viernes, 19 de diciembre de 2014
CAPITULO 17
Sábado, 6:54 a.m.
Paula se despertó con el sonido de unos murmullos masculinos. Abrió un ojo, y contempló las oscuras cortinas a centímetros de su cara.
—Verde —farfulló contra la blanda almohada, intentando recordar dónde diablos estaba.
Unos pasos se aproximaron desde alguna parte al otro lado de las cortinas.
—Buenos días —dijo una melodiosa voz grave con un leve acento británico, y Pau recordó.
—Oh, mierda —susurró mientras empujaba hacia arriba con las manos y las rodillas.
—Paula , no pasa nada. Te desmayaste.
Mientras la habitación le daba vueltas, el resto de la habitación apareció al otro lado de los cortinajes de la cama. Ya de por sí, que Alfonso estuviera hubiera sido suficientemente malo, pero había alguien con él: un hombre calvo y delgado con gafas que le recordaba al actor Drew Carey pero con perilla.
—¿Quién demonios eres tú?
—Es mi médico —dijo Alfonso—. El doctor Klemm.
Paula se irguió de rodillas, las sábanas de seda se deslizaron desde sus hombros hasta las pantorrillas.
Además le había puesto un maldito pijama de seda.
Para colmo, de color rosa. Rescatarla no requería que la vistiera con ropa apropiada para dormir. Todo un caballero inglés, al que, por lo visto, le gustaba que sus mujeres se vistieran de un color rosa bien cursi. Reprimió un queja un tanto divertida, y se retorció entre el profuso lujo para sentarse en el borde de la cama.
—Te dije que nada de médicos.
—Y yo te dije que sería discreto. No tienes nada de qué preocuparte, encanto.
Tenía varias y buenas razones para contradecir esa afirmación, pero al abrir la boca para hacerlo, se dio cuenta de que notaba mejor el muslo. El hombro también, e hizo rotar el brazo tentativamente. Cuando se sintió razonablemente segura de que estaba agradecida, levantó la vista hacia su anfitrión.
Ese día iba vestido nuevamente de un modo bastante informal, llevaba una vez más unos vaqueros, una camiseta negra y una camisa blanca abierta encima, y calzado con unas zapatillas deportivas de marca.
—No pareces un multimillonario —comentó, fingiendo que no le molestaba que durante ocho horas hubiera sido completamente vulnerable. ¡Maldita sea!
Desmayarse no había formado parte del plan, y necesitaba calmarse.
—¿No? ¿Pues qué parezco?.
—Un jugador de fútbol, un esquiador profesional o algo por el estilo —repuso de mala gana, admitiendo para sí que era verdad—. Uno de esos tipos que posan para los calendarios deportivos.
Alfonso sonrió abiertamente, la expresión iluminó sus ojos grises.
—Soy buenísimo con los esquís.
El médico se aclaró la garganta.
—Ejem. Bueno, en caso de que le importe a alguien, tu pierna necesitó quince puntos, jovencita, y el hombro siete. Lo del súper pegamento es muy ingenioso, pero no es algo que habitualmente recomiende. Pedro dijo que no es probable que vuelva a verte, a menos que estés inconsciente, así que te he puesto puntos de los que se
disuelven. No te los rasques.
Hum. Discreto y competente. No vendría mal conocer a un médico como ése… un médico que hiciera visitas a domicilio. Pau le sonrió.
—No sé por qué el señor Alfonso cree que soy tan hostil —dijo, haciendo caso omiso del sonido que profirió el aludido—. A juzgar por cómo noto los cortes, me parece que le debo una comida, doctor Klemm. Con postre.
—¿Con buñuelos de manzana?
La sonrisa de Pau se hizo más amplia.
—Mis preferidos. Y conozco un sitio donde hacen los mejores del condado.
—Me apunto, señorita Chaves.
Alfonso se movió, colocándose entre ambos.
—¿Alguna otra indicación médica, Jorge?
—En realidad, no. Yo evitaría la piscina y los baños durante una semana o unos diez días, pero las duchas rápidas están bien. —El médico la miró durante otro momento, su expresión suavemente divertida—. Me tomé la libertad de cambiar las tiritas de la espalda y aplicar antiséptico. Hay más pomada sobre la mesita. —Señaló un tubo blanco que se encontraba sobre la mesilla de noche.
—Gracias. Le llamaré para comer.
—Estaré esperando.
Alfonso señaló hacia la parte principal de la suite.
—Te acompañaré a la puerta, Jorge —Mientras salían, le lanzó una mirada sobre su hombro—. Quédate aquí. Volveré en unos minutos.
Esperó en la cama hasta que se cerró la puerta del pasillo.
La camisa y los pantalones cortos prestados no estaban a la vista, pero su sujetador rosa se encontraba sobre la silla junto a la cama. «Genial.» Así que la había visto desnuda.
Se preguntó si su talla «B» contaba con su aprobación. La mayoría de las modelos que afirmaban salir con él tenían un busto más considerable. Al menos le había dejado las
bragas puestas.
Tratar de convencerse a sí misma de que le era igual lo que él pensara no funcionó más de lo que lo hizo fingir que no disfrutaba de la atención que le prestaba. Pau se levantó y volvió a hurgar en el armario que parecía haber generado
incluso más ropa durante la noche. Más vaqueros y camisetas, blusas y pantalones cortos, la mayoría de los cuales eran misteriosamente de su talla. Alguien tenía un
asistente de compras muy competente. Seleccionó una blusa de manga corta de color blanco y azul y unos vaqueros, cogió su sujetador y entró en la sala principal.
Bueno, puede que le hubiera visto las tetas mientras estaba inconsciente, pero no iba a vérselas esa mañana. Bromear y coquetear era una cosa; darle el premio gordo significaría perder su mejor ventaja… y teniendo en cuenta el modo en que él hacía que le hormiguease la piel, supondría también perder su perspectiva. Cerró con llave la puerta principal y se dirigió al gigantesco cuarto de baño, y echó también el
pestillo a aquella puerta, por si acaso.
La ducha le pareció una delicia, y los cortes tan sólo le escocieron un poco.
Encontró desodorante, un cepillo de dientes y pasta aguardándola en el armario de las medicinas y, para cuando se hubo secado y peinado el pelo, se sentía casi como de
costumbre. De no ser por el asuntillo de que sobre su cabeza pendía una orden de arresto y que un guapísimo inglés jugueteaba con su libido, habría dicho que aquélla
era una buena mañana.
En parte imaginaba que Alfonso estaría sentado en la habitación esperándola, con o sin cerradura, pero no se le veía por ningún lado. Entonces alguien llamó a la ventana de su terraza y a punto estuvo de que se le saltaran los puntos.
—¡Mierda! —exclamó entre dientes mientras se acercaba airadamente a descorrer las cortinas.
—¿Hambrienta? —preguntó Alfonso al otro lado de la puerta de cristal, sonriendo al ver su expresión contrariada.
Ella descorrió el pasador y abrió.
—¿Es que tú no trabajas nunca? —preguntó mientras reparaba en la mesa; dos sillas, dos servicios y dos montones de tortitas y vasos de zumo de naranja con lo que
parecía un cuenco lleno a rebosar de fresas frescas en el medio. Reinaldo estaba abajo en la zona de la piscina, sin duda, aguardando órdenes.
—¿Café, supongo?
—Coca-Cola baja en calorías, si tienes.
Él enarcó una ceja pero no dijo nada. En cambio, Alfonso llamó al mayordomo con la mano.
—Una Coca-Cola baja en calorías y té para mí. —Retiró la silla para ella pudiera sentarse—. Toma asiento.
—¿Alguna noticia de Harvard o de Castillo? —preguntó, alargando el brazo para coger una fresa y mordiendo la mitad.
—No son más que las siete y media —respondió—. Dales un poco de tiempo.¿Te sientes mejor?
—Sí. —Hizo una mueca—. No suelo ser así. Dije que te ayudaría a descubrir todo esto y lo haré. Supongo que estaba más cansada de lo que…
—Paula —la interrumpió con expresión seria—, no tienes que excusarte por nada, considerando las circunstancias en las que recibiste esas heridas.
La parte anterior de los muslos le hormigueó debido a la expresión en los ojos de Pedro. Deseo. Había estado antes con hombres, pero no lograba recordar alguno que irradiara ese calor masculino, la electricidad, del modo en que Pedro Alfonso lo hacía. Puede que considerara que la talla «B» era un cambio agradable.
—De acuerdo.
—Pues cómete las tortitas.
Reinaldo vino con el té y la Coca-Cola, y Paula se afanó en abrirla y verterla en el bonito vaso que él le había proporcionado, relleno de cubitos de hielo con forma de
palmera. El día anterior había reconocido que quería confiar en Alfonso, a pesar de que largo tiempo atrás había aprendido que no podía confiar en nadie salvo en sí misma.
—No tienes que parecer tan magnánimo —comentó mientras masticaba un bocado de tortita y sirope de arce—. Me desnudaste.
—Sí, pero no miré.
—Mentiroso.
Alfonso se echó a reír. El sonido era grave y genuino, y le hizo soltar una risita a su vez. Sus ojos se cruzaron y su risa se quebró levemente. Quién lo hubiera pensado… Paula Chaves disfrutando de la compañía de alguien como Pedro Alfonso. No, no alguien como él. Él. Además de la representación y del inesperado deseo, comenzaba a disfrutar de su compañía… y eso era un problema.
—De acuerdo, miré un poco. Pero era necesario. —Bebió de su zumo de naranja—. No puedo creer que hicieras aquellas acrobacias en mi oficina y que arrojaras a Tomas a la piscina estando herida.
Aliviada por el cambio de tema, ella se encogió de hombros.
—Apostaría a que has fingido estar herido.
—Sí, pero fui al hospital.
—Lo vi en las noticias. —Pau alzó la mano y le apartó el oscuro cabello de en medio, dejando al descubierto un pequeño esparadrapo en forma de mariposa en su sien izquierda.
Alfonso la cogió de la muñeca.
—¿Me viste en las noticias? —preguntó, su persistente sonrisa hizo que algunos agradables lugares de su interior se calentaran. «Mantén la distancia, Pau.»
—Yo… quería saber el alcance del problema en el que me había metido.
—¿Has tenido antes un problema como éste?
Él sujetaba aún su brazo con sus dedos suaves sobre el pulso que corría a lo largo de su muñeca. Una susurrante brisa ligera se filtró por entre las palmeras cercanas, rozando su piel y haciendo que un mechón de su cabello le cayera sobre el ojo izquierdo.
—No. No que yo recuerde.
jueves, 18 de diciembre de 2014
CAPITULO 16
Cuando llegaron al comedor, Pedro dejó que ella fuera delante. Bajó la mirada para admirar su trasero, y de pronto reparó en que había un hilillo de sangre que descendía por su muslo izquierdo.
—Paula, está herida —exclamó, y la cogió del hombro para hacer que se detuviera.
—No, no lo estoy.
—Le sangra la pierna.
Ella se zafó de él.
—Me estaba mirando las piernas, ¿verdad? —preguntó fríamente mientras miraba a Reinaldo y a Jose, el otro asistente, en el comedor—. No se preocupes por eso. No es más que un corte. ¿Tiene un pegamento potente?
—¿Un qué?
—No importa. Tengo uno arriba, en el bolso. —Se dio la vuelta para salir.
Pedro le bloqueó la salida.
—Enviaré a Jose a buscarlo. —Antes de que ella pudiera protestar, Pedro le hizo una señal con la mano al joven latino, quién asintió y salió por la puerta—. Siéntese… no, inclínese y lo echaré un vistazo.
—Me parece que no, su señoría. No antes del postre. Y no arme tanto alboroto. Estoy bien. Mi colega lo remendó. Lo que pasa es que me imagino que al ponerme en cuclillas he hecho que se abriera.
—Tráeme un paño limpio —gruñó, y Reinaldo reapareció un momento más tarde con una toalla de mano. El mayordomo abandonó el comedor con una medio sonrisa, y cerró la puerta tras de sí.
—¿Qué cree que está…?
—Quítese los pantalones.
Ella trató de darse la vuelta para mirarlo a la cara, pero él la empujó hacia delante sobre la mesa.
—Esto no es nada romántico. ¿Ni siquiera vas a ofrecerme una copa de vino primero? —dijo Pau por encima del hombro.
—Te lo hiciste al salvarme la vida —gruñó, sujetándola con una mano sobre la columna—. ¿Por qué no dijiste que estabas herida?
—No es nada.
—Sí que lo es. Ahora, deja de hacer el tonto y quítate los malditos pantalones. No te estoy seduciendo. Quiero asegurarme de que estás bien. —Jose apareció en ese preciso momento, con el bolso de ella en las manos—. Déjalo y sal —ordenó Pedro.
Paula se quedó inmóvil por un momento hasta que la puerta se cerró de nuevo, luego, con un suspiro nada sereno, se desabotonó los pantalones cortos y amarillos, y se los bajó.
Fijándose en su coqueta ropa interior de color rosa y en su suave y cálida piel, Pedro se arrodilló detrás de ella.
Mientras intentaba reprimir el poco práctico y nada caballeroso impulso de deslizar las manos por la parte interna de sus muslos, cogió el bolso de Pau y hurgó en él. Por supuesto que había estado fantaseando con tener a Paula inclinada de ese modo sobre una mesa desde que ella había descendido a través de la claraboya, pero no en tales circunstancias.
—¿Súper pegamento? —preguntó mientras sostenía un tubo frente a ella.
Pau le arrebató el bolso al tiempo que dejaba escapar un suspiro tenso.
—Esto es propiedad personal.
—Sí, pero ¿de quién?
Pau resopló.
—Que te jodan.
—Supongo que me lo merezco —repuso—. ¿De verdad quieres que lo haga? Puedo llamar a un médico. Será muy discreto. Lo prometo.
—No. Tú sólo une los bordes, aplica el pegamento a lo largo de éstos y sujétalo durante un minuto. Y no te pringues los dedos o se te quedarán pegados.
—Ah. Y no queremos que pase eso.
Pedro creyó oírla soltar una risita, lo que consideró una buena señal.
—No. No quiero tu mano pegada a mi culo. Sobre todo con Gonzales ya pegado al tuyo.
Era un culo realmente precioso, firme, musculoso e ideal para sus largas piernas. Despegó con cautela el esparadrapo y retiró el vendaje que llevaba en la parte alta anterior del muslo, y tomó aire con brusquedad al ver la herida.
—Esto es más que un corte —farfulló mientras limpiaba con cuidado la sangre de su pierna—. Tienes que ir a urgencias.
Ella se quedó en silencio y, un momento más tarde, él notó lo apretados que tenía los puños sobre la mesa. Dios, debía de doler. Limpió la herida de nuevo, apretó con cuidado los dos extremos y aplicó el adhesivo.
En su honor, prácticamente ni siquiera emitió un grito ahogado, pero debía de estar matándola.
—Ya casi está —murmuró—. Luego tomaremos vino y sorbete.
—¿Alfonso?
—De acuerdo, terminado —dijo, y resopló suavemente para cerciorarse de que el pegamento se hubiera fijado y aprovechó para mover los dedos con cuidado y, al hacerlo, acariciarle la pierna con la palma de la mano. Nadie poseía tanto autocontrol. El pegamento aguantó—. ¿Cómo…?
Él no pudo terminar la frase porque de repente ella se desmayó y se desplomó lánguidamente en sus brazos.
CAPITULO 15
Viernes, 8:03 p.m.
Alfonso tenía razón en una cosa. Sabía cómo hacer un buen filete a la parrilla.
El alumbrado de la piscina se encendió mientras el crepúsculo les envolvía,seguido por una estela de luces que bordeaban los lechos de flores y se internaban entre las palmeras en torno a la zona de la piscina. Reinaldo emergió de la casa con unas velas para las mesas que colocó con experta precisión.
—Esto empieza a parecer una cita —murmuró Paula, mirando a Alfonso— Salvo que se trate de una cita con Harvard.
—No es por mí —dijo Gonzales desde su mesa, situada al otro lado de la zona de la piscina. Desperezándose, se puso en pie—. Así que ya que no tiene nada que ver conmigo, me largo.
—Pues adiós.
Miró a Paula con el ceño fruncido y luego le echó el brazo sobre los hombros a Alfonso mientras se dirigían hacia la casa.
—Tendré listo parte del papeleo del seguro para mañana. Imagino que quieres que te lo traiga aquí.
—Sí.
Cuando ellos doblaron la esquina de la casa, Pau se arrellanó para tomar otra profunda bocanada del aire perfumado con el aroma de flores. En ese momento tenía
que pensar si había tomado la decisión correcta al decidirse a encontrarse con el multimillonario. De lo contrario, hubiera estado escondida en aquella lúgubre casa vieja en Clewiston, escudriñando las noticias y esperando no tener que correr hasta que los de seguridad del aeropuerto se cansaran de buscarla con tanto ahínco.
—¿Lista para ver la galería? —preguntó Alfonso cuando reapareció. Para cocinar en la barbacoa se había puesto vaqueros, una holgada camiseta verde que le llegaba hasta las caderas y una camisa gris abierta encima. También él se había calzado unas chanclas, y la ligera brisa alborotaba su cabello con dedos suaves. A ella no le importaría entrelazar los suyos en aquella ondulada masa.
Pau tragó saliva.
—Primero, la sala de vigilancia.
Pau pudo ver en su rostro que él seguía teniendo sus dudas en cuanto a proporcionarle acceso, y por eso le habría presionado. Estaban haciendo un examen de confianza y bien podría sudar él también un poco.
Alfonso la instó a dirigirse hacia el camino de la entrada principal.
—Por aquí.
Él accedió a la entrada de la casa a través de la puerta de cristal del jardín recién reparada.
—Impresionante —dijo ella, mirándola—. ¿Tiene puertas de reserva o es que la compañía de reparaciones es suya?
—Ni lo uno ni lo otro. Resulta que soy encantador.
Claro que lo era.
—¿Qué le pasó a la otra cristalera? —preguntó Pau.
—La tiene la policía —respondió—. Me imagino que estarán buscando huellas.
—No encontrarán ninguna mía.
—Espero que no. Si se le ocurre algo que pudiera vincularle con la otra noche, sería mejor que me lo dijera ahora.
—No se me ocurre nada —declaró—. Le dije que soy buena en lo que hago.
—No lo dudo. Sólo intento atajar cualquier problema. —Alfonso se internó en las entrañas de la casa más allá de la cocina. Un tramo de escaleras conducía a la zona subterránea, que albergaba un cuarto de contadores, el de las calderas y la bomba de agua y, a continuación, la sala de seguridad y vigilancia.
—Señor Alfonso—Un hombre vestido con el uniforme color teja de Myerson-Schmidt se puso en pie tan aceleradamente que la silla salió rodando despedida hacia
atrás. Pau la detuvo hábilmente con un solo pie y la empujó de nuevo hacia él.
—Louie, únicamente estamos de visita. —Con un gesto, Alfonso le mostró la habitación.
Veinte monitores dominaban el cuarto, apilados de cuatro en cuatro, con un ordenador principal en medio y otras dos unidades a un lado con el propósito de ser utilizadas para la reproducción.
—¿Suele haber sólo un tipo aquí? —preguntó.
—Sólo es necesario uno —dijo Louie, tomando asiento de nuevo—, a menos que haya una gran fiesta.
—¿Cómo es que te sorprendimos al entrar? —insistió—. ¿No nos viste venir?
El guarda se aclaró la garganta.
—Estaba observando las cámaras del perímetro exterior —repuso, su expresión se tornó defensiva—. Con el debido respeto, señora, no habría conseguido entrar aquí si el señor Alfonso no le hubiera acompañado.
Pau tenía varias respuestas a eso, ninguna de las cuales iban a gustarle, pero se limitó a asentir.
—De acuerdo. Los policías tienen las cintas de la otra noche, imagino.
—Sí —respondió Alfonso—. ¿Algo más?
—La galería.
Volvieron a cruzar el espacio hasta la parte delantera de la casa y se dispusieron a subir la escalera principal. El Picasso coleaba aún en el descansillo, al haberse salvado de los estragos del fuego, el humo y el agua. Aquello había sido una afortunada obra de varios millones de dólares para Alfonso.
—¿Le pasan a menudo este tipo de cosas? —preguntó ella.
Él redujo el paso.
—He tenido amenazas de muerte antes, pero ésta es la primera vez que alguien ha estado tan cerca de matarme.
—Qué trabajo más agradable.
—Mira quién habla. —Alfonso se encogió de hombros—. El hecho de que alguien invadiera mi casa para hacerlo me cabrea mucho.
—Pero ¿y si la bomba no debía matarle?
—Su propósito era matar a alguien que vivía bajo mi techo, lo que significa que estaba bajo mi protección.
—¿Bajo su protección? —repitió con una leve sonrisa—. Parece un señor feudal.
Alfonso asintió.
—Algo parecido. Tenga cuidado aquí arriba. Todavía quedan escombros por ahí, y el suelo tiene algunos puntos poco seguros.
Una cinta policial amarilla se extendía a lo largo de la parte derecha del pasillo hasta lo alto de las escaleras, pero él la soltó como si no fuera más que una insignificante telaraña. El modo en que Alfonso estaba allí de pie, el modo en que
contemplaba la destrucción de la galería con una profunda y fría cólera, le indicó que se tomaba lo sucedido de un modo muy personal.
—¿No tenía más piezas la armadura? —comentó, al pasar por su lado.
—Mi agente inmobiliario envió algunas de las piezas en mejor estado a un especialista para ver lo que podría hacer con ellas.
—Eran preciosas. —Paula llegó hasta la puerta que había protegido la tablilla por primera vez y la encontró colgando de sus retorcidas bisagras ennegrecida por el hollín.
Pedro se quedó atrás y la observó. Él ya había estado en el piso, pero le fascinaba que ella lo mirase de un modo distinto, que viera cosas que él jamás hubiera concebido. Ella realmente le fascinaba.
—Ésta es su habitación protegida, ¿verdad? ¿Cerradura doble con el suelo surcado de infrarrojos?
Él asintió, teniendo presente que le preguntaría más tarde cómo sabía todo eso.
—Sí. Con cámara de vídeo en la pared del fondo, enfocada hacia la puerta.
—Y no salió nada en la cinta, imagino.
—Nada hasta ahora, según el detective Castillo.
—Si tanto le preocupa que la gente invada su privacidad, puede que debiera considerar la opción de poner más cámaras dentro de la casa —le sugirió.
—Eso protegería mis cosas, no mi privacidad. —Acercándose más para poder mantenerla en su campo visual, vio que se agachaba frente a la puerta rota y recorría
con el dedo la cerradura secundaria—. ¿Qué ve?
Ella se enderezó, limpiándose las manos en los pantalones cortos prestados, dejando manchas de hollín negro sobre la tela amarilla.
—Yo iba a forzar la cerradura secundaria y a cortar la primera —dijo un momento después—. Quien hizo esto pensó lo mismo. Pueden verse las muescas que hicieron las herramientas.
—Un profesional.
—Sí. —Se encogió de hombros, y entró en el cuarto—. Y… algunos ladrones llevan armas, incluso granadas, en caso de que les arrinconen o les atrapen.
—No es su caso.
Paula esbozó una sonrisa.
—A mí no me atrapan. Sólo intento descubrir qué fue… un robo o un intento de asesinato.
—¿Y puede determinar eso mirando las marcas de las herramientas?
Pau asintió pausadamente.
—Comentó que no había más signos de que hubieran forzado la entrada en ninguna parte de la propiedad, a excepción de los que yo dejé, pero esto es muy evidente.
—¿Y?
—Y por eso no tuvo que ser cuidadoso aquí, porque sabía que iba a hacer volar cualquier evidencia.
Recorrió el margen del cuarto de vuelta al punto en que se encontraba la cámara de vídeo, pero Pedro se quedó donde estaba. Ningún signo de que hubieran forzado la entrada, a excepción de una cerradura obviamente cortada aquí, en mitad de la casa. Nada en el vídeo de acuerdo con la policía, aunque se había encargado de que hicieran copia de la cinta y la había visionado él mismo.
El número de personas con acceso a la propiedad en su ausencia era casi infinito; jardineros, seguridad, personal de servicio, mantenimiento de la piscina, el agente inmobiliario, además de un selecto número de amigos a quienes se les
permitía utilizar la casa siempre que quisieran. Aunque difíciles de conseguir, las llaves a las áreas protegidas existían… aunque, al parecer, no para el ladrón.
Finalmente, se detuvo junto al pedestal caído sobre el que se había erigido la tablilla.
—Esto cayó con mucha fuerza. La losa podría haberse roto.
—Entonces se inclina a pensar que la bomba fue colocada para ocultar el robo,¿no es verdad?
Paula levantó la vista hacia él.
—Quizá. Como mínimo alguien conocía el valor de lo que había en esta habitación y no quería que se estropeara mientras él hacía lo que estuviera haciendo.
Aquélla era la tercera vez que se refería al ladrón en masculino. Normalmente, Pedro no habría encontrado extraña la masculinización… salvo que ella era una ladrona y, sin lugar a dudas, una auténtica mujer.
—¿Un asesino se esfuerza por preservar antigüedades? —insistió.
—No lo sé… no soy una asesina. —Con una rápida sonrisa, volvió a entrar en la galería—. Por otro lado, todo lo que había colocado por aquí le importaba un pimiento, incluso el resto de cosas de la casa, en el caso de que los aspersores
antiincendios no hubieran funcionado. —Paula frunció el ceño, a continuación alivió su expresión cuando volvió a mirarle—. ¿Cuál es el valor actual de una buena armadura del siglo XVI?
—Medio millón, más o menos
—¡Uf!
—¿Cómo lo supiste? Me refiero a lo de la bomba.
Ella volvió al gran agujero en la pared de la galeria, y se puso en cuclillas para mirarlo con mayor atención.
—No lo sabía. Quiero decir que casi me llevé el cable por delante, pero lo vi en el último segundo. En realidad, me cabreó.
—¿Por qué? —Pedro estudió su expresión, tratando de ignorar la brusca tensión en su pecho ante la idea de que ella se hubiera tropezado con aquella bomba.
Había forzado la entrada a su casa, violado su santuario. Pero no cabía duda de que ahora se preocupaba por ella.
—La casa estaba provista de una seguridad bastante buena por todas partes, a pesar de lo ineficaz que resultan la mayoría de los sistemas, y de pronto un maldito cable aparecía cruzando el pasillo. Era una estupidez. Guardias e invitados se tropezarían con ello a todas horas y dispararían la alarma, o se harían daño. Y entonces reparé en que no estaba del todo paralelo al suelo, y eso… me molestó.
Pedro se agachó junto a ella.
—La asimetría le molestó. En medio de un robo.
—Me preocupó que el resto de las cosas de esta casa fueran refinadas, meticulosas y cuidadas. No encajaba, y sin duda aquello no había sido aprobado por un hombre como usted. Para empezar, no habría estado allí, y por otro lado, no habría estado torcido. Pero no estuve segura del todo hasta que vi a Prentiss que se dirigía hacia mí sin tan siquiera bajar la vista.
Y él que se había creído un observador razonable.
—Yo me lo habría comido —farfulló. En la oscuridad, distraído y enfadado por la estúpida llamada del fax, pensando en dos reuniones, un contrato y el viaje a Pekín
previsto para la semana siguiente, no lo habría visto hasta que se lo hubiera llevado por delante. Y entonces habría estado muerto—. Gracias —dijo en voz queda.
Una sonrisa hizo aparecer sendos hoyuelos en las mejillas de Pau.
—Sí, bueno, mire lo que he conseguido.
Pedro comenzaba a pensar que definitivamente hasta el momento había salido airoso en esta asociación. Se puso en pie y, debido a que deseaba tocarla, le ofreció la mano para ayudarla a levantarse. Ella le agarró los dedos y se puso en pie, y le miró fijamente bajo sus largas pestañas.
¡Dios! Pedro sabía que estaba jugando con él, que probablemente mirara del mismo modo provocativo a otros hombres, sabiendo que le darían todo lo que ella quisiera. Pero seguía sin poder evitar reaccionar ante ello. A ella. Le devolvió la sonrisa pausadamente. Mientras supiera qué estaba sucediendo, bien podría disfrutar de ello.
—¿Tiene alguna teoría, entonces? —preguntó, soltándola después de un momento y retrocediendo otra vez para darle espacio mientras ella se encaminaba al fondo de la galería.
—Únicamente hay cable en este lado —apuntó—, lo que me indica que quien lo hizo se marchó en esta dirección. A menos que no lo hiciera.
—Eso no es demasiado útil.
—Lo sé. Lo que sucede es que…
—¿Qué? —la urgió.
—Que no estoy acostumbrada a considerar un robo desde esta perspectiva.Quiero decir que sé lo que yo haría en tales circunstancias, pero esto no tiene nada que ver con mi estilo.
—Aparte de la bomba, ¿qué otras cosas lo diferencian de su estilo? No estoy buscando problemas, Paula. Yo también intento comprender esto.
Ella dejó escapar el aire.
—De acuerdo, está bien. Bueno, a mí me gusta entrar y salir rápidamente. Miro planos, fotografías, o cualquier cosa, encuentro el modo más fácil y rápido de conseguir lo que quiero y lo llevo a cabo. Dejar alguna evidencia de allanamiento no me preocupa en realidad, siempre y cuando nada de ello apunte específicamente en mi dirección.
—Una vez que un objeto desaparece es que ha sido robado —comentó, y la vio asentir—. Tiene sentido.
—Pero este tipo no quería que nadie supiera que había estado aquí. Así que, a mí me parece que hay sólo una conclusión plausible. —Se acercó lentamente hacia él
y, al hacerlo, pisó sin querer una figurita aplastada y decapitada de un caballero—. Conocía la distribución muy bien y entró para robar la tablilla y volar en pedazos la
galería.
—De modo que no le importó matar.
—O pretendía matar. Pero no a usted. Se suponía que usted no debía estar allí.
—Ni usted.
—De acuerdo, partamos desde aquí —repuso, sus hermosas cejas se fruncieron debido a la concentración—. Quien estuvo aquí…
—Partamos desde aquí a la planta de abajo —la interrumpió—. ¿Le gusta el sorbete de frambuesa?
—Vaya, mire que es amable —dijo, lanzándole una mirada valorativa—.Recuerde que intentaba robarle.
—Sí, pero ¿le gusta el sorbete de frambuesa? —repitió, permitiéndose sonreír ante su expresión. Esta mujer era demasiado atractiva para su tranquilidad mental, pero al menos también él se le estaba metiendo un poquito bajo la piel. Aunque donde realmente quería estar era bajo sus ropas.
—Claro.
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