martes, 16 de diciembre de 2014

CAPITULO 9




Viernes, 8:27 a.m.


¿Te entregó Dante el informe de daños? —preguntó Pedro, acomodándose nuevamente contra los cojines de piel de su limusina.


Gonzales subió después de él.


Claro, de los objetos de los que tiene confirmación. Todavía sigue luchando con el seguro por el valor de la mayoría del material dañado. El tasador tuvo que ir a vomitar una vez.


El vehículo descendió el largo y serpenteante camino de la entrada y franqueó las verjas abiertas, todavía custodiadas por policías uniformados.


Ya han pasado tres días. ¿Cuánto tiempo más van a quedarse ahí?


Supongo que hasta que atrapen a quien colocó la bomba. Me resulta un poco complicado presentar una queja a la policía porque te protegen demasiado bien. Lo que me recuerda que Castillo llamó esta mañana para protestar porque hubieras abandonado, y cito textualmente, «el área protegida de tu casa, lo que te hace vulnerable a un segundo atentado por parte de un sicario», fin de la cita.


Pues estoy advertido, no le demandes si me matan. —Pedro hizo un movimiento con los hombros—. Me voy a tus oficinas para trabajar unas horas. — Echó un vistazo a Gonzales—. Por cierto, ¿vas a cobrarme por acompañarme a casa y volver conmigo? Te dije que prefería conducir yo.


Tomas sonrió.


Estoy en nómina, así que cobro por todo.


En ese caso, olvidé contarte algo que pasó anoche. —Gonzales se limitó a mirarle, de modo que Pedro tomó aire. Podía guardárselo para sí; en realidad, prefería hacer eso. Por otro lado, si algo le sucedía, quería que resolvieran el crimen—Tuve un visitante. Ella se pasó a verme después de que te fueras.


¿Ella, quién? Vas a tener que reducirlo un poco antes de que pueda adivinar,don soltero británico más deseado.


Te dije que no volvieras a llamarme eso nunca más.


El abogado resopló.


Lo siento. ¿Quién se dejó caer por aquí?


La señorita Solaro.


Tomas abrió la boca, pero no salió sonido alguno.


Tú… ella… ¿por qué demonios no dijiste algo, Pedro? ¡Maldita sea! —Agarró el móvil que llevaba colgado del cinturón—. Por esto… —esgrimió un dedo en dirección a Pedro mientras pulsaba los números con la otra mano—… por esto es por lo que necesitas seguridad privada.


Cuelga.


No. Tú y tu maldita flema británica. ¿Estuvo en tu casa? ¿Dónde? ¿Te amenazó…?


No estoy siendo flemático. Y no estoy contento. —Pedro le arrebató el teléfono de los dedos a su abogado y lo cerró—. Yo pongo este teléfono, tu casa y lo suficiente para que Chris ingresara en Yale —gruñó—, no hagas que me arrepienta.


La cara de Gonzales enrojeció.


Tú…


Joder, confía un poco en mí, Tomas. Ella no es quien trató de matarme. Y contarle a Castillo que vino a hacerme una visita no le hará ningún bien a nadie.


No le hará ningún bien a ella, lo que sería el propósito en cualquier parte menos aquí. —Tomas arrojó la botella de agua que había enganchado contra el asiento contrario—. ¡Maldita sea! Suposiciones aparte, ¿cómo sabes que ella no lo hizo?


Me lo dijo. —Provocar a su abogado le parecía justo, teniendo en cuenta lo molesto que estaba. Este era su problema, y decidiría cómo hacerse cargo de él.


Mierda. Dame el teléfono, Alfonso. Despídeme si quieres, pero no vas a hacer que te maten estando yo de guardia.


Qué dramático, pero no es tu guardia. Es la mía. Siempre lo ha sido. Ahora cálmate y escucha, o no me molestaré en contarte nada.


Después de escupir unas cuantas maldiciones más, Tomas tomó nuevamente asiento y cruzó los brazos, aún con el color y el temperamento encendidos Te escucho.


Estuve inconsciente al menos cinco minutos después de que la bomba estallara. En lugar de dejarme allí o rematarme, me arrastró escaleras abajo, arriesgándose a ser descubierta, antes de escapar. Anoche, cuando se coló por la claraboya, me lo recordó y después me recitó el final de la conversación que tú y yo mantuvimos en mi despacho, para demostrarme que también podría haberme matado entonces. Confesó haber ido detrás de la tablilla —sin éxito, por cierto— y de hecho… me pidió ayuda para asegurarse de que la policía sepa que ella no tuvo nada que ver con los explosivos.


¿Y qué dijiste?


Dije que no. —Y aquello, había descubierto en medio de su ducha fría, le había preocupado. No porque verla prácticamente le había provocado una erección, sino porque quería encargarse él mismo de esto, y ella había tratado de darle la oportunidad de hacerlo. Pero había sido bajo sus condiciones, de modo que la había rechazado—. Después de eso, me advirtió que tuviera cuidado y me deseó buena suerte, pues quienquiera que colocara la bomba era tan competente como ella a la hora de entrar en la casa, y había logrado entrar de nuevo.


—Y eso es todo.



 —Bueno, dando rodeos se ofreció a ayudarme a averiguar quién colocó la bomba si la ayudaba a que retirasen los cargos de asesinato que pesan sobre ella. —También había dicho algunas cosas más, naturalmente, pero pretendía guardárselas para sí mismo. Se agachó a recoger la botella de agua mientras ésta rodaba de nuevo hacia ellos y se la devolvió a Gonzales—. Volviendo la vista atrás, me pregunto si no debería haber aceptado su oferta.


Tomas seguía fulminándole con la mirada, pero cuanto más pensaba en ello, más lamentaba haberla dejado que se esfumara de nuevo en la noche. Bajo su fachada de
indiferencia se la veía preocupada y, por alguna razón desconocida, descubrió que podía comprenderla. Y dudaba de que le hubiera ofrecido ayuda si no pudiera dársela. Ella no parecía funcionar de ese modo.


En cierto modo, el mundo de ella era muy similar al suyo, aunque sus oponentes llevaban traje de chaqueta y la mayor parte nadaban en aguas poco profundas a plena luz del día. Si sus circunstancias se invirtieran, habría hecho
exactamente lo que ella… acudir a la persona con mayor poder para ver si podía influir en el curso de los acontecimientos. Si Julia Poole o cualquiera de las otras
actrices y modelos con las que salía se hubieran encontrado en esta clase de aprieto, habrían agitado las pestañas y apelado a su compasión, esperando que él solucionara
las cosas. Sin embargo, la señorita Solaro no lo había hecho. Le había propuesto un trato. Al parecer detestaba ceder el control tanto como él.


—¿De verdad estás considerándolo?


—Soy un hombre de negocios, Tomas. Confío en mi juicio para evaluar personas y situaciones porque siempre me ha dado buen resultado. Sí, lo estoy considerando seriamente.


—Y si decides, hipotéticamente, formar equipo con la señorita Solaro, ¿cómo contactarías con ella?


—¿Para que puedas contárselo a Castillo? Me parece que no, querido amigo.


—Deja de ser tan británico.


Pedro enarcó una ceja.



—Como no dejas de apuntar en los últimos días, soy británico.


—Eres mi amigo. Si saltas de un avión, yo voy detrás de ti… pero me llevo el paracaídas de sobra. Mantenme al día y quedará entre nosotros. A menos que esto ponga tu vida en peligro.


—La vida es riesgo. —Con los dedos tamborileando sobre el reposabrazos, Pedro pasó algunos momentos mirando por la ventana. Con súbita brusquedad las palmeras y la playa daban paso a edificios y luces de tráfico—. ¿Cómo
encontraremos a alguien a quien no puede encontrar la policía?


—No sé por qué demonios sientes la necesidad de arriesgar esa mollera tuya que vale mil millones de dólares. —Gonzales, todavía sacudiendo la cabeza, abrió la botella de agua, bebió un trago, y la miró ceñudo como si deseara que fuese un delicioso bourbon.


En el asiento del conductor, Ruben apretó el interfono.


—Señor Alfonso, se acercan más cámaras. ¿Debo utilizar el aparcamiento?


Por delante de ellos, a la derecha, se encontraba la torre iluminada de tres plantas que albergaba el bufete de Gonzales, Rodhes y Chritchenson en el último piso.
Situados frente a las puertas giratorias de metal y cristal del vestíbulo, una docena de reporteros y equipos de cámara se ponían en guardia como una manada de leones captando el olor de una gacela. Pensando con rapidez, Pedro le devolvió el móvil a Gonzales


No, detente junto al bordillo.


Chófer y abogado le dirigieron la misma mirada.


Sí, estoy seguro —dijo Pedro, enderezándose la corbata.


Tomas, finge que estás al teléfono, luego pásamelo tan pronto como me detenga a hablar con los buitres. Cerciórate de que tengan los micrófonos apuntados hacia mí.


De acuerdo. Tú eres el jefe.


Pedro le lanzó una amplia sonrisa.


Sí, lo soy.


Ruben se detuvo en la acera y salió de su asiento, y con paso veloz rodeó el vehículo para abrir la puerta trasera de pasajeros. Tomas salió primero, en mayor medida porque Pedro le empujó. Dios, odiaba a la prensa. Aparte de su constante, irritante e incisiva presencia, dos años  atrás habían hecho más cruento aún un divorcio ya de por sí doloroso y enviado a las hienas a hurgar en los despojos. Bien podrían trabajar hoy para él.


Señor Alfonso, Pedro, ¿puede ponernos al día de sus lesiones?


¿Fue un intento de asesinato o un robo?


¿Qué se llevaron de su casa?


¿Se considera sospechosa a su ex esposa?


Pedro cogió el teléfono que Tomas prácticamente le arrojó mientras caminaban por entre la cacofonía de voces.


—Un momento —dijo, y se llevó el teléfono al oído—. ¿Señorita… Jones? —comenzó—. Sí, a las cuatro en punto está bien. Haré que Tomas prepare el papeleo.
Gracias por la ayuda… me viene bien. La veré entonces. —Cerró el teléfono y lo devolvió mientras a su alrededor las voces ganaban volumen—. No soy libre de comentar de modo preciso qué se llevaron de mi casa —prosiguió alzando más la voz—, aunque se rompieron varias piezas antiguas de porcelana de Meissen en la explosión. Estaban entre mis predilectas y lamento su pérdida.


No podía decir más sin alertar a Castillo y al FBI, pero la señorita Solaro parecía excepcionalmente inteligente, y apostaría a que sabía con exactitud qué objetos de arte poseía y dónde los guardaba. Ahora tendría que esperar y ver si estaba en lo cierto.


—Pero ¿puede confirmar o negar que Patricia Alfonso Wallis esté…?


—Discúlpenme, tengo una reunión —interrumpió, esforzándose por no apretar los dientes. Escuchar los apellidos Alfonso y Wallis juntos seguía provocándole
deseos de pegarle un puñetazo a alguien. No obstante, una de las pocas cosas que el tribunal concedió a Patricia era el uso continuado del apellido del cual llevaba aprovechándose tres años.


El silencio del vestíbulo se desplegó a su alrededor con los fríos dedos del aire acondicionado, maravilloso tras la humedad que había llegado con el alba y la tensa envoltura vociferante de las figuras de voz cultivada de los informativos. No pudo remediar sacudirse las mangas e inspeccionarse el cuello en busca de micrófonos ocultos mientras esperaba a que Gonzales le alcanzase.


¡Madre mía! —exclamó Tomas cuando pasó a empujones por delante de la seguridad y de la puerta giratoria—. Creo que me he dejado un brazo ahí afuera.


¿Qué has deducido de mi charla? —preguntó Pedro, su voz resonó levemente mientras continuaban avanzando hacia Las puertas de cristal y metal del ascensor que se encontraba al fondo del vestíbulo de elevado techo.


He pillado lo de Jones/Solaro, que era bastante obvio, y el encuentro de las cuatro en punto. Pero me despistaste con la referencia de la porcelana perdida.


Perdida, no, de Meissen. Las figuritas antiguas de porcelana Meissen hacen verdadero furor entre algunos coleccionistas. Y resulta que la tienda que aloja la mayor colección del mundo se encuentra aquí mismo, en Worth Avenue.


Ah. Pues espero que tu señorita Solaro sea más lista que yo.


Pedro se encogió de hombros.


Si no, estaré comprando una Meissen a las cuatro en punto sin una buena razón.



lunes, 15 de diciembre de 2014

CAPITULO 8



Paula tenía que reconocerle a Pedro una cosa. No había hecho sonar la alarma mientras ella salía de su bonita casa, saltaba el muro y se alejaba de sus preciosos jardines.


Había sido una idea insensata. Sólo llevaba dos días escondida y ya estaba arriesgándose de forma estúpida. 


Naturalmente que no tenía motivo alguno para confiar en ella, mucho menos para querer ayudarla… aunque sospechara quién había fabricado la bomba. No es que tuviera intención alguna de traicionar a Etienne…pero bien podría desviar la atención de su persona. Ahora, sin embargo, se había dejado ver con nitidez, le había facilitado información a él, y por tanto a la policía, de que seguía en la zona y demostrado que podía franquear incluso su reforzada seguridad con la suficiente facilidad como para haber podido portar un explosivo en cualquier ocasión.


¿Y qué había obtenido de ese encuentro? Pau frunció los labios. Ya sabía que era guapo, pero a tenor de su pequeño intercambio, él era de sangre caliente y muy atractivo. Era una suerte que coquetear hubiera sido parte de su plan de esta noche, porque no estaba segura de que hubiera sido capaz de evitarlo. Pude que hubieransido las feromonas o alguna otra cosa, pero echando la vista atrás, puede que
asociarse con un hombre al que encontraba tan atractivo no hubiera sido una buena idea


Caminó el resto del húmedo kilómetro y medio hasta el lugar en que había dejado el coche y arrojó sus bártulos dentro del maletero. Sin embargo, se detuvo de nuevo cuando se puso tras el volante. «No había hecho sonar la alarma.» Así que creía, al menos, parte de su historia. Ya era algo, suponía, pero ni mucho menos el tipo de ayuda que quería.


Dejando escapar el aliento de golpe para intentar deshacerse de la excitación provocada por la adrenalina que él había encendido, puso en marcha el Honda. Era el momento de trazar otro plan. En los dos próximos días robaría otro coche, y detestaba hacer eso. Su padre la había acusado en una ocasión de ser escrupulosa, pero habría sido más preciso llamándola esnob. Cualquier gandul podía robar un coche. Ella ansiaba la emoción de ir a algún lugar en el que se suponía que no debía estar y de saborear… el tiempo.


Textos antiguos, pinturas de los  antiguos maestros, jarrones de la dinastía Ming, monedas romanas, losas de piedra troyanas… todo eso le fascinaba, y también había sido criticada por aquello, por averiguar todo lo que podía sobre un objeto antes de liberarlo. Su padre sólo los había considerado como un medio de hacer dinero, y a sí mismo como a un banquero, transfiriendo fondos de una cuenta a otra y obteniendo beneficios por las molestias que se tomaba.


Mierda. Dado que Etienne no había sido nada comunicativo, su intención había sido la de preguntar a Alfonso si la tablilla de piedra había desaparecido o bien había sido destruida. Aun así, no es que fuera probable que él se lo hubiera contado en ningún caso. Sin embargo, aquello era importante. En el primer caso, la bomba había sido una distracción; y en el otro, habría sido un arma homicida. Un arma destinada a matarle. Al apetecible y deseable Pedro Alfonso. El único multimillonario que conocía que andaba descalzo, vestía vaqueros ajustados y tenía un bonito culo.


Pau se agitó, poniendo fin a ese curso de pensamiento.


Basta —farfulló mientras encendía la radio. Como mínimo, su grado de distracción después de mantener una sola conversación le indicaba que había hecho lo correcto al salir de allí. ¿Y qué si le proporcionaba su descripción a la policía?


Jamás la encontrarían. Ahora solamente tenía que esperar unos cuantos días para que la red oficial se cansara de vigilar para dar con ella y mostrara algunos puntos débiles. Sólo necesitaba uno.


Estaba preocupada por Sanchez, pero él había sobrevivido a trabajar con su menos cauteloso padre, y podía cuidarse sólito. En cuanto a ella, Milán estaría preciosa en esta época del año, demasiado abarrotada de turistas para que nadie se fijara en ella.


No quería pensar en lo que haría más tarde, cuando quisiera regresar a Estados Unidos y no pudiera porque aún la buscaban por asesinato e intento de asesinato.


Decidiendo que todavía no había puesto lo suficientemente verde a Etienne, le maldijo unas cuantas veces más. Por supuesto que no se había preocupado más que de sí mismo, ella no le importaba nada. Pero había sido un chapucero, y ahora era ella quien tenía que quedarse a aclarar todo ese embrollo.


Por esa noche, se dirigió de nuevo al interior, hacia Clewiston, donde su padre tenía uno de sus refugios que ahora le pertenecía a ella. Se trataba de un lugar cutre y diminuto, pero absolutamente anodino. A nadie se le ocurriría que un ladrón que se precie fuera a acercarse a menos de un kilómetro y medio de allí.


Las heridas de su hombro y pierna le escocían. Necesitaba limpiarlas de nuevo con alcohol y arreglar el adhesivo allí donde al menos uno de los cortes había comenzado a abrirse. Ya se preocuparía al día siguiente del mañana. Y esa noche se preguntaría por qué seguía irritándole que alguien pudiera tratar de matar a Pedro Alfonso, el único testigo que conocía su implicación en todo aquello



CAPITULO 7




Jueves, 9:08 a.m.


Esto es absurdo —dijo Pedro, al colgar el teléfono tras su conversación con el jefe del Departamento de Policía de Palm Beach—. Han pasado dos malditos días y siguen diciendo que tienen algunas pistas, pero nada que puedan contarme.


Lo cual sería cierto. —Gonzales observó a Pedro pasearse desde el extremo más distante del escritorio.


Salvo que tienen a Walter Sanchez bajo vigilancia. —Pedro echó un vistazo al fax que Gonzales había traído con él—. Y una casa que han comenzado a buscar esta tarde. A mí me parece que eso es significativo.


Es algo. Pero, dado que la casa es propiedad de una tal Juanita Fuentes que, al parecer, falleció en 1977, supongo que no están muy seguros de lo que sucede.


Quiero ir allí —dijo Pedro—. A esa casa. —Se fue hasta el armarito de los licores en busca de un coñac al tiempo que se frotaba la sien. El doctor Klemm le había dicho que posiblemente tuviera una conmoción cerebral leve, pero imaginaba que a estas alturas el dolor de cabeza se debía en igual medida a la frustración.


No puedes. Todavía no estamos al corriente de eso de modo oficial. Y, por el momento, sólo puedo presionar, Pedro, aun utilizando tu nombre.


Detesto no saber qué está pasando. Y, a pesar de lo que piensen los demás,ella no actuó…


¿… no actuó como una asesina? Eso ya lo has dicho… pero tu trabajo no es decidir eso. —Gonzales se aclaró la garganta, descruzó sus largas piernas y se puso en pie—. Me preocupa más que la policía quiera que te quedes en Florida. —El ceño de Pedro le hizo esbozar una sonrisa—. Quiero decir que me gusta tenerte aquí, aun fuera de temporada, pero mantenerte en un lugar mientras las cosas explotan no hace que me sienta tranquilo.


A mí tampoco.


¡Ja! A ti te encanta estar metido en medio de todo este follón.


Pedro le miró.


Cierto o no, me gustan las resoluciones. Vete a hacer algo constructivo, ¿quieres?


Tomas hizo una reverencia verdaderamente espantosa. «Americanos.»


Sí, su majestad. Me dejaré caer por el despacho y le haré otra llamada a la senadora Branston. Puede que si le meto prisa, consiga algo.


Presiona a Barbara, o lo haré yo.


No, no lo harás porque estás ocultando tus intenciones y cooperando con las autoridades en este asunto. Yo soy el abogado. Se supone que tengo que ser
desagradable.


Gonzales se marchó, y cerró la puerta al salir. 


Pero Pedro siguió paseándose de un lado a otro. Odiaba que le manipulasen, aun si se trataba de un amigo como lo era Tomas. Las estupideces serviles del departamento de policía resultaban simplemente insultantes. Y el FBI y él habían vuelto a las andadas y nunca habían trabajado bien juntos.


Suponía que podría considerarle sospechoso según la extraordinariamente inteligente imaginación de alguien, pero, en realidad, era probable que quisieran que se quedara en Florida porque su presencia mantendría a los medios interesados y convencería al departamento de seguir pagando las horas extras a los investigadores.



Mientras que aquello sirviera para que alguien localizase a la señorita Solaro,aguantaría estar en el ojo público… por ahora.


Se dispuso a tomar otro trago de coñac y se detuvo cuando la claraboya situada en el centro del techo vibró y se abrió. Con una elegante voltereta que parecía mucho más fácil de lo que debía ser, una mujer se introdujo en su oficina. La mujer, advirtió,dando un paso atrás de modo reflexivo.


Gracias por deshacerse de su compañía —dijo con voz grave—. Me estaban dando calambres allí arriba.


Señorita Solaro.


Ella asintió, manteniendo sus ojos verdes clavados en él, caminó hasta la puerta y echó el pestillo.


¿Está seguro de que es usted Pedro Alfonso? Creí que dormía con un traje de chaqueta, pero anteanoche no llevaba puesto más que unos pantalones de chándal, y esta noche… —Le miró lentamente de arriba abajo—… lleva una camiseta y unos vaqueros, y va descalzo.


Los músculos que cruzaban su abdomen se contrajeron, y no debido al temor, advirtió con interés


El traje está en la tintorería. —Las manos enguantadas de la mujer estaba vacías, igual que lo habían estado la otra noche, y esta vez ni siquiera llevaba una pistola de pintura o una mochila. Vestía nuevamente de negro… zapatos negros,unos ajustados pantalones negros y una camiseta negra que se adhería a sus esbeltas curvas.


Ella frunció los labios.


¿Convencido de que no llevo un arma escondida?


De llevarla, no se me ocurre dónde podría hacerlo —repuso, deslizando la mirada por todo su cuerpo.


Gracias por reparar en ello.


De  hecho  —prosiguió  Pedro—, parece que va un tanto ligera de ropa comparada con la otra noche. Pero me gusta la gorra de béisbol. Muy elegante.


Ella le regaló una amplia sonrisa.


Es la mejor forma de mantenerme el pelo largo y rubio recogido y apartado de la cara.


Debidamente apuntado para mi informe policial —dijo, su mente seguía considerando la intrigante idea de dónde podría llevar un arma oculta—. A menos que esté aquí para matarme, en cuyo caso supongo que da lo mismo de qué color sea su pelo


Si estuviera aquí para matarle —replicó en un tono de voz suave y sosegado,mientras lanzaba una mirada al escritorio por encima del hombro de él—, estaría muerto.


Está muy segura, ¿verdad? —No iba armada; podría hacer que se descuidara, agarrarla y entregársela a la policía. En cambio, Pedro bebió un trago de coñac.


Mmm —respondió—. ¿Quién era ése al que ha mandado para que presione a la senadora Branston? ¿O, mejor dicho, a Barbara?


Pedro se encontró observando su boca, la suave curva de sus labios carnosos.


«Concéntrate, maldita sea.» Tomó aire y miró una vez más la claraboya. El cristal era grueso, pero no lo suficiente como para impedir que alguien escuchara… o para detener una bala. De modo que una vez más había tenido oportunidad de matarle y no la había aprovechado. Interesante.


Era mí abogado. Tomas Gonzales.


Abogados. Mis personas preferidas. Ahora, ¿por qué no se acerca hasta el armario un momento? —le sugirió mientras ella se aproximaba. Pareció darse la vuelta, preparada para moverse en cualquier dirección, para reaccionar a cualquier cosa que él pudiera hacer. Pedro lo encontró extrañamente… tentador. La mayoría actuaba a la defensiva si estaba él involucrado. La señorita Solaro, al parecer, se consideraba su contrincante.


Este es mi despacho, señorita Solaro. ¿Por qué no me lo pide de buenas maneras? Teniendo en cuenta que está desarmada.


La ligera sonrisa reapareció de nuevo en su boca, indicando que no dudaba de poder defenderse de él y que estaba disfrutando enormemente de su encuentro.


Por favor, muévase, señor Alfonso—le dijo con voz zalamera.


Se desplazó a donde ella le indicaba porque deseaba ver qué pretendía hacer a continuación. Dando un paso adelante, ella pasó sus dedos enguantados por las carpetas y los papeles que había sobre su escritorio.


Yo tampoco tengo armas escondidas —le dijo él tras un momento, ocultando un punzada de irritación cuando ella invadió el cajón superior de su escritorio.


Por supuesto que tiene —respondió—. Únicamente quiero asegurarme de que no están donde pueda sacarlas con facilidad. —Su mirada contempló sus gastados vaqueros.


Tras un momento, retrocedió, indicándole con un gesto que todo estaba despejado. Él volvió a su escritorio, y se apoyó contra el borde. Si hubiera mirado el armario que se encontraba a su espalda, habría encontrado un 44,  pero
indudablemente pensaba que podía salir de allí antes de que él pudiera llegar a cualquier cosa que hubiera guardado bajo llave.


De acuerdo, digamos que acepto que no está aquí para matarme —dijo—.¿Por qué está aquí entonces, señorita Solaro?


Ella dudó por primera vez, una arruga apareció entre sus delicadas cejas curvadas


Para pedirle su ayuda.


Y él que había pensado que ya nada podría sorprenderle esa noche.


Perdón, ¿cómo dice?


Me parece que sabe que no intenté matarle la otra noche. Lo único que pretendía era llevarme su tablilla troyana, y no me disculparé por eso. Pero el robo está sujeto a la ley de prescripción. El asesinato, no. —Se aclaró la garganta—. No mataría a nadie.


Pues entréguese y dígaselo a la policía.


Ella resopló.


Ni hablar. Puede que me haya quedado sin la tablilla, pero la ley no me ampara.


Pedro se cruzó de brazos. Ella no se había llevado la tablilla. Su curiosidad aumentaba por momentos… y no le convenía contarle que otro se la había llevado.


Así que has robado otras cosas. ¿A otra gente, aparte de a mí, imagino?


Cuando ella miró hacia la claraboya, su suave expresión de «a quién le importa» cambió un poco. Era una pose, comprendió. A pesar de parecer impertérrita, debía de estar desesperada para presentarse esa noche de improviso ante él. Si no hubiera estado tan acostumbrado a observar a la gente en busca de puntos flacos, jamás lo habría visto. Era buena en lo que hacía, obviamente, pero eso momento de vulnerabilidad captó su atención… y su interés



Le salvé la vida —dijo finalmente, su imperturbable máscara de nuevo en su sitio—, así que me debe un favor. Dígale, a la policía, al FBI, a la prensa, que no maté al guardia, y que no intenté matarle a usted. Ya me ocuparé del resto yo misma.


Comprendo. —Pedro no estaba seguro de si se sentía más intrigado o irritado por el hecho de que ella esperase que él hiciera desaparecer su error—. Quiere que arregle las cosas para que pueda salir de esto sin consecuencias, debido a que, a pesar de que sí se ha portado mal en otra parte, aquí no tuvo éxito.


Soy mala en todas partes —replicó, con una leve sonrisa que hizo que Pedro se preguntase, momentáneamente, hasta dónde llegaría en su búsqueda por verse absuelta de todo mal—. Acúseme de intento de robo. Pero absuélvame de asesinato.


No. —Quería respuestas, pero a su modo. Y no por medio de algún tipo de compromiso, por fascinante que hiciera parecer la idea.


Ella le miró directamente a los ojos por un instante, luego asintió.


Tenía que intentarlo. Sin embargo, podría tener en consideración que si no fui yo quien puso esa bomba, otro lo hizo. Alguien a quien se le da mejor que a mí entrar en los sitios. Y soy buena. Muy buena.


Apuesto a que lo es. —La observó durante otro momento, preguntándose cómo sería con toda esa energía desatada. Definitivamente sabía exactamente cómo sacarle de sus casillas, y quería hacer lo mismo con ella—. Admito que puede tener algo que me interesa adquirir —dijo pausadamente—, pero no son sus teorías o su petición de ayuda.


Volviendo a su posición bajo la claraboya, estiró el brazo hacia abajo. El extremo de una larga cuerda cayó dentro de la habitación.


Ah, señor Alfonso. Yo nunca doy algo a cambio de nada.


Él descubrió que no estaba preparado para dejarla marchar.


Tal vez podamos negociar.


Ella soltó la cuerda, acercándose a él con unos andares que se asemejaban en parte a los de Catwoman, y muy seductores.


Ya se lo he sugerido, y me ha rechazado. Pero tenga cuidado. Alguien le quiere muerto. Y no tiene ni idea de cuánto puede acercarse a usted alguien como yo sin que ni siquiera se entere —murmuró, alzando el rostro hacía el de él.


«¡Santo Dios!» Esa mujer prácticamente echaba chispas. Pedro podía sentir cómo se le erizaba el vello de los brazos.


Lo sabría  —respondió con el mismo tono de voz grave, acercándose lentamente un paso, retándola a dar el siguiente. Si lo daba, iba a tocarla. Deseaba tocarla desesperadamente. El calor que emanaba su cuerpo era casi palpable.


Ella se quedó donde estaba, sus labios a un suspiro de los suyos, después esbozó otra fugaz sonrisa y se alejó para asir la cuerda de nuevo.


Así que no se sorprendió esta noche, ¿verdad? —Con fluida coordinación de brazos y piernas, ascendió a través de la claraboya—. Vigile su espalda, Alfonso. Si no va a ayudarme, no pienso ayudarle.


¿Ayudarme?


Ella se desvaneció y, seguidamente, asomó la cabeza en la habitación.


Sé cosas que los policías jamás sabrían cómo descubrir. Buenas noches, Alfonso —La señorita Solaro le lanzó un beso—. Que duerma bien.


Pedro dio un paso adelante para mirar hacia arriba, pero ella ya había desaparecido.


Me sorprendí —reconoció, tomando otro trago de coñac—. Y ahora necesito una ducha fría.