—No voy a fingir que trabajo para Pedro Alfonso—declaró Sanchez, cruzándose de brazos.
—Es para ayudarme a mí, no a él —respondió Pau, aparcando el SLR plateado—. Vamos. Echaste por tierra mi vigilancia. Me lo debes.
—Deberías haberme dicho lo que hacías. No puedo creer que fueras a ver a Bobby LeBaron en vez de a mí.
—Estás retirado. Necesitaba a alguien en activo.
—Eso es. Estoy en activo.
—No, no lo estás. —Gracias a Dios que no sabía nada del allanamiento de Harkley. Esto ya era lo bastante malo—. Vamos, Sanchez, podemos discutir más tarde. Por cierto, alguien podría llamarte para vender un prototipo de Alberto Giacometti. Actúa como si estuvieras interesado.
El asintió.
—Podría estarlo, de hecho. ¿Quién, deliberadamente… ?
—Por última vez —le interrumpió—, si yo estoy retirada, tú estás retirado. Nada de trabajar con algún pringado que te lleve a la cárcel. Eres mi única familia, ¿recuerdas?
—Lo recuerdo. Claro que también recuerdo que me dijiste que me asociara con otro para lo de Venecia.
—Porque sabía que no podrías dar con nadie que pudiera realizar ese trabajo.
—Claro. Y es una verdadera lástima ver perder el coraje a la mejor ladrona del mundo.
Ella le miró con el ceño fruncido.
—No he perdido nada. Corta el rollo.
Dándole una palmadita en la rodilla, Sanchez le brindó una amplia sonrisa.
—Lo que tú digas, cariño. ¿Y el Giacometti?
—Está en la finca de Kunz. Pero con la investigación por homicidio en curso, la compañía aseguradora no suelta nada. Aunque la estatua no figura en el listado de la aseguradora.
—Estupendo.
—«Estás retirado.» Bueno, ¿vas a ayudarme con esto otro o no?
El suspiró.
—¿De qué se trata?
—Sólo hay que entrar en la oficina y darles este número de matrícula —dijo, entregándole el pedazo de papel—. Diles que Pedro tuvo un accidente y que quien conducía este coche es el único testigo. Necesitamos un nombre y un número de teléfono.
—¿Y tú no puedes hacerlo porque… ?
—Porque yo no trabajo para Pedro. La gente conoce mi cara.
Sanchez cerró de golpe la puerta del pasajero.
—Demasiada gente conoce tu cara. Volveré enseguida.
Ésa era la mejor forma y la más legal que se le ocurría de obtener información acerca del conductor del BMW.
A Pedro no iba a gustarle que fueran dando su nombre por ahí, pero tal como ella había dicho, sus métodos abarcaban cualquier cosa que pudiera hacerle ganar la apuesta. Claro que ya se había gastado doscientos veinte pavos para ganar una apuesta de cien dólares, pero nunca había sido cuestión de dinero.
Sanchez regresó justo cuando estaba a punto de empezar a morderse las uñas.
—¿Lo has conseguido? —preguntó cuando él volvió a sentarse pesadamente en el coche.
—Claro, pero no va a gustarte. —Le entregó un pedazo de papel pulcramente impreso.
—¿«Juan perez»? ¿Me tomas el pelo, no?
—Por lo visto el tipo tenía un carné de identidad falso. Pero he conseguido una dirección, además del número de teléfono.
Ella le echó un vistazo.
—Es el puerto deportivo. El club Sailfish.
—¿El qué?
—La dirección. Es probable que también el teléfono.
—Lo siento, cielo. Punto muerto.
Se guardó lentamente el papel en el bolsillo.
—No lo creo. Posiblemente sea alguien que conoce el club Sailfish. Yo no lo escogería como teléfono de referencia. ¿Tú sí?
—No. Pero eso es bastante débil.
—Lo sé. Pero algo es algo. Ahora tengo que descubrir qué hacer con ello.
***
Desperezándose, Paula echó un vistazo a su reloj. Eran casi las diez en punto de la noche. Durante dos días había pospuesto ir a Lantana Road, pero ya no podía retrasarlo por más tiempo. A su lado, en el mullido sillón, Pedro escribía en los márgenes de la propuesta revisada de Leedmont.
Paula sonrió. La mayoría de los magnates de negocios que conocía se involucraban activamente hasta cierto punto, pero Pedro había elevado aquello a una forma de arte.
Con anterioridad le había dicho que disfrutaba con lo que hacía; pero ella lo hubiera sabido tan sólo por el modo en que trabajaba un contrato. Cambiar una o dos palabras podía alterar el curso de millones de dólares, y él se conocía cada truco del manual. Caramba, probablemente había sido él quien había escrito el manual.
Pedro alzó la vista hacia ella.
—¿Qué?
—Solamente pensaba que estarías muy mono con un par de esas gafas de leer de la abuelita.
—Mmm. ¿Vas a comerte el resto de las palomitas? Sólo pregunto porque has estado acaparando la fuente.
—No estás viendo la película, así que no puedes comer palomitas —respondió, indicando la enorme pantalla que había bajado de su hueco en el techo.
—Estoy viendo la película.
—Demuéstralo: ¿Cómo se llama el monstruo con alas?
Pedro dejó el papeleo a un lado.
—Ésa es una pregunta trampa. El monstruo alado de una cabeza es Rodan y el que tiene tres cabezas es Monster X.
Le entregó la fuente de las palomitas con una amplia sonrisa.
—Excelente. Tengo que hacer un recado. Volveré a las once y media.
Él se puso en pie cuando ella lo hizo.
—Iré contigo.
—No, no vendrás. No se trata de nada peligroso. Tan sólo tengo que emparejar una fotografía con una localización y, antes de que lo preguntes, debido a la iluminación y otras cosas, no puedo hacerlo durante el día.
—De acuerdo. —Sus ojos azules la estudiaron—. Pero dime al menos adonde vas.
Eso era justo. No le había hecho una sola pregunta sobre su viaje a la tienda de Bobby LeBaron.
—Un poco al norte del centro.
—A las once y media.
—Sí. —Aferró la parte delantera de su camisa con ambas manos y tiró para darle un beso—. Dime cómo acaba la película.
—Ya lo sabes.
—No es por mí. Es por ti. Es un juego de preguntas.
—Estupendo. Pau, ten cuidado —dijo, bajando las manos por sus hombros para tomar las suyas—. Me gustas enterita, tal y como estás.
—No te preocupes.
¡Uf! Que sólo iba a echar un vistazo, por el amor de Dios.
Para ser una ladrona de éxito, necesitaba poseer una confianza absoluta en sí misma y una buena dosis de precaución… y la capacidad de dejar inmediatamente lo último de lado en favor de la total imprudencia. Quizá no fuera a robar nada esa noche, pero seguían vigentes las mismas reglas. Y estaba tan impaciente que le dolía físicamente.
Se dirigió al garaje. Sanchez tenía el Bentley pero, de todos modos, esta vez quería algo menos llamativo. Se detuvo justo en la puerta del garaje.
—Corriente. De acuerdo. —No en aquel garaje. Después de un momento abrió la puerta del porta llaves y tomó el juego del Mustang del 65. Aficionado o no a la sutil sofisticación, Pedro seguía siendo un hombre. Y a los hombres les encantaban los coches potentes.
Era de color rojo cereza con la matrícula personalizada PA 65, pero nada de eso importaba demasiado en aquel instante. Abrió bruscamente la puerta del garaje y bajó rugiendo el camino de entrada ¡Como la seda!
Las verjas se abrieron a su orden y se dirigió hacia el noroeste. Sería demasiado esperar que la prostituta y el fotógrafo estuvieran trabajando esa noche pero, a pesar de eso, podía investigar un poco.
Leedmont le había dicho que se había detenido en algún punto de Lantana Road. Eso suponía una buena sección de la ciudad, lo cual tenía lógica. Ningún tipo rico querría detenerse por diversión o para realizar una buena obra si pensaba que podrían atracarle o robarle el coche. Pero un jueves a las diez en punto de la noche la zona estaba bastante desierta.
Paula se metió en el aparcamiento de un McDonald's y sacó la foto que Leedmont le había dado. El hombre no había estado seguro de la localización exacta de la calle donde la chica se había echado encima de él, pues en aquel momento no lo creyó demasiado significativo.
A juzgar por el ángulo de la foto, el fotógrafo se encontraba en un tercer piso. Había varias tiendas de dos pisos en cuyos tejados podría haber aguardado y también un puñado de pisos y edificios de apartamentos.
Al menos sabía en qué dirección de la calle se dirigía Leedmont, lo cual reducía a la mitad el número de posibles ubicaciones. La posición del alumbrado de la calle las reducía todavía más. Sería más sencillo hacerlo desde arriba mirando hacia abajo, pero en aquel punto no estaba ansiosa por colarse en tantos lugares. Dos o tres, vale, pero no diez o doce.
Dio una veloz pasada de este a oeste, luego dio la vuelta para hacerlo de nuevo a menor velocidad. Su vista de ladrona le permitió eliminar un par de tejados por ser demasiado visibles y un puñado de apartamentos con macetas de flores y gatos posados en los alféizares. No era que las personas con flores y gatos no pudieran tomar fotos para chantajes, pero sin duda ocupaban la parte más baja de la lista.
Se detuvo de nuevo, esta vez en una gasolinera e hizo un bosquejo de la parte sur de la calle hasta una extensión de cuatro bloques, luego tachó las posiciones menos plausibles y las que obviamente no encajaban con la iluminación callejera de la fotografía.
—Seis —contó en voz alta. Dos apartamentos, un piso y tres tejados.
El próximo paso era conseguir los números de los apartamentos y ver qué se le ocurría en Internet para dar con los nombres que les correspondían. Pero antes de que sus dedos pudieran acometer la tarea, necesitaba hacer algo con los pies. Aparcó y subió hasta el edificio de apartamentos. Las puertas de cristal estaban cerradas y había un telefonillo a un lado. Sólo entrada permitida.
—De acuerdo.
Sacó un clip sujetapapeles y un imán del bolsillo de sus pantalones cortos. En doce segundos había abierto la puerta y entrado en el edificio.
Se paró en el tercer piso frente a la primera de las dos posibilidades. Llamó a la puerta y esbozó una sonrisa levemente torcida para la mirilla.
—¿Rob?—llamó—. ¿Robby?
La puerta sonó y se abrió. Un hombre moreno de aspecto cansado, que rondaba los treinta y cinco años, la miró fijamente.
—Aquí no vive ningún Robby —dijo.
—¿No? Estoy segura de que es el número de apartamento que me dio —profundizando la sonrisa, se apoyó contra el marco de la puerta.
Detrás del hombre en la televisión se veía una canción cantada por los teleñecos bailarines. Cuando se arriesgó a echar un vistazo en las profundidades de la estancia principal, una versión más bajita del hombre pasó tambaleándose por delante de la puerta.
—Pues sigue sin vivir aquí ningún Robby.
—De acuerdo. Siento haberle molestado. Le llamaré.
Retrocedió y el hombre cerró la puerta. Uno menos, quedaba otro más en ese edificio. Y luego estaban el apartamento y los tejados. Contó diez puertas, se detuvo y llamó de nuevo.
—¿Hola? ¿Robby?
Nada.
Paula esperó unos segundos, a continuación volvió a llamar.
—¿Rob? ¿Estás bien? Creía que habíamos quedado en vernos esta noche, bombón. —Aquello sonaba bastante inofensivo, decidió. Si uno se tropezaba con un chiflado o un acosador, nadie en su sano juicio abriría la puerta.
El apartamento estaba completamente en silencio al otro lado de la puerta. La ventana se veía oscura desde la calle, pero eso no significaba nada necesariamente. Con todo, no podía marcharse sin echar un vistazo dentro.
—De acuerdo, Robby —dijo en voz alta—. Espero que no estés desnudo porque voy a utilizar mi llave. —O un clip sujetapapeles.
Entró en la oscura habitación familiar y cerró rápidamente la puerta. Si había alguien al acecho, no quería que se viera su silueta a contraluz desde el pasillo. Durante largo rato se quedó inmóvil, escuchando, a continuación sacó un par de guantes de piel del bolso y se los puso.
A esas alturas de su carrera había desarrollado un don para palpar sus alrededores y su instinto le decía que no había nadie en la casa. Con las luces apagadas sorteó el sillón y la mesita de café, deteniéndose para ojear la pila de correo que había sobre ésta y reparando sutilmente en el nombre del destinatario, Al Sandretti, antes de encaminarse hasta la ventana.
Si aquélla hubiera sido su casa, habría puesto una docena de macetas con plantas, probablemente unos helechos y algunas orquídeas, en el ancho alféizar. Pero Al Sandretti lo había dejado vacío. Bueno, no del todo vacío, se percató cuando giró la manivela para abrir las persianas de madera algunos centímetros. La luz de la calle se filtró para revelar una cámara colocada en un extremo del alféizar.
En vez de cogerla, tocó las persianas con los dedos y miró hacia la calle. Una pausada emoción le recorrió los huesos. El ángulo encajaba a la perfección con la fotografía de Leedmont.
—¡Bingo! —susurró.
Paula cogió la cámara. Era de película de 35 milímetros en vez de digital y eso le sorprendió. Pero probablemente carecía de importancia la facilidad con la que el fotógrafo podría publicar fotografías digitales en Internet, si tan sólo le preocupaba conseguir un cheque. Por supuesto, el tipo podía tener fobia a la tecnología, pero los motivos para ello no venían al caso.
Lo único relevante en ese momento era que la película significaba un número finito de copias y un juego de negativos. Dejó la cámara y se dispuso a registrar.
Era un espacio bastante reducido y la búsqueda tan sólo le llevó unos minutos. Hiciera lo que hiciese el tipo para ganarse la vida durante el día, mantenía organizado el material para su trabajo nocturno. El armario archivero de dos cajones del dormitorio estaba cerrado, pero no tardó más que un segundo en abrirlo. Unos cincuenta archivos, pulcramente ordenados alfabéticamente, cada uno de ellos con un número diferente de fotografías y negativos, llenaban ambos cajones.
Obviamente el fotógrafo acudía a una tienda de revelado en una hora y hacía copias dobles o triples. Leedmont había estado en lo cierto: algunos de los archivos contenían anotaciones de tres, cuatro e incluso cinco pagos distintos.
Por lo visto Al Sandretti se limitaba a enviar demandas regulares hasta que una víctima se cansaba de pagar.
Ignoraba si la esposa de la víctima entraba o no en el juego después de eso.
Aunque no le suponía ningún problema que un tipo fuera estafado por engañar a su ser amado, al menos la mitad de las fotografías que veía fácilmente podrían haber sido un montaje como la de Leedmont. Y tanto si Sandretti llevaba a cabo sus amenazas como si no, sería prácticamente imposible para la víctima negar haber tonteado con una prostituta y que alguien le creyera.
Pau frunció los labios.
—¡Qué demonios! —decidió, y comenzó a vaciar todos los archivos en uno. Ahora ella era uno de los tipos buenos. Y, además, aquello era simplemente rastrero.
Concluido aquello, cerró de nuevo el cajón con llave, tomó la abultada carpeta que había sacado y se encaminó hacia la puerta. Pau dio un pequeño paso atrás, esbozando una sonrisa cuando salió del ascensor un alto y bronceado aspirante a Schwarzenegger.
—Hola, nena —farfulló, fijándose en su pecho al pasar por su lado.
—Hola —respondió tímidamente, desviándose a un lado hacia el ascensor para resguardar parcialmente la carpeta de la vista del hombre. A menos que todos sus instintos estuvieran equivocados, aquél era Al Sandretti. ¡Uy! ¿Quién iba a pensar que el Increíble Hulk era real?
Normalmente no se tropezaba con sus víctimas al salir de sus casas. El encuentro hizo que su adrenalina se disparara mientras corría de nuevo hacia el Mustang.
Todo el trabajo había resultado demasiado fácil. Había previsto tener que vigilar el apartado postal de correos y realizar algo más de trabajo detectivesco para encontrar el archivo de fotos en formato bmp o el negativo.
Dejó la carpeta en el asiento del pasajero a su lado y arrancó el coche. Leedmont iba a ponerse contento; y ella acababa de ganar diez de los grandes.
No estaba mal para una noche de trabajo, según su opinión.
Miércoles, 7:18 a.m.
El gran tiburón blanco emergió bruscamente sobre la superficie del agua turbia, directamente hacia ella. Los ojos de Paula se abrieron de golpe y se incorporó, un grito se alzaba en su garganta. Al escuchar la banda sonora de Tiburón sonando en la mesilla de noche, reprimió el chillido y agarró el teléfono.
—¡Joder! —farfulló, descolgándolo—. ¿Sabes qué hora es?
—¿Querías o no que hiciera algunas preguntas por ti, bizcochito?
Respondió la voz de Bobby LeBaron. Se apartó el cabello revuelto de los ojos, mirando a su alrededor en busca de Pedro aunque probablemente éste ya estuviera trabajando en su despacho.
—¿Qué has averiguado?
—Lo primero es lo primero, Chaves. Esto tiene un precio.
—Te dije que valdría cien pavos.
—Aja. El amorcito de Pedro Alfonso puede pagar mil pavos por lo que yo tengo.
Paula exhaló. Codicioso hijo de puta. Con todo, ya había jugado antes a ese juego.
—Doscientos, o ve a vendérselo a otro.
Él hombre vaciló. Pau podía prácticamente escuchar los engranajes girar en su cerebro.
—Quiero el dinero por adelantado.
Bueno, la cosa no iba a ponerse mejor.
—¿Estás en la tienda?
—Sí. Algunos trabajamos temprano.
—Y algunos trabajamos hasta tarde. Estaré allí en media hora.
—Utiliza la puerta de atrás. No abro hasta las diez.
Paula cerró el teléfono y buscó algo de ropa en el armario. Cualquiera que fuera la información, ya era hora de que algo saliera bien. Con sospechas o sin ellas, necesitaba esa dichosa prueba con la que Castillo no paraba de darle la tabarra.
Se cepilló los dientes y se recogió el pelo en una coleta, luego recorrió el pasillo hasta el despacho de Pedro.
—Buenos días —dijo, asomándose.
Él levantó la vista del ordenador.
—¿Es más tarde de lo que pienso o algo anda muy mal? —preguntó, echando un vistazo al reloj.
—No pasa nada —dijo, acercándose para darle un beso en su ondulado cabello negro—. Tengo que realizar el seguimiento de una cosa.
—¿Una pista?
—Tal vez. Seguramente también me pase por la oficina, así que te veré más tarde.
Pedro le aferró la mano cuando pasaba por su lado.
—¿Necesitas un compinche?
—No. Sólo es cuestión de conversar. —Genial. Pedro le preguntaba en vez de exigirle. El corazón le dio un divertido vuelco. Segura como estaba sobre sus sentimientos, el hecho de que hubiera comenzado a hacer concesiones a su extraño modo de vida parecía algo… bueno. Le besó de nuevo, esta vez en su sensual boca—. Llamaré para que sepas que no me he muerto.
Con una veloz sonrisa Pedro regresó a su ordenador.
—Eso estaría bien. Llévate el SLR.
Paula estacionó en una de las plazas del área de carga en la parte trasera de la zona de comercios adosados. El SLR no era el coche más discreto del mundo, pero no tenía pensado quedarse mucho tiempo.
Llamó suavemente a la blanca puerta de metal.
Considerando que Bobby tendría, de hecho, que levantarse para atender su llamada, no le sorprendió tener que esperar casi tres minutos antes de que el pomo se moviera y la abriera.
—Muy bien, ¿qué tienes? —preguntó, colándose en la trastienda y poniendo un par de pasos de distancia entre el perista y su persona.
Jadeando, éste cerró la puerta y se apoyó contra ella. A Pau le incomodó aquello; su sola corpulencia hacía de él una barricada temible. Las ventanas y la puerta de delante estaban atrancadas, pero en caso de emergencia seguramente podría arrojar un televisor y salir. Jamás la atraparía en la calle.
—¿Dónde está la pasta? —preguntó.
Sacando el fajo del bolsillo de su liviana chaqueta, lo dejó sobre un armario.
—Aquí mismo. Pero no te lo quedarás si no me gusta lo que tienes que decir.
—Ah, claro que te gustará. Estás buscando un Van Gogh auténtico, ¿no? ¿Nenúfares azules?
«El mismo.»
—¿Dónde lo has visto?
—No lo he visto. Recibí una llamada. Un tipo con una de esas voces alteradas artificialmente tipo Darth Vader buscaba nombres de peristas que pudieran manejar esa clase de mercancía.
—¿Y qué le dijiste?
Él extendió una rolliza mano.
—La pasta primero, pastelito.
Dado que había identificado el Van Gogh, su información era probablemente fidedigna. Se lo entregó con el ceño fruncido, esquivando sus dedos cuando él trató de sujetarle la mano.
—Habla, Bobby
—Ya sabes, estaba pensado. Alfonso tiene un montón de objetos de valor. Podríamos pensar en algo para recolocarlos. Sería pan comido. Y tú seguramente podrías vaciar media casa antes de que él se diera cuenta.
Paula cruzó los brazos a la altura del pecho.
—Sabes, el dinero era por la información, pero patearte el culo es gratis.
—Vale, de acuerdo. Le dije que posiblemente podría ayudarle si se pasaba por aquí antes de las nueve.
Echó un vistazo a su reloj. Eran casi las ocho en punto.
—Muy bien. No te importa que me quede por aquí, ¿no?
—Claro que sí. No eres buena para el negocio, Chaves. Los tipos con los que me muevo saben que te has reformado. Escóndete donde quieras, siempre que nadie te vea. No quiero que te vean.
—De acuerdo. ¿Va a venir por la puerta trasera o por la principal?
El se encogió de hombros.
—Yo qué sé. Piérdete.
—Quítate de en medio.
Con un gruñido divertido Bobby se hizo pesadamente a un lado. Pau agarró el pomo de la puerta y la abrió antes de que éste pudiera cambiar de opinión.
—Resulta extraño, ¿no? —dijo Bobby a sus espaldas.
—¿El qué?
—Que ahora no te quiera la escoria con la que antes no te relacionabas por ser demasiado buena para ella.
Ella se dio la vuelta para mirarlo a la cara.
—Tú has aceptado mi dinero, Bobby. Si me delatas a este tipo, no vas a estar muy contento conmigo.
El SLR no podía quedarse, pero no estaba segura de dónde podía aparcarlo para que siguiera allí cuando fuera a por él.
La próxima vez que saliera en busca de los malos se llevaría un maldito coche menos llamativo y mucho menos valioso.
Finalmente optó por aparcarlo detrás de la gasolinera de la esquina. Era un lugar menos idóneo para seguir de cerca a alguien, pero no contaba con demasiado tiempo para planearlo.
A las ocho y cuarto escaló por la tubería junto a la puerta trasera de Bobby y se afianzó sobre el plano tejado. Allí arriba hacía calor aun a tan temprana hora de un día de primeros de enero y se quitó la chaqueta, utilizándola para apoyar los codos en ella. Alcanzaba a oler los bollos recién hechos de la cafetería que había a un extremo del centro comercial y el estómago le gruñó a modo de respuesta. Pero, habida cuenta de que las indicaciones de Bobby habían sido «antes de las nueve», tenía que quedarse donde estaba.
A las ocho y veinte pasadas, un Chevy del 84 se detuvo delante de la parte trasera de la tienda. No reconoció al tipo que se bajó, pero Pau se relajó de nuevo cuando éste alargó la mano al asiento de atrás y sacó un televisor. Por lo visto Bobby realizaba la mayoría de sus actividades como perista antes de su horario normal de trabajo. Estupendo. Siempre y cuando la policía no apareciera y la encontrara
vigilando en el tejado, le traía sin cuidado lo que él hiciera.
El tipo del televisor se marchó escasos minutos después sin el aparato y Pau se volvió a acomodar.
Eran pasadas las nueve menos veinte cuando otro coche entró en el área de carga. Paula se inclinó sobre el borde del tejado para echar un vistazo. Un reluciente BMW negro.
Muy bien, eso era interesante. El coche no encajaba más de lo que lo hacía el suyo.
El vehículo redujo la marcha, luego pasó por delante de la tienda de televisores y dio la vuelta hasta la parte delantera.
Alguien estaba nervioso. Arrastrándose a cuatro patas, se acercó poco a poco hacia la parte de delante del tejado. El BMW llevaba las ventanillas tintadas y Pau pudo únicamente distinguir que había una sola persona en el asiento delantero.
Al cabo de dos minutos, la puerta del conductor se abrió unos centímetros, luego un poco más. Pau contuvo el aliento. Aquél era el tipo. Quienquiera que se apeara del coche era quien había acabado con la vida de Charles Kunz.
De su cintura comenzó a sonar Raindrops Keep Falling on My Head. A todo volumen.
«¡Mierda, mierda, mierda!» Agarró el teléfono y lo apagó.
Cuando lo hizo la puerta de abajo se cerró de nuevo de golpe. El BMW arrancó y dio marcha atrás. Acababa de joderla.
Consiguiendo ponerse en pie con dificultad, se balanceó sobre la angosta cornisa y saltó al suelo. Echó a correr hacia su coche, pero el BMW había desaparecido rumbo oeste por el bulevar. Había cogido el maldito número de la matrícula, pero también había visto la pegatina de la empresa de alquiler del parachoques. Quienquiera que tuviera el Van Gogh sabía algo sobre cómo protegerse.
—¡Joder! —gruñó, arrojando el teléfono móvil al asiento del pasajero. Por eso mismo no llevaba teléfono cuando estaba trabajando.
Ahora tenía que decidir si le pasaba o no el número de matrícula a Francisco, lo cual sería una decisión difícil de tomar teniendo en cuenta que, a menos que delatara a Bobby LeBaron, no había nada ilegal o sospechoso en que alguien condujera hasta una tienda de reparación de televisores. Entretanto, ahora tenía que colarse en la oficina de una empresa, a menos que se le ocurriera algo más efectivo. Todo aquello se ponía cada vez mejor.
Así que Paula había decidido utilizar a Daniel y a Patricia para ayudarse a resolver su rompecabezas. Pedro frunció el ceño mientras se sentaba al escritorio frente al fajo de documentos que acababan de llegar de Londres. Esta maldita apuesta había sido ideada para enseñarle una lección a Pau, no para proporcionarle los medios para volverle loco.
Exhaló. En el mejor de los casos, no estaba acostumbrado a sentarse a esperar que una situación se resolviera por sí sola. Cualquier otra cosa que tuviera en el plato, ayudar a Castillo y al Departamento de Policía de Palm Beach, no sería hacer trampa; simplemente sería dar buen uso a su vasta experiencia, recursos y contactos.
Si Paula pensaba que Daniel tenía información en su poder, entonces también Laura podría saber algo útil. Y, además, ella poseía un negocio inmobiliario y él había prometido ayudar a Patricia a encontrar un lugar en Palm Beach. Con una lúgubre sonrisa sacó su Palm Pilot, buscó el número telefónico de la agencia de Laura y le dejó un mensaje para que le llamara. Paula no era la única que podía poner en práctica el juego del encanto.
—¿Pedro? —Paula asomó la cabeza en la habitación a tiempo que llamaba al marco de la puerta.
—Entra —dijo, cerrando la Palm Pilot y metiéndola en el cajón de su escritorio. Contempló sus pantalones vaqueros cortos y la camiseta verde que llevaba—. ¿No vas a trabajar?
—No. Sanchez tiene una cita, y yo… sólo quería el resto de día libre.
El se puso en pie, sumamente consciente de la callada tristeza que traslucía su voz. Una ladrona con más compasión que la mayoría de los supuestos amigos e incluso la familia de Kunz. Y con papeleo o no, su trabajo se tornó de pronto en intentar animarla.
—¿Una cita? ¿Walter?
—Bueno, sí —sonrió—. Le he prestado el Bentley.
—¿Le h… ? Es tu coche.
—Y que no se te olvide, querido. —Dirigió la mirada hade su aparador—. ¿Por casualidad no tendrás un pedazo grande de papel cuadriculado?
—Imagino que sí. —Fue hasta su armario de suministros y rebuscó en él hasta que dio con una libreta a medio usar—. ¿Estás haciendo un esbozo detallado del despacho de Kunz?
—Qué buena idea. Eso haré. —Le dio un besito en la mejilla al tiempo que le quitaba el cuaderno—. Gracias.
—¿Para qué lo necesitabas antes de que yo te diera esa brillante idea?
—Para la zona de la piscina. Se me ocurrió hacer algunos bosquejos y ver algunas revistas de jardinería.
—Ya sabes que puedes contratar a un arquitecto paisajista.
Ella le lanzó una sonrisa.
—¿Estás seguro de que no quieres darme un lugar en el que no puedan verse los resultados?
—Confío en ti. Sólo decía que…
—No, me parece que hoy es un buen día para mirar flores. Todo eso de la «normalidad» de lo que hablabas. Creo que puedo plantar sin que tú estés merodeando. Puedes venir para llevarme el bolígrafo, si quieres.
Paula le estaba invitando. Aquello no sucedía muy a menudo, y Pedro contaba cada ocasión como si se tratase de una preciosa pepita de oro.
—Tengo que ponerme al habla con Tomas y, después, dalo por hecho.
—De acuerdo. Estaré junto a la piscina.
***
Pau colocó el fajo de revistas de jardinería sobre una de las mesas de hierro forjado junto a la piscina y dejó una lata helada de Coca Cola Light al lado de éstas. Tenía algunas ideas sobre lo que quería hacer, pero considerando que aquélla era su primera incursión en la jardinería y que Pedro utilizaba Solano Dorado como lugar de reunión así como atracción turística —y que cada habitación interior del ala oeste tenía vistas a la piscina—, su única intención era la de remover las malas hierbas sin contar antes con la aprobación tácita por su parte.
Sin embargo, cuando se sentó y abrió la libreta de papel cuadriculado la otra sugerencia de Pedro hizo mella en ella.
Todo poseía un significado, y en el despacho de Kunz había habido pruebas en abundancia, independientemente de si la policía las tenía o no en consideración.
La policía. Que el escenario del homicidio estuviera abierto al público menos de una semana después del suceso y antes de que se hubiera nombrado a algún sospechoso resultaba, de por sí, algo extraño. Sabía por experiencia que el Departamento de Policía de Palm Beach estaba acostumbrado a tratar con ricos y famosos y que habitualmente se mostraban protectores y respetuosos, pero ese caso era de Castillo, y a él se le daba bien lo que hacía.
Dios, a punto había estado de «pillarla», en una ocasión.
Dibujó pausadamente lo que recordaba de la pared en cuyo interior se encontraba la caja fuerte. No había recibido ningún tipo de educación formal en arte, pero había pasado la mayor parte de su vida entre célebres obras de arte, y en numerosas ocasiones le habían dicho que poseía talento.
Aquello le hacía bastante gracia; una ladrona de arte que sabía dibujar.
Lo más valioso era su memoria casi fotográfica, y tenía más que una ligera impresión de que ése era el motivo por el que hoy estaba tan preocupada. Había visto algo, y hasta que no comprendiera de qué se trataba, aquello continuaría reconcomiéndola.
El esbozo a lápiz de la pared y el grabado del Renoir no le decían nada, de modo que pasó al escritorio y al aparador, recreando sobre la página lo que había visto en persona unas pocas horas antes. Hizo una pausa y comenzó a trabajar en la caja que contenía la figura de Giacometti.
«Aguarda un momento.»
Si en efecto aquel era un prototipo para Mujer en pie, la obra más famosa de Alberto Giacometti, probablemente valdría cerca de un millón. Con toda franqueza, a menos que alguien estuviera familiarizado con Giacometti, no parecía demasiado impresionante, pero ella lo había reconocido, y asimismo lo habría hecho un ladrón lo bastante bueno como para no dejar signo alguno de su entrada o salida. A juzgar por lo que Daniel había dicho, no estaba incluido en ninguno de los informes de la aseguradora. Eso haría que fuera mucho más sencillo traficar con ella. Además, había estado a plena vista de todos, sin ninguna alarma conectada a ella, durante el robo y el asesinato.
Sin embargo, el asesino había optado, en cambio, por tomarse el tiempo de forzar la caja fuerte y robar el dinero en metálico y las joyas bien documentadas, y los mucho más reconocibles Van Gogh y O'Keeffe. Interesante y no demasiado brillante. Considerando el desconocimiento por parte de Daniel del valor de la mujer, dejarse olvidado aquello no decía mucho en favor de su inocencia. Se preguntó si Laura tenía más conocimientos sobre arte, moderno o de otro tipo, de los que poseía su hermano.
Por primera vez comprendió que sospechaba concretamente de Daniel. Parecía que debía suponer un gran problema, pero no lo sentía realmente así; era como si hubiera sido consciente de ello en todo momento. A menos que él hubiera contratado a alguien para que matase a su padre, su ignorancia en arte tornaba lógicas las circunstancias del crimen. Casi todo el mundo conocía a Van Gogh y a O'Keeffe, y el valor de los rubíes y el dinero en metálico era obvio.
Lo que necesitaba era a alguien con algo más de entendimiento acerca de la familia Kunz. Echando un vistazo por encima del hombro para ver si Pedro se aproximaba o no, desenganchó su teléfono móvil del cinturón y marcó.
—Hola —respondió la lánguida suave voz sureña después de un tono.
—Andres, soy Paula Chaves. ¿Puedes hablar?
—Nunca nadie ha sido capaz de impedirme hacerlo antes, cariño. Pensé que estarías en el velatorio. Te he estado buscando.
—¿Sigues ahí?
—Jamás me pierdo una fiesta, sean cuales sean las circunstancias.
—Lo siento. Entonces, te llamaré más tarde.
—Espera un segundo. —Ella aguardó, escuchando el eco de voces y algún tipo de música reggae sonando de fondo.
Mmm, había creído que Charles era más de los que apreciaban la música clásica. Pero no mucho en el funeral o el velatorio le había parecido típico de él—. De acuerdo, señorita Paula —prosiguió un momento después—. Estoy en la biblioteca.
—¿Solo? —le urgió. Si alguien escuchaba su conversación, ella perdería cualquier ventaja que tuviera con Daniel y su libido.
—Dudo que la mayoría de invitados sepan dónde está la biblioteca. ¿Qué te preocupa?
—¿Cuál es el objeto más famoso que poseen los Kunz?
Él guardó silencio durante un momento.
—Diría que los rubíes Gugenthal. Charles tiene… tenía, un Manet en la sala de la planta de arriba, pero no lo mostraba demasiado.
—Pero a ti te lo mostró.
—Pensó que yo lo apreciaría. Y lo hice.
—¿Y cuál era el objeto de mayor valor de la familia?
—Los rubíes. ¿Tienes algún sospechoso en mente? Esto se está poniendo muy emocionante.
Ella sonrió ampliamente ante el entusiasmo que traslucía la voz del hombre. Al parecer Andres Pendleton había estado verdaderamente privado de estímulo intelectual.
Probablemente Charles no había tenido tiempo de mostrarle a su amigo sus nuevas adquisiciones. Ahora éstas le pertenecían a otra persona; a alguien más interesado en el color del dinero que en la verdad y en la belleza.