sábado, 10 de enero de 2015

CAPITULO 76




La entrada del club Everglades estaba atestada de limusinas, formando un embotellamiento de doble fila de casi un kilómetro de longitud. Paula observó a través de los cristales tintados mientras se aproximaban a la alfombra roja y al paseíllo acordonado. Prensa y espectadores se alineaban en la calle y a lo largo de toda la entrada.


—No creía que fuera tan prominente —farfulló, comenzando a pasarse los dedos por su esmeradamente arreglado cabello y deteniéndose seguidamente.


—Es el primer evento de la temporada, propiamente dicho, ¿recuerdas? —respondió Pedro, tomando sus nerviosos dedos y dándoles un apretoncito—. Los que fueron, son y serán estarán todos aquí. Ya lo sabías.


—Sí, así es. Lo que sucede es que las cámaras están aquí también.


—Acabarás por acostumbrarte a ellas. En cualquier caso, ahora todos saben quién eres. Otra fotografía no empeorará las cosas.


—Ha dicho el «Súper Hombre Fortaleza» —respondió, concentrándose en respirar hondo.


—Eso es en privado. En público, esto es lo que sucederá.


Así sería mientras estuviesen juntos. Y renunciar a él por un puñado de molestos fotógrafos y reporteros parecía el colmo de lo absurdo. Además, tal como él había dicho, el daño ya estaba hecho. Su imagen había salido en People e incluso en el boletín de su club de fans, por el amor de Dios. Y las amorosas chicas ardientes de Pedro publicaban con regularidad su fotografía, con bigote y cuernos incluidos, en la página web. Lo único que podía hacer ahora era utilizar su supuesta fama en su provecho y conseguir algunos clientes, comenzando por esa noche.


—¿Y cómo es que yo pude conseguir invitaciones y tú no?


—Podría haberlo hecho —protestó él—. Lo que pasa es que te me adelantaste.


—Aja. Claro. Continúa repitiéndote eso.


Él se inclinó hacia delante.


—Ruben, déjanos aquí.


El chófer asintió sin volver la vista hacia ellos.


—No hay problema, señor Alfonso.


Pau le miró, horrorizada.


—¿Aquí? Hay un buen paseo hasta el club.


Pedro tuvo la mala educación de reírse de ella.


—No voy entrar en el juego del famoseo, luchando por hacer una entrada espectacular. Quiero entrar y bailar contigo.


—Estupendo.


Finalmente se abrieron paso entre la multitud de espectadores hasta las austeras puertas. A pesar de estar molesta con él por hacerla desfilar por la acera, Paula tuvo que darle algunos puntos a Pedro por simular no reparar en que le apretaba la mano con la suficiente fuerza como para romper una piedra, o que la sonrisa de cara al público fuera más falsa que las domingas de la top–model que iba delante de ellos.


Si ella podía escuchar las numerosas voces provenientes de ambos lados de «Ooh, es Pedro Alfonso» y «¡Mira, es Pedro Alfonso!», también podía hacerlo su acompañante. Pero la atención de Pedro parecía dividirse únicamente entre las puertas y ella.


—¿Qué tal lo llevas? —murmuró.


—Creo que esas chicas de la izquierda con pancartas son miembros de Las chicas de Pedro —respondió, en gran medida por ver si podía desconcertarle.


—También tú, ya que recibes el boletín.


Pau sonrió. No podía evitarlo, aun cuando el grueso de flashes de las cámaras se incrementó en respuesta.


—Eso es cierto. Oh, señor Alfonso, está tan bueno, fírmeme la teta, ¿sí?


Él se inclinó sobre ella, besándole en la oreja.


—Voy a follarte toda la noche —le susurró.


Una serie de escalofríos le recorrió la espalda.


—Debo ser socia de lujo del club.


—Ah, sí que lo eres, Paula. Sí que lo eres.


Cruzaron las puertas hasta las frías profundidades del club. 


Después de llevar tres años en Palm Beach, se había acostumbrado a ver los rostros en el periódico, pero resultaba un poco raro tener a ex presidentes, ejecutivos de cosméticos, magnates del petróleo, actores y modelos codeándose entre sí. Y aún más raro resultaba cuántos de ellos conocían y buscaban a Pedro para saludarle o intercambiar unas palabras sobre asesoramiento financiero.


—Me pregunto cuántos de estos tipos pertenecen a tu club de admiradores —murmuró, alargando el brazo para tomar una copa de champán y entregarle otra a él.


—Sí, bueno, espero que hayas notado cuántos de estos hombres te miran a ti —respondió, dirigiendo su célebre sonrisa a otro más de sus conocidos.


Pau se había percatado de las miradas a sus pechos y de las expresiones apreciativas a su rostro y su culo. Quienes no sabían que era Paula Chaves, experta en seguridad y actual pareja de Alfonso, probablemente se preguntaban quién era.


Pedro se le había conocido por salir con actrices y modelos y, aunque ella no podría encuadrarse exactamente en esa categoría, hacía deporte, después de todo. De pronto le vino algo a la cabeza.


—¿Hay aquí alguna de tus ex novias?


—Sin duda. ¿Por qué?


—Qué se yo. Se me ocurrió que podríamos comparar notas o algo así.


Él frunció el ceño.


—Ni se te ocurra.


Así que había encontrado un tema delicado. La verdad era que había logrado pasar tres meses en Inglaterra sin tropezarse con su ex esposa, Patricia, pero claro, tampoco es que hubiera estado impaciente por conocer a la dama. Y a menos que estuviera terriblemente equivocada, suponía que tampoco Pedro hubiera esperado aquello con ilusión.


—Ahí está Charles Kunz —murmuró un momento después, señalando con la cabeza hacia una de las tres barras—. ¿Quieres que te lo presente?


Una sorprendente ráfaga de nerviosismo se apoderó de ella. 


Había realizado un par o tres de consultas sobre seguridad para Pedro y sus colegas en Inglaterra, pero si no la cagaba, Kunz sería el primer cliente oficial de Chaves Security. Paula se contuvo de fruncir el ceño. Necesitaba un nombre con más gancho.


—No, ya me ocuparé yo —dijo—. Además, la chica de la puerta que viste esas tiritas blancas transparentes no te ha quitado el ojo de encima desde que entramos. Deberías saludarla antes de que el vestido se le caiga del todo.


Liberó la mano, pero Pedro la agarró del brazo.


—Me acercaré a verte dentro de unos minutos. —Sus ojos azules se cruzaron con los de ella—. Buena suerte, Paula.


—La suerte es para los idiotas, inglés, pero gracias.


Tragando saliva, se encaminó entre el resplandor y el perfume hacia el hombre de hombros erguidos que sostenía un vaso medio lleno de licor.


—¿Señor Kunz? —aventuró, deteniéndose frente a su último objetivo, cliente potencial, y reparando, a juzgar por el leve olor en su aliento, en que su bebida era vodka. El brebaje predilecto de su difunto padre.


No era mucho más alto que ella, y lucía un cuarto de su cabello. A menos que supiera jujitsu o algo similar, seguramente podría ganarle en una pelea. Pero cuando se volvió hacia ella, su acerada mirada castaña revelaba algunas de las mismas cosas que la de Pedro; este hombre acostumbraba a ostentar el control en su mundo, y estaba acostumbrado a ser obedecido. Y también vio algo más: preocupación.


—Paula Chaves —respondió, estrechando la mano que ella le tendía—. La he visto en fotografía.


—Ha habido alguna que otra pululando por ahí —reconoció—. Gracias por hacerme llegar las invitaciones para esta noche.


—Entrada libre o no, sigo esperando que Alfonso haga una donación. Espero que haya traído su talonario de cheques.


—Tendrá que preguntárselo a él, señor —contestó, haciendo un ajuste mental para adaptarse a su actitud directa. Armonizar siempre era la clave—. ¿Prefiere hablar ahora o deberíamos concertar una cita?


—Ahora es un buen momento. Detesto perder el tiempo en estos malditos eventos de sociedad.


—De acuerdo. ¿Por qué no empieza por contarme qué es lo que le preocupa?


La miró durante un momento sin alterar su expresión.


—Tuvo un cara a cara con Ricardo Wallis.


—Sí, en cuanto descubrimos que él estaba detrás del robo de las obras de arte de Pedro.


—Me refiero a que luchó con él físicamente.


Pau frunció los labios, esperando que a su potencial cliente no le fueran las peleas de barro o ese tipo de cosas.


—Empezó él. —También había sido Wallis quien le causó la conmoción cerebral que la retuvo dos semanas en un hospital de Londres.


Kunz sonrió, algo que le pareció no hacía con demasiada frecuencia.


—Conozco los rumores que corren sobre usted —dijo—, y sobre el historial delictivo de su padre y cómo murió en prisión.


—No he ocultada nada de eso.


—No, no lo ha hecho. Pero no termino de creer que nunca haya seguido el mismo camino que su padre.


Ahora Pau se preguntaba si se trataba de alguna especie de triquiñuela de la Interpol.


—Si no confía en mí, señor Kunz, probablemente debería contratar a otra persona.


—No he dicho que no confíe en usted. —Echó una ojeada en torno a la estancia—. De hecho, me agrada lo que ha hecho con su vida. Se necesitan agallas para abrir esa caja y salir de ella, jovencita.


—Gracias. Pero ¿qué le supone esto a usted?


—Se acabaron los cumplidos, ¿eh? Muy bien. Poseo mucho dinero e influencia, y últimamente algunos de mis conocidos se han interesado por ello. Y las personas que trabajan para mí no son capaces de pensar más allá aunque sus vidas, o la mía, dependieran de ello.


Paula asintió.


—¿Depende de ello? Me refiero a su vida.


Tras echar otra ojeada, tomó un pequeño trago de vodka.


—Sí, creo que podría ser.


—Entonces puede que necesite un guardaespaldas. Puedo pelearme con el mejor, pero lo mío son más las medidas preventivas.


—He estado sopesando contratar a un guardaespaldas —respondió—, pero, al igual que usted, prefiero una solución a corto plazo más pasiva.


—Pues yo soy su chica.


—Excelente.


Kunz inhaló, sus estrechos hombros se combaron. Había estado preocupado porque ella le rechazara, comprendió Pau. Mierda. Había abrigado la esperanza de que sus servicios fueran «requeridos», pero que fueran algo «necesario»… aquello hacía que a uno se le acelerara su viejo corazón.


—Mire —dijo, bajando el tono voz tanto como le era posible en una habitación ruidosa—. No soy muy amiga de dar parte a la policía, pero cualquier medida de seguridad que decidamos no va a ser inmediata. Si piensa que se trata de una amenaza inmediata, quizá deba considerar hablar con el Departamento de Policía.


—No, para tener éxito hay que…


—Aparentarlo —concluyó—. He oído el sermón. Y no intento imponerme en esto, pero en mi lista, seguir vivo es lo prioritario. Si…


Kunz se rió entre dientes.


—Apuesto a que es toda una lista, señorita Chaves.


Pau se encontró devolviéndole la sonrisa.


—Llámeme Paula. Y me parece que es consciente de que no bromeo.


—Lo soy. —Cambió el peso de pie, pasando un dedo alrededor del borde de su vaso—. Tal vez deba… hablar con alguien, supongo. ¿Se le ocurre alguien? ¿Alguien en quien confíe?


Había un policía en quien confiaba. Hablando de contradicciones. Con todo…


—Veré lo qu…


Se escuchó repicar una campanilla.


—La cena está servida —anunció un empleado del club vestido con librea.


Un músculo se contrajo en la mejilla de Kunz.


—Maldita sea. Quiero… —Su mirada se movió de nuevo—. Alfonso.


—Hola, Charles —respondió Pedro, acercándose desde detrás de Pau para tenderle la mano.


Kunz se la estrechó.


—Tu señorita Chaves es realmente encantadora.


Pedro sonrió.


—Eso pienso yo.


—Muy bien, caballeros —dijo—. Basta de cumplidos. Todavía tenemos asuntos que discutir, Pedro. Concédenos un minuto.


—No. —Charles la miró fijamente durante un prolongado momento, como si tuviera algo más que quisiera decirle. Ella aguardó, pero el hombre no tardó en aclararse la garganta—. Venga a mi casa mañana a las dos en punto. Quiero poner en práctica algo referente… a lo que hemos hablado.


—Lo haremos. Le veré mañana, señor Kunz.


—Charles. Sí. Hablaremos entonces. —Inclinó la cabeza—. Buenas noches, Alfonso, Paula.


Le observó mientras se dirigía al comedor y fue interceptado por una versión de sí mismo de mayor altura y cabello castaño. El hijo, Daniel, supuso. ¿Qué, quién, era lo que le tenía tan preocupado? Daniel y él parecían bastante colegas, aunque con el gentío de por medio era imposible escuchar su conversación.


Un momento después Pedro le dio un empujoncito en el hombro.


—¿Hambrienta?


Ella se centró de nuevo.


—¿Alguna vez has tenido esa extraña sensación como si alguien caminara sobre tu tumba?


Pedro posó la mano sobre su hombro y la rodeó para situarse frente a ella.


—¿Eso sientes? Entonces no aceptes el trabajo, Pa…


—Yo no —le interrumpió, ignorando por el momento que él intentaba darle de nuevo órdenes—. Él, Charles.


Pedro siguió su mirada.


—¿En serio? Lo que yo creo es que ha bebido demasiado.


Pau observó cómo Daniel colocaba un brazo de modo amigable alrededor de los hombros de su padre y se unían a la multitud que entraba en tropel al comedor.


—Quizá. Aun así quiero hablar de nuevo con él más tarde. Si tengo oportunidad de ello. Algo importante le preocupa.


—Si no le preocupara nada, probablemente no hubiera sentido la necesidad de llamarte.


—Así que estás diciendo que atraigo los problemas.


—Me atraes a mí —dijo a modo de respuesta.Pedro le ofreció la mano—. Vamos, comamos. Al parecer la cena de esta noche va a costarme diez mil dólares, así que pretendo disfrutarla y, además, repetir.


—Supongo —farfulló, tomando su mano—, que al menos cuando uno comienza la noche histérica, la cosa sólo puede ir a mejor.


—Exactamente —respondió, besándola en la frente—. Así que prepárate para consumir trece kilos de ternera de primera y al menos cuatro litros de vi…


—¿Pedro? ¡Oh, Dios mío, eres tú! ¡Pedro! Su mano aferró compulsivamente la de Paula, luego se relajó de nuevo, y su rostro se quedó completamente inmóvil. «¡Mierda!» Fuera lo que fuese, aquello no era bueno. Únicamente había bromeado sobre el tema de las ex novias, por el amor de Dios. Incluso mientras abría la boca para preguntarle si se encontraba bien, él se volvió de cara hacia la cultivada voz femenina.


—Buenas noches, Patricia —dijo afablemente, sonriendo—. Paula, te presento a Patricia Wallis. Patricia, Paula Chaves.


«¿Patricia?» ¿Esa Patricia? Y pensar que a Pedro le había preocupado exponerla a sus ex novias. Pau se dio la vuelta con presteza para echar un mejor vistazo a la ex señora Alfonso.


—Hola —dijo, contemplando el magnífico vestido negro de Vera Wang, los tacones de siete centímetros y medio y la arreglada melena rubia dorada. Había visto su fotografía, por supuesto, pero parecía que tenía mejor aspecto en persona, la muy zorra.


—Hola. Pero qué agradable encontrarte después de todo este tiempo —respondió la suave voz con un refinado acento nativo de Londres. Patricia le tendió la mano.
Paula se la estrechó. El apretón fue un tanto flojo y dubitativo, y Patricia se soltó antes de que ella lo hiciera. 


Estaba nerviosa, decidió Paula, y trataba de no dar muestras de ello. Pero acercarse a su ex cuando estaba en presencia de su nueva amante debía de requerir agallas.


—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Pedro, su rostro y su voz todavía serenos pero la expresión de sus ojos era mortalmente fría. No perdonaba la traición con facilidad.


—He venido para pasar la temporada —respondió Patricia—. Un poco de emoción, ya sabes. Londres es tan aburrido en estos momentos. —Echó un vistazo en derredor, eludiendo su penetrante mirada—. Tengo una especie de… problema. ¿Podría pasarme a verte por la mañana?


Paula esperó que él se negara, pero asintió después de un momento.


—A las nueve en punto —dijo, por primera vez su voz sonó atropellada al final—. Para desayunar.


—Espléndido. —Tras dudar de nuevo, Patricia le posó la mano en el brazo, luego se acercó medio paso y le dio un beso en la mejilla—. Gracias, Pedro.


—Mmm —musitó Pau cuando Patricia se alejó—. Yo no habría…


—No quiero hablar de ello —refunfuñó Pedro en respuesta, nuevamente emprendiendo con ella la marcha hacia el comedor a una velocidad casi turbo.


—De acuerdo. Pero me parece que se ha ido al traste nuestra teoría de que la noche mejoraría.


Antes de que él pudiera responder, apareció una supermodelo que se aferró a su brazo e iniciaron una muy entusiasta conversación sobre las vacaciones invernales en Suiza. Pau también se conocía aquellas vacaciones de invierno, y las joyas que los turistas ricos insistían estúpidamente en acarrear, pero guardó silencio. 


Si Pedro quería que le entretuvieran, a ella no le suponía ningún tipo de problema.


Cuando cruzaron las puertas dobles, Pau alcanzó a ver a unas de las damas de la sociedad desviarse hacia una mesa auxiliar. En un segundo, y con consumado aplomo, un pequeño tintero de cristal desapareció dentro del bolso de la mujer.


—¿Has visto eso? —murmuró, siguiendo con la mirada a la mujer recubierta de diamantes mientras se esfumaba en las entrañas del comedor.


—¿El qué? —preguntó, su tono impaciente y sus pensamientos, sin duda, seguían centrados en su ex.


—Nada.


Mira por dónde. Él deseaba que fuera por el camino recto, en mitad de una sociedad en la que las respetables mujeres de la caridad sustraían baratijas de sus instalaciones. Pau veía ese tipo de cosas todo el tiempo; mujeres, en su mayoría, seguramente desesperadas por llamar la atención o por buscar emociones. Por lo general le divertía, pero esta noche le molestaba… dado que poseía la destreza suficiente como para robar carteras dormidas, se estaba conteniendo, pero la torpe gregaria, adecuadamente casada, podía mangar cualquier cosa que no estuviera sujeta, y sin consecuencias. Hipócritas de mierda.


No era que quisiera autorización para mangar ceniceros, no quería acabar con una pequeña y pulcra colección de llamativas baratijas y llamar a eso su nueva vida. Cuando Pedro la condujo a su asiento y luego se sentó a su lado, pasó un momento estudiando su expresión distante. 


Había otros modos de traicionar a alguien aparte de ponerle los cuernos, y se preguntó si él se daba cuenta de lo cerca que a veces ella se sentía del borde del abismo. Y si la perdonaría si cometía un desliz.




viernes, 9 de enero de 2015

CAPITULO 75



El evento en el club Everglades era una fiesta de beneficencia que se componía de cena, baile y copas, un acto anual que marcaba el inicio de la temporada invernal de Palm Beach. Dado que Pedro raramente se encontraba en la ciudad en tan tempranas fechas, jamás antes había asistido. De hecho, no le agradaban particularmente las anticuadas restricciones de afiliación y nunca había solicitado unirse al exclusivo club Everglades. Cuando estaba en Florida, trabajaba la mayor parte del tiempo. 


Hasta ahora, por lo visto. Y había estado tentado de señalarle a Paula que no sólo había sido su vida la que había quedado patas arriba durante los últimos tres meses.


El proyecto Kingdom Fittings, por ejemplo, le estaba ocupando mucho tiempo, sobre todo ahora que se veía en la necesidad de trasladar la reunión con la junta directiva de Londres a Palm Beach.


No cabía la posibilidad de darles largas, mucho menos desde que algún visionario les había autorizado a aceptar o vetar cualquier oferta de compra. Con todo, aquello era un desafío, y al parecer era incapaz de resistirse a ello.


Recién pasadas las seis salió de su despacho de Solano Dorado y se dirigió arriba para cambiarse. Paula no estaba en la habitación, pero había dejado su camisa y sus vaqueros de costumbre pulcramente doblados y los zapatos bajo la mesilla de noche de su lado de la cama; Pedro aún no había sido capaz de sacarle de la cabeza la idea de que podría verse en la necesidad de huir en mitad de la noche.


Se puso el traje y entró en el baño para anudarse la corbata negra con una mejor iluminación. Paula le había dejado una nota pegada en el espejo.


«Estoy en la piscina.»


Un calor eléctrico le recorrió la espalda, transformando su frustración de trabajo en algo más caliente y menos tangible, y mucho más personal. No era más que una maldita nota, pero significaba que ella había tenido en cuenta que la buscaría, y que deseaba que la encontrara.


Tras echar una mirada por encima del hombro, retiró la nota y se la guardó en el bolsillo del pecho. El mundo le consideraba un ejecutivo consumado, no quería ni imaginar lo que se reirían de él si llegaba a su conocimiento que guardaba las notitas de su amante.


Tirando por última vez del nudo de la corbata, se fue hasta las puertas de cristal que daban paso a la pequeña terraza y a la zona de la piscina bajo ésta. Las abrió y luego se detuvo largo rato en la terraza, mirando hacia abajo.


Paula había elegido ir de rojo. Sabía que le gustaba amoldarse a las situaciones, y el recto vestido de seda con escote bajo y sin mangas encajaría, sin lugar a dudas, en la animada fiesta de clase alta, pero verdaderamente no veía cómo cualquiera que le echase un vistazo iba a poder apartar la vista sin reparar en ella. Se había recogido su rizado cabello caoba, aunque algunos mechones pendían delante de sus orejas y sobre su frente. Incluso se había puesto pendientes, de clip, naturalmente; le había contado que cuando trabajaba no llevaba ninguna joya, por si algo pudiera caérsele o pudiera identificarla más tarde, habiéndosela visto con ello puesto.


Mientras Pedro se encontraba en la terraza, observándola, ella deambulaba a lo largo del borde de césped con la mirada fija en la mezcla de helechos y azaleas que bordeaban el medio muro.


—¿Qué haces? —preguntó, dirigiéndose escaleras abajo.


Ella se dio la vuelta hacia él.


—¿Iba en serio lo de dejarme replantar aquí? —Su mirada se agudizó cuando se unió a ella junto a la piscina iluminada—. ¡Caramba! James Bond. Estás guapísimo.


—Gracias. Le haré llegar el cumplido a Armani.


—Pero no es el cuello de Armani al que quiero lanzarme en este momento —respondió, sonriendo de oreja a oreja—. No se trata del traje, inglés. —Levantó los brazos y le colocó la corbata, aunque parecía más interesada en pasarle las manos por las solapas.


Si tuviera el poder de elegir momentos que durasen para siempre, éste sería uno de ellos. Le cubrió las manos con las suyas.


—Tú también estás deslumbrante —murmuró.


—Gracias. Lo encontré en Ungaro. Hasta le he cortado la etiqueta para no poder devolverlo.


Pedro le sonrió, esperando que su expresión no se viera tan tontamente ñoña como le parecía.


—Sorprendente. Y sí, haz lo que quieras con el jardín de aquí. A menos que prefieras otra parte.


Ella se puso de puntillas y le besó suavemente.


—No tienes por qué seguir haciéndome regalos. Estoy aquí por ti. No por los Picasso.


—No te gusta Picasso.


—Ya sabes a qué me refiero. Lo único que quiero de ti es tu confianza.


Pedro cambió la postura para tomarla de la mano y conducirla hacia el camino de entrada.


—Confío en ti.


—Hum. Te escucho decirlo, pero…


—Sería más fácil si al menos aceptases algo de lo que tengo.


—Más fácil para ti, quieres decir —señaló.


—Lo único que digo es que no adquirí los Picassos o el Bentley siendo malo en lo que hago. Mi asesoramiento está a tu disposición igual que…


A punto estuvo de decir «corazón». ¡Dios!, Pau le estaba volviendo loco… o se estaba volviendo loco por sí solo.


—¿Tu qué? —insistió, arqueando una ceja y evidenciando claramente con su expresión que no era ajena a lo que había estado a punto de decir.


Pedro tomó como una buena señal que no hubiera dado media vuelta y echado a correr.


—Mi chef —se corrigió.


—Adoro a tu chef —dijo, riendo entre dientes—. Hans prepara los mejores sándwiches de pepinillo de todos los tiempos. Y agradezco que me ofrezcas tu consejo.


Profundamente sorprendido hasta que consideró que Pau no había mencionado que «aceptaba» su consejo, le abrió la puerta del amplio Mecedes–Benz S600.


—De acuerdo, entonces.


CAPITULO 74




Viernes, 8:31 a.m.


Paula, con Pedro sentando a su lado, condujo el Bentley Continental GT hasta Worth Avenue. El coche encajaba a la perfección con la calle y el edificio, y si Pedro no se lo hubiera regalado, se hubiera comprado alguno parecido. Hacía mucho que había aprendido que armonizar con los objetivos —clientes—, era el mejor modo de ganarse su confianza, y en modo alguno podría establecer una firma de seguridad de lujo y seguir conduciendo un Honda Civic. 


Disimuló una sonrisa. Además, el Civic había sido robado, y con la ayuda de Sanchez, por supuesto, había sido abandonado meses atrás.


—¿Vamos al despacho de Tomas? —preguntó Pedro, apoyando un brazo a lo largo del marco de la ventana.


—No, al mío. —Se deslizó hacia un punto libre a lo largo de la calle y estacionó el coche—. Dijiste que querías verlo.


Pedro tenía la mirada fija en el alto edificio propiedad de Gonzales, Rhodes & Chritchenson al otro lado de la calle.


—Sí, pero…


—Vamos. Por aquí —le interrumpió, disfrutando de su confusión. Aquello no sucedía con demasiada frecuencia—. Y nada de consejos empresariales.


—Haré todo lo que pueda. —La siguió al interior del edificio contrario, por el elegante vestíbulo, y a un ascensor de cromo—. Cinco plantas —advirtió, contemplando la corta hilera de botones y encendiendo uno del centro—. El tercer piso es el tuyo.


—No toda la planta.


Él le dedicó una sonrisa.


—Bueno, todavía no.


Ya estaba de nuevo con sus pequeñas provocaciones, tratando de convencerla para que abriera sucursales por todo el mundo y se convirtiera en una especie de reina de la megaseguridad. La idea en efecto la atraía… de cara al futuro, si su carrera dentro de la ley funcionaba.


Por otro lado, si fingía continuar con su tema de la dominación mundial, le proporcionaría una excusa para pasar de cuando en cuando el fin de semana en, digamos… Venecia. Pau se sacudió. Aun disponiendo de la oportunidad de tocar un Miguel Ángel y de ganar otro millón de pavos, no iba a ir a Venecia. No, no, no.


Condujo a Pedro a través de la puerta de la suite y a la desocupada zona de recepción.


—Sanchez está recopilando algunos catálogos de muebles.


Pedro asintió pero no hizo mención alguna mientras iban de un despacho sin amueblar a otro y a la parte posterior de recepción. Pau trató de simular que no le importaba su opinión, trató de fingir que su aprobación, no sólo como empresario multimillonario, sino como su… amante y amigo, no era importante, a pesar de lo que pudiera decirle a él.


—Es una apuesta segura —dijo tras un momento, sonriendo mientras daba una vuelta más alrededor del despacho lateral que Pau había decidido quedarse para ella—. Buen trabajo, Paula.


—Gracias.


Pedro se detuvo ante la ventana.


—Y a Tomas le va a dar un ataque cuando descubra que tu oficina está frente a la suya al otro lado de la calle.


Riendo entre dientes, Paula se acercó a él.


—Eso es lo que pensé. ¿No es genial? Pero no se lo cuentes a Gonzales. Quiero hacerlo yo.


—Aquí tienes, cariño —se escuchó la voz de Sanchez cuando entró en el despacho. Portaba una delicadísima orquídea de color púrpura en sus largos brazos—. Los propietarios del edificio te envían esto como regalo de bienvenida.


—¡Hala! —dijo, tomando la orquídea y no molestándose en simular que no había reparado en cómo Pedro y Sanchez se ignoraban mutuamente—. Un Epidendrum. —Sintió la mirada de Pedro sobre ella—. ¿Qué? —preguntó.


—Había olvidado lo mucho que te gustan los jardines y las flores —respondió él con voz íntima y serena—. Voy a despejar el área en torno a la piscina. Ya toca una renovación, y es tuya.


Paula tragó saliva. «Un jardín.» No se puede vagar por el mundo y tener un jardín. Pedro sabía que siempre había querido tener uno, pero era imposible que comprendiera lo mucho que aquello significaba para ella. Un jardín era equivalente a un hogar.


—De vez en cuando —susurró, tomándole de nuevo la mano con la que le quedaba libre—, puedes ser muy amable.


—De vez en cuando —respondió, acercándola hacia sí—, me permites que lo sea. —Se inclinó con lentitud y la besó suavemente en la boca.


—Ejem —farfulló Sanchez—. He conectado el teléfono y el fax.


«Menuda rapidez.»


—¿De dónde has sacado… —su voz se fue apagando ante el veloz cabeceo de Sanchez—… los números de teléfono? —concluyó.


—Kim los instaló anoche.


Pau echó un vistazo a su reloj. Las diez en punto, probablemente una hora decente para responder al fax de Charles Kunz con una llamada telefónica… una llamada que ahora podía hacer desde su propio despacho. 


Paula le entregó la orquídea a Pedro.


—Gracias, Sanchez. Charlad durante un minuto. Tengo que hacer una llamada.


—Pau…


—Enseguida vuelvo.



Pedro la observó esfumarse en el área de recepción, luego se dio la vuelta de cara a Walter Barstone. Se las había visto con ejecutivos, subordinados contrariados y escurridizos abogados, pero Sanchez era algo nuevo.


—¿Estás disfrutando de tu jubilación?


—En realidad, no. ¿Pau disfruta de la suya?


—Parece hacerlo, sí.


El perista desvió fugazmente la vista hacia la parte delantera del despacho.


—¿Tienes planeado quedarte más tiempo en Palm Beach?


—Evidentemente.


—¿Así que ella va donde quiere y tú la sigues? Eso es…


—Eso no es asunto tuyo —le interrumpió Pedro. Era mucho más complicado, y no tenía la menor intención de hablar con Barstone de que sus negocios se encontraban, esencialmente, allá donde estuviera él. La ubicación significaba influencia y prestigio, pero podía operar desde cualquier parte.


—No te ofendas, pero tienes una vida muy ajetreada. Y Pau es un curro a tiempo completo por sí sola. Es que no tiene mucho…


—No te ofendas —le interrumpió nuevamente Pedro—, pero no creo necesitar tu consejo.


—Pues no…


—Eh, inglés —canturreó Paula, entrando de nuevo en la habitación con afectación para coger a Pedro de la mano—, ¿quieres salir conmigo esta noche?


Pedro no pudo resistirse a lanzarle una mirada engreída a Sanchez por encima de su cabeza.


—De hecho, yo iba a hacerte la misma pregunta. Esta noche hay un acto de beneficencia, una especie de grandioso inicio de la temporada de Palm Beach. Es muy exclusivo, pero si quieres, me informaré si quedan entradas disponibles. Consideré que allí podrías encontrar algunos clientes potenciales.


—¿Es el acto de beneficencia del club Everglades?


Él hizo descender una ceja.


—Sí.

Pau soltó un bufido.


—Ya tengo invitaciones.


Pedro asimiló aquello. No había bromeado al decir que el evento era exclusivo.


—¿Las tienes?


—Sí —le besó en la mejilla—. Yo también tengo contactos, ¿sabes?


—¿A quién demonios has llamado?


—A la secretaria de Charles Kunz. El quiere que nos encontremos esta noche en el club. Son sus invitaciones extra.


—Así que, en realidad, estás utilizando mis propios contactos.


—Tú me lo pasaste.


—Así es.


CAPITULO 73



Y seguía sin ceder un milímetro. Pedro no estaba acostumbrado a disculparse, y sabía que probablemente podría haberlo hecho mejor, pero, maldita fuera,Pau podía reconocerle algo de mérito. Tomando aliento, se concentró en la carretera durante unos momentos, en el modo en que el hormigón y el acero se abrían paso entre las palmeras y la playa mientras cruzaban el puente meridional y en cómo el sol irradiaba calor a través del cristal tintado del Jaguar.


—¿Florida va a ser tu residencia? —preguntó, al fin, tomando el atajo de la carretera principal que conducía a la finca.


Aunque mantuvo la vista fija en la carretera, podía sentir la mirada de Pau.


—Me gusta esto —dijo pausadamente—. ¿Y a ti?


—No habría comprado Solano Dorado de no ser así.


—Pero estás sujeto al tema de los impuestos por lo que sólo puedes pasar diez semanas al año en Estados Unidos.


—Puedo quedarme más tiempo. Lo que pasa es que tengo que pagar más.


—¿Cuánto más?


Pulsó el botón de su llavero y las pesadas verjas de metal de Solano Dorado se abrieron rápidamente. Estas daban paso al largo y serpenteante camino que ascendía más allá de palmeras y bajos setos de plantas tropicales.


—No lo suficiente para mantenerme lejos de ti si deseas mi compañía.


Pau se aclaró la garganta.


—Deseo tu compañía.


Pedro deseaba gritar y cantar y follarla hasta que suplicara piedad, pero en vez de eso aparcó frente a la casa y apagó el motor del coche. «Sé paciente» era su lema en lo tocante a ella, pero a menudo lo anulaba en favor de «disfruta mientras puedas».


—Eso está bien, teniendo en cuenta que encuentro tu compañía muy refrescante.


Reinaldo salió de la casa, pero Pedro llegó antes a la puerta de Paula que el mayordomo y la abrió. Esta vez ella aceptó cuando él le ofreció la mano. Por lo visto Pau había decidido que al menos había dejado clara su postura. Y gracias a Dios, porque si no conseguía ponerle las manos encima en la próxima hora, iba provocarse serios daños corporales.


—Hola, Reinaldo —saludó al mayordomo, sonriendo.


—Señorita Paula.—El mayordomo correspondió a su saludo con un leve acento cubano—. Debo comunicarle que Hans ha hecho acopio de helado de menta y Coca Cola Light.


—¿Está casado Hans? —preguntó, retirándose la mochila del hombro y subiendo parsimoniosamente los llanos escalones hasta las puertas principales.


—Solo con sus entremeses —medió Pedro, sin darle tiempo de reconsiderar su modo de expresarse. «Casado» era una de esas palabras que evitaba, junto con «amor» y la combinación de «futuro» y «juntos». Lo comprendía, y hacía concesiones debido a ello. Conociendo la forma en que se había criado, el hecho de que fuera capaz de admitir que le quería cerca resultaba del todo sorprendente.


Ella se echó a reír, entrando primero al vestíbulo. La alcanzó, la tomó de la mano, recorrió con ella el largo vestíbulo y subieron la escalera a lo que anteriormente habían sido sus dependencias privadas y que ahora eran de los dos.


Pedro cerró la puerta tan pronto estuvieron dentro y se dio la vuelta para atraerla contra su cuerpo.


—Hola —murmuró, inclinándose para besar su dulce boca.


Paula deslizó su mano libre en torno a su hombro.


—Sólo ha pasado un día.


—Y todo un continente. Te echaba de menos, Paula. No puedo remediarlo.


—Es que soy irresistible.


Se fundió en Pedro, rodeándole la cintura con los brazos y el rostro alzado hacia él. Pedro la besó con lentitud, profundamente, deleitándose con la sensación de tenerla entre sus brazos. Siempre que estaban separados pensaba en ella como en una mujer más alta y más robusta, en realidad era más menuda y esbelta, y parecía totalmente inadecuada para la vida criminal que había llevado… y en la que había sobresalido.


La deseaba desesperadamente. Aquélla era una de esas ocasiones en que pretendía disfrutar del momento. 


Deslizando las manos bajo su camiseta rosa con mangas de encaje, Pedro recorrió con las palmas la cálida y suave piel de su espalda, luego enganchó la tela con los dedos y se la quitó por la cabeza.


Cuando acercó la boca a su garganta ella se quedó sin fuerzas y Pedro la tomó en brazos y se encaminó al dormitorio con su enorme cama azul. Con una mano se las arregló para desabrocharle el cinturón antes de que él la depositara en el suelo, y se lo quitó de un tirón mientras él se tendía sobre ella en la suave colcha.


—¿Pedro? —susurró con la voz un tanto trémula.


—¿Mmm? —respondió, desabrochándole el bonito sujetador rosa y desplegando los dedos sobre sus turgentes pechos.


—Me alegra que hayas venido a Florida.


Pedro le desabrochó los vaqueros y se los bajó por las rodillas.


—Yo también.


Ella se terminó de sacar los pantalones de una patada.


—Quiero decir que también te echaba de menos. Un poco. A pesar de que seas un gilipollas.


Desabrochándose sus propios vaqueros, Pedro se los bajó y se tumbó de nuevo sobre ella, hundiendo lentamente la longitud de su miembro en sus calientes y apretadas entrañas.


—¿Sólo me echabas un poco de menos? —acertó a decir, comenzando a embestirla.


—¡Dios! Puede que más… que un poco.


—Bien —gruñendo, continuó con su rítmico asalto mientras ella se aferraba a sus hombros, le rodeaba las caderas con las piernas y salía al encuentro de sus envites. Pau arqueó la espalda mientras dejaba escapar un jadeo y se corrió. 


Con mayor rapidez de lo que deseaba,Pedro sintió como su excitación se incrementaba demasiado como para detenerse, de modo que cedió a sus instintos y embistió con energía y rapidez hasta que alcanzó su propio clímax.


—Voy a tener que dejar de utilizar la palabra «poco» cuando me refiera a ti —dijo entre jadeos, tomando su rostro y posándolo sobre su hombro mientras él se relajaba contra ella.


—Tendré que hacer que escribas el boletín de noticias de mi club de admiradoras —respondió.


—Ah, no te gustaría que hiciera eso.