martes, 6 de enero de 2015
CAPITULO 62
A veces es imposible tomarse un respiro. Pau esperó sentada en una dura silla en la segunda comisaría que visitaba en menos de veinticuatro horas, mientras Pedro
realizaba su declaración con el agente que estaba al cargo.
Le habían creído en lo referente a la pistola de pintura, y ella no había tenido más que dar su nombre… aunque incluso proporcionar tan escasa información le ponía los pelos de punta.
Inglaterra estaba llena de cosas que ella había robado o al menos le habían pedido que trasladara.
A la policía no parecía sorprenderle tanto que alguien quisiera matar a Pedro Alfonso, y Pau recordó lo que previamente él había dicho acerca de recibir amenazas. Al parecer ambos se habían buscado trabajos peligrosos.
Él caminó por entre las mamparas de cristal y metal y regresó a su lado. Pau tuvo que levantarse a abrazarlo, porque se había dado cuenta de lo mucho que había
llegado a confiar en él durante los últimos días y porque lo único que le había aterrado en la limusina había sido que él pudiera resultar herido.
—Debería llevarte a ver a la policía más a menudo —dijo contra su cuello, rodeándole la cintura con un brazo mientras se encaminaban hacia la puerta.
—¿Podemos irnos?
—Por supuesto. Aquí nosotros somos las víctimas. Sin explicación plausible de por qué han tratado de arrojarnos al Támesis.
—Ahora sí que Yale va a pillarse un cabreo de órdago por haberse perdido esto.
Después de brindarle una rápida sonrisa, tomó su escaso equipaje y condujo a Pau hasta el bordillo donde les aguardaba un taxi. Ya había mandado a Ernest a buscar uno, obviamente percatándose de que el pobre hombre no se encontraba en condiciones de conducir. Le dio las señas de su casa en Cadogan Square, se acomodó y la atrajo hacia su hombro abrazándola con cuidado, como si pensara que pudiera romperse.
Paula se sentía como si fuera a hacerlo. Correr riesgo por su cuenta era algo a lo que estaba acostumbrada, pero en todo momento era conocedora de dónde provenían, y sopesaba las probabilidades antes de decidirse a dar o no el salto.
Granadas en la entrada de las puertas y camiones descontrolados era algo nuevo, al igual que la idea de que no sólo era su vida la que estaba en juego, que no sólo debía protegerse a sí misma. Y tanto si era una estupidez como si no, el hombre sentado a su lado parecía decidido a no dejar que se esfumara al amparo de la noche.
—Me temo que estaremos solos en la casa —dijo para romper el silencio—. La policía ya la ha revisado con detectores antiexplosivos, pero no pienso hacer venir a
nadie a mi servicio hasta que esto se resuelva.
—¿Cuándo iremos a ver a Meridien?
Si Pedro se percató que se refería a «nosotros», no hizo mención alguna. A esas alturas, probablemente se lo esperaba.
—No tiene sentido ir ahora. Todavía estará en el despacho con docenas de personas que no quiero que escuchen nuestra conversación. Iremos por la tarde.Estará en casa a tiempo de ver el partido de rugby.
—Me vale. Pero me imagino que te refieres al fútbol, estamos en Europa.
Su maleta y su mochila habían cruzado con ella el Atlántico, y ahora iban detrás de ellos en el maletero del taxi junto con las cosas de Pedro. Aunque no poseyera la ciudad, tal y como había afirmado, al menos tenía cierta influencia. La policía incluso le había devuelto la pistola de pintura, salvo la munición restante.
Poseía el lujoso ático del edificio, y aunque desde el exterior éste parecía agradable aunque anodino, una vez estuvieron dentro no tuvo problemas en reconocerlo como suyo. Vigas de costosa madera surcaban el techo, y la lámpara de
araña del comedor parecía ser del siglo XVI, acondicionada con electricidad para sustituir las velas.
—Siento que sea tan pequeño —dijo, lanzando su chaqueta sobre el sofá Luis XIV—. Le di a Patricia la casa grande de Londres y me compré esta.
—Claro, es diminuto, pero es acogedor —dijo con una amplia sonrisa mientras pasaba los dedos sobre el cuerpo del armario de porcelanas de estilo Georgiano—. ¿Por qué no le diste ésta y te quedaste con la casa?
Él se encogió de hombros, y desapareció dentro de otra habitación para salir de nuevo con una lata helada de refresco para ella.
—Ya no quería vivir allí.
—¿Está cerca?
—A unos cinco kilómetros. Y no, no vamos a ir de visita.
—No he dicho que debamos hacerlo. Sólo quería saberlo.
—Se le ocurrió una idea—. ¿Dejaste alguna obra de arte allí?
Su casi divertida sonrisa se tornó en un ceño.
—No. ¿Por qué?
—Solamente me preguntaba si Dante podría haberse entretenido también aquí.
—No es probable. La despojé de todas mis cosas, incluyendo las antigüedades. La mayoría acabaron aquí o en Florida. Eran las únicas casas que no… había terminado de amueblar.
—¿Les dejaste algún mueble?
Su sonrisa reapareció, algo sombría esta vez.
—Alguno. Últimos modelos de Ikea.
—Recuérdame que no te haga cabrear —dijo, no por primera vez, y se acercó pausadamente a las ventanas. La vista era bonita, aunque ciento cincuenta años antes
habría sido deslumbrante. Londres siempre la decepcionaba levemente; para tratarse de un lugar tan lleno de historia, en la actualidad parecía demasiado… ordinario. Y demasiado moderno. Aunque había cosas que le gustaban más, como los museos y los edificios históricos, pero nunca había tenido oportunidad de visitarlos.
—Eh.
Ella dio media vuelta, y Pedro le lanzó una libra inglesa de plata. Pau la atrapó por acto reflejo, y la examinó a la pálida luz que todavía quedaba.
—¿Para qué es esto?
—Por conocer tus pensamientos.
Pedro sabría si le mentía.
—Mis pensamientos son un embrollo ahora mismo —dijo en voz baja, guardándose la moneda en el bolsillo—. Esto podría terminar hoy o mañana.
—Yo también he estado pensando en eso —respondió, uniéndose a ella en la ventana—. No suelo pasar mucho tiempo lejos de Devon. ¿Te gustaría ver la casa de allí?
—¿Qué me estás preguntando en realidad, Pedro? —dijo con voz queda.
—Te pregunto si te gustaría pasar más tiempo conmigo, en Devon.
Deseaba hacerlo. Sería tan fácil formar parte de su vida.
Pero después de los primeros días y semanas, no sería más que un apéndice suyo, su juguete, hasta que se cansara de ella y hasta que ella se hartara de ser normal. Sin propósito, sin trabajo, sin empleo… porque de ningún modo podría retomar sus actividades nocturnas de costumbre si vivía con él.
—Parece que necesito conseguir más dinero —dijo, mirándola fijamente—. No me respondas ahora. Sólo piénsalo.
—Muy bien —respondió, porque no quería decirle que no—. Lo estoy pensando.
—¿Alguna pista?
—Pedro, no me presi…
Sonó el teléfono del final de la mesa. Ambos se sobresaltaron, Pedro lo cogió inmediatamente al tiempo que maldecía entre dientes.
—Alfonso.
La cara de Pedro se vació de expresión cuando habló la persona al otro lado de la línea, pero no antes de que Pau viera la ira y los restos de un profundo dolor en ella.
Patricia, supuso, sin sorprenderse cuando él pronunció su nombre un momento después.
—Hace sólo unas horas que ocurrió —dijo con un tono brusco y cortante—. No soy responsable de lo que la BBC decide emitir en las noticias, y no, no creo que tenga que informarte de cuándo voy a estar en la ciudad.
Pedro escuchó durante otro momento, luego tomó aire.
—La mujer que iba conmigo en el coche tampoco es de tu incumbencia, Patricia. Me llaman por la otra línea. Voy a colgar.
Pau reprimió una sonrisa. Nunca antes se había visto en medio de ese tipo de conversaciones, con la ex mujer celosa. Interesante. Y un tanto halagador.
Después de unos segundos su expresión se tornó más enfadada.
—No, no quiero quedar contigo para cenar. Estoy aquí por negocios. Sí, con ella.
Paula se apoyó contra el alféizar de la ventana y descubrió que deseaba poder escuchar qué decía exactamente Patricia Alfonso Wallis. Porque, a juzgar por las respuestas de Pedro y por el modo en que ella había aprendido a leer a la gente, tenía la sensación de que Patricia seguía bastante encaprichada con su ex marido.
—No, tampoco a almorzar ni a desayunar. Estoy con alguien, y tú estás casada. Yo me tomo en serio el sacramento. —Hizo una pausa—. Por el amor de Dios,
Patricia… yo diría que fue más que un error. ¿No está Ricardo contigo? Bien; ve a quejarte a él. No estoy de humor para esto.
Pau se reprendió. Por muy interesada que estuviera en la conversación, no era asunto suyo.
—¿Dónde está el baño? —preguntó en voz baja.
Él se lo señaló y ella salió de la habitación. El baño estaba todo cubiertos de lujosos azulejos blancos con apliques en dorado, y Pau recordó que quería desesperadamente darse una ducha. Volvió a salir a hurtadillas y se dirigió a la sala a
por su mochila.
—Sí, es serio —decía Pedro, y ella se detuvo justo en la entrada de la puerta—. Ella… me roba el aliento. No, no voy a compararla contigo, Patricia. ¡Por Dios, Patricia! He seguido adelante con mi vida. He encontrado a alguien. Y tú también, supuestamente. Así que…
¡Tock! Pau volvió corriendo al baño y echó el pestillo a la puerta. Respirando con dificultad, luchó contra el primer ataque de pánico de su vida y apoyó la frente contra los fríos azulejos de la pared.
Pedro había encontrado a alguien. La había encontrado a ella. En el fondo de su mente había sido consciente de ello, pero ahora debía reconocer que su asociación, este juego, había cambiado drásticamente. Él iba en serio, y también ella… o lo deseaba, pero no estaba muy segura de cómo hacerlo. No sabía a cuánto podía renunciar de sí misma por estar con él, o cuánto querría Pedro de la nueva y mejorada
Paula.
—¿Paula? —Pedro llamó a la puerta—. ¿Pau? ¿Estás bien?
—Perfectamente. Necesito recuperarme del cambio de horario y del ataque que hemos tenido. ¿Qué tal está Patricia?
—Entrometida. Voy a prepararme un sándwich, luego será mejor que nos vayamos. Hemos salido en las noticias, así que Harry sabrá que estoy en Londres. Por fanático que sea del fútbol, rugby o lo que sea, no estoy convencido de que no se marche de la ciudad antes de que acabe el partido.
—Muy bien. Salgo en un minuto.
—¿Quieres comer algo?
—Supongo que no tendrás mantequilla de cacahuete y confitura.
—No, pero tengo mermelada.
—Listillo.
lunes, 5 de enero de 2015
CAPITULO 61
Pedro quería ir directamente del aeropuerto a la casa de Harry en la ciudad.
Pero era demasiado temprano para que el banquero estuviera en casa.
Además, eso significaría disponer que los llevara la limusina. Que le llevara otro a la clase de confrontación que preveía no sería lo bastante satisfactorio. En cualquier caso, su propia casa, justo al final de Cadogan Square, quedaba a sólo unas manzanas de la de Meridien, así que se dispuso a planear su ofensiva y a mirar con cara de pocos amigos por el cristal a prueba de balas.
—¿Esto también es tuyo o es alquilado? —preguntó Paula, a su lado.
—Es mío. Hice que Ernest viniera a recogernos desde Devon en cuanto supe adonde nos dirigíamos.
—Devon. Es tu otra casa, ¿verdad?
—Supongo que podría decirse que es mi verdadero hogar. Allí fue donde crecí.
—¿Cómo es?
Apartó los ojos de su vista panorámica de Londres para mirarla a ella.
—¿Intentas distraerme?
Ella se encogió de hombros.
—Pareces a punto de explotar.
—Y eso es malo porque… —insistió.
—Como dijo Khan es una ocasión, «la venganza es un plato que se sirve frío».
Pedro no pudo evitar dedicarle una sonrisa.
—Creo que otro lo dijo antes.
—Lo sé. Pero Khan es guay. Incluso cita a Melville.
—¿Lo recuerdas todo?
—Las cosas que me interesan o que son importantes para mí, sí.
Deseaba preguntarle qué recordaba sobre él, pero aquello parecía demasiado patético. También quería decirle otra cosa, había estado a punto de hacerlo en el avión, cuando Pau no podía huir, pero aquello no le pareció justo. Deseaba decirle que la quería. «No la presiones», se dijo.
Reconocerlo para sí ya era suficientemente arriesgado. Hacer partícipe de ello a Pau, con lo posesivo que se sentía con respecto a ella, podría ser… peligroso.
—No es venganza lo que quiero exactamente —dijo tras un momento,volviendo a la posición que tenía antes—. Quiero decir, lo es, pero antes quiero saber cómo y por qué y…
La limusina se sacudió violentamente hacia un lado. El metal crujía en torno a ellos al tiempo que Paula se precipitaba contra su hombro con la suficiente fuerza como para dejar marca. Él la agarró, afianzando las piernas en el suelo del coche y apoyando un brazo contra el abombado lateral del coche mientras daban un escalofriante giro en el aire y caían de nuevo pesadamente sobre el asfalto.
—¿Qué…?
A través de la luna rota del coche, Pedro pudo divisar un camión grande y pesado, que se dirigía de nuevo hacia ellos con la intención de golpearles y empujarlos hasta el río. El motor de la limusina rugió y emitió un sonido metálico. El
coche se precipitó hacia delante al dar un fuerte bandazo. El camión patinó con un fuerte chirrido de metal provocado por el maletero que había sido abierto de golpe.
—¡Ernest! —gritó.
—¡Voy, señor! ¡Intentan arrojarnos al Támesis!
Continuaron avanzando a marchas forzadas, dando tumbos como un cangrejo al que le falta algún apéndice, y el camión volvió a aproximarse hacia ellos con un ruido ensordecedor a sus espaldas. A la derecha, vertiginosamente cerca, los márgenes del Támesis descendían abruptamente hasta el río.
—¿Podemos acceder al maletero desde aquí? —inquirió Paula con voz áspera, tambaleándose de nuevo contra él cuando el camión golpeó contra la parte posterior del vehículo.
—A través de los asientos.
Pedro no la cuestionó cuando ella hurgó entre el cuero en busca del pestillo. Por el contrario, le echó una mano y abatió el asiento hacia delante, casi cayendo al suelo
cuando el camión volvió a embestirles por detrás.
—Abre la capota —espetó, introduciéndose en el abollado maletero y reapareciendo con su maletín semirrígido.
Él pulsó el botón, pero la luna del techo se atascó después de abrirse un par de centímetros. Pedro metió la mano en la abertura y empujó, sin apartar la atención de Paula mientras ésta abría su maleta y sacaba tres piezas de lo que parecía una pistola con abultado vientre. Las montó, apoyando las rodillas contra él para sujetarse.
—Agárrame las piernas —gritó, levantando la monstruosidad e irguiéndose a través de la abertura del techo.
La sujetó desde abajo mientras ella apuntaba y realizaba, uno tras otro, tres disparos. La pintura blanca explotó en el parabrisas del camión con fuerza suficiente como para quebrar el cristal. El vehículo se tambaleó y chocó contra el lateral de un autobús al tiempo que viraba a ciegas sobre sí y el limpiaparabrisas iba retirando la espesa sustancia.
—¡Sal, Ernest! —gritó mientras empujaba a Paula dentro del coche y abría de una patada la puerta de su lateral.
Salieron atropelladamente del coche dando volteretas hasta la baranda que les protegía del hueco del río, justo en el momento en que el camión chocaba de nuevo contra la limusina y lo embestía hasta el final de la calle. Pedro dio un traspié y cayó sobre Paula, que sujetaba la pistola de pintura en sus brazos como si le fuera la vida en ello.
—¿Estás bien? —preguntó, retirándole el pelo, tratando de evitar que le temblaran las manos.
—Estoy bien. Tú estás blanco como la pared.
La besó, apasionadamente.
—Es la segunda vez que estoy a punto de perderte —gruñó, volviéndose para encontrarse a Ernest, vomitando a un lado de la calzada—. ¿Ernest?
El conductor agitó una mano en su dirección.
—Estoy bien. Tan sólo terriblemente asustado.
Se escucharon dos sirenas de policía, y Paula se tensó.
—Mierda. No se te puede llevar a ninguna parte —dijo, metiendo el dedo en un agujero de la chaqueta clara de Pedro.
—Dame el arma —le ordenó.
—Pero…
—Ésta es mi ciudad —dijo—, y mi coche. Puedo ser un entusiasta de las pistolas de pintura si me viene en gana. Cuantas menos preguntas hagan sobre ti, mejor.
Paula se la entregó.
—De acuerdo. Pero tu ciudad apesta, por ahora.
Con la mano libre Pedro la agarró del brazo y la ayudó a levantarse.
—Muy inteligente, por cierto. No sabía que habías traído tu equipo.
Le sacudió un fragmento de cristal del cuello de la camisa mientras esbozaba una sonrisa desmallada.
—Nunca salgo de casa sin él. Pedro, creo que el Doctor Maligno sabe que estamos aquí.
CAPITULO 60
Martes, 2:12 p.m.
—Cambió de planes —dijo Pedro hora y media después de haber despegado.
Colgó el teléfono que había instalado al lado de su asiento, aparato del que prácticamente había estado colgado desde el despegue.
—¿Qué cambio? —Había dejado de fingir estar de vuelta de todo como para que la impresionara un jet privado lujosamente alfombrado, con su auxiliar de vuelo personal y una estancia trasera exclusiva con un bar, una mesa de conferencias, sofácama y televisión. Dejó de juguetear con el mando a distancia de la televisión del compartimiento principal para dirigirse hacia él y mirarle atentamente. Se habían puesto en marcha más tarde de lo que ella esperaba, pero tras cuatro horas de mirar por las ventanas del jet en busca de policías, la Interpol, el FBI y Eliot Ness, estaba más que feliz de encontrarse en pleno vuelo.
—No está en Stuttgart. Era Tomas, furioso porque nos marchamos sin avisarle.
—¡Chincha, rabiña! —respondió—. Entonces, ¿adónde vamos?
—Está en la sucursal de Londres. —Pedro se recostó, y se fue bebiendo el té que la azafata le rellenaba en silencio cada veinte minutos sin demora—. Sabes, aún me
pregunto por qué quería que me quedara otro día en Stuttgart, sobre todo después de… la desorbitada cantidad de capital que pedía a cambio de controlar acciones en
su banco. —Exhaló bruscamente, las hermosas facciones de su rostro teñidas de indignación—. Incluso se ofreció a concertar una visita a la planta de Mercedes Benz.
—Concédele cierto crédito —respondió—. No quería que te encontraras de lleno en medio de un robo.
—Lo que nos lleva a la cuestión de si tenía conocimiento o no sobre DeVore y los explosivos.
—Si lo sabía, no quería que volaras por los aires.
—Por supuesto que no; si estuviera muerto, no podría sacar a su maldito banco de los constantes apuros en los que se mete.
Pau se aclaró la garganta.
—¿Podemos estar seguros de que Partino no nos ha dado un nombre para sacarte de su caso? ¿Te imaginas a Meridien haciéndote esto?
El ceño que lucía desde la noche anterior se hizo más marcado.
—¿Cómo describiste a DeVore? ¿Excesivo, ambicioso, sin demasiados escrúpulos en cuanto a cómo llevaba a cabo un negocio mientras que los resultados fueran satisfactorios?
—Algo por el estilo.
—Bueno, Harry es igual. En algunas ocasiones ha intentado adelantarme a mí en un acuerdo… y, sin embargo, ha terminado encajando cuantiosas pérdidas por ello.
—Motivo por el que quería que compraras activos de su banco.
Pedro se puso en pie.
—Sí. Enseguida vuelvo. Tengo que comunicarle a Jack que vamos a Heathrow. —Al pasar por su lado se agachó a besarla en la frente—. Deberías dormir un poco.El sillón del fondo se despliega.
A Pau no le vendría mal unas horas de sueño. Antes de que él pudiera desvanecerse en la cabina del piloto, Pau levantó el brazo y buscó su mano, apretándola entre la suya.
—He descubierto algo.
Él se detuvo, volviéndose de cara a ella.
—¿El qué?
—Que… me gusta tenerte conmigo mientras duermo. —Frunció el ceño ante su súbita expresión arrogante y engreída—. Lo que pasa es que eres simpático y calentito.
La sonrisa que curvaba su boca alcanzó sus ojos.
—Hum. Y, mira por donde, acabo de recordar que me prometiste que podría aprovecharme de ti.
Un calor líquido surgió entre sus piernas. No cabía duda de que se le ocurrían peores formas de pasar unas pocas horas. Más cuando la noche anterior había creído que su asociación se había terminado.
—Menuda coincidencia.
—¿Verdad que sí?
Cuando él volvió de la cabina unos minutos después Pau había encontrado para ver una película de hombres lobo, pero nada más interesante. Sonrió al ver la expresión lasciva en sus ojos. Era una suerte que se hubiera terminado la semana de Godzilla.
Pedro se arrodilló delante de ella, y empezó a deslizar las manos lentamente por sus muslos y alrededor de su cintura.
—¿Cuánto hace que no estoy dentro de ti? —murmuró, mirándola fijamente a la cara.
—Ah, me parece que unas dieciséis horas —dijo, deseando que su voz pareciera algo más firme.
—Demasiado tiempo. —Se inclinó, y la besó en el cuello, en la base de la mandíbula. Por lo visto ya había descubierto que podía hacer que se derritiera besándola en ese punto.
—¡Dios mío! Prácticamente estoy teniendo un orgasmo ahora mismo.
—Bueno, pues permíteme que me una a ti. —Tomó su boca, y la besó apasionadamente con labios, dientes y lengua en plena acción.
—De acuerdo, colega, al compartimiento de atrás. Ahora —dijo con un tono tan autoritario como le fue posible.
Pedro colocó un brazo bajo sus muslos y el otro detrás de su espalda y la levantó.
—No puedo creer lo mucho que te deseo —dijo—. Te deseo constantemente.
La depositó sobre la mesa de conferencias y se fue de nuevo hasta la puerta para cerrarla con llave.
—Qué práctico es eso —señaló mientras Pedro volvía a su lado, abriéndole los botones de su camisa de un tirón cuando se acercó—. ¿Eres pasajero habitual del club
del polvo en el aire?
Su boca se movió nerviosamente.
—Soy miembro —respondió—. ¿Cómo se puede tener un jet y no serlo? Pero en cuanto a polvos frecuentes en el aire, no, últimamente no me he apuntado a ninguno.—Le separó las rodillas, arrastrándola hasta el borde de la mesa y poniéndose manos a la obra con la cremallera de sus vaqueros—. Siempre digo que no hay mejor momento que ahora.
Pau alzó el brazo, y tiró de él con fuerza hasta ponerle encima de ella mientras su mano se deslizaba entre los vaqueros y sus braguitas. Ella jadeó, elevando las caderas. Jamás nadie la había hecho sentir así, como si flotara, con sólo mirarla.
Cuando él la tocaba, el tiempo se detenía. ¿Cómo iba a renunciar a aquello, a él?
Pedro se inclinó sobre ella para quitarle la camisa, desabrocharle el sujetador y dedicarle una atención especial a sus pezones con lengua y dientes. Ella gimió, y acto
seguido le desabrochó los pantalones vaqueros y se los bajó con manos torpes.
Pedro se los quitó de una patada y le fue bajando lentamente los de ella, aprovechando para besar cada centímetro de piel que quedaba al descubierto hasta que Pau empezó a jadear descontroladamente.
—Maldita sea, Pedro, ahora —le exigió, prácticamente incorporándose para agarrarle de los hombros.
Él gimió mientras tiraba de ella, y se hundía profundamente en su interior; aquel sonido bastó para que Pau se corriera. Pedro empujó dentro de ella, fuerte y rápidamente, hasta que ella le rodeó las caderas con las piernas y se incorporó, deslizando los brazos alrededor de su cuello.
Todavía en su interior, Pedro la levantó en sus brazos y ambos cayeron sobre el sillón más próximo.
—Dios, cómo me gusta sentirte —dijo entre jadeos, recorriendo su oreja con la lengua. Se apartó de ella—. Date la vuelta.
Ella así lo hizo, dejando escapar una carcajada ahogada, y la montó por detrás con un lento envite. Pedro alargó las manos para acariciarle los pechos y ella se tensó y
explotó de nuevo.
—Pedro —gimió, sintiendo cada centímetro de él mientras éste continuaba su asalto.
Pedro aceleró el ritmo y se vació en su interior al tiempo que dejaba escapar un gruñido. Se derrumbó para apoyar la cabeza en la de ella, su peso cálido y acogedor.
Se tratara de lujuria, amparo o de algún tipo de necesidad mutua, en aquel momento juntos eran… perfectos. Yacieron unidos durante un largo rato, dormitando, hasta que Paula levantó finalmente la cabeza para mirarle, luego
aparentemente renunció y dejó que ésta se hundiera de nuevo en el sillón.
—Comida. Necesito comida —gruñó.
—Creo que el menú de hoy es pollo frito —dijo Pedro, moviendo ambos cuerpos para colocarse debajo ella, su ágil cuerpo tendido sobre el suyo. Qué hermosa era. Y en aspectos que pensaba ella no reparaba siquiera. Con su mano libre retiró suavemente un mechón de cabello de su sien.
—Mmm, bien, pollo, qué rico. Tengo hambre —repuso mientras cerraba los ojos y apoyaba la cabeza sobre su torso.
Él rio entre dientes.
—Podría llamar a Michelle para avisarle que queremos comer ya.
—No puedo moverme. Estoy agotada.
—Sí, ya suponía que me tocaba a mí. —Gruñó de nuevo y se estiró hasta el extremo de la mesa para pulsar el botón del interfono.
—¿Michelle?
—¿Sí, señor Alfonso?
—¿Podrías prepararnos algo de comer?
—¿Le parece bien dentro de diez minutos, señor?
—Espléndido. Gracias.
Soltó el botón, y acarició con los dedos el brazo de Paula. Incluso cuando se sentía… saciado, seguía deseando tocarla, abrazarla, mantenerla a salvo.
—¿Pedro?
—¿Sí?
—Eres lo más. —Apretó su mano cuando éstas se encontraron.
—Abre los ojos —susurró, alzando la vista a su relajado rostro.
Unas largas pestañas se agitaron y unos ojos color verde musgo le devolvieron la mirada. Pedro se estiró pausadamente y la besó, saboreando la blanda calidez de
su boca contra la suya.
—Lo más de lo más —agregó, y sonrió de nuevo cuando él volvió a apartar la cara de la suya.
—Paula, prométeme una cosa.
—¿El qué?
—Prométeme que no te marcharás sin decírmelo, y sin darme la oportunidad de hacerte cambiar de idea.
Ella se deslizó por su cuerpo.
—Lo prometo —dijo.
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