca se disculpaba por nada, nunca retrocedía y ciertamente nunca admitía su derrota. Ellos encajaban tan bien, que si ambos se mantuvieran a la ofensiva probablemente se matarían el uno al otro. Así que retrocedió.
—Trato hecho.
Ella le entregó su corazón de ladrona y su sonrisa brillante, y le dio un beso en la mejilla.
—Voy a volver a entrar. Mantén la calma, tengo que manejar esto.
Todavía respirando con dificultad, la vio retroceder a través de la tienda de regalos. Fue entonces cuando se le ocurrieron dos cosas: una, que ella tenía el diamante en su bolsillo, así que quizás se había precipitado sobre el asunto de no-existen-las-maldiciones. Y dos, que no le había dado el nombre del tío irlandés.
Jueves, 9:45 p.m.
—SI Scotland Yard quiere dirigir una investigación entonces déjales que lo hagan.De todos modos quería practicar algo de pesca en Maldoney, Escocia.
—Sabía que ibas a decir eso —respondió Paula, quitándole el cuenco de palomitas de maíz y hundiéndose en el sofá—. ¿Y qué se supone que debo hacer yo mientras tú agarras róbalos en tu viejo castillo mohoso?
—No es mohoso y son truchas.
—No me importa qué tipo de pez es. —Encendió el reproductor de DVD y apagó las luces—. No voy a ir a ninguna parte.
Con el ceño fruncido, él se sentó a su lado.
—Todavía estás en el proceso de puesta en marcha de un negocio, que verá aumentar los ingresos sobre la base de tu éxito. Si el Yard te pisa tu “contrato” como lo llamas, y roban la exhibición de todos modos, eso dañará tu credibilidad.
Y por lo tanto tu futuro en tu nueva línea de trabajo.
—Si se va a la mierda siempre puedo agarrar lo que queda de las joyas y darme a la fuga. Un par de millones repondrían el fondo de retiro al que he estado metiendo mano.
—Cuando vaya al hospital con la presión arterial alta de por vida, le diré al médico que es por tu culpa. —Estiró la mano, deslizando un brazo sobre sus hombros y hundiendo la otra mano en el cuenco de palomitas.
Ella sonrió, hundiéndose de nuevo contra él. A Pedro le gustaba estar en contacto físico con ella, y aunque al principio había estado asustada, en este momento no podía ver nada malo en ello. Pedro Alfonso siempre se había sentido así... seguro y tan excitante al mismo tiempo.
Probablemente podría pasarse la vida tratando de llegar a entenderlo, si uno de de ellos no mataba al otro antes.
Pero al menos esta vez estaba preocupado por la reputación de ella en el negocio de la seguridad y la recuperación de objetos robados, y no sobre si la culparían si algo se perdía.
Y no se había asustado cuando ella bromeó con torcerse
de nuevo. Vaya. O se estaba ablandando o ella estaba perdiendo su toque.
En la pantalla de plasma, Godzilla rugió.
—¿Es en blanco y negro? —preguntó Pedro—. ¿Con Raymond Burr? La hemos visto setenta y dos veces.
—No es verdad. Y esta es el original original. Antes de que el distribuidor de EE.UU. la reeditara con Burr. Antes, cuando se llamaba Gojira. Y lo siento, es subtitulada.
—¿La has visto antes?
—La vi hace un par de semanas, mientras estabas en París.
—Así que esto es para mi beneficio.
—Puedes estar seguro. Para cuando haya terminado contigo, conocerás a todos los monstruos Godzilla desde Gigan a Destroyah.
—Entonces menos mal que he estado tomando notas.
Con toda justicia, mientras que él parecía pensar que su fascinación por Godzilla era bastante divertida, veía la mayoría de las películas junto a ella.
Probablemente porque ella no había presentado ninguna queja contra su colección de películas de la Segunda Guerra Mundial de Dirk Bogarde. Los chicos y su artillería pesada.
Pero dejando a un lado lo de pisotear edificios, ella prefería un poco más de finura. Los Grant básicos, Cary y Hugh, podían hacer que el viejo corazón se revolucionara.
—¿Tienes alguna idea de quién podría ir tras las gemas? —preguntó Pedro abruptamente.
Demasiado para Gojira esta noche.
—Tienes una mente muy ladrona.
Los músculos del brazo que había colocado sobre sus hombros se tensaron un poco. Había estado esperando eso. Él había sido sorprendentemente tolerante a lo largo de su explicación por la presencia de Larson, y la cena había venido e ido sin un solo puñetazo, patada o lanzamiento.
Ahora, sin embargo, al parecer, quería los detalles. Suspiró.
—Vale, vale. Sanchez está tratando de obtener algo de información, pero sus contactos no son tan comunicativos como solían ser. Probablemente hay tres docenas de tipos y tipas que piensan que podría hacerse con este tipo de objetos, y tal vez una cuarta parte de ellos en realidad podría. Pero eso fue antes de que yo me hiciera cargo de la seguridad.
—¿Entonces nadie puede pasar por tu sistema?
Ella se encogió de hombros.
—Yo podría, pero conozco todos los esquemas de cableado. En cuanto a cualquier otro, no estoy tan segura.
—Entonces no tenemos nada por lo que preocuparnos. Supongo que Scotland Yard puede husmear todo lo que quiera, siempre y cuando no te husmeen a ti. La pesca puede esperar hasta el otoño.
—Salvo que solo porque sepa que nunca van a llevarlo a cabo no significa que nadie más vaya a intentarlo.
—Está bien. La pesca otra vez.
Ella le dio un codazo en el estómago.
—No voy a apostar la exposición, y tú lo sabes. Como has dicho, estoy en el comienzo de un nuevo negocio. Y tanto si estoy a cargo de la seguridad de los objetos valiosos o recuperando los robados, tengo una reputación que mantener.
—De eso es de lo que estoy hablando...
—No solo con los clientes potenciales. Con los chicos que pueden pensar que sería divertido poner en evidencia a Paula Chaves. Con los que solía estar en competencia, los que no pudieron llevar a cabo los trabajos que yo sí pude. Si esos tipos me hacen quedar mal, bien puedo convertirme en pescadora de truchas profesional, porque nadie sería tan estúpido como para contratarme para proteger cualquier cosa.
—Yo te contrataría.
Ella lo miró a los ojos.
—Ay, caramba, gracias
—Mmm... No hay de qué.
Pedro le quitó el cuenco de palomitas y lo puso sobre la mesa. Luego le hizo poner las piernas sobre él y se inclinó para besarla. Deslizó una mano por los muslos cubiertos por vaqueros, hundiéndola entre ellos y presionando.
A Paula la excitación le bajó por la espalda. Mmm, esto era más como él.
Mañana era el preestreno para la prensa local y el último ensayo, luego la inauguración de la exposición el sábado.
Pedro tenía una forma de enfocar su tensión y liberarla como nadie más había sido capaz de manejar. Había buen sexo,
había sexo genial y luego estaba el sexo con Pedro Alfonso.
La empujó para que se tumbara sobre el sofá, siguiéndola abajo y deslizando las manos debajo de su camiseta. Esta vez cuando la besó sus lenguas bailaron.
Paula le bajó por los brazos de un tirón la camisa suelta que llevaba y él la soltó lo suficiente para quitársela encogiéndose de hombros.
—Podrías ir a Escocia sin mí, si deseas mantenerte lejos de esto —dijo deprisa, arqueando la espalda mientras él le arrastraba el sujetador y chasqueaba la lengua sobre un pezón, luego el otro.
—Deja eso —dijo él, con voz ahogada contra sus tetas.
Su voz retumbó y le hizo cosquillas en el pecho.
—Cristo —murmuró ella, hundiéndole los dedos en el pelo negro—. Pero la exposición va a estar aquí durante cuatro semanas, bollito semental. Voy a estar bastante ocupada, así que...
—Olvídalo. —Le desabrochó los pantalones y metió la mano debajo de sus bragas—. Sé cómo va a ser. Tú vigilando todas esas rocas brillantes todo el día sin permitirte tocar ninguna de ellas. Y yo estaré aquí para simpatizar con tu
frustración.
Ella bajó una mano para acunar el bulto considerable en la entrepierna de sus pantalones.
—Hablando de rocas —murmuró, apretando suavemente.
Él gimió.
—Y las dos son para ti.
Paula se rió entre dientes sin aliento.
—Oye, eso me recuerda, ¿dónde está el maldito?
—En la caja de arriba, a salvo. —Comenzó a bajarle los pantalones.
Ella levantó las caderas, retorciéndose para apresurarse hacia la parte desnuda de la noche.
—Bien. No quiero que nada importante se te caiga.
Con un bufido Pedro terminó de quitarle los pantalones y la ropa interior, luego se enderezó para quitarse su camiseta gris y bajarse la cremallera de los vaqueros que se había puesto después del incidente del vino.
—No, no queremos eso.
Ocho meses juntos y todavía se mojaba cuando él la miraba de soslayo. En momentos de cordura, se le ocurría que un coleccionista de arte multimillonario y una ladrona de guante blanco semi retirada con más de cuarenta robos por los que
podía ser arrestada no era probablemente la combinación más sabia. Pero él se había abierto camino hacia su corazón hasta tal punto que no podía imaginar, no quería imaginar el escenario que les enviaría por caminos separados. Fuera lo que fuese, estaba segura de que sería por su culpa, sabía que tenía que permanecer en el lado correcto de la ley, pero sabía que había mucha gente que pensaba lo contrario.
Tiró camiseta y sujetador al suelo, y le rodeó los hombros mientras él se acomodaba sobre ella y poco a poco, con calma, entraba en ella. Aquí era donde todo funcionaba, donde las discusiones o diferencias que pudieran tener
desaparecían. Aquí era donde encajaban. A la perfección.
Pedro la besó, los movimientos de su lengua coincidieron con el empuje de sus caderas. En el fondo alguien gritaba algo en japonés acerca de un monstruo gigante, y Godzilla rugió. Mmm, incluso con un probable intento de robo en su
calendario y un diamante maldito arriba, la vida era buena.
Paula se tensó y se corrió, rápido y con fuerza.
—Ahí vas —murmuró Pedro en su oído—. He estado esperando esto todo el día.
Ella entrelazó los tobillos alrededor de sus caderas.
—Ahora es tu turno, ricachón —jadeó, apretándolo.
—Jesús. —Aumentó el ritmo, rugió, Godzilla rugió y él se dejó caer sobre ella, temblando.
Sus corazones latieron uno contra el otro. Él era muy pesado, metro ochenta y dos de todo músculo, pero a ella le gustaba su peso. Su caballero de brillante armadura, listo para matar dragones y caballeros negros cuando la situación lo requería.
Pedro levantó la cabeza.
—Esto para el aperitivo —dijo sonriendo mientras le besaba la punta de la nariz—. Vamos arriba a tomar el plato principal, ¿de acuerdo?
—Picante.
***
Pedro sostuvo el diamante por el delicado broche de oro.
Siempre había considerado a Connoll Alfonso un hombre inteligente, después de todo él era el que había comenzado a ampliar la colección Alfonso, ahora considerada una de
las mejores, si no la mejor, colecciones privadas de arte y antigüedades del mundo.
Meter un diamante muy raro en una pared, bueno, no parecía del estilo de Connoll. Tal vez lo había hecho para apaciguar a su nueva novia excesivamente supersticiosa, Evangeline. Pero ella misma había tenido muy buen gusto, por todo lo que había oído y leído fue una compañera justa y equitativa en el matrimonio.
Sus tres hijos, dos chicos y una chica, habían sido de mente y cuerpo sanos, y Pedro no podía pensar en alguna razón por la cual ninguno de los padres no les hubieran contado a ninguno de los niños lo de la herencia en la pared.
Su nuevo teléfono móvil sonó y dejó caer el diamante en la bolsa.
—Alfonso.
—Buenos días, señor —se oyó la voz de Sarah.
—No suenas particularmente complacida —señaló, moviendo los dedos hacia Paula cuando salía, desnuda salvo por una toalla húmeda, del cuarto de baño.
—Acabo de oír al señor Allenbeck. Han decidido ir con la Construcciones Pellmore, señor.
Joder.
—Gracias por decírmelo. ¿Alguna otra cosa en la agenda de esta mañana?
—Joaquin Stillwell llamó desde Canadá. Dice que el consejo de la ciudad de Montreal está siendo sorprendentemente cooperativo, y le enviará hoy un correo electrónico con los detalles.
Bien. El proyecto de Quebec parecía estar consumiendo mucho tiempo y no era tan rentable como el de Blackpool. Los peligros de enviar un nuevo asistente entusiasta, aunque estaba haciendo todo lo posible por impresionar al jefe.
—Lo miraré. Y ¿Sarah?
—¿Sí, señor?
—Estoy esperando hoy el paquete de Tomas Gonzales. Si llega, házmelo saber, y haz que me lo envíen aquí. Le echaré un vistazo este fin de semana.
—Me ocuparé de ello.
—Gracias.
Cerró el teléfono y se volvió a tiempo de ver la parte trasera de Paula cubierta por la toalla desaparecer de nuevo en el cuarto de baño. Hum.
Rápidamente cogió la bolsa de terciopelo y la metió en el bolsillo de la chaqueta que ella llevaría hoy en el preestreno para la prensa. Tal vez eso la convenciera de lo tonta que estaba siendo, sobre todo porque quería que ella tuviera el diamante.
Su diamante.
—¿Estás segura que no te importa que ande por aquí para el preestreno? —preguntó, apoyándose en la puerta.
Ella terminó de abrocharse el sujetador.
—Te hubiera dicho que te perdieras si no te quisiera aquí. Y oí mencionar a Gonzales hace un minuto. ¿Qué está haciendo ahora, tratando de que me deporten de forma permanente?
Pedro se echó a reír. Si no supiera que Paula y Tomas se admiraban entre sí mucho más de lo que cualquiera de ellos admitiría jamás, habría sido menos divertido. Sin embargo su mejor amigo y abogado había demostrado varias veces que daría pasos más allá de su zona de confort para ver que Paula permaneciera a salvo, y por eso toleraría el público antagonismo.
—Son los impuestos sobre la propiedad. Tendría a Joaquin con ellos, pero está presentando mi oferta en Canadá.
—Tú y tus secuaces. —Se dio la vuelta y lo besó—. Y sí, ven a la presentación para la prensa. De esta manera, si algo sale mal puedo tirarte a los paparazzi mientras me escapo. —Se miró en el espejo de nuevo y cogió el delineador de ojos—. No has conseguido el contrato Blackpool, ¿verdad?
—No. Aunque después de ayer, no puedo decir que esté decepcionado por perder la oportunidad de trabajar con Allenbeck. El hombre es un imbécil.
—Me encanta cuando te pones todo británico.
Arqueó una ceja.
—Siempre soy todo británico.
Dios, se veía tan encantadora, el pelo todavía le colgaba húmedo alrededor de la cara mientras estudiaba críticamente la aplicación de lo que ella llamaba sus pinturas de guerra. Antes de que se casara y después de descubrir a su ex esposa, Patricia, en la cama con su ex compañero de la universidad, había tenido su cuota de citas... actrices y modelos sobre todo, porque estaban acostumbradas a las
cámaras y a la prensa que parecían seguirlo a todas partes.
Y luego conoció a Paula. Había estado en su casa de Palm Beach, a medio camino de robar una tableta de piedra de valor incalculable que provenía de Troya. Y ella terminó
salvándole la vida cuando su guardia de seguridad hizo estallar accidentalmente una bomba colocada por otro ladrón.
Locura, de toda clase, y al final habían emergido juntos.
Quería que permanecieran de esa manera. Así que había aprendido a ser paciente, a tratar su relación con mucho más cuidado de lo que lo hacía con cualquier relación de negocios. Hasta el momento estaba funcionando, pero aún no tenía ni idea de lo que Paula haría si y cuando decidiera a dar el siguiente paso con ella.
—¿Qué? —le preguntó ella, mirándolo por el espejo.
Él se sacudió.
—¿Qué qué?
—Estás sonriendo. Eso me asusta.
Pedro se echó a reír.
—Nada te asusta. Estoy orgulloso de ti. Te has ganado la responsabilidad que V&A te dan hoy.
—Salvas unas pocas pinturas valiosas de ser robadas del Museo Metropolitano de Arte, y de repente todos los museos quieren que seas su compañero de almuerzo.
—Así que ya sabes, no escuches las chorradas que suelten nuestros invitados. No tengo nada que ver con que te pidieran instalar y supervisar la seguridad de la exposición.
—Tengo la intención de escuchar muy poco lo que provenga del inspector Henry Larson, pero gracias.
—De nada. Supongo que debería ir a presentarme.
—Adelante. Bajaré en pocos minutos. Eso sí, no le pegues, Pedro, quiero hacerlo yo.
Él sonrió mientras abandonaba el cuarto de baño y el dormitorio principal.
—Nada de promesas, mi amor.
***
Henry Larson ya estaba abajo, en la tradicional sala de desayunos, cuando Pedro entró. Su chef, Jean-Pierre Montagne, era el tercero de sus cocineros que se sentía
fascinado por Paula, como lo demostraban las tres pilas separadas de fresas con azúcar en el aparador y la cubitera de champán llena de hielo y Coca-Cola light helada. Larson había usado libremente ambas selecciones, no era una buena señal para que el inspector continuara siendo bienvenido.
—Buenos días —dijo Pedro, seleccionando huevos revueltos y un par de salchichas para acompañar su té. Sacaría uno de los caballos y montaría por la tarde para compensar.
Quizás esta vez por fin pudiera convencer a Paula para que
se uniera a él.
El inspector apartó la silla y se levantó.
—Buenos días, milord.
Con una inclinación de cabeza, Pedro indicó a Stilson, una de las amas de llaves de la planta baja, que saliera de la habitación.
—Alfonso, por favor —dijo en voz alta. Por lo general prefería Pedro, pero este hombre le estaba causando algunos problemas—. Y usted debe ser el señor Larson del Yard.
—La señorita Chaves se lo ha contado.
—Nosotros no guardamos secretos. Sin embargo, le agradecería unos pocos detalles más.
—Por supuesto. Estoy con la Unidad de Prevención del Delito del Yard, señor Alfonso. Hace tres días recibimos el soplo de que alguien podría intentar dar un golpe a la exhibición mientras esté aquí, en Rawley Park. Así que mis
superiores me asignaron para sustituir al señor Montgomery con el fin de mantener un ojo en las cosas.
—Sin embargo, esta exposición ha estado viajando a través de Inglaterra y Escocia durante los últimos dos meses. ¿Por qué aquí y ahora?
—Creemos que es debido a su... a la señorita Chaves.
Pedro frunció el ceño, toda la diversión desaparecida.
—Si está dando a entender que la señorita Chaves está haciendo algo vil, le sugiero que se marche y regrese con una orden judicial y el personal adecuado para iniciar una investigación. Usted ya no es bienvenido aquí bajo mi...
—No, no, no, señor —balbuceó el inspector—. Me he expresado mal. Lo que quise decir era que el padre de la señorita Chaves, Martin Chaves, fue un ladrón de guante blanco muy famoso. Alguien podría tener la idea de que la señorita Chaves es indulgente con ese tipo de cosas.
—¿Y eso se basaría en su ayuda para descubrir una banda internacional de ladrones de arte hace ocho meses? ¿O tal vez la investigación que hizo sobre la muerte de Charles Kunz, que dio como resultado la detención de dos de sus hijos por asesinato, robo e intento de fraude? —También podría mencionar el trabajo del Met, pero solo unos pocos sabían que había tomado parte en ello.
—O —continuó Larson a toda prisa—, o podría ser alguien que piensa que se hará un nombre si pueden superar a Chaves. Su padre era famoso en esos círculos.
—Ah. Ya veo. Muy bien. Pero le sugiero que no hable mal de la señorita Chaves en mi presencia de nuevo.
—No, señor. No lo haré.
—Bien.
Paula eligió aquel momento para acercarse tranquilamente por la habitación. Su cronometraje fue tan perfecto que él no tuvo ninguna duda de que había estado detrás de la puerta escuchando. Cuando ella le guiñó un ojo por detrás de la espalda del inspector, lo supo a ciencia cierta.
—Hola, señor Larson. ¿Todo listo para el gran día de hoy? —preguntó, yendo en línea recta hacia los refrescos.
—Creo que sí, señorita Chaves.
—Bien. Porque la prensa le hará algunas preguntas sobre las diferentes piedras preciosas. Especialmente sobre las malditas, o las que alguien llevó cuando fue decapitado.
—Transferiré esas preguntas al personal del museo —dijo con frialdad.
—Eso tiene sentido. Y no olvide que quiero ver su autorización de Scotland Yard por escrito antes de que le den los códigos actuales de acceso.
—Estará aquí antes de que llegue la prensa.
—Eso espero, por su bien. —Seleccionando unas fresas y una tostada, tomó asiento al lado de Pedro.
Por un segundo, Pedro se sintió culpable por haberle puesto el diamante en su bolsillo sin decírselo, porque tendría mucho que pagar si lo encontraba antes o durante la salida con la prensa. Estaba poniendo de vuelta y media a Larson en este momento sin ningún efecto negativo, aunque, y si lo hacía después, valdría la pena el riesgo de demostrarle que este disparate supersticioso era solo eso: una tontería. Y la posesión de un diamante no desencadenaba la tragedia.