lunes, 19 de enero de 2015
CAPITULO 105
Sábado, 7:15 p.m.
Pedro estaba sentado en una de las elegantes sillas de hierro forjado de la zona de la piscina y observaba a Paula, junto con Mateo y Laura Gonzales, tirarse en bomba en el extremo que más cubría de la piscina. Por lo que había dicho Paula, no había tenido una buena infancia, pero se compensaba cuando estaba con los hijos de los Gonzales.
Reparó en que Christian Gonzales, el mayor de los hermanos, había de pronto decidido que no era tan maduro y digno como para no darse un chapuzón en la piscina… y sabía que eso había tenido lugar en cuanto el estudiante de derecho de Yale había visto a Paula con su biquini rojo.
Esa noche formaban un variopinto grupo: la ladrona, el detective de policía, el abogado y el aristócrata inglés. Pedro tomó un trago de cerveza. Era sumamente extraño y, sin embargo, durante los tres últimos meses todo se había vuelto bastante… normal.
—Oye —dijo Paula, subiendo rápidamente para echarle agua en el hombro—, ¿es que vas a quedarte toda la noche ahí, sentado, a darle vueltas a la cabeza?
—Estoy cocinando.
Sus fríos labios le besaron la oreja.
—Que sólo se trata de un asesinato y algo de jaleo —susurró—. Se está convirtiendo en mi especialidad.
Pedro torció la cabeza para alzar la vista hacia ella.
—Tendrás que perdonarme si no estoy alegre como unas castañuelas por el modo en que te pones en peligro.
—Tranquilo. Ni siquiera me ha llamado. Podría no hacerlo.
—¿Y si no lo hace? —Durante un breve momento tuvo la esperanza de que Laura y Daniel hubieran decidido huir del país en vez de acercarse a Paula Chaves. Si la conocieran tan bien como él, podrían pensárselo dos veces.
—He estado pensando en eso —dijo, bajando la voz un poco más—. Lo apropiado sería un simple allanamiento por una buena causa.
Se le quedaron las manos frías.
—Pau, promet…
Ella le puso un dedo sobre los labios.
—Ya no se trata sólo de Charles. Se trata de salvar a Sanchez. Y nunca lo prometí. Dije que lo intentaría.
«¡Joder, maldita sea!»
—No…
—Te lo diré antes. —Se enderezó de nuevo—. Al menos consigue un bañador para Francisco. Seguís siendo compañeros, ¿no?
Pedro lanzó una fugaz mirada al detective, que tomaba té helado en una de las mesas de madera y reía con los niños en la piscina. Se había hecho cargo del teléfono móvil de Paula, y éste estaba junto a su codo, cargado y listo para sonar si alguien llamaba.
—Cierto. Seguramente se irá directo al fondo, pero le preguntaré si le apetece.
Paula lo besó de nuevo, esta vez en la boca.
—Gracias, cielo. Llamará. Entonces sólo tendrás que preocuparte por mi seguridad. Y dale la vuelta a los perritos.
Mierda. Se puso en pie y fue a ver cómo iba la barbacoa.
Mateo y Laura habían pedido perritos calientes en lugar de bistecs, y después de un mero segundo de caos instigado por Paula, la cena se había transformado en perritos y hamburguesas, dejando a Hans ocupado en la cocina preparando algo llamado ensalada de macarrones.
Pedro dio la vuelta a las hamburguesas y a los perritos, luego se fue hacia Francisco.
—Tengo montones de bañadores de más, si quieres darte un chapuzón.
—Gracias, pero técnicamente estoy de servicio.
Con un gesto de asentimiento, Pedro regresó a su asiento con Cata y Tomas y tomó otro trago de cerveza. Paula había vuelto a la piscina y estaba jugando a la gallinita ciega con los tres hijos de los Gonzales.
—¿De quién fue la idea de invitar al policía? —murmuró Tomas, dando cuenta de su propia cerveza.
—De Paula. Estamos esperando una llamada telefónica.
—Eso suponía. ¿De alguien en particular?
—Sí.
Tomas frunció el ceño.
—Ya lo sabes, si interferimos durante tu divertido rodeo de crimen y robo, podemos marcharnos.
Cata le puso la mano en el brazo a su marido.
—No seas tan arisco. Estoy segura de que Pedro nos avisaría si estuviera pasando algo peligroso.
Pedro apreció el tono admonitorio en su voz; una madre protegiendo a su prole.
—Nada más peligroso que una llamada de teléfono, Catalina.
Ella sonrió.
—Gracias por tu generosa aportación a SPERM, por cierto. Fue el punto culminante del almuerzo.
Tomas parpadeó.
—¿De qué narices estás hablando?
—De la sociedad de manatíes, zopenco —respondió entre carcajadas—. Pedro y Pau han donado cinco mil dólares.
El abogado estaba sacudiendo la cabeza.
—De veras, necesitáis un acrónimo mejor.
—Éste les proporciona emoción a las mujeres mayores de cabellos canos —dijo Cata—. Y atrae la atención para la causa. Así que, funciona.
—Salvo por los maridos como yo que tienen que decir que sus esposas buscan contribuciones para SPERM.
—Sí, es verdad. —Tomas enganchó su cerveza y fue a sentarse en el extremo del trampolín.
—¿De qué hablamos? —preguntó Pedro, arrellanándose en su silla.
—¿De veras le estás buscando casa a Patricia?
—¿Te lo ha contado Paula?3
—En realidad, lo hizo tu agente inmobiliaria. Charlamos antes del almuerzo.
—¿Conoces a Laura Kunz?
Ella se acercó un poco.
—No cambies de tema, Pedro.
El esbozó una sonrisa forzada, aunque no consideraba su pregunta carente de importancia. La opinión de Cata sobre Laura podría ser útil. Tenía buen instinto. Estaba, además, fulminándole con la mirada, y Pedro salió de sus cavilaciones.
—¿Cuál era el tema?
—Patricia.
—Me pidió ayuda. Pero no creo que eso sea asunto tuyo.
—Ya sabes que consideré que Paula estuvo fuera de lugar al dar un paseo en coche con Patricia. Luego, aparece en SPERM con Pa…
—¿Podrías contarlo de otro modo?
—De acuerdo. Laura dice que estás ayudando a la querida Patricia a encontrar un lugar en el que vivir en Palm Beach. Entonces Pau aparece en la sociedad de los manatíes con Patricia y dice que sabes que trabajan juntas.
—¿Adonde quieres ir a parar?
—Lo que quiero decir es: ¿Estáis los dos locos? —Cuando Francisco les lanzó una mirada, ella echó un tímido vistazo al resto de los ocupantes de la piscina, luego bajó la voz—. Sé que no te gusta que Paula se relacione con Patricia, porque te conozco. ¿Y tú vas y le buscas un lugar, a cuánto, a kilómetro y medio de donde vivís Pau y tú?
—Me pidió ayuda —repitió, apretando los dientes. No necesitaba consejo sobre sus malditas relaciones.
—Si no puedes reprimir tus impulsos caballerosos, de acuerdo, búscale un lugar en el que vivir. Cómprale una bonita casa. Pero, por el amor de Dios, no dejes suelta a esa víbora en tu jardín trasero. No está aquí para hacerte ningún bien. Está aquí para ayudarse a sí misma. Y se interpondrá entre Paula y tú de modo tan sutil que ni siquiera te darás cuenta hasta que Paula decida que está harta y desaparezca.
—Nadie va a desaparecer, Cata.
—Confía en mí, Pedro. Sé cómo funciona la mente de una mujer. ¿Cuánto tiempo lleva aquí Patricia, dos semanas? Y ya le ha echado la zarpa al trabajo de Paula, y a tu tiempo.
Pedro tuvo que admitir a regañadientes que Cata tenía razón. Mucha razón. Observó de nuevo a Paula, manteniéndose suspendida en el agua a un metro de Mateo y eludiendo sin dificultades al muchacho de catorce años mientras buscaba a los otros bañistas.
—Nunca pensé que Patricia fuera así de hábil —dijo pausadamente.
—Venga ya. Es una profesional en conseguir lo que desea, y está desesperada. Eres su único fracaso, y no creo que haya renunciado todavía a ti.
Pedro se enderezó.
—No va a recuperarme, querida. Eso es ridículo. Aunque no estuviera Pau, jamás volvería a confiar en ella.
—No le hace falta recuperarte para destrozaros a Pau y a ti. Pero actúa como quieras. Yo sólo te digo que deberías ser un poco más cauto. Me refiero a que, cuando los pillaste a Ricardo y a ella, esperaba que comprendieras que podría no haber sido la primera vez que te engañaba.
Consideró aquello durante el divorcio, y probablemente era lo más cerca que jamás había estado de causarle daño físico a Patricia. Que le recordaran aquello no servía para mejorar su estado de humor.
—Me has advertido, Cata. Confío en que me dejes el resto a mí.
Reinaldo y otro empleado, Valez, aparecieron en el área de la piscina justo entonces con una fuente de ensalada de pasta y una bandeja con diferentes aliños. Pedro exhaló una bocanada de aire.
—Qué bien, se queman las hamburguesas —gritó, poniéndose en pie.
Se reunieron en torno a tres mesas, muy próximas unas a otras, pasándose salsas de tomate y tarros de mostaza.
Siempre había disfrutado recibiendo la visita de los Gonzales, pero con Paula presente, y aun teniendo en cuenta la inesperada asistencia de Francisco Castillo, no encontraba una palabra para describir la profunda sensación de satisfacción que la velada suscitaba en él.
Probablemente era la primera vez que Solano Dorado parecía realmente un… hogar.
—¿Por qué sonríes? —preguntó Paula, sirviéndose una cantidad de ensalada de pasta en su plato—. Creí que esta noche estabas cabreado.
—Lo dejaré para después —respondió—. ¿Alguna otra idea de cómo vas a remodelar el paisaje de aquí?
—Estoy pensando en gnomos de jardín. Podrían echarles un vistazo a todos los helechos y demás.
Gracias a Dios que ya iba por la segunda cerveza. El efecto del alcohol le permitió gesticular sosegadamente con la cabeza.
—Tal vez los Siete Enanitos y Blanca Nieves.
—Oye, eso está genial. Yo pensaba más en leprechauns, pero me gusta todo ese rollo del bosque encantado.
Al lado de Paula, la niña Laura de ocho años, con bañador rosa y un par de coletas rubias, se estaba riendo.
—Estáis chalados.
—Deberías crear una especie de jardín japonés —contribuyó Mateo.
—Genial, chavalín —dijo Christian desde la mesa contigua—. Eso encajaría bien con el estilo español de la casa.
—Ah, y el jardín de gnomos va con todo.
—Paula estaba bromeando. —El mayor de los Gonzales miró a Paula—. ¿Verdad que sí, Pau?
Ella se encogió de hombros, sonriendo todavía de oreja a oreja.
—¿Quién sabe? Estoy segurísima de que los gnomos van con todo.
—Mateo podría prestarte sus figuras de acción de La guerra de las galaxias —ofreció Laura.
—No puedo. Tú puedes prestarle tu colección de muñecas.
—Yo tengo una tortuga de piedra que me hizo mi tío —medió Castillo inesperadamente—. Estaría encantado de donarla. Es azul fosforito.
—¿Una tortuga azul? —exclamó Laura con unas risillas.
Francisco asintió.
—Creo que mi tío era un tipo muy divertido.
—Pues encajaría bien aquí. —Con una carcajada, Cata pasó la salsa de tomate.
El teléfono de Paula no sonó. Nada los interrumpió mientras cenaban, tomaban helado de chocolate de postre, sentados junto a la piscina, y Paula y los niños se remojaban en el jacuzzi.
Finalmente los Gonzales recogieron sus ropas y el calzado.
—Ha sido divertido, tío Pedro —dijo Laura, dándole un beso en la mejilla.
—Sí, gracias, Pedro—agregó Mateo cuando su madre le daba un codazo para que no se detuviera.
Christian le tendió la mano.
—Qué tengas suerte este semestre —dijo Pedro, estrechándosela.
—Gracias. La necesitaré. —Después de dudar, el veinteañero tomó la mano de Paula—. Ha sido estupendo conocerte, Pau.
Ella sonrió ampliamente.
—Lo mismo digo, Chris. Molas mucho más que tu padre.
El se echó a reír, sonrojándose.
—Gracias.
—Sí, muchas gracias —medió Tomas —. Te veré el lunes en el despacho a primera hora, ¿no?
—Correcto —convino Pedro. Sería para la reunión sobre Walter, y sobre cómo asegurarse de que saliera de la cárcel bajo fianza—. Paula y yo estaremos allí a las ocho.
El abogado asintió.
—Tráete el talonario.
—Lo haré.
—Será mejor que yo también me vaya —dijo Castillo, estrechándoles la mano.
—Gracias por quedarte —le dijo Paula, asiendo el brazo de Pedro con la mano, seguramente para no tener que estrecharle la mano al detective. Pau había recorrido un largo camino, pero no tanto.
—Llámame en cuanto te enteres de algo —dijo Francisco—. No estoy de broma.
—Lo capto —asintió ella.
No es que hubiera dicho que llamaría, pero Pedro dejó pasar aquello. Estaba feliz de disfrutar del resto de la noche a solas con ella.
Paula comprobó su móvil una vez más y se lo guardó en el bolsillo de la fina chaqueta que se había puesto.
—Técnicamente, tiene de margen hasta primera hora de la tarde de mañana para devolverme la llamada, si es que lo hace.
—He echado un vistazo a la guía de televisión para esta noche —dijo, acompañándola por las escaleras de la zona de la piscina hasta la terraza de su dormitorio—. Dan King Kong contra Godzilla dentro de quince minutos.
—No engañarías a una chica sobre algo así, ¿verdad?
—Nunca.
Sí, ésa era su Pau; la mejor ladrona de guante blanco del mundo, ahora casi retirada, y fanática de Godzilla. Y encargada de conseguir que se hiciera justicia por el asesinato de un millonario al que no había conocido más que durante unos minutos, a pesar del coste que suponía para ella y su reducido círculo de amigos. Aun teniendo en cuenta lo que había sucedido, Charles era afortunado de tenerla de su lado.
Pedro frunció el ceño. Paula había dicho que Charles se mostraba inquieto aquella noche. ¿Estaba al tanto de que alguien iba a matarle? ¿Había sido ésa la causa de que se aproximara a Paula? Eso la convertía en una especie de ángel vengador, supuso. Le iba bien y, a decir verdad, no lograba imaginarla ocupándose sólo de plantar jardines de gnomos. ¿Qué haría, pues, si su próximo cliente no necesitara más que un simple sistema de seguridad?
—Voy a comprobar si tengo algún correo electrónico —dijo Pedro cuando entraron en el dormitorio principal de la suite. Agachándose a coger el mando de la televisión, se lo lanzó a ella—. Enseguida vuelvo.
—De todos modos, necesito darme una ducha para quitarme el cloro.
En su despacho, Pedro encendió el ordenador y a continuación abrió el cajón superior de su escritorio. Había pasado toda la velada sopesando si abandonar la fiesta en favor de los documentos Kunz. Si no les echaba un vistazo antes de que llamara Laura, podría estar permitiendo que Paula corriera más peligro del que pensaba.
Naturalmente, podría simplemente haberle contado que estaba en posesión de los documentos, pero si resultaba que no contenían información importante, perdería la ventaja sobre ella… y no podía permitirse hacer eso. Ni se arriesgaría a avisar a Castillo de que tenía los documentos; se suponía que estaba ayudando al bando legal de la apuesta, y estaba seguro de que conseguir esos documentos sin una orden de algún tipo no podía suponer nada bueno para el caso del Departamento de Policía.
Tomas se las había arreglado para conseguir casi todo lo que le había pedido: expedientes financieros de la inmobiliaria Paradise, el testamento de Charles Kunz y algunos de los documentos fiduciarios de la familia Kunz.
Comenzó a hojearlos detenidamente, buscando cualquier cosa que pudiera apuntar un motivo para el robo y el asesinato. Los informes inmobiliarios probablemente hubieran resultado indescifrables para cualquiera sin una experiencia sólida en negocios y finanzas, pero para él indicaban éxito marginal, con un neto lo bastante amplio como para mantener la compañía en el negocio, y lo bastante pequeño como para evitar ser algo de lo que regodearse. Mmm. De acuerdo con los rumores, la niñita de Charles era un auténtico genio inmobiliario. A él no le parecía tal el caso. Pero ¿bastaba aquello como indicio para un robo con homicidio?
—King Kong está en Tokio —llegó la suave voz de Paula, y Pedro se sobresaltó.
—¡Por Dios! Creí que habías dicho que siempre llamabas —espetó, alzando rápidamente la mirada para verla apoyarse en la entrada. No tenía idea de cuánto tiempo llevaba allí.
—Estaba abierta.
Tenía el cabello caoba empapado y suelto alrededor de los hombros, su cuerpo enfundado en una delgada bata de algodón y, estaba seguro, no llevaba nada más. Tomó aire con lentitud.
—Ven a echarle un vistazo a esto —dijo con desgana. Por mucho que deseara que Pau perdiera la apuesta, a juzgar por su expresión, ya había comprendido que algo se cocía. O bien hablaba o ella forzaría su maldito escritorio más tarde.
Se desplazó para echar un vistazo a los documentos por encima del hombro de Pedro.
—¿Expedientes financieros? —preguntó tras un momento.
—De la inmobiliaria Paradise.
—Oh, chico malo. ¿Te los ha conseguido Gonzales? —Apoyando las manos sobre sus hombros, le besó en la oreja—. Y yo que pensé que era todo un boy scout.
—No le hizo ninguna gracia. —Pedro frunció el ceño—. No es tan boyante como ella dice, pero eso sólo la convierte en una mala ejecutiva… no en una asesina.
—Creía que sospechabas de ella.
Él se movió.
—Ahora podría inclinarme de tu lado. Tenía razón en que los ingresos de Daniel están siendo restringidos —prosiguió, volviéndose hacia el documento fiduciario—. No lo tengo todo aquí, pero sin duda hay algo que debe hacer para recibir su estipendio mensual.
—¿Como, quizá, ingresar en un programa de rehabilitación para drogadictos?
—Probablemente. Pero el fideicomiso no se viene abajo por la muerte de Charles. Matarle no libera los fondos de Daniel.
—No de inmediato. ¿Qué hay del testamento?
—Es complicado, pero, en resumen, a la muerte de Charles el fideicomiso se vuelve global. El efectivo mensual es mayor, pero las condiciones y restricciones son las mismas.
—Mmm. Seguramente Daniel se imaginaba que el dinero y las joyas bastarían hasta que pudiera convencer con su encanto al tribunal para que modificaran el fideicomiso.
—Podría ser —convino Pedro—. Laura mencionó dejar el negocio inmobiliario para hacerse cargo de la presidencia de su padre.
—Así que podría ser que fuera detrás de la posición, en vez del dinero.
Pedro levantó la mirada hacia ella por encima del hombro.
—Creía que eras tú quien sospechabas de Daniel.
—Yo sospecho en igualdad de oportunidades. —Deslizó lentamente las manos por su pecho para abrazarle—. Has hecho lo imposible para conseguir esto, ¿verdad?
—No quería que te metieras en nada a ciegas. —Aquello sonaba bien, en cualquier caso.
La sintió sonreír contra su mejilla.
—Eres un jodido mentiroso. ¿Qué, acaso ibas a encontrar la clave de todas las pruebas y a pasársela a Francisco para poder ganar tú la apuesta?
Pedro comenzaba a pensar que podría existir algo semejante a un compañero que es demasiado brillante.
—Tal vez —admitió.
—Vas a perder.
domingo, 18 de enero de 2015
CAPITULO 104
Sábado, 3:45 p.m.
—¿Está en casa? —preguntó sin preámbulos cuando Reinaldo salió a su encuentro ante la puerta principal.
—La señorita Paula llegó hace unos minutos. Creo que iba a cambiarse y a nadar.
Asintiendo, Pedro se aflojó la corbata y se dirigió hacia las escaleras.
—Encárgate de que Hans prepare media docena de bistecs.
Esta noche hago una barbacoa para los Gonzales. Llegarán a las seis.
—Muy bien. Hans está elaborando una tarta de crema estilo Boston para el postre. ¿Le… ?
—Espléndido —le interrumpió Pedro, considerando por un instante si cancelar la cena en favor de otra noche de sexo como postre. Pero cambió de idea casi al instante; no iba a esperar tanto.
Delante de la puerta del dormitorio pasó a modo silencioso, quitándose los zapatos y empujando poco a poco la manija hasta que se abrió. Tenían otras cosas de qué ocuparse, y Walter seguía en prisión, pero, maldición, aquello no cambiaba un hecho inevitable: era un hombre que deseaba follar. Dios, se había llevado incluso los documento de Kunz y de la inmobiliaria Paradise en lugar de quedarse en el despacho de Tomas para echarles allí un vistazo, a pesar del riesgo de que los encontrara Paula.
La divisó de inmediato, una mano sobre el respaldo del sillón azul marino mientras se ponía las zapatillas. Llevaba un biquini rojo, y a Pedro se le secó la boca. Paula era una mujer delgada, pero con curvas en los lugares adecuados, y unos músculos bien tonificados se flexionaban bajo su suave piel.
Moviéndose deprisa, bajó de un salto los dos escalones alfombrados y la asió por la cintura, lanzándolos a ambos sobre los blandos almohadones del sofá. Ella chilló, propinándole un fuerte codazo en las costillas antes de darse cuenta de quién era.
—Maldita sea, Pedro, me has dado un susto de muerte —protestó, retorciéndose debajo de él hasta que se puso de espaldas.
—Un punto a mi favor —respondió, agachando la cabeza para besarla.
Ella le devolvió el beso, tirando suavemente de su labio inferior. Mmm, qué vida tan estupenda. Su corbata cayó al suelo, seguida de su chaqueta.
—Imagino que tu reunión fue bien —musitó, alargando la mano entre ambos para desabrocharle la camisa—. Ya eres el rey mundial de los artículos de fontanería, ¿no?
—Claro.
—Genial. Quizá me expanda en el sector de la seguridad y de las instalaciones de fontanería.
—Oh. Y dime, ¿por qué Leedmont dijo que debería darte las gracias?
Paula alzó la vista hacia él, sonriendo de oreja a oreja.
—Porque me pidió opinión sobre ti, y le dije lo triste y sabiondo que eres y lo mucho que siempre has deseado poseer tu propia compañía de artículos de fontanería.
—Entiendo. —No sabía si tomarla o no en serio. Pero fuera lo que fuese lo que le había dicho a Leedmont, el hombre se había avenido a razones.
Ella se rió.
—Me debes todo este trato a mí, guapetón.
—Cierra el pico —murmuró, besándola de nuevo.
Ella le arrancó dos botones de los puños de la manga cuando le quitó la camisa.
—Uf. ¿Puedo al menos decirte que has hecho una contribución a SPERM?
Aquello captó su atención. Se detuvo a medio desatarle la parte de arriba del biquini.
—¿Qué?
—La Sociedad para la Protección del Entorno y la Región de los Manatíes —dijo, moviéndole la mano para que le cubriera el pecho izquierdo—. Les has donado cinco mil dólares.
—Por un instante pensé que estábamos apoyando una clínica de fertilidad o algo así.
Paula se rió de nuevo, el sonido reverberó en su mano y fue directo a su corazón.
—¿No es genial? ¿Quién iba a pensar que las matronas de Palm Beach tuvieran sentido del humor?
—Yo no —añadió, y retomó la tarea de desnudarla, quitándole la escueta parte superior y bajando la boca hasta sus pechos erectos—. Así que, también ha ido bien tu almuerzo, ¿supongo? —murmuró.
—Tú échame un polvo, querido. Ya hablaremos luego.
Aquello no pintaba bien, pero no quería que le distrajeran en ese preciso momento. Cuatro horas de dura disciplina, manteniendo a raya su carácter y su impaciencia, trabajando lentamente para vencer a un director y una junta directiva sumamente tercos y recelosos… En fin, estaba listo para dejarse llevar.
Deslizó la mano dentro de las braguitas del biquini y la tomó en ella. Estaba mojada. Si esperaba otro minuto sin estar dentro de ella, iba a explotar. Por suerte, sus braguitas estaban atadas con lo que parecía seda dental, y sólo tardó un segundo en quitárselas. Con su ayuda, Pedro se desabrochó el cinturón, los pantalones y se los bajó hasta los muslos.
Con un gruñido empujó, introduciéndose en ella. Paula gimió ahogadamente, hundiendo los dedos en su espalda y rodeándole las caderas con las piernas. Él embistió con fuerza y rapidez, sintiéndola contraerse a su alrededor con
delicioso calor.
—Córrete para mí —le ordenó, capturando su boca con un apasionado y profundo beso.
Ella se corrió, con un grito medio estrangulado, y Pedro cerró los ojos, empujando hacia delante. Eyaculó al final de su orgasmo, convirtiéndolos a ambos en un tumultuoso y retorno montón de miembros enredados y sudorosos.
—Dios mío —jadeó Pau un minuto después, todavía aferrada a él.
—Siento la brevedad —acertó a decir, posando con cuidado su peso sobre ella. Paula podía soportarlo.
—Y una mierda. Menuda negociación debe de haber sido.
—Lo fue. Al final lo único en lo que podía pensar era en volver aquí y echarte un polvo.
Paula se rió entre dientes, levantando la cabeza para besarle en la mandíbula.
—Pues me alegro de haber estado aquí, por el bien de Reinaldo.
—No habría sido igual. —Estiró el brazo para sujetarse y rodó del sillón hasta el suelo. La arrastró consigo, todavía a horcajadas sobre sus caderas, todavía acogiéndole en su interior.
—¿Quieres venir a nadar conmigo? —preguntó Paula, incorporándose con las manos apoyadas sobre su pecho—. Podríamos tapar las cámaras y meternos en pelotas.
—Los Gonzales vienen a cenar a las seis —respondió, observando su rostro.
Su expresión se tensó un poco, luego volvió a relajarse.
—¿Todos?
—Sí. Incluso Christian. En Yale están disfrutando de las vacaciones de invierno. También les he invitado a darse un chapuzón. —Le pasó las palmas de las manos por los hombros, bajándolas sobre sus pechos.
—De acuerdo. —Se apoyó en ellas, suspirando con una profunda satisfacción que hizo que Pedro considerara seriamente cancelar la cena.
—¿Vas a hablarme ya sobre tu almuerzo?
Sus ojos verdes le sostuvieron la mirada.
—¿Fuiste con Laura Kunz a buscar una propiedad?
Tomando prestada una de las palabras preferidas de Paula, «¡Mierda!».
—Estoy buscando una casa para Patricia. Ya lo sabes.
—Lo sé. ¿Qué hizo que escogieras a Laura Kunz como agente?
No iba a mentir, estando allí tumbado, de espaldas, con los pantalones por los muslos y la polla todavía dentro de ella.
—Pensé que podría averiguar algo sobre el robo.
—Pero la policía lleva el caso, Pedro. Están haciendo un magnífico trabajo, y no necesitan la ayuda de aficionados. —Se llevó una mano a la boca—. Mmm. Me parece que eso ya lo he oído. ¿Quién me lo dijo?
—Simplemente pensé que podría echar una mano.
—Eres un hipócrita.
Pedro se incorporó, frunciendo el ceño.
—¿Por qué, porque decidí hablar con ella?
—Porque cuando yo investigo las cosas por mi cuenta es peligroso, y un posible desastre y no es asunto mío, pero tú vas de cacería con una posible asesina, ¿y no pasa nada por no decírmelo?
—Te lo digo ahora.
—Porque te he pillado.
De acuerdo, tenía razón. Eso no significaba que tuviera que reconocerlo ante ella.
—¿Serviría de algo que ella pareciera algo recelosa?
—Hace las cosas más interesantes —dijo un momento después.
—¿Y eso, porqué?
—Porque en el almuerzo le pasé una nota a Laura, ofreciéndome a ayudarle con cualquier problema que causara su hermano.
Él la miró a los ojos.
—¿Que hiciste qué?
Cuando Paula se apartó de él y se puso en pie, Pedro estuvo seguro de que no iba a gustarle la respuesta. Se paseó desnuda y con elegancia hasta el cuarto de baño y salió poniéndose un albornoz.
—No dije nada en concreto. Quería ver cómo reaccionaba. Primero le di a Patricia un falso rubí Gugenthal para que se lo pusiera, e hice que dijera que se lo había regalado Daniel. Cuando Laura lo vio, los ojos prácticamente se le salieron de las órbitas.
Preocupación y una buena dosis de miedo le atenazaron las tripas. Poniéndose en pie, se subió bruscamente los pantalones y se los abrochó. Esta ya no era una conversación para mantener en pelotas.
—No va a reaccionar bien si es la asesina.
—Fue Daniel. Estoy casi segura. Ella no querrá más que un modo de librarse, quizá evitar cargar con las culpas.
Podría estar lo segura que quisiera, pero él tenía intención de reservarse su opinión hasta que revisara los informes financieros de Laura. Y ahora de ningún modo le iba a hablar sobre los documentos de Kunz a menos, o hasta, que obtuviera resultados. Tenía una apuesta que ganar.
—¿Y cómo o cuándo sabrás si ha decidido rendirse?
—Mi nota le concedía veinticuatro horas. Le dije que después de eso iría con mis sospechas a la compañía aseguradora. Que estoy segura de que ofrecerán una recompensa por ahorrarles la suma de dinero que supone todo esto.
Pedro se unió a ella para mirar hacia la zona de la piscina.
—¿Sabe ella que Walter y tú sois amigos?
—Probablemente sepa que trabajamos en la misma oficina.
—Si lo hizo ella, no querrá que andes hablando por ahí.
—Sé en lo que me estoy metiendo.
Pedro guardó silencio durante largo rato mientras acercaba su cálido cuerpo cubierto de felpa contra el suyo.
—Te agradezco que me hayas contado todo esto, con o sin apuesta.
—No quería que te metieras a ciegas en un posible incendio. Sobre todo si vas a seguir trabajando con Laura en ese asunto inmobiliario.
—Tengo que hacerlo, ¿no te parece? No podemos arriesgarnos a que sospeche. —No hasta que estuviera satisfecho sobre si estaba involucrada.
Paula se retorció en sus brazos para mirarle frente a frente, con el rostro serio alzado hacia el suyo.
—¿No irás a decir que deberíamos llamar a Castillo para avisarle de lo que pasa?
El sonrió.
—Sé lo reacia que eres a realizar declaraciones sin pruebas. O a colocarte en la posición de ser el testigo estrella.
—Sí, eso me pone de los nervios, ¿verdad?
—No tan nerviosa como solía ponerte, si es que puedes bromear sobre ello. —Agachando la cabeza, la besó—. Prepárate, porque voy a decirlo de nuevo.
—Pedro…
—Te quiero, Paula Chaves.
Como era de esperar, fingió zafarse de su abrazo. Él la soltó.
Probablemente por primera vez, Pedro se dio cuenta de que aquello no era más que una pose. Pau se estaba acostumbrando a oírselo decir, y ya no la molestaba tanto como antes. Lo que significaba que, o bien ya no consideraba estar unida a alguien —a él—, como una trampa, una encerrona que de algún modo podría hacerle daño, o bien que no le importaba sentirse atrapada.
Sonó el interfono. Pedro se acercó al teléfono y pulsó el botón, agradecido de que la interrupción no se hubiera presentado unos minutos antes.
—¿Sí?
—¿Señor? El detective Castillo está en la verja principal. Dice que tiene una cita con la señorita Paula.
—Hazle pasar, Reinaldo —dijo Paula por encima del hombro de Pedro—. Nos reuniremos con él en la biblioteca.
Pedro se enderezó.
—¿«Una cita»?
Paula le dirigió una vivaz sonrisa.
—Pude que le haya llamado y pedido que se pasara. Por ganar a toda costa y todo ese rollo. Y por Walter. La emboscada sexual hizo que me olvidara.
—Muy probablemente. —Se acercó y agarró la parte delantera de su albornoz, abriéndola de par en par—. Seguramente deberías ponerte algo de ropa antes de que te haga olvidar de nuevo.
—Tú, también. —Paula le recorrió el pecho con una mano—. Así pareces uno de esos modelos de las portadas de novela romántica… descalzo, con el cinturón desabrochado, sin camisa.
—Siempre que no me parezca a Fabio.
—No. A uno de esos aristócratas ingleses de negros cabellos. —Le besó en el mentón, luego correteó hasta el armario—. ¡Oh, espera! Si eres uno de ellos.
—Listilla.
***
—¿Así que, sabes que Walter Barstone y yo somos amigos?
El soltó una breve carcajada que consiguió no parecer demasiado divertida.
—Dame un respiro. Tomas Gonzales ha estado llamando a todo aquel que tiene teléfono para intentar obtener información. Gonzales quiere decir Alfonso, y no me hace falta una reluciente placa de detective para comprender que eso quiere decir Chaves.
—Sanchez es un viejo amigo que me ayuda a montar mi empresa de seguridad —mintió, deseando que Pedro y ella hubieran dispuesto de algo más de tiempo de preparación para componer una historia. Aunque tampoco le hubiera gustado dejar pasar la emboscada sexual.
Francisco tomó un trago de té helado.
—Mira, Paula, no soy imbécil. No espero que me hagas una confesión, pero llevo una investigación por homicidio. No te metas con los testigos y las evidencias, y no me mientas a la cara. Walter Barstone estuvo bajo vigilancia con anterioridad, y aunque es casi tan escurridizo como tú, podríamos construir un buen caso contra él sin este nuevo material.
A Paula se le cayó el alma a los pies.
—¿Van a abrir un caso contra él independientemente de cómo resulte la investigación Kunz?
—No lo sé aún. Soy de homicidios, ¿recuerdas? —Bajó la vista por un momento, removiendo el té con la pajita—. Veré qué puedo averiguar.
—Gracias, Francisco.
—¿Es por eso por lo que llamaste? Podríamos haberlo hablado por teléfono.
—Quiero saber quién te dio el soplo de que Sanchez estaba en posesión de cierta propiedad de Kunz.
—Fue un chivatazo anónimo. Recibimos de ésos sin cesar pero normalmente no valen la pena. —Limpiándose el bigote con una servilleta, lanzó una mirada curiosa a Paula—. Me llevé la sorpresa del siglo cuando me di cuenta de a quién estábamos arrestando. Quiero decir que te tomaste muy a pecho la muerte de Kunz, y entonces, ¡zas!, tu colega se hace cargo de una propiedad robad…
—Sanchez no hizo nada —interrumpió Paula—. Le tendieron una trampa.
—¿Supongo que no tienes pruebas de eso?
—Todavía no. No ante un tribunal, en cualquier caso.
—Paula, yo no soy juez.
Paula tomó una profunda bocanada de aire.
—Muy bien. Y confío en ti, así que no seas injusto conmigo… o nadie se alegrará de cómo acabará esto.
—Pasaré eso por alto y me limitaré a decirte que me cuentes lo que sabes.
Sentándose a su lado, Pedro se movió por primera vez.
Resultaba cómico, él era el único que en esta ocasión tenía reservas en confiar en el policía.
—Sigo pensando que Gonzales debería estar presente —murmuró.
—Llegará en veinte minutos —respondió, dándole un apretoncito en la rodilla por debajo de la mesa—. Y no te preocupes. Puedo correr más rápido que Francisco.
—Esperemos no tener que descubrir si eso es cierto —advirtió el detective, sacando su sempiterna libreta del bolsillo de la chaqueta—. Deja que lo apunte.
—Hallasteis a Sanchez en posesión de una figura Giacometti, ¿verdad?
—¿Una figura de quién?
—De Giacometti. Alberto Giacometti. Confía en mí, es alguien importante.
—De acuerdo.
Podría haberle contado que Sanchez jamás escondía material de trabajo en su armario, no cuando tenía un cuarto oculto en el ático, pero sin duda eso no serviría de ayuda.
—La talla no fue sustraída en el primer robo, y lo sé porque estuvo allí al menos hasta el velatorio de Charles Kunz. Daniel me llevó al antiguo despacho de su padre y me preguntó si sabía lo que era y cuánto podría valer.
—¿Y qué le dijiste?
—Le dije que un Giacometti de tamaño real estaba en torno a los tres millones.
El detective se recostó en su silla.
—No estoy seguro de que debas contarme esto, Paula. Estás admitiendo que viste esta estatua y que al día siguiente tu colega fue arrestado en posesión de ella. Eso no pinta bien.
—Pero Sanchez también tenía un rubí Gugenthal, ¿no?
Francisco la observó.
—¿Cómo sabes eso?
—Te lo contaré dentro de un minuto. Míralo desde la perspectiva de un ladrón profesional —le lanzó un breve sonrisa—. Finjamos que conozco a uno. Sé con exactitud dónde están los rubíes, cómo birlarlos fácilmente, y decido que posiblemente son los artículos menos complicados y más lucrativos de vender de la casa. Fáciles de ocultar, fáciles de dispersar en pequeñas cantidades. Me topo justo con un Giacometti desprotegido, que ni siquiera figura aún en los documentos de la aseguradora. Y entonces, un par de días más tarde, regreso y lo robo justo después de que la familia se dé cuenta de lo mucho que vale.
—Pero ¿por qué endosárselo a Barstone?
—Porque eso hace que vuelques la atención en él, y quizá en mí, por el homicidio y el robo.
Él asintió.
—Y el rubí le vincula a él, a ti, con la noche del crimen. El Giacometti tan sólo le vincula con la casa.
—Correcto.
Francisco tomó unas pocas notas.
—¿Puedes demostrar algo de todo esto que estás diciendo?
Paula tomó aire lenta y profundamente. Castillo no la había decepcionado aún. Siempre había una primera vez, pero con un poco de suerte, no sería ésa. Necesitaba que él supiera qué estaba sucediendo, y necesitaba que pudieran confiar el uno en el otro, aun a costa de una apuesta.
—Aún no, pero creo que lo hizo Daniel, y creo que Laura sospecha de él. —Todas las razones en detalle podían, en todo caso, esperar hasta después.
—¿Y? —la instó el detective tras un momento.
Puf. Todo el mundo parecía conocerla demasiado bien.
—Y por eso me ofrecí a ayudar a Laura a deshacerse de cualquier objeto robado y evitar que su hermano fuera a prisión.
La punta del lápiz de Castillo se quebró.
—¿Que hiciste qué?
—Oye, siempre me estás diciendo que necesitas pruebas.
—Claro, pero… —Francisco maldijo suavemente en español—. Si te pillan haciendo algo ilegal y te tienden una trampa como hicieron con tu amigo, estás jodida, Paula.
—No me pillarán haciendo nada. Soy yo quien tiende la trampa. Ellos son los que caen en ella.
Pedro también la miraba fijamente.
—No te olvides de que no se trata de un simple robo. También es un asesinato.
—Por eso hago esto… por Charles. Sólo quiero respuestas… y pruebas.
—No. —Pedro se puso en pie, paseándose hasta las altas ventanas y volviendo—. Sé cómo presionas a la gente para que te revelen cosas, Paula. Presionando de ese modo para descubrir a un asesino conseguirás que te maten.
—Perdone que interrumpa —medió Pedro—, pero a pesar de las corazonadas, no he hallado ningún rastro de evidencias de que alguno de los hijos de Kunz esté relacionado con el asesinato de su padre. Ningún motivo, nada. Puede que únicamente se aprovecharan de las circunstancias y robaran la caja fuerte.
—Tal vez —reconoció Paula de mala gana—, pero no lo creo.
—Dijiste que desapareció dinero en metálico a la vez —apostilló Pedro al tiempo que continuaba paseándose—. Debo decir que es muy sencillo ingresar dinero en efectivo de más en una empresa inmobiliaria. Y Laura Kunz tiene una.
Puede que Pedro lo supiera todo acerca de los estafadores del mundo de los negocios, pero ella sabía de robos y codicia, y la forma en que funciona la mente de las personas. En realidad, formaban un muy buen equipo.
—Y Daniel tiene adicción a la cocaína. Una grave adicción.
Castillo sacó otro lápiz del bolsillo.
—Eso podría explicar su necesidad de coger los rubíes… sobre todo sabiendo que la aseguradora cerraría la propiedad a cal y canto, pero eso sigue sin demostrar un asesinato. Su padre le compró un yate, después de todo. Y tiene una cuadra de caballos de polo o algo así.
—Tiene un par —dijo Pedro—. Jugamos en el mismo equipo el lunes por la tarde, para el fondo de beneficencia a favor del cuerpo de bomberos.
—Creo que debemos echar un vistazo a los documentos de la aseguradora —meditó Paula—, porque Daniel dijo que el yate no era suyo… todavía. Y me apostaría un Picasso a que los caballos tampoco le pertenecen. Charles no era tonto. Tenía que estar al tanto de la adicción de su hijo a las drogas. Quizá Charles estaba cerrando el grifo para obligar a Daniel a hacer rehabilitación. ¿Podemos comprobar si ha estado en alguna clínica recientemente? ¿O si tenía previsto ingresar en un centro y no lo ha hecho?
—Eso va a ser complicado, pero puedo tirar de algunos hilos.
—También yo —agregó Pedro un momento después—. Y no olvides que Laura está metida en todo esto.
—Digamos que me creo toda esta especulación —dijo Castillo—. Y digamos que tiene más sentido que nada que mis chicos y yo hayamos podido dilucidar. ¿Cuál es nuestro siguiente paso?
—Eso es fácil —repuso Paula, almacenando la respuesta de Francisco en su mente para utilizarla contra Pedro más tarde. Ella iba exactamente por delante de la policía—. Esperaremos una llamada telefónica. ¿Te apetece un bistec a la barbacoa?
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