sábado, 17 de enero de 2015

CAPITULO 99




Viernes, 8:37 a.m.


Paula aparcó el Mustang en el club Sailfish a la orilla de Lake Worth y encontró el amarradero 38 sin problemas. 


Daniel la estaba esperando en el embarcadero con una cesta de picnic en la mano. Miró más allá de su hombro hacia el agua.


—Eso no es un barco —declaró, apartando a un lado el recuerdo de su sueño del tiburón de la otra mañana. Ya había cambiado el tono del móvil de LeBaron.


Él se echó a reír.


—Técnicamente, es un yate. Uno pequeño. Ten cuidado con dónde pisas —dijo, ofreciéndole la mano para ayudarla a subir a la pasarela.


Ella podía haber subido la pasarela con los ojos cerrados, pero obviamente a Daniel le gustaba alardear, de modo que aceptó su mano y saltó con delicadeza a bordo.


—¿Cómo lo llamas?


—Es «ella» —la corrigió, saltando a bordo—, se llama Destiny.


—Qué bonito. ¿Es tuyo o de la familia?


—Ahora es mío, o lo será tan pronto concluya el papeleo. Papá lo compró para mí, principalmente.


¿Era impaciencia lo que apreciaba en su voz? Esa molesta investigación por homicidio podría estar retrasando sus planes. Pau retuvo aquello en su mente.


—¿Porque compites con ellos?


—Porque gano. Como he dicho, es pequeña, pero tiene un gran motor.


—Ah. Justo como me gustan.


—Bien. —Con una encantadora sonrisa, dejó la cesta y subió la escalera hasta el pequeño puente—. ¿Puedes desatar aquella cuerda en la proa? —preguntó, señalando.


—Claro. ¿Es la parte delantera, verdad?


—Sí, es la parte delantera.


Hasta el momento, todo bien. Cuanto más ignorante pudiera ser, más podría hablar él y ser el chico grande del campus… o del yate, mejor dicho. Cuando desató la pesada cuerda automáticamente se percató de dónde se encontraban los salvavidas de cubierta y dio subrepticiamente con el pie a la caja de proa rotulada como balsa. Parecía bastante sólida. Estaba cerrada, pero eso no suponía un problema.


Ni siquiera saber dónde se encontraba todo el equipo para emergencias la hizo sentir mejor. En tierra siempre podía hallar el modo de salir en caso de problemas.


En el agua tal planteamiento era mucho más complicado. 


Aviones o barcos; ambos le hacían sentir una fuerte desazón.


—Sube aquí —dijo Daniel cuando el yate se apartó, rugiendo, del embarcadero.


Con un profundo suspiro, Pau subió la angosta escalerilla para unirse a él.


—Qué bonito es esto —mintió, posando una mano en el panel de control para apoyarse—. ¿Con qué frecuencia sales a navegar?


—Con tanta como me es posible —le lanzó una mirada—. Pedro tiene un yate aquí. ¿No sales a navegar con él?


—Nunca me lo ha pedido. Ni siquiera sé dónde está aparcado.


Daniel se rió de nuevo entre dientes.


—Amarrado, quieres decir. En realidad está justo allí.


Señaló al reluciente yate blanco amarrado a uno de los embarcaderos vecinos. Era, con mucho, el yate más grande del club, y probablemente de todo Lake Worth, haciendo que el resto de botes a su alrededor parecieran enanos. A diferencia del Destiny, éste había sido, sin duda, construido para resultar lujoso más que veloz.


—¿Sabes su… nombre?


—Antes se llamaba The Britannica —respondió—, pero fue rebautizado hace un par de semanas.


—¿De veras?


Daniel asintió.


—Mmm, hum. Como The Chaves.


Ella parpadeó.


—¿Como el qué?


—¿No lo sabías?


—No me lo ha contado.


—Si yo le pusiera el nombre de alguien a un yate, se lo diría.


—También yo. —Bueno, eso sí que era interesante, pero ni mucho menos era el tema a debatir por el que se había embarcado. Y en medio del agua no iba a perder la concentración—. ¿Por qué me diste tu número el otro día —preguntó pausadamente—, cuando sabías que Pedro le había puesto mi nombre a su yate?


—Porque vi cómo me mirabas cuando Patricia nos presentó, y luego me miraste de nuevo cuando hiciste que te llevara a Coronado House con aquella pobre excusa sobre la decoración para el velatorio. —Se desvió, haciendo pasar el yate bajo el puente en ángulo y hacia las aguas abiertas del océano Atlántico—. Y luego, en el velatorio, te estuve observando. Te marchabas en cuanto alguien comenzaba a hablar con Pedro. Pensé que podrías estar buscándome.


«Tal vez, pero no por los motivos que él pensaba.»


—Estás muy seguro de ti mismo.


Empujó la palanca del acelerador y el barco aumentó de velocidad.


—Sé lo que me gusta —dijo sin más.


Al menos parecían dirigirse costa arriba en vez de mar adentro.


—¿Y qué es lo que te gusta? —ronroneó, deseando haber añadido unos largos de natación a su plan de ejercicios.


—Dime antes una cosa: ¿Es cierto que tu padre era Martin Chaves, el ladrón?


—Es cierto.


—¿Has robado alguna vez a alguien?


Así que de eso se trataba. Quería una confesión suya para estar ambos más a la par, aunque no significaba eso que él hubiera confesado nada. Todavía.


—Podría ser —respondió, disimulando su reticencia con una sonrisa.


—¿Cómo es?


—No me gusta airear mis pecados en público —dijo, posando una mano sobre su brazo.


Él le brindó de nuevo aquella encantadora sonrisa.


—Vamos, puedes confiar en mí. Me gusta pecar.


—Seguro que sí. Te mostraré los míos si me muestras los tuyos.


—Ya veremos. Te dije que hoy sería un perfecto caballero.


Le pondría a la defensiva si le presionaba más. Y, afortunadamente, tenía historias de sobra, aun cuando tuviera que dar detalles; después de todo, la ley de prescripción de algunos de sus trabajos ya había vencido.


—De acuerdo. Es un subidón. Pura adrenalina.


—Lo comprendo —dijo, sonriendo de oreja a oreja al viento—. Yo practico esquí extremo. Es salvaje.


Hablaron durante un rato sobre esquí y regatas, en gran medida para que él pudiera sentirse cómodo alardeando y soltado la lengua mientras ella escuchaba y emitía sonidos de admiración. Después de veinte minutos comenzó a acercarse más a la costa, entrando con facilidad en una pequeña cala.


—Entre tú y yo, aún continúas haciéndolo, ¿no es cierto? —preguntó de pronto—. Me refiero a robar cosas.


Durante un breve segundo Pau se preguntó si él estaba llevando a cabo su propia investigación. ¿Pensaba acaso que era ella quien había asesinado a Kunz? Sin embargo, eso haría que fuera completamente inocente, y, en lo más profundo de su receloso ser, Pau no lo creía en absoluto. Era más probable que estuviera buscando un posible chivo expiatorio en caso de que algo saliera mal. En tal caso, buscaba a la chica equivocada.


—No desde hace mucho. No es bueno para mi salud.


Él asintió, reduciendo la velocidad.


—También comprendo eso. Me rompí la pierna por tres sitios la última vez en Vail. Menos mal que existen otras formas de conseguir el subidón. —Daniel inhaló, pellizcándose la nariz.


«¡Estupendo!» Aunque aquél podría ser un motivo para un robo. Paula soltó una carcajada forzada.


—Eso he oído, pero creo que robar es menos perjudicial para el bolsillo. —Miró hacia la costa—. Qué bonito. ¿Dónde estamos?


—Es mi lugar privado para almorzar y recrearme.


—Mmm, hum. ¿Venís aquí Patricia y tú?


Daniel acarició entre los dedos un mechón de su cabello llevado por el viento.


—Estoy aquí contigo.


Paula permitió la caricia, pues imaginó que eso le proporcionaría algo más de margen para insistir.


—Quizá sea un poco indiscreta, pero asesinaron a tu padre durante un robo. Esperaba que no te excitara tanto invitar a una ladrona, aunque esté retirada, a almorzar.


—Esto tiene que ver con la atracción, no con mi padre —respondió, utilizando ahora ambas manos para jugar con su cabello.


Se inclinó y la besó. Paula también permitió aquello.


—Oye, pensé que ibas a ser un caballero —dijo, empujándole lentamente. Lograr que tal gesto pareciera reticente precisó más control de lo esperado. Tuviera o no una bonita cara, hacía que se le pusiera la carne de gallina. 


Pedro decía que poseía su propio sentido del honor, independientemente de que fuera o no convencional, y Daniel lo estaba pisoteando.


—¿Qué me dices de la atracción? Sé que la sientes.


—Puede que así sea. —Paula le evaluó con la mirada—. Pero, francamente, Daniel, necesito más que un paseo en barco para convencerme de que puedes hacer más por mí que Pedro Alfonso.


—Colega, qué mercenaria —dijo, riendo de nuevo.


Podría decir lo mismo de él, pero se guardó el comentario. 


Teniendo en cuenta que dos días antes había asistido a un funeral, parecía estar de bastante buen humor, de hecho… como si pensara que había salido impune de un asesinato o algo similar. Pero ¿lo había hecho el despreocupado Daniel o había contratado a alguien? Le encantaría saber si había alquilado un BMW.


—Tan sólo soy práctica.


—Me parece justo.


Arrojó el ancla al agua y apagó el motor. La absoluta falta de preocupación con la que él contemplaba su presencia, considerando que fácilmente podría haber estado involucrada en el fallecimiento de su padre, le inquietaba un poco. No era exactamente una declaración de culpabilidad por su parte, pero si tan seguro estaba ya de que ella no lo había hecho, era porque sabía quién lo había hecho realmente. Bajando lentamente la corta escalera, Daniel recogió la cesta de picnic y la colocó sobre la pequeña mesa empotrada de cubierta.


—¿Tienes hambre?


—Claro. ¿Qué has traído?


—Es un poco temprano para almorzar, de modo que hice que el cocinero pusiera en su mayoría fruta, pan y queso. Y una botella de vino, por si no es demasiado pronto para eso.


—¡Dios mío! —dijo parsimoniosamente, acercándose a él—. Podría pensarse que intentas impresionarme.


—Ya estás impresionada, o no estarías aquí. Patricia te llama la perra americana, pero imagino que eres más sofisticada que la mayoría de las mujeres que conozco.


—Gracias, supongo.


—No, en serio. Patricia no distinguiría una obra de arte de un trozo de tostada. Sabe de moda, pero eso es todo lo profunda que llega a ser.


—¿Y a ti te gusta la profundidad?


—Me gusta tu profundidad. —Daniel dispuso un plato con uvas y rodajas de mango, animándola con un ademán a sentarse mientras él ocupaba el banco frente al de ella—. ¿Qué es lo que haces para divertirte?


—Para divertirme. Estoy montando una consultoría de seguridad, pero eso ya lo sabes.


—Tienes uno de esos teléfonos que tiene melodías diferentes según la persona, ¿verdad? ¿Te ayuda a no confundir a tus clientes?


Así que quería saber acerca de su teléfono. Eso no pintaba nada bien.


—Tengo el teléfono en modo vibrador —sonrió ampliamente—. Lo prefiero de ese modo.


—Seguro que sí. Si mi padre te hubiera contratado, ¿qué habrías hecho para proteger Coronado House?


—En realidad no he pensando en ello —mintió—. Resultó mejor para mí que lo asesinaran antes de que firmáramos el contrato, ¿no te parece?


—Vamos —la persuadió—. Puedes especular, ¿no? ¿Más cámaras de vídeo? ¿Más sensores de movimiento? ¿Algunos de esos rayos infrarrojos?


—¿Qué importancia tiene? Ya es demasiado tarde.


—Sí, pero ese tipo sabía bien por dónde iba, cómo entrar, dónde estaba mi padre, cómo salir. ¿Crees que toda esa mierda tecnológica le habría detenido?


Dios santo. Ahora andaba en busca de cumplidos. Le miró fijamente a los ojos.


—No. Era demasiado bueno. El mejor que he visto, en mi opinión. ¿Tiene alguna pista la policía?


—Ni una sola. Si es tan bueno, tal vez lo conozcas. —Se metió una uva en la boca—. Puede que sea famoso.


¿Acaso deducía demasiado de la conversación porque quería que fuera culpable? ¿Estaba en realidad Daniel forzando su suerte tal como ella sospechaba?


—«Yo» no era tan buena —mintió, bajando la vista y fingiendo decepción o vergüenza o lo que fuera que le hiciera sentirse aún más superior.


—Seguro que podías jugar con los chicos grandes, Paula. Yo dejaría que jugases conmigo.


Ella alzó de nuevo la mirada, sonriendo.


—¿Eres uno de los chicos grandes?


Él se acercó lentamente para susurrarle al oído.


—El más grande.


Paula se rió entre dientes.


—Y rico, también. Cada vez resultas más atractivo.


Daniel ladeó la cabeza hacia la escotilla de debajo de la cubierta.


—Entonces, ¿quieres que hagamos guarrerías?


Al menos lo había preguntado, en vez de abalanzarse sin más sobre ella. No estaba segura de poder llevar de vuelta aquel maldito barco ella sola.


—Todavía no estoy del todo convencida.


El se puso en pie.


—De acuerdo, pero yo voy abajo a refrescarme. Enseguida vuelvo.


—Aquí estaré, disfrutando de la vista.


Cuando Daniel desapareció por la achaparrada puerta, Paula se recostó. Habida cuenta de sus sospechas, había esperado que Daniel estuviera más a la defensiva y se mostrara considerablemente más esquivo. Naturalmente, no había esperado que estuviera colocado; eso hacía que calarle resultara más sencillo y complicado a un mismo tiempo. Rápidamente sacó su móvil y lo puso en modo vibrador; a pesar de que no tenía idea de si alguien podría contactar con ella allí.


Echó un fugaz vistazo hacia la escotilla. Probablemente estaría colocándose más en ese preciso momento, cosa que podría explicar su acuciante necesidad de dinero y su asunción de que saldría impune del asesinato. ¿Charles le había idolatrado tal como Pedro afirmaba? Sería complicado de demostrar. Las familias, sobre todo las de dinero, no eran dadas a airear sus problemas internos. Necesitaba echarle un vistazo a los documentos legales de Charles para ver si los fondos de Daniel habían sido restringidos por algún motivo.


Debido a la excitación le sobrevino un rápido y fuerte calor. 


Lo único que necesitaba era una pequeña prueba, y podría acudir a Castillo. Y lo mejor de todo, entregar a Daniel sería del todo distinto a entregar a uno de sus ex compañeros. 


Sin división de lealtades, sin riesgo a represalias.


Claro que todavía tenía que volver a la orilla y luego hallar el modo de echarle un vistazo a esos documentos. Y encontrar las pinturas y los rubíes sin duda resultaría útil. Paula suspiró. Por lo visto de nuevo iba a tener que ser amable con Tomas Gonzales.


Cuando Daniel emergió otra vez a la luz del sol su sonrisa era todavía más amplia… y en efecto tenía restos de polvo sobre el labio superior. O bien Daniel Kunz era verdaderamente listo o bien realmente arrogante y estúpido.


—Te has dejado una mancha —apuntó, señalando hacia su labio superior.


Con una risita impenitente, agachó la cabeza para limpiarse la nariz.


—¿Y bien, por dónde íbamos?


—Estabas a punto de decir que habías hecho algunas cosas malas en tu vida y que me invitarías a unirme a ti en la próxima.


—Claro —convino, asintiendo mientras alargaba el brazo para hacerse con la botella de vino—. Podríamos ser los Bonnie y Clyde modernos. Seríamos una pareja muy atractiva.


—Imagino que sí. Me has hecho una interesante proposición. Le entregó un vaso de vino a Pau y tomó otro para sí.


—Brindo por las proposiciones interesantes.


Ella tomó un trago. «Y por las conclusiones interesantes.»


—Cuéntame cómo aprendiste a pilotar yates.




viernes, 16 de enero de 2015

CAPITULO 98





A las once y cuarenta y dos minutos Pedro se sentó en el borde de la cama para calzarse sus zapatillas de deporte. «Al norte del centro» era bastante vago, pero le daba un lugar por donde comenzar a buscar.


Ruben decía que se había llevado el Mustang, lo cual significaba que no se había dirigido a algún lugar particularmente elegante y discreto. Además, vestía pantalones cortos y una camiseta. Aquello dejaba aún gran cantidad de lugares para alguien con sus habilidades.


Haciendo un alto en su despacho, abrió el armario del fondo y sacó una pistola Glock de treinta milímetros que se guardó en el bolsillo de la chaqueta. Estuviera donde estuviese, iría preparado para sacarla. Para el común de los mortales, llegar doce minutos tarde era apenas algo digno de mención. Paula Chaves trabajaba en incrementos de un segundo y, en su trabajo, pasado o no, cualquiera de esos segundos podía matarla.


Ya la había llamado tres veces al móvil, pero volvió a marcar de nuevo mientras se dirigía a la planta baja. Un segundo después se escuchó el eco de la melodía de James Bond desde la cocina y la puerta del garaje.


El sonido cesó.


—Hola —respondió su voz en el teléfono—. Sólo llego diez minutos tarde.


Apareció en el vestíbulo por debajo de él todavía con el teléfono en la oreja. Pedro retiró el teléfono móvil cuando terminó de descender y un agudo alivio se apoderó de su pecho. Deseaba agarrarla, pero ella se ofendería por su falta de fe en sus habilidades.


—¿La canción de James Bond? —dijo, en cambio.


—Parecía apropiada. —Paula le miró de arriba abajo, deteniéndose justo delante de él—. ¿Vas a alguna parte?


—Ya no. Tendrías que cambiar mi tono.


—No. Tú eres James Bond. —Acercándose lentamente, le dio un suave y pausado beso en los labios—. Gracias por estar preparado para acudir en mi rescate.


—Sí, bueno, es lo que hago.


—Mmm, hum. Y resulta que yo estoy de humor para que me excites y me hagas estremecer. ¿Qué opinas de eso?


Él sonrió ampliamente, tomando su mano libre para dirigirse con ella de vuelta al dormitorio. Fuera lo que fuese en lo que había estado metida, había vuelto sana y salva.


—Estoy a tu disposición.



***


Pedro estaba abajo, terminado de desayunar y leyendo el Wall Street Journal, cuando llamó Laura Kunz. Después de intercambiar cortesías y charlar durante unos minutos, ella accedió a recibirle en su despacho aquella mañana. 


Naturalmente, ella era una mujer de negocios profesional. 


Pero, al mismo tiempo, permanecían en su memoria los comentarios de Paula sobre lo profundamente que había o no afectado a los hijos el asesinato del padre. Pau se había pasando las dos últimas noches dando vueltas en la cama, cosa que sabía porque en dos ocasiones había estado a punto de aplastarle la cabeza, e incluso se había levantado a ver la televisión por espacio de una hora antes del alba. 


Por lo que sabía, Pau seguía en la cama. Pero Laura, que había enterrado a su padre hacía dos días, estaba en pie a las siete y concertando reuniones de negocios.


—Como si nada —farfulló, bebiendo un sorbo de té. Quizá ella tuviera su modo particular de llorar la pérdida, pero para un observador ocasional aquello no pintaba nada bien. Y las apariencias lo eran todo en la sociedad de Palm Beach. Por otra parte, se estaba acostumbrando a fijarse en cosas que al resto de la sociedad le pasaban inadvertidas.


Su teléfono sonó de nuevo al tiempo que Paula entraba trastabillando en el comedor y se hacía con una magdalena de chocolate del aparador.


—Buenos días, cariño —dijo lánguidamente, mirando el número del identificador al coger el teléfono—. Es Sara.


Ella asintió, desplomándose en la silla junto a la de él y sonriendo sólo cuando apareció Reinaldo con un vaso de Coca Cola Light helada. Pedro reprimió una sonrisa cuando su secretaria en Londres le informó de la agenda laboral del día. Sin embargo, la hizo detenerse a la mitad.


—Llegan mañana —dijo, frunciendo el ceño—. El sábado. Para la reunión que tenemos el lunes.


—También yo tengo entendido eso, señor —respondió la eficiente voz de su secretaria—. Pero cuando me puse al habla con el despacho del señor Leedmont para confirmar los detalles del vuelo, me informaron de que el resto de la junta de Kingdom aterrizaría en Miami hoy a la una en punto, hora local. Y la reunión ha sido cambiada para el sábado a las diez de la mañana.


«¡Mierda!»


—¿Por qué no me han avisado?


Pedro apreció la incertidumbre de la mujer.


—Afirman haberlo hecho, señor, pero estoy completamente segura de que no hemos recibido nada. Comprobé tres veces el correo y todos mis mensajes de voz y…


—Te creo a ti antes que a ellos, Sara —interrumpió. Pedro sabía perfectamente que en la compra de una empresa, el contrato no era más que una mínima parte del proceso. El temple tenía igual o más peso—. Nos amoldaremos. ¿Has puesto a Ruben al corriente?


—Sí, he actualizado su agenda. Y he reservado media docena de habitaciones en el hotel Chesterfield, dado que es ahí donde se hospeda el señor Leedmont.


—Excelente. Gracias por los quebraderos de cabeza, Sara. Ten la bondad de enviarme por correo electrónico la última lista de asistentes y mándala también al despacho de Gonzales.


Colgó el teléfono y lo dejó con brusquedad sobre la mesa, maldiciendo entre dientes.


—¿Qué sucede? —preguntó Paula.


—Leedmont trama algo. Ha hecho que el resto de su junta directiva se desplace aquí un día antes y ha cambiado la reunión a mañana.


—Pero ¿no se trata de tu propia reunión?


—Por lo visto he sido informado del cambio de planes.


Ella dejó escapar un bufido.


—Seguro que es uno de esos problemas de realidad alternativa. ¡Sucede a todas horas en Star Trek!


Naturalmente, un cambio de planes no iba a desconcertarla.


—Mmm, hum.


—Por otra parte, puede que Leedmont sólo desee que puedan disfrutar del agradable tiempo de Florida.


—Tu otra teoría es mejor.


—Gracias. Pues fija de nuevo la reunión para la fecha original.


—No puedo. Eso significaría que soy mezquino y que no puedo manejarle. —Se preguntó fugazmente si ella sabía algo útil, pero se contuvo de preguntar. Había dicho que le avisaría si su trabajo afectaba al suyo. Pedro exhaló—. Debería cancelarlo todo. En vez de eso, podríamos irnos a pescar.


—¡Oh! ¡A pescar! —Sacudió la cabeza—. Te he metido tanto en mis líos y distraído cuando tienes tus propios asuntos de trabajo… Lo siento.


—Nadie me empuja a nada que yo no desee. Ni siquiera tú. A decir verdad, no tengo tanto interés en ello. Es una buena inversión, pero los repuestos plásticos de fontanería en realidad no…, ¿cómo lo decís los yanquis?, no son santo de mi devoción.


—Pues imponte por la fuerza y, para la próxima vez, busca algo que te interese más —declaró con semblante sorprendentemente serio—. ¿No te parece? Es decir, ¿qué haría Pedro Alfonso si de pronto dejara de gustarle su trabajo? El le tomó la mano.


—¿Se trata de mí o de ti?


Paula se encogió de hombros.


—No lo sé. Estás harto de una reunión que puede reportarte ocho millones de pavos, y yo tengo a tu rival y a un tipo muerto que no puede pagar como cliente. Tal vez deberíamos mudarnos a Detroit y vender piezas de coches.


Riendo, Pedro besó sus delicados dedos de ladrona.


—Eso sí que sería aburrido. Incluso teniéndote a ti como socia.


Ella dejó escapar un profundo suspiro.


—Supongo que tienes razón. Muy bien. Me voy a trabajar. ¿Qué tienes en tu nueva y mejorada agenda?


—Más vale que termine con las revisiones del contrato para que la oficina de Tomas pueda elaborar nuestra propuesta, y tengo que trabajar un poco en el proyecto de Patricia.


—Estupendo. Tan sólo recuerda que sugerí lo de las piezas de coches —asintió y se dispuso a levantarse, apurando de un trago su refresco al hacerlo.


Pedro la rodeó por la cintura con el brazo y la sentó de nuevo sobre su regazo.


—Salgamos a cenar esta noche. Tú eliges el lugar.


—Mañana tienes una reunión.


—Me las arreglaré. Quiero ir a cenar contigo.


—En fin, eso es mejor que ir a pescar. —Tomó su mejilla en la mano libre y le besó—. Tenemos una cita. ¿Puedes prestarme otra vez el Mustang? Sanchez todavía tiene el Bentley.


Estaba a punto de sugerir que Ruben la llevara a trabajar, pero éste tenía que acercarse a Miami a recoger a la junta directiva de Leedmont.


—Por supuesto. Pero no le hagas ningún arañazo.


—Nunca me has pedido eso con el Bentley.


—El Bentley es tuyo. No voy a entregar el coche de mis amores a nadie.


Ella se echó a reír. Le abrazó y le lamió la curva de la oreja.


—Qué pena que esté Reinaldo —susurró—. En estos momentos tendrías mucho más que suerte.


Se bajó de un brinco de su regazo y desapareció por el pasillo, todavía riéndose. Torciendo el gesto, Pedro simuló leer de nuevo el Journal hasta que pudiera levantarse sin ponerse en evidencia.


***


No había rastro del Bentley cuando Paula entró en el aparcamiento. Estacionó el Mustang, pero su mano quedó suspendida antes de terminar de apagar el motor. ¿Qué iba a hacer ella en el despacho? ¿Revisar solicitudes para recepcionista? Por lo que sabía, Sanchez ya había contratado a alguien. ¿Orquestar una campaña de publicidad? Oh, ésa sí que era buena. Quizá podría hallar un modo discreto de anunciar que su primer cliente potencial había sido asesinado el día antes de contratarla, y que de paso se hacía cargo de un caso de chantaje.


—¡Joder! —farfulló, sacando de malos modos la tarjeta de Daniel Kunz del bolsillo. Tenía que resolver todo aquello antes de que pudiera dedicarse a cosas mundanas como pedir sus propias tarjetas. Y ahí estaba aquella maldita palabra otra vez. «Mundano.»


Requirió cinco tonos hasta que se estableció la conexión.


—Más vale que sea importante —llegó la voz grave y furiosa de Daniel.


¡Oh, oh! Había olvidado que apenas eran las ocho en punto.


—Hola, Daniel. Soy yo. Pa…


—Hola —la interrumpió, su voz se hizo más aguda—. Dame un número y te llamaré en cinco minutos.


Paula le dio el número y colgó. Mmm. Nada de nombres por su parte. El nombre de «Paula» no era tan sospechoso, a menos que la otra persona a quien quería incluir en la conversación supiera quién era Paula. De modo que Daniel y Patricia se acostaban juntos. Y Daniel estaba ligando con ella al mismo tiempo.


—¡Menudo cerdo!


Se tomó esos cinco minutos para llamar a Castillo.


—¿Fuiste al velatorio? —preguntó Francisco en cuanto se inició la llamada.


—¿Tú no?


—Sí, claro. ¿Algo interesante?


—¿Cómo es que pude entrar en el despacho de Charles Kunz en Coronado House sin problemas? —le interrumpió—. ¿Te quedaste sin cinta amarilla?


—Oye, si hubiera dependido de mí, toda la casa estaría precintada. Pero no depende de mí, y la Oficina del Forense sacó todas las huellas y tomó todas las fotos que necesitaba. Así que, ¿para qué me llamas? ¿Para reírte de la distribución de mi cinta?


—Si alguien de la familia vende algo de Charles en estos momentos, ¿puede hacer eso?


—Técnicamente, no. Es una investigación de homicidio; y aunque no lo fuera, la aseguradora tiene los activos incautados. Hay muchas manos que quieren un trozo
del pastel. ¿Por qué?


No pensaba hacer referencia al BMW, sobre todo si eso ponía a Daniel sobre aviso de que estaba fisgando en sus cosas. Paula entornó los ojos.


—Tengo una corazonada. Te avisaré si resulta. Pero ¿de qué manos hablas?


—Pau, si sabes algo…


—Francisco, ¿qué manos?


—¡Por Dios! Me gustaba más cuando no me llamabas. Lo de siempre… una hermana y su familia, dos socios de negocios, y sus hijos.


—¿Dos socios de negocios?


—Sí. No se ha descartado a nadie pero… bueno, entre tú y yo, quieren que descongelen los activos de su empresa.
Puede que así fuera, pero tanto si apostaba por Daniel como si no, no iba a descartar a nadie.


—De acuerdo. Gracias.


—Paula. Espero que me cuentes cualquier cosa que sepas…


Paula colgó el teléfono. Ése era el problema: en su trabajo no existía demasiada diferencia entre saber y sospechar. Sin embargo, Francisco requería molestas cosas, como pruebas.


El Bentley se colocó a su lado.


—De acuerdo —dijo Sanchez mientras se apeaba del coche—. Ya entiendo por qué te gusta ir por ahí en uno de éstos.


—¡Ja! —se carcajeó—. Ya te lo he dicho. ¿Cómo vas a volver al cacharro–móvil después de esto?


—Puede que me busque algo —reconoció, asomando la cabeza por la ventanilla abierta del asiento del pasajero del Mustang—. Pero no será tan llamativo. Tal vez un Lexus.


—Es un comienzo —admitió—. Oye, sube aquí un minuto.


Él accedió, se montó en el Mustang y cerró la puerta. 


Después, subió manualmente el cristal de la ventanilla. Se conocía el juego. No tenía sentido dejar que alguien de los honrados negocios vecinos escuchara sus conversaciones privadas.


—¿Qué sucede ahora? No pienso volver a fingir que soy el mayordomo de Alfonso.


—Nada parecido. ¿Te ha llamado alguien en referencia al Giacometti?


—No. Ni por la escultura, ni por las pinturas.


¡Maldita sea! Tenía la esperanza de no haber espantado al ladrón. Al menos éste no le había visto la cara… pero tampoco ella había visto la suya.


—Vale. Si…


Su teléfono sonó de nuevo. Cinco minutos justos. El corazón de Paula palpitó con algo más de fuerza al responder. El acostumbrado subidón de adrenalina.


—¿Hola?


—Pau —respondió la voz de Daniel—. Pensé que era posible que llamases.


—Ah —contestó, insuflando timidez en su tono de voz—, ¿y eso por qué?


Él dejó escapar una risita.


—¿Rompió el inglés un maldito vaso cuando nos vio juntos?


—No, me parece que creyó la historia sobre el Giacometti. 
¿Tenías algo especial en mente o sólo querías saber si llamaría?


—Eso depende —respondió, todo impregnado de un sutil encanto—. ¿Qué te parecen los barcos?


Barcos. Los barcos significaban agua, que a su vez significaba aislamiento, tiburones, ahogamiento y ni la más mínima posibilidad de escapar. Ya era bastante malo que Pedro continuara intentado convencerla de hacerse a la mar para pescar.


—Prefiero los coches.


—Bueno, este barco te gustará. Reúnete conmigo en el embarcadero del club Sailfish, amarradero treinta y ocho, dentro de media hora.


—No vo…


—Vamos, Pau. Seré un perfecto caballero. Permíteme que te deslumbre con mi encanto y mi magnífico físico.


—De acuerdo. Dentro de media hora.


—¿Qué demonios ha sido eso? —exigió Sanchez cuando ella volvió a colgarse el móvil del cinturón.


—Sigo una corazonada. —En el club Sailfish. Qué interesante.


—¿Una corazonada sobre quién? —preguntó con claridad, la desaprobación escrita en su amplio rostro.


—Sobre Daniel Kunz —respondió. Ocultar secretos a Sanchez era contraproducente y potencialmente peligroso; si ella desaparecía, alguien tenía que saber dónde había ido.


—Vi su fotografía en el periódico de la mañana —dijo Sanchez, mirando por el cristal delantero—. No es nada feo.


—Ah, venga ya. No son más que negocios y lo sabes.


—Puede que yo lo sepa, pero me he dado cuenta de que has atendido aquí esa llamada, no en casa de Pedro.


—¿Por qué provocar olas cuando lo único que quiero es echar un vistazo bajo la superficie? Ahora, baja del coche. Tengo que ir al embarcadero.


El no se meneó.


—No me gusta esto, Paula. Deberías decírselo a Alfonso o a alguien.


—¿Por qué? ¿Qué más daría?


—Sí que tendría importancia.


En lo referente a su seguridad, se lo había contado a la persona indicada, pero sabía a qué se refería Sanchez. Para tratarse de un tipo que no había estado nunca casado, tenía buena mano para las relaciones.


—Está bien. Me pasaré por el despacho de Gonzales y se lo contaré —decidió. Luego si el abogado la delataba ante Pedro, al menos ya habría estado en el barco.


—De acuerdo. —Abrió la puerta de nuevo y bajó del Mustang—. Y por cierto, ¿es que no vamos a contratar a una recepcionista?


—Creía que tal vez… Sí. Limítate a hacer… lo que haces y yo me pondré de nuevo con ello en un par de días. Anoche gané diez de los grandes. Tan sólo tengo que llamar a Leedmont y recoger el cheque.


—Bueno, siempre y cuando ganemos pasta. Ni siquiera te mencionaré que diez de los grandes no es más que calderilla para ti.


—Gracias —dijo con sequedad.


—No dejes que te maten mientras trabajas para el tipo muerto. —Sacudiendo la cabeza, se marchó del garaje. 


Paula tomó aire, luego prosiguió, pero cruzó Worth Avenue hasta el edificio de vidrio y cromo donde se encontraba Gonzales, Rhodes & Chritchenson. No le sorprendió que el boy scout ya estuviera trabajando, pero sí que accediera a verla sin demora.


—¿Qué has hecho ahora? —preguntó, simulando relajarse tras su gran escritorio de caoba.


—Nada.


—De acuerdo. Es una visita social.


Resultaba tentador discutir con el abogado por principio, pero tenía únicamente veinticinco minutos para estar en el amarradero treinta y ocho.


—Voy a dar una vuelta en barco con Daniel Kunz —dijo, cruzando los brazos sobre el pecho—. Sólo te lo digo por si me sucede algo, así Pedro no se preguntará dónde he desaparecido.


—«En barco con…» —repitió, enderezándose un poco—. ¿Porqué narices?


—Porque me ha invitado.


—Eso es una gilipoll…


—Creo que podría tener algo que ver con la muerte de su padre, o al menos con el robo. Así que cotillea sobre mí si lo crees necesario, pero sólo quería que alguien en quien Pedro confía… alguien en quien yo… confío, lo supiera.


—¡Vaya! Seguro que te ha dolido.


—Cierra el pico, Yale. ¿No tienes que trabajar en un contrato para Pedro? —Se apartó de la ventana y se dirigió de nuevo hacia la puerta—. La junta directiva viene con antelación, y esa reunión ahora es el sábado.


—Ya me ha llamado. No soy yo quien anda distraído —replicó.


Pedro está muy centrado. Si no lo estuviera, sería probablemente porque alguien no deja de cotillear sobre el paradero de su novia cuando investiga un asesinato—«¡Toma eso!»


—Tan sólo pienso en lo mejor para Pedro.


Ella le sacó la lengua.


—También yo. —Con eso, regresó nuevamente a la parte principal del bufete y a los ascensores.


De acuerdo, era en el bien de Pedro y en el suyo propio en lo que pensaba. Y tal vez, en ocasiones, eran cosas distintas. Pero esa mañana, habida cuenta del limitado tiempo con el que contaba para descifrarlo, hacer lo que mejor se le daba parecía la forma lógica de actuar. Aun cuando eso incluía a Daniel Kunz y un barco.