jueves, 22 de enero de 2015
CAPITULO 117
Miércoles, 3.01 a.m.
La bocina de un claxon resonó con fuerza en la calle.
Pedro parpadeó, despertando de mala gana de un sueño de pesca en alta mar en el que Paula figuraba como una sirena de pechos desnudos. La bocina sonó de nuevo y se dio la vuelta.
—Malditos yanquis —masculló.
Ninguna respuesta.
Abrió nuevamente un ojo, mirando al otro lado de la amplia cama hacia la mesilla de noche más allá. Al otro lado de la amplia cama vacía.
—¿Paula? —la llamó, incorporándose, y miró con los ojos entornados en dirección al oscuro baño principal. Ya espabilado por completo, se levantó desnudo de la cama y se puso su batín azul.
Paula había sido prácticamente un ave nocturna desde que la conocía, pero sus paseos a altas horas de la noche parecían aumentar cuando algo le preocupaba. A pesar de lo que había dicho durante y después de la subasta, y a pesar de que él hubiera fingido no notarlo, algo le preocupaba a su ladrona de guante blanco.
Atándose la bata, salió de la habitación para echar un rápido vistazo a su despacho y a continuación a la sala de estar de enfrente. Hum. Su siguiente ocurrencia fue que hubiera ido a tomarse un tentempié nocturno, y bajó descalzo la escalera hasta la planta baja. La cocina estaba a oscuras y en silencio al igual que el resto de la casa.
A menos que tuviera un motivo para escabullirse, Paula no se esforzaba demasiado por permanecer escondida en su propia casa. Frunciendo el ceño, con el corazón latiéndole con mayor celeridad pese a su resolución de no precipitarse en sacar conclusiones, se dirigió al cuarto de estar de la planta baja. No encontró nada, salvo los nuevos Hogarth, apoyados contra el respaldo de...
Había un embalaje apoyado contra el sillón. Un escalofrío le recorrió la espalda. Una vuelta rápida por la estancia se lo confirmó: sólo había un cuadro. De pronto la desaparición de Paula ya no era levemente exasperante. Faltaba Paula, faltaba un cuadro. Durante un mero segundo dudó de ella.
Pero, con la misma celeridad, expulsó la idea de su cabeza.
Puede que las dos cosas resultaran preocupantes, pero ella no se había llevado el Hogarth. Lo sabía en el fondo de su alma y de su corazón.
Maldiciendo, Pedro volvió a subir las escaleras a toda prisa para ponerse algo de ropa. Mientras rebuscaba en su vestidor, miró al espejo que había a su lado. El reflejo mostraba el pie de la cama del lado de Paula bajo las sábanas revueltas, sin la ordenada pila de ropa de emergencia que siempre guardaba allí.
Entró en el baño prácticamente dando saltos al tiempo que se subía a tirones un par de pantalones vaqueros. No había rastro, pero teniendo en cuenta que Pau no usaba pijama, no sabía bien qué esperaba encontrar, aparte de, quizá, una de sus extrañas notas pegada al espejo. Nada empañaba la superficie reflectante que llegaba hasta el techo.
—¡Joder, joder, joder!
Por una vez en su vida, no estaba seguro de qué demonios se suponía que debía hacer a continuación. Alguien le había robado. Tenía que llamar a la policía. Pero hasta que no supiera dónde estaba Paula y cuál podría ser su implicación, no podía realizar esa llamada.
Luego se percató de que ya lo había hecho. Cuando pasó apresuradamente por al lado de su mesita de noche, reparó en la parpadeante lucecita roja de su teléfono. La alarma silenciosa había saltado. Dado que no era frecuente que residiera en esa casa, la compañía de seguridad llamaría a Wilder a la planta baja para confirmar un fallo. ¡Maldita sea!
Pedro había bajado la mitad de las escaleras cuando comenzó a oír y ver el aullido de las sirenas y el reflejo de luces rojas y azules a través de las ventanas delanteras, que fueron aumentando en intensidad.
—Mierda.
—¡Señor! —Wilder se encontró con él en el vestíbulo, el mayordomo estaba despeinado y se había puesto una bata de cuadros sobre los pantalones negros del pijama y unas zapatillas a juego—. La alarma ha saltado. Se muestra una brecha en el perímetro, así que confirmé por teléfono que debía ser comunicado a la policía.
Al pensar en ello, se sintió aliviado durante un mero segundo. Seguramente Paula no había hecho saltar una alarma en toda su vida. A menos que lo hiciera a propósito.
Adiós al alivio.
—¿Dónde se originó la brecha?
—En la ventana del final del pasillo de la primera planta.
¡Joder!
—Atiende la puerta —le ordenó, subiendo las escaleras de dos en dos. ¡Maldita sea!, ¿dónde estaba Pau?
Mientras su mayordomo se encargaba de recibir a los cuatro policías en la puerta, Pedro se quitó la ropa y volvió a ponerse el pijama. Al tiempo que se desnudaba no dejaba de hacer cálculos mentales: cuánto sabía; cuánto debía contarles a ellos; había informado de la desaparición del cuadro, o se exponía a que le pillaran en una mentira más tarde. Sobre todo, ¿qué les diría cuando le preguntaran quién más había en la residencia y dónde demonios podría estar ella a las tres en punto de la madrugada?
Abrió de golpe la puerta del dormitorio al escuchar el sonido de pasos subiendo en grupo la escalera.
—¿Qué demonios está pasando? —preguntó.
—Se ha disparado la alarma, señor Alfonso —dijo amablemente uno de los agentes cuando llegaron arriba de las escaleras—. Hágase a un lado y nosotros nos aseguraremos de que no hay ningún intruso en su residencia.
Con las armas fuera, se dedicaron a mirar detrás de cada puerta y a despejar cada habitación de camino a la ventana del fondo del pasillo. Si no hallaban nada, suponía que podía mandarlos de vuelta y hacer el descubrimiento de la desaparición del cuadro una vez que hubiera localizado a Paula. La única pega era que, si otra persona le había robado, no quería perder tiempo en recuperar su propiedad.
—Mira eso —dijo uno de ellos—. Han empujado el marco y hay arañazos en el vidrio.
Era el mismo marco que Paula había quitado antes ese mismo día. Aunque también lo había reparado, porque él mismo había visto los resultados. Lanzó una mirada a Wilder. El mayordomo sabía que no debía ofrecer información de forma voluntaria, pero a juzgar por la expresión de su cara, estaba claramente preocupado.
—¿No ha oído nada? —preguntó el oficial con el nombre «Spanolli» prendido en la camisa, sacando una libreta del bolsillo.
—No hasta que escuché las sirenas —respondió Pedro.
—Necesitaré que revise rápidamente los objetos de valor, que compruebe si falta algo —dijo Spanolli, asintiendo.
—A juzgar por el aspecto de este sitio, no va a ser nada fácil —dijo uno de los otros, farfullando su conformidad después de ese comentario.
—Por supuesto que echaré un vistazo. —Pedro se encaminó hacia su despacho. Cuanto más pudiera posponer que descubrieran el cuadro que faltaba, de más tiempo dispondría para optar por una estrategia.
—¿Vive alguien más aquí con usted?
Inspiró lentamente. Si veían las noticias del corazón, ya sabrían la respuesta a eso.
—Sí.
—¿De quién se trata?
De pronto se encontró con otro problema, aunque insignificante en comparación con el primero. ¿Cómo describía a Paula? Novia parecía un término muy juvenil para que lo utilizase alguien pasados los treinta; amante parecía vacuo. Mi amada se acercaba más, aunque indudablemente era extraño y demasiado propio de El Señor de los anillos.
—Paula Chaves —dijo de mala gana, optando por la que era a un mismo tiempo la descripción más vaga y más precisa—. Vive conmigo.
Otra vez comenzaron los murmullos. O ignoraban que su trabajo actual era la seguridad, o sabían que el de su padre había sido el robo.
—¿Dónde se encuentra ella ahora, señor Alfonso?
Cuanta más información les proporcionara, más tendría que corroborar después.
—Dando una vuelta con el coche, imagino —se decantó por decir.
—A las tres de la madrugada.
—Deseaba ver Manhattan por la noche y yo tengo una reunión temprano. —Se encogió de hombros, dibujando una media sonrisa—. Se impacienta. —Haciendo un rápido inventario visual de su despacho, se volvió de nuevo hacia el agente Spanolli—. No falta nada que yo sepa.
—Estuvieron en el dormitorio, ¿no es así?
—Sí.
—Pasemos a la siguiente habitación. Y tómese su tiempo, señor Alfonso. No hay duda de que sus ventanas han sido abiertas con una palanqueta. Vienen de camino algunos agentes de la Unidad Antirrobo.
¡Magnífico! Más preguntas que no quería responder, y más que no podía contestar. Tenía que llamar a Tomas Gonzales, su abogado. Pero considerando que eran más de las tres de la madrugada, y a varios estados de distancia, y dadas las reservas que Tomas abrigaba sobre Paula, tenía que tener algo más consistente que un «no puedo encontrarla», acompañado por un «ha desaparecido un cuadro». Tomas tardaría menos de un segundo en establecer la conexión entre ambas; si aquello hubiera sucedido tres o cuatro meses antes, el mismo Pedro podría haber llegado a la misma conclusión.
Aparte del hecho fundamental de que confiaba en ella, si Paula había decidido finalmente tomarle el pelo e ir a por todas, no se hubiera llevado el Hogarth. En Palm Beach tenía un Picasso, dos Rembrandt, y un Gainsborough, entre más de media docena de otros cuadros. Y el grueso de su colección se encontraba en su casa de Devonshire, Inglaterra. El Hogarth era un nuevo hallazgo, naturalmente, pero no era lo más valioso de su colección. Además, él se lo hubiera regalado.
—¿ Señor Alfonso ?
Pedro se sobresaltó.
—La sala de estar es la siguiente.
No saber cómo comportarse no era algo que le sucediera con frecuencia. Andarse con rodeos de forma deliberada tampoco era su estilo, y sin embargo, en esos momentos, se enfrentaba a ambas cosas. Cuando llegaran abajo, tendría que reparar en que había desaparecido el cuadro. En lo alto de la escalera había otro hombre, vestido de negro, con un traje y una corbata sorprendentemente elegantes. Con su cabello oscuro cortado a la moda y unos bonitos zapatos, podría haberse tratado de un policía de uno de los episodios de Ley y Orden.
—¿Es usted Alfonso? —preguntó, con la boca ocupada por un palillo muy usado.
—Así es. ¿Y usted es?
—El detective Garcia. De Antirrobo. ¿Estaba dormido cuando sucedió? —El policía le dedicó un vistazo apreciativo a su batín.
—Hasta que escuché las sirenas —mintió Pedro como si tal cosa.
Garcia asintió.
—¿Falta alguna cosa de momento?
Spanolli dio un paso adelante.
—Por el momento, nada. Hemos comprobado el despacho y uno de los estudios.
Estudios, ¡americanos!
—Entraron por allí —prosiguió el oficial, señalando con su bolígrafo hacia la ventana de atrás—. Falta uno de los paneles y la han forzado con una palanqueta.
Tras asentir con la cabeza, Garcia pasó por delante de ambos y se asomó al dormitorio.
—¿ Dónde está su novia ?
Pedro se contuvo de fruncir el ceño. Seguía siendo el dueño de la situación, pero tendría que hacerlo desde la retaguardia. Y con cautela. Por lo visto el tal Garcia leía la sección de sociedad.
—Fuera. De visita turística.
—De acuerdo. —El detective se inclinó hacia un lado para murmurarle algo a uno de los agentes, que bajó corriendo al piso inferior—. Los chicos de mi equipo están abajo.
Spanolli, dile a Gina que tome las huellas del alféizar. Envía a Taylor a la salida de incendios a que tome las de allí. Quienquiera que haya entrado no ha sido Spiderman.
—Sí, señor. —Spanolli desapareció escalera abajo, después de chocar prácticamente los talones.
—¿Tiene un equipo entero de criminalística? —preguntó Pedro—. Esto no es un homicidio.
—No, es un robo. Tal vez. Pero usted es Pedro Alfonso, y paga un montón de impuestos. —Garcia se cambió el palillo al otro lado de la boca—. Esta noche asistieron a la subasta de Sotheby's, ¿no es así?
—¿Cómo sabe eso? —Probablemente hubiera sido más prudente no preguntarlo, pero tenía que saber quién era este tipo, y cuántos problemas podría causarle a Paula... y a él mismo.
—Salió en las noticias, justo después de los deportes.
Compró un par de cuadros y una escultura grande. ¡Joder!
—Sí, así es.
—¿Están aquí?
—Los cuadros están abajo, en la habitación principal.
—¿Ha comprobado si siguen ahí después de que subiéramos aquí?
—No. Comenzamos la inspección aquí arriba.
—Eso ha sido una estupidez, ¿no le parece? —insistió Garcia, dirigiéndose de nuevo hacia la escalera—. Es decir, si yo acabara de gastarme un par de millones, querría saber si estaban a salvo.
Pedro entrecerró los ojos.
—Yo no llamaría «estúpido» a alguien que paga tantos impuestos, detective —replicó pausadamente. Garcia tenía que recordar dónde se encontraba, y con quién estaba tratando. E igual de importante, quién era el que mandaba.
—Cierto. Lo lamento. —El detective se detuvo en el rellano para alzar la mirada hacia él—. Vayamos a comprobar sus cuadros, ¿le parece, señor Alfonso?
—Por supuesto.
Obviamente Garcia estaba hecho de una pasta diferente del resto de agentes que habían estado siguiendo a Pedro de un lado a otro. Y el detective ya albergaba sus sospechas.
Pedro ignoraba hasta qué punto. Tenía que averiguarlo, y rápido.
Pedro inspiró lentamente mientras descendía la escalera detrás de Garcia. En Florida, Paula había logrado ganarse el respeto e incluso la confianza de al menos un miembro del Departamento de Policía de Palm Beach. Aquí, en Manhattan, todo cuanto tenía la policía era el nombre y la reputación de su padre.
Y quizá algunos robos de guante blanco sin resolver. Martin Chaves, sin embargo, era a quien habían pillado y hallado culpable de robar un sinfín de caros objeto históricos y de arte, y quien había muerto en prisión. Podían especular acerca de Paula, pero, que Pedro supiera, ella jamás había dejado una sola pista. Y había pasado innumerables horas investigando, simplemente para cerciorarse de que nadie podía tenderle una trampa con una orden de arresto. Se había expuesto a una vida pública destacada por su causa, y no pensaba olvidar aquello.
—Procure no tocar nada, señor Alfonso —le advirtió el detective cuando entraron en la sala de la planta baja.
—Vivo aquí —repuso Pedro de forma tajante—. Yo esperaría encontrar aquí mis huellas, las de Paula, Wilder y las dos doncellas.
—Lo que sucede es que no quiero que borre las huellas de otro. De acuerdo, ¿dónde están los cuadros?
—Allí.
Los dos se dirigieron a la parte posterior del sillón, donde estaba apoyado un cajón acolchado y embalado en papel marrón que contenía el cuadro. La vista le sorprendió por segunda vez, aunque no estaba seguro de por qué. Tal vez había pensado que Paula reaparecería y volvería a dejar la pintura en su sitio.
—¿Cuántos cuadros se trajo a casa? —preguntó Garcia mientras le hacía señas a uno de los agentes que se encontraban en la entrada.
—Dos.
—Yo veo uno.
Pedro le lanzó una mirada.
—Ya entiendo por qué es usted detective.
—Sí. Soy todo un observador. ¿Cuánto vale?
—Eso depende de cuál se hayan llevado. Entre cinco y doce millones de dólares.
—Dólares americanos.
—Sí, dólares americanos.
Garcia se aclaró la garganta.
—Vale. Quiero algunas fotografías de la habitación, y quiero que saquen las huellas de todo. Entonces le echaremos una ojeada para ver cuál se han llevado —le indicó a Pedro que saliera de la estancia por delante de él—. Y necesito hablar de nuevo con usted.
—Me gustaría que esto se llevara de forma discreta —dijo Pedro, precediendo al detective por el pasillo hasta la silenciosa cocina—. Lo último que quiero es que la prensa divulgue que me han robado.
El detective se apoyó en el respaldo de una de las sillas de la cocina.
—Discúlpeme—¿Debería haberme desmayado? —preguntó Pedro con frialdad—. Han entrado en mi casa y hay una docena de policías vagando por los pasillos. Me han robado algo. No, no estoy sorprendido. Y dudo que usted fuera el único que se enterara por las noticias de esta noche que he realizado varias compras en Sotheby's.
—Mmm, hum. Así que todo Manhattan es sospechoso. ¿Qué hay de su novia?
No había tardado demasiado en llegar a eso.
—No sea absurdo.
—No está aquí, su cuadro ha desaparecido, y ella es una Chaves.
—Volverá, no tiene nada que ver con lo que era su padre, y yo le hubiera regalado el cuadro si ella lo hubiera querido.
Garcia se sacó el palillo, miró el extremo astillado y luego volvió a colocárselo entre los dientes.
—Me alegra que esté satisfecho, pero su opinión no me ayuda a rellenar el papeleo. Y en la comisaría tenemos un concurso donde ganamos puntos por encontrar criminales.
—Agradezco el sarcasmo —dijo Pedro—, pero prefiero que encuentre al «criminal» en cuestión, como usted lo llama, a que pierda el tiempo investigando a alguien que sé que es inocente.
—Mírelo desde mi punto de vista —respondió el detective—. Veo en las noticias que acaba de gastarse casi treinta millones de pavos. Luego recibo un aviso de que han allanado su casa. Después descubro que su novia, la hija de un célebre ladrón de guante blanco, ha desaparecido. Y pienso «ohoh, la chica se ha desvanecido la noche en que esos dos cuadros de Hobart...»
—Hogarth —le corrigió Richard, apretando los dientes.
—...de Hogarth llegan a casa. No puede ser bueno. Pero usted, que no es imbécil, no se ha molestado siquiera en comprobar el paradero de los cuadros hasta que prácticamente le he obligado a hacerlo. Eso no pinta bien, señor Alfonso. Como si tal vez ya supiera que había desaparecido y conociera la causa. Y me apuesto a que estaba asegurado, pero no parece en absoluto sorprendido, señor Alfonso.
—Entiendo. Pues dejemos esta conversación ahora mismo y llamaré a mi abogado. Detestaría que usted tuviera que repasar su teoría más de dos veces.
—Probablemente sea una buena idea. —Garcia se enderezó—. Utilice el teléfono de aquí. Y no vaya a ninguna parte de la casa hasta que hayamos terminado.
Pedro contempló cómo el detective salía por la puerta de la cocina. Antes de que pudiera sentir alivio por disponer de un momento a solas para pensar, entró otro agente y ocupó una silla junto a la mesa. Obviamente estaba allí para observar y escuchar. De no ser por Paula, Pedro se lo hubiera quitado de encima como si de una mosca se tratase.
Ése era el maldito quid de la cuestión. Hasta que supiera dónde estaba Paula y en qué medida podía estar involucrada, tenía las manos atadas. Y si no se andaba con mucho cuidadoso, bien podría acabar esposado. ¡Joder!
CAPITULO 116
Ella se movió un poco en la cama, sentía la respiración de Pedro suave contra su mejilla. Problemas... Pedro y ella los tenían sin duda alguna, pero el sexo no era uno de ellos.
Nunca hasta ahora había tenido una relación que durara más de unas pocas semanas, pero aun así estaba segura de que ésta no podía ser típica. Cada vez que divisaba a Pedro deseaba lanzarse a su cuello, rodearle con brazos y piernas, deslizarse en su interior donde se sentía caliente, deseada y a salvo.
Por lo que mentirle y escabullirse furtivamente de la casa en mitad de la noche no podía ser nada bueno. Pero hasta que averiguase lo que sucedía con Martin, si es que se trataba de Martin y no de un fantasmagórico doble, que ahora estaría muy confuso con respecto a la nota de su bolsillo, no iba a contarle nada a nadie.
Moviéndose lenta y silenciosamente, Paula logró salir de debajo del brazo derecho de Pedro y se deslizó fuera de la cama. Por costumbre siempre guardaba un par de vaqueros, una camisa y unas buenas zapatillas debajo de la mesilla de noche o en el borde de la cama, y se los llevó al baño y se los puso en la oscuridad. En los viejos tiempos una escapada furtiva comenzaba cuando llegaba a la localización; ahora comenzaba en el cuarto de baño de casa. Toda una mejoría, Pau.
Una vez que había logrado llegar a la planta baja, desconectó la alarma y la conectó de nuevo, lo que le daba treinta segundos para salir por la puerta principal; una eternidad en el mundo de los ladrones. Bajó de dos en dos los cortos y angostos escalones de la casa urbana y giró en dirección norte para subir por la Quinta Avenida. Los taxis circulaban aun cuando eran cerca de las dos de la madrugada, buscando pasajeros demasiado borrachos como para conducir hasta sus casas o demasiado intranquilos como para coger el metro a esas horas.
Nada más agitar la mano uno de ellos cruzó la calle haciendo regates y se detuvo junto a la acera.
—A Central Park con la Sesenta y siete Este —dijo, evitando un desgarrón en el asiento tapizado en negro cuando se acomodó. No eran más que un par de manzanas; podría haber ido andando. Pero eso haría que se expusiera a ser vista durante más tiempo, y la dejaba demasiado desprotegida para su gusto. Había algunos instintos que no había olvidado.
El taxista giró la cabeza estirando el cuello para mirarla a través de la barrera de plexiglás.
—Espero que deje una buena propina por un viaje tan corto, señora —rugió con un marcado acento ucraniano.
—Eso dependerá de lo educado que sea —respondió Paula sin alzar la voz, poniendo una pincelada de Manhattan en su acento. Conocía el procedimiento: no demasiado amable, no demasiado irritada... sólo la conversación justa y necesaria para no ser recordada.
—De acuerdo. Es un placer, Su Alteza —dijo, lanzándole otra mirada por el retrovisor cuando de nuevo volvió la vista al trente.
—Eso está mejor.
El tráfico era tan ligero como podía serlo en Manhattan, y los bichos que se ocultaban de la luz del día habían salido a vagar por la calzada. Le gustaba Nueva York por la noche aún más de lo que le gustaba durante el día. La gente decente que se encontraba en la calle a esas horas era escasa, y si no estaban borrachos o colocados, estaban demasiado preocupados por sus propios pellejos como para echar un vistazo más allá de su reducido círculo personal de seguridad. Y el resto de la población nocturna tenía sus propios problemas, reales o imaginarios, y no se preocupaba por los de nadie a menos que vieran la posibilidad de sacar algún provecho. Paula se había asegurado de que no fuera beneficioso relacionarse con ella.
Pasados tres minutos el taxi se detuvo frente a Central Park.
—¿Le viene bien aquí, Su Alteza?
El taxímetro indicaba tres dólares con cincuenta, de modo que le entregó un billete de cinco y uno de un dólar.
—Perfecto.
El hombre rio entre dientes, satisfecho con la propina.
—¿Quiere que la espere?
—No. Estaré un rato.
Después de saludarla se incorporó de nuevo al ligero tráfico.
Paula no se movió de donde estaba durante un minuto. A pesar de que los senderos principales estaban iluminados por farolas, Central Park era un gran orbe oscuro. Un gran orbe oscuro con su padre en el medio.
Por primera vez desde que se había levantado de la cama, Paula se permitió pensar en por qué estaba a punto de dar un paseo por la zona este de Central Park en mitad de la noche. Se estremeció, no a causa del miedo, sino debido a los nervios. Era un lugar condenadamente bueno para ver un fantasma; tal vez, dadas las circunstancias, un punto de encuentro más concurrido hubiera sido mejor idea, después de todo. Esperó a que las luces del semáforo cambiaran de color, luego cruzó la Quinta Avenida.
Prepárate, Paula, se repitió a sí misma: su nueva consigna.
Tras echar un último vistazo a un lado y otro de la avenida, irguió los hombros y se adentró en el parque.
Había visto la estatua de bronce de Balto, el célebre perro de trineo, una o dos veces a lo largo de los años, sus flancos suavizados debido al roce de innumerables manos de niños. Incluso en la oscuridad le llevó menos de quince minutos rodear al perro y elegir su puesto entre la maleza de la zona sur del claro. Sin mirar su reloj sabía que llegaba unos diez minutos temprano, y se apoyó de lado contra el árbol más próximo a esperar.
De no ser por el débil sonido del tráfico frente a ella podría haberse encontrado en los bosques de Nueva Inglaterra.
No, gracias. Prefería la jungla urbana donde, aun huyendo, uno podía conseguir una hamburguesa sin tener que cazarla y matarla primero.
Un par de hombres cruzaron el sendero frente a ella, tan cerca que podría haber extendido el brazo y birlado la cartera al más cercano. A juzgar por el bulto a su espalda, también podría haberle limpiado una pistola, pero ése no era su estilo. Se preguntó brevemente si podría tratarse de un policía de incógnito, patrullando el parque. En cualquier caso, no tenía intención de arriesgarse a llamar su atención.
Su padre solía llamarla esnob porque sólo aceptaba trabajos en los que le interesaba el objeto a robar: un cuadro raro, una antigüedad, una antigua losa de piedra.
Pero incluso Martin tenía sus principios, y jamás le había visto llevar pistola. El siempre había dicho que las pistolas eran para los matones que no podían entrar y salir de un lugar sin ser vistos.
Se oyó repicar un par de campanas de iglesia, algo desacompasadas, pero con la nitidez suficiente como para que pudiera distinguir dos tañidos diferentes. Las dos en punto. La hora señalada.
Un par de conejos pasaron por su lado moviéndose de un lado a otro, meneando nerviosamente orejas y hocico al tiempo que alternaban entre arrojar «bolitas» de conejo y mirar al cielo en busca de buhos. Un ciclista a toda pastilla les hizo brincar a los arbustos. Paula permaneció en las profundas sombras del árbol, inmóvil.
Cuarenta minutos más tarde ya había esperado demasiado, visto otra media docena de personas, un chucho de aspecto raquítico y un gato, o una rata grande, pasar de largo la estatua de Balto, pero ni rastro de Martin Chaves. En los viejos tiempos habría esperado diez minutos más de la hora señalada y luego se habría dado el piro, imaginando que la cita se habría visto comprometida. Pero no le había visto desde hacía seis años. Y aun cuando no apareciera a tiempo, no lograba hacer acopio de valor para marcharse.
Quizá él tuviera tantas dudas como ella sobre este encuentro.
Exhaló una bocanada de aire, y ésta formó una nubecita de vaho en la fría humedad.
—¿Dónde narices estás, Martin? —farfulló, cambiando el peso de un pie a otro. Por el amor de Dios, también hacía seis años que él no la veía, y era su única hija.
Paula frunció el ceño. Si no había muerto tres años atrás, sin duda había estado en posición de seguirle la pista mucho antes de ahora. De modo que, ¿por qué no lo había hecho? ¿Dónde demonios había estado, y qué se traía entre manos? Mientras ella había continuado aún viajando por el lado oscuro se había enterado de casi todos los robos perpetrados, y nada le había recordado al trabajo de Martin Chaves. Pero, claro estaba, jamás había esperado encontrarse con tal cosa, y nunca había tratado de comparar nada de aquéllos con su conocido estilo personal.
Escuchó pasos por el camino, y de nuevo se quedó inmóvil.
El corazón le palpitaba con fuerza, aunque para entonces no estaba segura de si su estado de nervios era superior a su estado de cabreo. Pero el tipo que bajaba por el sendero era al menos quince centímetros más bajo que su padre.
Vestía un abrigo raído que se hundía sobre su escuálida figura, e incluso desde el fondo del claro podía oler el rancio tufo a alcohol. Cruzó por su lado, mascullando algo sobre Batman.
Cuando finalmente cedió y miró su reloj, eran cerca de las tres.
—¡Joder! —refunfuñó, saliendo furtivamente de los matorrales y volviendo al sendero. O bien no era Martin después de todo, o algo sucedía. Y según su experiencia, «algo» jamás eran buenas noticias.
miércoles, 21 de enero de 2015
CAPITULO 115
Martes, 10.53 p.m.
Una profunda satisfacción se apoderó de Pedro mientras esperaba a Paula cerca de la entrada de Sotheby's. Tenía el Rodin, un cuadro clásico y un Hogarth nunca antes visto, lo que le dejaba el resto de la velada libre, sin más que hacer que disfrutar de su pasión, su obsesión, por Paula Chaves.
Ella apareció al cabo de un momento, toda hipnotizantes ojos verdes, sedoso cabello caoba y un precioso vestido rojo. Fuera lo que fuese lo que le había estado carcomiendo durante la subasta parecía haberlo resuelto, porque su sonrisa al verle podría derretir el granito. Hacía que le flaqueasen las rodillas, y al mismo tiempo le hacía desear realizar magníficas hazañas dignas de alguien tan único y excepcional como lo era ella.
Le tomó la mano cuando Pau la tendió hacia él. Incluso después de cinco meses, necesitaba tocarla con la mayor frecuencia posible para asegurarse de que no se había desvanecido en medio de la noche.
—He llamado a Ruben —dijo, atrayéndola contra su cuerpo
—. Nos espera en la parte de delante.
—¿Y los Hogarth?
—Embalados y listos para venir con nosotros. Ella asintió. —Bien.
Llegaron a la puerta de entrada y Pedro la sostuvo abierta para que Paula y un puñado de empleados de Sotheby's, dos pequeños cuadros y el resto de la seguridad asignada salieran hasta la acera. Ruben ya tenía abiertas las puertas de la limusina, y alojaron los Hogarth detrás del asiento del conductor. Colocarlos en el maletero parecía... insultante.
—Gracias, caballeros —dijo Pedro, aceptando otra ronda de felicitaciones y haciendo caso omiso del revuelo de paparazzis mientras ayudaba a Paula a subir al asiento trasero. Ella podía subir sin ayuda de nadie, pero tal como a Pau le gustaba remarcar,Pedro disfrutaba ejerciendo de caballero de brillante armadura. Lo llevaba en la sangre, por lo visto.
—¿Satisfecho? —preguntó Paula, mientras Ruben cerraba la puerta y se apresuraba a dar la vuelta hasta el asiento del conductor.
—Conseguí lo que deseaba. La mayor parte. —Y alzando la mano para posarla sobre su mejilla, se inclinó para besarla, lenta y profundamente. Era más embriagadora que el champán.
Pau le devolvió el beso, alargando el brazo hacia atrás para pulsar el botón que subía el panel privado entre la parte del conductor y la de pasajeros.
—¿Así pues, una fortuna en arte no te basta?
Con lentitud deslizó de su hombro uno de los finos tirantes, besando su piel al hacerlo.
—No cuando tú estás aquí.
—Zalamero —susurró con la voz un tanto trémula—. ¿Estás seguro de que no quieres esperar hasta que volvamos a casa?
—No puedo —respondió, deslizando una mano por su muslo bajo la falda de seda roja. Llevó el brazo hacia atrás hasta el panel que se encontraba en la puerta de su lado y pulsó el botón del interfono—. Ruben, toma el camino largo —dijo.
—Sí, se...
Lo soltó de nuevo.
—Genial. Ahora Ruben sabe lo que estamos haciendo.
—¿Crees que antes no lo sabía? —De un tirón, Pedro le bajó la parte delantera del vestido hasta la cintura. No llevaba sujetador, de modo que no tuvo que perder el tiempo con eso. Agachó la cabeza, saboreando sus suaves pechos, sintiendo endurecerse sus pezones en su lengua.
Ella dejó escapar un tembloroso jadeo que a punto estuvo de hacer que reventara la cremallera de los pantalones.
—¿Y si nos sigue algún fotógrafo con una cámara de infrarrojos? —graznó, arqueándose contra él.
—Llega un punto en que llevas demasiado lejos la paranoia, Pau —dijo, empujándola suavemente para tenderla de espaldas a lo largo del asiento de cuero.
—¿Sería éste dicho punto? —preguntó, deslizando la mano para tomar su entrepierna en ella, sosteniendo con su verde mirada la de él con una inocencia que en aquella ocasión podía aún engañarle—. Mmm, alguien está contento.
—A eso es precisamente a lo que me refería. —Le subió la falda, amontonándole el vestido en la cintura—. Dios mío —murmuró, bajando la mirada hacia ella—. Tanga rojo.
Pau sonrió sin aliento.
—Pensé que te gustaría. Estoy probando con un nuevo estilo.
—Me gusta más quitado. —Cuando ella alzó las caderas, Pedro le bajó el tanga por los muslos y las rodillas, y se lo quitó por sus zapatos rojos de tacón de aguja. Nada de zapatos planos para Paula, a menos que el vestido así lo requiriese. Y gracias a Dios por eso—. ¿Vas a contarme qué te tenía preocupada en la sala de subastas? —preguntó, arrojando la ropa interior por encima del hombro en dirección a los Hogarth.
—No era nada. Lo que sucedía era que... resultaba extraño, estar en el lado legal de las cosas. Bien, ¿vas a quedarte ahí arrodillado o vas a hacer algo?
—Ah, haré algo. —Irguiéndose, se bajó la cremallera de los pantalones, deslizándolos junto con los boxers por sus muslos, y se colocó sobre ella. Cuando Pau le rodeó las caderas con los tobillos, empujó pausadamente en su interior. Prieto, caliente y suyo—. ¿Qué te parece esto? —gruñó, con los codos a ambos lados de su rostro.
Ella se estremeció, y Pedro lo sintió hasta en las entrañas.
Sin mediar palabra, Paula le hizo inclinar la cabeza para besarle apasionadamente. Enredando las manos en su cabello, le retuvo contra sí mientras él impulsaba sus caderas hacia ella, fuerte y rápidamente. La delicadeza y quitarse los zapatos podían esperar hasta que bajaran del maldito coche.
La sintió correrse, sintió sus muslos y su cuerpo tensarse convulsivamente a su alrededor. No tenía sentido que dicha sensación pudiera hacerle sentir más poderoso que cerrar una fusión multimillonaria, pero así era. Aminoró el ritmo, prolongando la sensación para ambos aun cuando cada uno de sus músculos deseaba apresurarse, embestir y reclamar el territorio como suyo. Ya era suya, por reacia que fuera a admitirlo en voz alta, y por mucho que él se resistiera a obligarla a hacerlo.
—Pedro —gimió, moviendo las manos hasta su culo.
Bajando la cabeza junto a la de ella, se dejó ir, empujando dentro y fuera hasta que, con un intenso estremecimiento y un gemido, se corrió.
—Me estás clavando el alfiler de la corbata en el estómago —dijo Paula al cabo de un momento, su voz más grave por la diversión y su respiración todavía laboriosa.
—Perdona. —Se movió, su rodilla descendió, sin encontrar un punto de apoyo—. ¡Maldit...!
Se estamparon contra el espacioso piso de la limusina con él debajo. Paula, acurrucada como una gata sobre su pecho, estremecida por la risa.
—Eres tan delicado —dijo entre dientes.
—Cierra el pico.
El interfono sonó.
—¿Señor? Uh... ¿Señorita Pau? ¿Va todo bien?
Pedro levantó el pie, apretando el panel del reposabrazos con el talón.
—Estamos bien. Prosigue.
—Me alegro de que no bajaras la ventanilla o abrieras la puerta al hacer eso —dijo Paula, irguiéndose para subirse el vestido.
—Y a mí me alegra que ninguno de los dos hayamos metido el codo en uno de los Hogarth —respondió, riendo por lo bajo mientras alzaba las caderas para subirse los pantalones.
—¿Dónde está mi maldita ropa interior? —Pregunto Paula, bajándose de nuevo la falda del vestido hasta los muslos, gateó hasta la parte delantera del compartimiento para pasajeros.
El terminó de abrocharse.
—No vi dónde aterrizaba. —Un momento después divisó el jirón rojo, pendiendo de la esquina envuelta de uno de los cuadros. Pedro se inclinó y lo recogió.
—Aquí tienes.
—Gracias. Ahora sólo tengo que comprar seis recambios para la semana.
—¿No has perdido un par desde que llegamos a Nueva York?
—Eso fue ayer, inglés.
Pedro la observó sentarse y ponerse el tanga, alisándose el vestido de nuevo.
—¿Paula?
—¿Sí?
—Te quiero.
Gateó de nuevo para sentarse a su lado, besándole en la comisura de la boca.
—Yo también te quiero.
Él sonrió. No podía remediarlo. Pau se lo había dicho un puñado de veces durante los últimos dos meses, pero en tan raras ocasiones que todavía parecía algo frágil, preciado y nuevo. Le gustaría aún más si lo hubiera dicho ella primero, pero cada cosa a su debido tiempo.
—¿Estás segura de que nada te preocupa? No habrás visto a algún antiguo colega fichando el garito, ¿verdad?
Paula dejó escapar un bufido.
—¿«Fichando el garito»? A veces creo que hablas la jerga de los ladrones mejor de lo que hablas el inglés americano.
—Sí, a veces me salgo.
—¿Que tú, qué?
—Me supero a mí mismo. Hablo inglés mejor que tú.
—Eso es discutible. —Se recostó en el asiento nuevamente, tomándole la mano para acercarle a su lado—. No hay nada que me preocupe. Pero siento curiosidad... ¿Qué les dijiste a tus acólitos sobre mi entrada de esta tarde en tu despacho con mi atuendo premamá? ¿Alucinaron?
Había recibido algunas miradas al regresar a su despacho, pero que le condenasen si iba a dar explicaciones sobre Paula. De hecho, había sido bastante divertido.
—Casi me provocas un infarto, pero no creo que nadie más resultara afectado.
—¿Te asusté? —preguntó, hurgando en su diminuto bolso en busca de un espejo para examinar su peinado—. ¿Te asusté yo o la idea de que tenga hijos contigo? ¿O la idea de tener tú hijos?
Pedro la miró durante largo rato. Normalmente podría al menos descifrar su estado de humor, pero esa noche le estaba resultando complicado.
—Me niego a responder a esa pregunta en base a que mi respuesta podría impedir que esta noche tenga más sexo contigo.
—Oh, venga ya. Nunca lo has mencionado, y sé que debes de haberlo pensado. ¿Acaso el marqués de Rawley no necesita un heredero?
—Por supuesto que he pensado en ello. —La hizo sentarse sobre su regazo y la besó—. Y no pienso responder esta noche —dijo. Luego continuó besándola antes de que pudiera decir nada más. Era una burda estratagema, pero no tenía la menor intención de decirle esa noche que sí, que quería tener hijos, y sí, quería que ella fuese la madre. Pau desaparecería sin dejar rastro antes del alba.
—Gallina.
—Llámame lo que quieras, Paula —dijo, manteniendo un brazo en torno a su cintura—, pero me parece que sé exactamente lo que estás haciendo.
—¿Menearme sobre tu regazo y tratar de que te empalmes otra vez?
—En el mejor de los casos intentas distraerme para que no te pregunte más por tu extrañísimo comportamiento en la subasta, y en el peor tratas de comenzar una pelea para poder esfumarte a algún sitio esta noche sin tener que poner una excusa.
Ella se quedó inmóvil durante un simple segundo, pero bastó con eso. Bastó para hacer que un rayo de hielo le atravesara el pecho. ¡Maldita sea!
—De acuerdo —dijo al fin, hundiéndose de nuevo contra él—. Me pareció reconocer a alguien.
—¿A quién?
—No es necesario que lo sepas. Pero pensé que tal vez podía ir detrás del Hogarth, motivo por el cual quería que nos los lleváramos. Así que, problema solucionado, por una vez nadie tiene por qué recibir un disparo o salir volando por los aires, y aquí estamos, echando un polvo en el asiento trasero de una limusina. Un broche perfecto para la velada, si me lo preguntas.
—Podrías habérmelo dicho, ya lo sabes —dijo con voz queda, entrelazando los dedos con los de ella, complacido porque al fin había hablado, y por ser finalmente capaz de reconocer que él sentía cierto triunfo por haberla calado. No sucedía con frecuencia—. Ya he prometido no denunciar a tus viejos cámaradas a la policía, siempre y cuando no desaparezca nada mío.
También la incluía a ella en su colección, pero decirle aquello a Paula sólo le reportaría un codazo en el vientre. El alto valor que le otorgaba a su independencia era algo más que había sido capaz de descifrar sobre ella, aunque había sido a costa de varios moratones.
—De ahí que te lo cuente ahora —dijo—. Me esfuerzo por ser buena. No es tan fácil como cabría imaginar.
—Y aún sigo sin hacer ningún comentario.
—De acuerdo, suiza.
Pedro sonrió ampliamente.
—Pues volvamos a casa, ¿te parece?
Paula pasó el brazo por delante de él para pulsar el botón del interfono.
—A casa, por favor, Ruben —dijo.
—Llegaremos en dos minutos, señorita Pau.
Pedro la miró frunciendo el ceño de forma burlona.
—¿Tan bien nos ha cronometrado o está dando la vuelta a la manzana ?
Paula le besó después de dejar escapar un leve y vehemente resoplido.
—Probablemente estaba dando vueltas alrededor de la gasolinera, esperando no quedarse sin carburante antes que tú.
Ante la contracción en el bajo vientre que sintió como respuesta, Pedro deslizó la palma bajo la parte delantera de su vestido para tomar en ella su pecho derecho.
—No me he quedado sin carburante todavía, amor.
Ella se echó a reír un tanto falta de aliento, presionando contra su mano.
—Comienzo a pensar que funcionas mediante energía solar.
—Es este caso, creo que es la luz de la luna. —En realidad lo único que se precisaba para provocarle y excitarle era la imagen, el aroma o el contacto de Paula Chaves. Cambiaría un par de Hogarth por eso, sin pensárselo dos veces.
Algo en ellos no debía de andar bien. Después de llevar cinco meses juntos, y menos de una semana separados durante todo ese tiempo, deberían haber pasado la etapa de la excitación visual. Paula había leído varios de los artículos sobre relaciones de las revistas a las que se había suscrito para la oficina, y «Superar el bajón de la rutina» y «Pasar el bache de los noventa días» dejaban muy claro que Pedro y ella deberían tener algunos problemas de carácter íntimo que solucionar.
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