martes, 27 de enero de 2015

CAPITULO 132





La vista de la cafetería hizo que se detuviera. Hacia el fondo de la amplia estancia abierta estaba sentado Pedro en perpendicular a Sanchez. Ambos hombres tenían la cabeza inclinada sobre un trozo de papel y o bien estaban jugando a tres en raya, o tramando el asesinato de alguien. Probablemente el suyo.


—Hola, chavalotes —dijo, aproximándose a la mesa con cautela. Pelear con Pedro la dejaba exhausta, y si a eso se le sumaba su charla con Veittsreig, hacía que estuviera a un punto de dejar a un lado todo civismo. Más valía que cada cual se ocupase de su propia mierda, o de lo contrario...


Pedro se puso en pie, tal como acostumbraba a hacer cuando ella entraba en una habitación.


—¿Te sientes más tranquila? —preguntó en voz baja, retirándole la silla opuesta a la que ocupaba Sanchez.


—Sí y no. ¿Qué hacéis vosotros dos? —Señaló con la barbilla hacia el trozo de papel..


—Es un programa de doce pasos para sacarte de Nueva York —dijo Sanchez.


—Lo más lógico. Por fin habéis decidido llevaros bien sólo para joderme viva.


—Sigue sin agradarme —respondió Pedro, alargando el brazo y rozándole con los dedos el dorso de la mano—. Lo que sucede es que hemos encontrado una causa común.


—Mmm, hum. —Todavía eufórica por la adrenalina, al menos el atrevimiento de estos dos conseguía divertirla. 


Echó un vistazo disimuladamente por la cafetería. Estaba ubicada en el vestíbulo del edificio de oficinas de Pedro, por lo que la mayoría de la gente que allí había trabajaba para él, y guardaría una distancia respetuosa con su mesa. 


Todos le estaban observando, sin duda, pero no creía que nadie se encontrara lo bastante cerca como para oírles. Y eso estaba bien, porque ningún miembro de la banda de Veittsreig podría acercarse más sin llamar la atención.


—Tal como lo imaginamos —dijo Pedro, haciéndole señas a una camarera que pasaba para que les trajera una ronda de CocaCola Light—, no te han acusado de nada.


—Todavía no —remarcó.


—Y supongo que no lo harán... hasta después de este gran golpe que tu padre mencionó, en cualquier caso. Hasta entonces, nadie puede impedir que ninguno de los tres abandonemos el país. Una vez que estemos en Inglaterra, será sencillo volar a otro lugar donde no haya tratado de extradi...


Paula le agarró por las solapas y le besó suavemente.


—No pasa nada, inglés.


—Eso me gusta pensar.


Le miró a los ojos durante un prolongado momento.


—Pero hay algo más que tienes que saber.


La camarera apareció con sus bebidas y ella tomó un sorbo mientras Pedro pedía un sandwich de jamón y Sanchez una ensalada. Pau no tenía demasiado apetito, pero pidió unos nachos.


En cuando la camarera se marchó de nuevo, esbozó una sonrisa picara y se recostó.


—Nada de caras serias —dijo—, y no conspiréis entre susurros mientras hablo. Podrían estar vigilándonos.


—¿Podrían, quiénes? —murmuró Pedro, devolviéndole la sonrisa al tiempo que le tomaba de nuevo la mano. Por muy hombre de negocios que fuera, poseía el alma de un ladrón.


—Sanchez, ¿has trabajado alguna vez con Nicholas Veittsreig?


—Un par de veces. Normalmente trata directamente con los clientes. Le gustaban, le gustan los trabajos grandes y aparatosos.


—Adivina a quién le está tendiendo Martin una trampa con la INTERPOL.


—¡Santo Cristo!


—Te quedas corto —respondió—. Continua sonriendo, Sanchez.


—¿ Os importaría ilustrarme ? —preguntó Pedro, enarcando una ceja.


Sachez estaba tomando un sorbo de su CocaCola, así que al parecer tendría que ser ella quien se ocupara.


—Por lo general trabaja con una banda de cuatro o cinco miembros, normalmente europeos. Como ha dicho Sanchez, le gustan los grandes golpes. Ellos son quienes robaron en el Louvre el año pasado y les faltó treinta segundos para mangar la Mona Lisa. Mataron a un guardia de seguridad.


—Y se llevaron alrededor de cincuenta millones en obras de arte —dijo, asintiendo—. La INTERPOL se puso en contacto conmigo para preguntarme si me habían ofrecido alguna. Pero nunca supe nada.


—Con toda probabilidad lo robado se encuentra en el gran cuarto interior de algún ejecutivo de Hong Kong —dijo Paula con cinismo—. Sea como fuere, la cuestión es que la banda de Veittsreig está en Nueva York. Y se han asociado con Martin para que les ayude a entrar.


—¿Has visto a Martin de nuevo? —preguntó Sanchez—. ¿ Cómo sabes tú todo esto ?


—Nicholas me abordó en la calle hace unos minutos. —Pedro se dispuso a echarse hacia delante, y Pau le clavó los dedos en la palma de la mano—. Estamos planeando una merendola o algo similar, ¿recuerdas?


—Sí, lo recuerdo —volvió a recostarse—. Prosigue.


—De acuerdo. Me ha dicho que sabía que Martin había hablado conmigo. Por lo que a él respecta, eso me convierte o bien en un cómplice o bien en un estorbo. A causa de mi reputación, me ha ofrecido un puesto en su banda para su próximo golpe.


—Y tú lo has rechazado —dijo Pedro con enorme serenidad, de sus ojos había desaparecido todo rastro de humor.


—Él... uh, me ha hecho una oferta que no podía rechazar.



***


Llegó el almuerzo, y Pau decidió que comunicar malas noticias en público tenía definitivamente su lado positivo; sin duda Pedro no se pondría hecho una furia con ella cuando cabía la posibilidad de que hubiera paparazzi o medios de comunicación. Tendría que recordar eso.


—¿Qué clase de oferta? —preguntó Sanchez; su voz también era dura. Era obvio que tampoco él estaba contento.


—Como ya he dicho, me dejó muy claro que con lo que sabía, o me involucraba o me mataba. Y también amenazó a Martin. Así que dije que me uniría a ellos, por un buen porcentaje.


—Paula, vamos a acudir a la policía con esto. —Pedro le agarraba los dedos con la fuerza suficiente como para hacerle daño. Pero, a juzgar por la expresión de su cara, bien podría estar hablando de cricket.


—No, no lo haremos. La INTERPOL ya está implicada, y yo no tengo un trato con ellos. Y la cosa es aún peor.


—Dios mío. ¿Cómo puede ser?


—A pesar de mi reputación, Veittsreig no está convencido de que siga trabajando en el lado oscuro. Quiere un regalo que le demuestre que estoy con él.


—¿ Qué clase de reg... ?


—Intento contarte la historia —dijo un tanto cortante. Maldita sea, ya era bastante difícil confesar todo aquello sin que Pedro interrumpiera a cada frase con una pregunta—. Quiere unos cuantos diamantes que valgan alrededor de medio millón. Y quiere que sea robado, no comprado. Si el robo no sale en las noticias, me mete una bala. Si lo robo yo, entonces estoy con ellos en el próximo golpe, porque estaré de mierda hasta las orejas.


—No. De ningún modo.


—¿Cuál es el gran golpe? —preguntó Sanchez.


Pedro desvió su atención hacia Sanchez.


—¿Así que ahora vuelves a ser un perista? ¿Era a esto a lo que te referías cuando dijiste que la apoyarías en todo?


—Es una pregunta pertinente, Alfonso. Tenemos que saberlo todo antes de decidir qué hacer. Así que para ya.


—Alegría, alegría —farfulló Paula con los dientes apretados—. Y no, no sé de qué se trata. Va a suceder en algún momento de la semana que viene. Le di mi número de móvil y me dijo que me llamaría para vernos el sábado, cuando se supone que debo darle su regalo. Si queda satisfecho, entonces me contará los detalles.


—No vas a robar. Una cosa es mantenerte a salvo si no has hecho nada. Si has...


—En primer lugar —le interrumpió Paula—, jamás te he pedido que me mantengas a salvo. Eso nunca formó parte de este... lo que sea. Gracias por sacarme de la cárcel, pero podría haber salido yo sólita. Así que deja de fingir que tu pose de caballero de brillante armadura es por mi bien y no por el tuyo.


—Nunca he dicho que lo fuera.


Eso puso freno a su bien planeado ataque de justificada ira.


—En segundo lugar —dijo, sorbiendo por la nariz—, no tengo más alternativa. Dije que sí para sacar un poco de tiempo.


—¿Tiempo para qué, si me permites que te pregunte? ¿Tienes en mente un objetivo para el atraco?


—Deja de intentar actuar como Steve Moqueen —miró más allá de él—. Sanchez, ¿puedes averiguar cuál es el golpe?


El ex perista alzó ligeramente los hombros.


—Tal vez. Iré a ver a Merrado. La mayoría aún piensa que estoy en el negocio, así que quizá suelten la lengua.


—De acuerdo. —Frunció el ceño, metiéndose en la boca un nacho cubierto de queso para disimularlo—. Habría estado bien que Martin nos hubiera proporcionado algo más de información. O que al menos hubiera mencionado cómo podemos ponernos de nuevo en contacto con él.


Durante un minuto los tres guardaron silencio mientras comían o, en cualquier caso, fingían hacerlo. Pedro echaba chispas; Paula estaba en cierto modo sorprendida de que no se hubiera largado. Por lo visto hablaba en serio cuando decía que la quería. Todavía la molestaba no poder descubrir su propósito, aunque cada vez más empezaba a creer que no tenía ninguno. Fue Martin quien siempre decía que todo y todos tiene un propósito, un objetivo que les beneficia.


Su padre sin duda había demostrado que eso era cierto en lo que a sí mismo se refería. El maldito Hogarth había sido algo secundario, simplemente algo para lo que le había contratado Nicholas al saber que estaría en Nueva York. Martin había proporcionado el fin, así que ahora estaba metida en el golpe


Lo que la llevó de nuevo a la pregunta de por qué el Hogarth, y por qué ella.


—Sanchez —comenzó, sus músculos se estremecieron ligeramente—, antes de que le detuvieran me pidió que fuera su cómplice en un par de trabajos.


—Lo recuerdo. Hiciste el primero y luego dijiste que querías trabajar por tu cuenta.


—Sí. Martin falló en los cálculos acerca del tiempo de una patrulla de seguridad y casi nos pillan a los dos. Le dije que no quería trabajar más con él, que tenía que jubilarse porque se estaba volviendo descuidado y desesperado.


Sanchez dejó escapar un grave silbido.


—Sabía que estaba cabreado, pero no sabía que le habías dicho eso. Dios mío, Pau.


—Estaba cabreadísima en esos momentos.


Mientras su amigo le daba vueltas a lo que ella había dicho, Pedro ya había averiguado las consecuencias de aquello.


—Crees que tu padre le tendió una trampa a Veittsreig para que te metiera en este trabajo.


—O que amañó el robo del Hogarth para empujar a Nicholas en esa dirección.


—Eso está cogido por los pelos, Paula.


Asintió con la cabeza mientras miraba a Sanchez.


—Lo sé, pero no puedo descartarlo. Tengo que preguntarme si todo esto no ha sido más que para demostrarme que él sigue siendo apto como compañero, o si quiere provocar mi perdición porque le pillaron seis meses después de que le dejara.


—Si alguna de las dos cosas es cierta, parece que está tratando en serio de que vuelvas. —Pedro echó un vistazo como si tal cosa por el lugar, pero con prácticamente todo el mundo observándole, sería imposible elegir a una persona como sospechosa.


—Sí, Pacino y yo —dijo con sequedad—. Tengo que conocer algunos detalles y luego idear un plan. —Y después tendría que planear un robo con menos de veintiocho horas para llevarlo a cabo.


Pedro inspiró profundamente.


—Y tampoco vendría mal una vía de escape.






CAPITULO 131





Viernes, 12.12 p.m.


Paula deseaba haberse puesto unas zapatillas en lugar de las sandalias de Ferragamo de quinientos dólares que llevaba. El bajo tacón era bastante cómodo, pero en esos momentos deseaba echar a correr. Y correr, y correr y correr.


Tal vez había abordado a Pedro de forma errónea, disculpándose de antemano y ofreciéndose a marcharse. No era culpa suya ser hija de Martin, y aun cuando hubiera seguido sus pasos durante la mayor parte de su vida, ya no lo hacía. Al menos intentaba no hacerlo.


—Jod... —comenzó a decir, corrigiéndose—... lines. —Cuando una señora y lo que parecían ser sus dos emocionadas hijas salieron de la tienda Oíd Navy delante de ella.


La mayor de las niñas le recordó a la hija de Tomas Gonzales, Laura. Los niños eran interesantes. No lograba recordar haber sido niña alguna vez, a pesar de que poseía una memoria casi fotográfica. Normalmente recordaba haber robado carteras, investigado con infinita fascinación los objetos que Martin obtenía y acudido a Sanchez para que los «colocase».


Le había gustado crecer de ese modo: sin reglas, sin colegio, salvo cuando se establecían en un lugar durante un par de meses, adquiriendo conocimientos e idiomas al vuelo. Incluso echando la vista atrás, la emoción de su primer golpe, el primer Rembrandt, las antiguas reliquias egipcias, esa escultura de la fertilidad romana, que tan bien dotada había estado, y que no le había cabido en la bolsa... Dejó escapar una risita.


¿Qué demonios hacía saliendo con Pedro Alfonso? ¿No sólo saliendo con él, sino viviendo juntos, compartiendo su vida, enamorándose de él? Por otro lado, ¿cómo no iba a hacer lo que hacía ahora que había experimentado cómo era?


—Paula Chaves.


Una mano se posó en la parte baja de su espalda cuando escuchó la grave voz. Se puso rígida, tensándose al darse la vuelta.


Un hombre alto de tez pálida, de la edad de Pedro, bajó la mirada hacia ella, su mano quedaba ahora a la altura de sus pechos. Llevaba su rubio cabello, casi blanco, de punta como si fuera un puercoespín. Sus ojos eran igual de claros, tanto que el azul apenas podía decirse que fuera un color.


—Nícholas Veittsreig —dijo, dando lentamente un paso atrás.


—Te acuerdas de mí —respondió, mostrando sus perfectos dientes al sonreír. Su acento alemán apenas era perceptible; de no haberlo sabido, no se hubiera dado cuenta del detalle. Bueno, sí se habría dado cuenta, pero de muchos otros no.


—Siempre me acuerdo de los ladronzuelos de poca monta. —Que se encontrara en Nueva York era, o bien la mayor coincidencia de la historia, o que acababa de encontrar algunas de las piezas del rompecabezas que faltaban.


—Ah, Pau, qué cruel eres, siempre creyéndote mejor que el resto de nosotros. Me hieres.


—Soy mejor que el resto de vosotros.


—No me lo pareció cuando te vi esposada. O cuando ayer estuviste hablando con tu padre.


¡Genial! Los buenos y los malos la estaban siguiendo.


—¿Quieres algo o es que estás colocado? Martin está muerto, ¿recuerdas?


—Tu novio parecía dormir plácidamente en esas sábanas azules de seda. Esperaba que tú también estuvieras en casa, pero imagino que Martin te puso sobre aviso. ¿Todavía quieres jugar al juego del «quién sabe qué» ?


Paula se las arregló para no arrearle un mamporro. El tipo había estado en su dormitorio mientras Pedro dormía en él.


—Alfonso es guapo —convino, manteniendo un tono de voz suave y distante—, pero no sabía que te iban esas cosas, Nicholas. Dios mío. Siempre aprendemos cosas nuevas sobre la gent...


—Basta de gilipolleces, Pau. He venido para hacerte un favor.


—¿Qué clase de favor? Porque a mí no me va tu rollo.


—¿Lo ves? A esto me refiero. Sé por qué estás cabreada; la poli te arrestó por el golpe que yo di. Así que supongo que te debo una. Martin sabe mucho de allanamientos, pero tú eres mejor con los sistemas de alarma. ¿Por qué no nos acompañas en el siguiente golpe?


—Me parece que no, germano.


—Ah, me parece que puedo convencerte. Sé que has hablado con tu padre. ¿No crees que todo el mundo se sentiría más seguro si estuvieras en el ajo? Incluso te daré un porcentaje. —La miró de arriba abajo—. Tal vez después podamos hacernos socios. ¿Quién sabe? Al fin y al cabo, con tu novio y tu nuevo trabajo, tienes acceso a los sitios más exclusivos y caros.


—¿Crees que no me di cuenta de eso cuando me lié con él? —se aventuró a decir, tanteando el camino que él estaba tomando—. Pero los ladrones de guante blanco trabajamos solos.


—No los que son listos. Si hubieras estado con nosotros en París el año pasado, tendrías tres millones de dólares americanos más en tu fondo de pensiones.


Pensando con rapidez, Paula le dirigió la misma mirada calculadora con la que él la había obsequiado un minuto antes. Le habían ofrecido previamente formar una sociedad, pero nunca alguien del nivel de Veittsreig. Si se hubiera tratado de una oferta directa, que no implicara otras circunstancias o ataduras, le habría dicho sin ambages que no trabajaba con armas... mucho menos con asesinos. Pero este tipo tenía el cuadro de Pedro, y si decía algo erróneo, podría estar poniendo en peligro a Martin y su tapadera.


—¿Vas a decirme cuál es el objetivo?


—No hasta que sepa que estás en esto y que podemos confiar en que no le pasarás la información a la policía a cambio de que retiren los cargos.


—Dudo que nada de lo que le dijera a la poli les convenciera de algo —dijo con franqueza, esperando que Garcia y su gente no la hubieran localizado a tiempo de ver este encuentro.


—Aun así, Martin pasó su iniciación en Munich hace un par de semanas... una preciosa escultura de Canova con un valor aproximado de un millón. Después ganó puntos extra con el Hogarth.


Paula inspiró pausadamente.


—¿Así que quieres que pase una iniciación? —preguntó—. ¿Cómo si nunca antes hubiera dado un golpe?


—Me gustaría estar seguro de que todavía das golpes, y que tendrás tanto que perder como los demás si aparece la policía. Acabaste con Sean O'Hannon. Hay quien dice que te lo cargaste.


—La estupidez de O'Hannon al trabajar con la gente equivocada fue lo que le mató —respondió. Todo el fiasco del robo de obras de arte de Pedro que les había unido y una de las razones de que decidera retirarse—. Eres tú quien ha acudido a mí. ¿Qué quieres?


Él sonrió, logrando parecer más aterrador que encantador.


—Quiero un regalo. Algo pequeño y brillante, y que valga por lo menos medio millón. Te haré una rebaja en el precio ya que no te he avisado con tiempo. De lo contrario tendrías que igualarte a tu padre.


—¿Y cuándo quieres el regalito?


—Hoy es viernes. Para el sábado estaría bien. Y quiero que el robo salga en las noticias. Nada de salir a comprar algo para engañarme.


—Por Dios. Estás paranoico, ¿verdad? ¿Y si digo que no?


—No es una opción Pau. Recuerda que sé que Martin te ha contado cosillas. No sé qué cosas, pero ahora estás dentro. O estás muerta. Así que, demuéstrame que puedo confiar en ti o te disparo aquí mismo.


¡Joder!


—¿Y si accidentalmente robo en el lugar que estás planeando para ese golpe tuyo sólo con invitación reservada?


—No lo harás. ¿Tenemos un trato?


—Tenemos un puto trato, germano. —Frunció los labios, adoptando una expresión pensativa y tratando de fingir que su cerebro no estaba a punto de implosionar y que el corazón no tenía palpitaciones—. ¿Puedes jurarme que si esto sale bien no tendré que dejar a Pedro? Al fin y al cabo, es mi pase VIP. Tengo que sacar tajada.


—Si sale bien, nadie sabrá nada. Te doy esta oportunidad por cortesía profesional y por respeto hacia Martin. ¿Estás conmigo o estás muerta?


Asintió con la cabeza, cruzando los dedos mentalmente.


—Será divertido trabajar de nuevo con Martin. Estoy contigo.


Veittsreig sonrió de nuevo.


—Sabía que no te habías reformado. Dame un número donde pueda localizarte.


Le dio el de su teléfono móvil.


—Se supone que sólo estaré en Nueva York otra semana. Si va a llevar más de eso, avísame para tener tiempo de inventarme una excusa.


—Estarás de vuelta en la acogedora Palm Beach a tiempo. —Le tomó la barbilla con sus largos dedos, alzándole la cara—. No se va a incluir a nadie más. Si me entero de algo, enviaré fotografías de este encuentro nuestro a la policía. Y no te equivoques conmigo, si me traicionas, me cargo a Martin, al ricachón de tu novio y a ti. ¿Queda claro?


Paula permitió que la retuviera donde estaba.


—Queda claro. Pero si intentas excluirme o dejarme sujetando la vela en todo esto, que sepas que no puedes ir a ningún lugar donde no pueda atraparte.


La soltó.


—Bien. Estamos los dos de acuerdo. Te veré el sábado. Si apruebas, te pondré al corriente de los detalles y te diré cuál es tu porcentaje.


—Siempre que no sea inferior al diez por ciento, creo que no habrá problemas.


Tras asentir y dibujar una sonrisa taimada, Veittsreig se dirigió calle abajo. Paula dejó salir el aliento. Y pensar que creyó que esa mañana con Pedro había sido el peor trago que había tenido que pasar en toda su vida.


Sin embargo, era obvio que iba a tener que emprender otro asalto con Sanchez y con él. Porque a pesar de lo que le hubiera prometido a Veittsreig, no iba a meterse en eso sin avisarles de a qué podrían estar enfrentándose.


Anduvo durante otra manzana, luego fingió mirar la hora en su reloj. Nicholas no era de los que se tiraban faroles, y le había creído cuando le dijo que estaban tomando fotografías de su encuentro. Eso significaba que había habido gente vigilando. Probablemente aún era así.


De acuerdo, así que ya sabía con quién trabajaba Martin y a quién buscaba la INTERPOL. Pero Nicholas se había llevado una obra de arte de su casa. Lo que ahora se preguntaba era para quién trabajaba él. Y ¿a quién narices iba a robar para conseguir entrar en la banda?


En menudo montón de mierda se había metido. Y la antigua y familiar descarga de adrenalina comenzaba a apoderarse de sus músculos. Sí, así era ella: una yonqui del peligro. 


Independientemente de qué más sucediese, acababa de comprometerse a formar parte de un golpe lo bastante gordo como para contar de antemano con la atención de la INTERPOL, y realizar una hazaña ella sola. Y si la pillaban, no le cabía la menor duda de que acabaría en la sala de interrogatorios de Garcia de camino a la cárcel con una tarjeta de «vaya a la cárcel sin pasar por la salida y sin cobrar». Y pensar que un par de días antes había supuesto que visitar Nueva York como ciudadana que elude parcialmente la ley sería aburrido.



lunes, 26 de enero de 2015

CAPITULO 130






Walter Barstone se paseaba por la zona de recepción de las nuevas oficinas centrales de Alfonso en Nueva York. Para empezar, no podía creer que estuviera en el maldito edificio.


Paula había cruzado la tercera puerta del pasillo de la izquierda y él no le había quitado la vista de encima. Era idiota, arriesgando algo bueno por algo tan voluble como la verdad. Aunque a su modo, supuso que Paula siempre había sido honesta. En cualquier caso, se regía por su propio código.


El murmullo de voces lejanas granó en intensidad. Ay ay ay. 


Lo próximo que sucedería era que comenzarían a romper cosas y a continuación era posible que alguien acabara siendo arrojado por la ventana. Dado que se encontraban en la planta quince, eso no podía ser bueno.


Al otro lado de la puerta se escuchó el sonido de algo al romperse. Walter hizo un movimiento con los hombros. De acuerdo, había llegado el momento de intervenir. Se dispuso a acercarse.


La recepcionista se puso en pie.


—Lo siento, señor, pero tiene que esperar ahí. ¡Señor! ¡No puede entrar ahí!


—No pasa nada; soy de la familia —dijo, y abrió la puerta del despacho de golpe. Oyó cómo la mujer llamaba a seguridad, pero hizo caso omiso al cerrar la puerta después de entrar—. Vaya. Bonito despacho, Alfonso —dijo, pasando por encima de la bandeja de vasos rotos.


—Como ya he dicho antes, puedes contarme lo que sea. —Cuidado con lo que deseas. se giró hacia él.


—Walter. Ya veo que fuiste incluido en la reunión de la familia Chaves.


—Hace dos días me quedé igual de sorprendido que lo estás tú ahora. Nadie buscó esto.


Los ojos de Alfonso eran fríos como piedras.


—Yo sí que me lo he buscado. Y ahora la maldita familia Chaves al completo y sus amigos tienen carta blanca para robarme. Puedes imaginar lo encantado que me siento de que por fin me hayan informado de mi abyecta estupidez. —Preciso, impasible y despiadado. Paula sabía bien cómo escogerlos.


Pau se encontraba de pie al fondo de la estancia, fulminando a Alfonso con la mirada, sus hombros subían y bajaban y la expresión de su semblante era la que Walter conocía como herida cólera. ¡Genial! Dos volcanes en erupción... y él en medio de ambos.


—Dado que no estaba aquí para la fiesta —dijo—, haré un resumen por mi propio bien.


—¿Por qué no te vas a hacerlo a otra parte? —le sugirió Alfonso, su acento británico más marcado que nunca—. Ésta es una conversación privada.


—No. Creo que voy a quedarme. Así que le has contado que Martin se presentó y dijo que había cambiado su condena a cadena perpetua por trabajar para la INTERPOL, ¿no?


—No te molestes, Sanchez —refunfuñó finalmente Pau, con la atención centrada en Alfonso—. Me he desahogado y el Señor de la Mansión se ha pillado un buen rebote. 
Salgamos de aquí.


—No —interrumpió Alfonso antes de que pudiera hacerlo Sanchez—. Me gustaría saber que otros objetos les ha ofrecido a sus amigos la señorita Arramplo con todo lo que no esté clavado al suelo.


—¿Qué amigos? ¿Cómo puedo tener amigos cuando estoy contigo?


—Tú...


—Ah, dadme un puto respiro —dijo Walter, levantando la voz—. ¿No lo pillas, Alfonso? Si recupera el cuadro, la banda descubre que Martin les ha delatado y es hombre muerto. Probablemente también Pau. Si ella...


La puerta se abrió de golpe, un par de guardias de seguridad armados entraron y le flanquearon uno por cada lado.


—¡No se mueva!


Alfonso se adelantó.


—No pasa nada. No es más que un desacuerdo familiar. Gracias, muchachos.


Enfundaron sus armas y salieron.


—De acuerdo, señor Alfonso. Lo lamentamos.


—Has perdido tu gran oportunidad de hacer que me sacaran a rastras, nuevamente esposada, Pedro —le provocó Pau.


—Cierra el pico, ¿quieres? —Alfonso se volvió de nuevo hacia Walter—. ¿Me decías?


—Sí. Si Pau no intenta recuperar el cuadro y en vez de eso acude con la historia a la policía, la INTERPOL se queda sin su gran arresto y Martin vuelve a la cárcel. Le dije que no te contara nada y que las aguas volverían a su cauce. Pero resulta que a Pau no le gusta mentirte.


Pau y Alfonso se fulminaron con la mirada el uno al otro durante un minuto; la fuerza arrolladora contra el objeto inamovible. Al menos había conseguido hacerles callar durante un rato.


—Ya he sido el blanco de ladrones en otra ocasión —dijo finalmente el inglés con voz más serena—. No lo toleré entonces. Si lo hago ahora, bien podrían colgarme un letrero que dijera «pégame». A ninguno de tus antiguos colegas no les importaría que hubiera circunstancias atenuantes esta vez.


—Quieres decir que asociarán el que yo viva contigo como una señal de bienvenida para ellos —intervino Pau—. Después de esto lo harán, de todos modos. Lo sé.


—Te dedicas a diseñar instalaciones de seguridad, cielo —interrumpió Walter.


—No, Pedro tiene razón —respondió, su voz perdió intensidad—. Sabía que iba a pasar en cuanto vi a Martin. Soy buenísima con la seguridad —agachó la cabeza—. Maldita sea.


—Tu trabajo no es proteger mis cosas.


—Tampoco es hacer que te roben.


Alfonso cerró los ojos brevemente.


—Walter, ¿puedes disculparnos un momento?


—¿Pau? —Los refuerzos no iban a marcharse a menos que los indios tuvieran rodeado al vaquero.


Ella alzó la cabeza.


—Me largo a dar un paseo. Vosotros podéis hacer lo que os venga en gana. —Apartándose de la pared, se dirigió hacia la puerta.


—Vete, siempre que regreses. —Alfonso dio un paso hacia la puerta.


—Deja de darme órdenes, Alfonso —espetó.


—Y tú deja de ponerte a la defensiva, Chaves. Me reuniré contigo en la cafetería del vestíbulo dentro de media hora.


—Hecho. E invita a Sanchez. Ha estado durmiendo en un sofá. —Atravesó la puerta y la cerró al salir.


Pedro se volvió hacia el ex perista.


—Exactamente, ¿qué demonios haces en Nueva York?


—Pau me llamó, me dijo que había visto a un fantasma y que quería que viniera y confirmara si estaba loca o no.


—Si no hubieras venido, podría haberse confiado a mí. ¿Se te ha ocurrido eso? —Tratando aún de asimilar la conversación de los últimos veinte minutos,Pedro se sintió realmente tentado por un instante de darle una paliza a Barstone, sólo por desahogo. ¡Dios bendito! A pesar de todas las cosas que había esperado oír de Pau, enterarse de que su padre estaba vivo, sano y que por lo visto continuaba en activo no había sido una de ellas.


—No, en realidad no se me pasó por la cabeza. Ella me llamó y yo vine. Somos familia.


—¿Y qué soy yo?


Barstone hizo una mueca.


—No creo que quieras que te responda a eso.


—Por supuesto que quiero. —Walter era más corpulento que él, pero tenía aproximadamente la misma altura. 
Teniendo en cuenta que él era veinte años más joven y que estaba en forma, tenía ventaja—. Ilústrame, Walter.


—Está bien. Eres un tipo rico colgado con la novedad hasta que ésta comience a repercutir en tus negocios... como ahora. Por eso estás cabreado, ¿no? Porque ahora tenerla cerca es un incordio, ¿verdad?


—Gilipolleces —respondió bruscamente Pedro—. Gilipolleces. Estoy cabreado porque decidió que yo iba a limitarme a... levantar las manos y a largarme porque su pasado se ha presentado ante la puerta. Ni siquiera me lo contó; simplemente lo dio por hecho. Y tú le dijiste que me dejara al margen. Le dijiste que me mintiera. No es tanto culpa mía como lo es tuya.


—¿Mía? ¿Por qué narices me metes en medio?


—Porque mientras estés cerca Pau puede volver —dijo de manera tajante—. Tú haces que tenga un lugar adonde ir que no sea hacia adelante.


—No, yo le doy una posibilidad. Eres muy guay, pero si quiere estar contigo sólo puede seguir una dirección. Lo que nos diferencia es que yo la apoyaría escogiera la dirección que escogiese. Si la haces feliz, entonces me retiro para que no sienta que debe preocuparse por mí. Si la acorralas y haces que sienta que tiene algo que demostrar, entonces puedes estar seguro de que intervendré e intentaré mantenerla a salvo.


Pedro inspiró profundamente, apretando la mandíbula para impedirse responder como deseaba. Lo único que le aterrorizaba más que el que Paula regresara a su antigua vida era que lo hiciese sola.


—¿Crees que se mantendrá al margen de esto? —preguntó finalmente.


—No, no lo creo. Has dejado muy claro que no te gusta que te utilicen. A ella tampoco le gusta —meneó la cabeza—. ¿Sabes?, esto es típico de Martin. Desaparece durante tres años, deja que su hijita crea que está muerto, y luego aparece para poder implicarla en uno de sus planes y le dice que es una experiencia educativa. —Walter dejó escapar una bocanada—. Siempre tiene que ser el maestro. Quiero decir que algunas de sus lecciones pueden salvarte la vida, pero está más cerca de ser Fagin que Howard Cunningham.


—Al parecer —dijo Pedro con lentitud, acercándose de nuevo a Barstone—, te he juzgado mal. Un poco.


—Sí, bueno. Gracias.


—Lo que más me importa es la felicidad y el bienestar de Paula. Puede que no me creas, pero la quiero. Mucho. Y no quiero perderla.


—Digamos que quizá te creo.


—Con eso me basta por ahora. —Pedro le tendió la mano


—. ¿Qué me dices si hacemos una tregua, al menos hasta que descubra el modo de salir de ésta?


Tras dudar un instante, Walter se la estrechó.


—Hecho.